por Salvador D’Aquila

 

Veinte o treinta años atrás, tal vez podían caber dudas.  Transcurrida casi una quinta parte del siglo XXI, con una película que lleva casi siete décadas o, si preferís, que ya vimos varias veces, no deberían tenerlas quienes analicen la realidad con raciocinio y buena fe.

 

No es la única historia que puede servir como ejemplo: si por razones y/o ideales, la Revolución cubana recibió en sus comienzos la confianza y el apoyo de tantos, sesenta años después no debería defenderse con imprescindible necedad aquello que fracasó y terminó siendo una traición para el pueblo cubano.  Podríamos citar también el fracaso trágico del Nazismo, que subyugó en su aparición a gran parte de la sociedad alemana.  O el del Fascismo.  O del Comunismo.  (Los historiadores podrán complementar esta sucinta lista de la Historia reciente. Que para muchos, también ha sido contemporánea).

 

Refiriéndonos a nuestro autóctono movimiento de masas, lo que no debería cambiar nunca son los valores e ideales que millones enarbolaron como banderas para darle justificación histórica.  A fin de cuentas, es de bien nacidos defender la igualdad de oportunidades, privilegiar a la infancia, cuidar y proteger a los ancianos, promover el desarrollo industrial, la movilidad social ascendente, etc. etc.  ¡Cómo no desear y querer que nuestro país alcance la soberanía política, la independencia económica y la justicia social!  (A los creyentes que se paran en la vereda de enfrente, les recuerdo que ese ideario del Justicialismo coincide prácticamente en su totalidad con la Doctrina Social de la Iglesia Católica).

 

Pero una cosa es luchar para acercarse cada vez más a ese horizonte, aunque pueda parecer utópico.  Y otra, valerse de la buena fe de las mayorías para justificar el ansia de poder a cualquier precio; o todo tipo de delito amparado por el "sentimiento".

 

Y distingo claramente al Justicialismo, que representa ideales que casi podría justificar aquello de que "todos somos justicialistas"; del peronismo, que es falsario.  Y como los frutos nunca caen demasiado lejos del árbol, todos aquellos que quisieron colgarse y cobijarse debajo del paraguas "de la mayoría peronista", fueron cada vez más podridos y corruptos.  O sea, una mentira total.  O una "posverdad", dicho en términos de mentira institucionalizada.

 

Quiero creer que alguna vez llegaremos a ser el país prometido y soñado. Pero para que eso suceda, deberemos continuar atravesando por mucho tiempo esta suerte de desierto bíblico.  Y tendrán que desaparecer generaciones de nosotros, que lamentablemente crecimos entre disvalores y deformaciones, para que alguna vez podamos estar más cerca de alcanzar aquello tan anhelado.

 

Mientras tanto, el mundo avanza.  Y aunque nuestro tiempo se termina, tenemos a quienes nos continúan.  Por ellos, deberíamos hacer más y mejor.  Y también por nosotros.

 

 

No tenemos derecho

por Salvador D’Aquila

19 sep 2017

 

 

Hace unos minutos comenzaron a difundirse las primeras imágenes del terremoto que castiga nuevamente a México.  El segundo, con muy pocos días de diferencia.  Y un tercero, podríamos decir, porque la información da cuenta de que hubo dos sismos simultáneos.  Además de miles de réplicas, algunas de ellas de una intensidad tal que, en la práctica, les quita esa condición para igualarlas al original.

 

Apenas una semana atrás, nos atrapaba la naturaleza desatada de los huracanes en Centroamérica y el sur de América del Norte, con sus consecuencias inevitables y el consiguiente sufrimiento y despojo de cientos de miles de personas.

 

Circunstancias dolientes que en el mundo se multiplican a través de muy diversas maneras. Tierras yermas que no proveen alimento. Codicia, que arrasa con la riqueza de países sometidos a los que priva de salud, educación y desarrollo. Enfrentamientos a muerte entre etnias que se juramentaron la aniquilación del enemigo. Insensibilidad para con los migrantes. Y entre tantos otros males, la acción de gobiernos de todo tipo de ideologías que de distintas formas y en mayor o menor medida sojuzgan en nombre del bienestar de sus pueblos.

 

En nuestra Argentina podemos encontrar remedos de todas esas situaciones.  La naturaleza nos es pródiga y benevolente, pero nosotros arrasamos nuestros suelos de distintos modos. No nos suceden huracanes, ni tifones ni tsunamis, pero nuestras tierras más fértiles están inundadas durante meses. Somos productores de alimentos por excelencia y muchos pasan hambre o sufren desnutrición. Tenemos libertad y somos irresponsables en su uso. Contamos con todas las posibilidades para educarnos y formarnos individual y colectivamente para crecer como Nación y las desaprovechamos.

 

Los argentinos somos como los chanchos a los que se les tira perlas y margaritas. Y no tenemos derecho a ser así.

 

No lo tenemos a nuestras desidias y negligencias. A generar y aceptar políticos que no gobiernan para el bien común; tampoco a desentendernos de nuestro voto, a la falta de exigencia. No tenemos derecho a ser manifestantes sin ton ni son, ni a “conducir” solo para defender y acrecentar nuestro propio poder. Tampoco lo tenemos cuando protestamos impertinentemente y sin un mínimo ejercicio de reflexión. O cuando los mayores no educamos ni formamos a nuestros menores; ni ellos cuando parecen perseguir un futuro de ignorantes. No tenemos derecho a ser egoístas ni al desprecio a los demás. Ni a un ejercicio tan rampante de necedad y mala fe, cuando exigimos derechos sin obligaciones o no cumplimos con nuestros deberes.

 

Y en medio de ese drama argentino, que cada tanto nos golpea como tragedia, no tenemos derecho a postergar in eternum a cantidad de los nuestros por generaciones.

 

No lo tenemos. Y si la Historia de la humanidad nos enseña algo, es que nada es para siempre: alcanza con ver los cambios en los mapas políticos de los últimos tres siglos para darnos cuenta de que lo que hoy se tiene, mañana se puede perder. Y que antes o después, las consecuencias de nuestros comportamientos como sociedad son inevitables y el que a hierro mata a hierro muere.

 

Otra razón no menor por la que deberíamos cambiar el rumbo de nuestros desatinos, es porque la Argentina, con todas sus ventajas y potencialidades, también debiera ser más para los demás. Ser una de las locomotoras y ejemplos del mundo, en lugar de ir a la cola.

 

Por otra parte, ante tantas calamidades y cataclismos que cada vez parecen ser más severos y que no sabemos en qué situación van a poner al planeta, ¿tendremos derecho a lo que hoy damos por sentado que es nuestro para siempre, pero al mismo tiempo no cuidamos, no protegemos, ni desarrollamos? Cuando a muchísimos otros les toque sobrevivir en estado de desesperación, ¿no tendrán esos otros, derecho a que les compartamos lo que poseemos y que a ellos les falta en demasía? Si no asumimos nuestras responsabilidades individuales y colectivas, no nos extrañe que algún día vengan por nosotros; pero de verdad, eh. Y sea nuestra indefensión la que los tiente y les permita hacerlo.

 

En definitiva, no tenemos derecho a tanta incompetencia e irresponsabilidad para con nosotros mismos. Y también para con aquellos que, aunque nunca los conozcamos, tienen derecho a esperar algo de nosotros.

 

La imaginación al poder

por Salvador D’Aquila

12 mar 2017

 

 

A casi cincuenta años del Mayo Francés, queda claro que lo que pedía la consigna que da título a esta nota, no se cumplió. Por el contrario, los diferentes poderes insisten en las recetas que los caracterizan y poco o nada de innovación se ha visto en aquellos que gobiernan o quieren gobernar el mundo.

 

Lo cual no quiere decir que la imaginación no exista.  Por el contrario, se manifiesta de diversas maneras y también en hechos o productos que benefician a las sociedades.  Por suerte, siguen siendo muchos los que deciden transformar las elaboraciones positivas de su imaginación en algo concreto.

 

Un ejemplo de esto puede verse en un programa del Canal Encuentro llamado Eureka, que recomiendo. En él, los participantes, inventores preseleccionados, compiten por un premio en efectivo, que la mayoría dice destinaría a desarrollar e instalar en el mercado los prototipos fruto de su ingenio. Entusiasma al espectador porque se pueden ver soluciones que pueden favorecer nuestra vida cotidiana. Y de algún modo, consuela ver a argentinos que no han permitido que su voluntad e inventiva se hayan “quemado” por las problemáticas de nuestro día a día, que restan tiempo y posibilidades para el desarrollo de la creatividad. Quiero pensar que habrá empresarios o inversores atentos a estas nuevas posibilidades, dispuestos a aportar el capital necesario para que, junto con el buen negocio, posibiliten que no queden frustradas tantas buenas ideas.

 

Uno de los temas acuciantes por estas horas y por el cual se pleitea, es el de la Educación.  Pero más allá de la resolución que pueda tener el conflicto en el corto plazo, lo que seguirá pendiente es cómo hacemos para revertir la decadencia educativa en la que estamos inmersos. Y puestos a escuchar a políticos, periodistas, gremialistas, docentes y especialistas en ciencias de la Educación, no se alcanzan a percibir ideas nuevas y distintas que realmente revolucione el proceso de enseñanza-aprendizaje actual. Que es el mismo de hace cien años, de hace cincuenta y que todo indica será igual en los años venideros, más allá de los recursos materiales que se aporten.

 

El incrementar los recursos en forma notoria ciertamente ayudaría. Pero no parece la solución para educar y formar para un mundo en permanente y acelerado cambio. ¿Habrá grupos multidisciplinarios que estén buscando soluciones verdaderamente distintas a nuestro gran problema de la Educación? ¿Propiciará y alentará el Gobierno ese tipo de discusión, en un plano completamente diferente del que lo afecta en lo inmediato? ¿Tendrán especialistas trabajando en el tema aquellos que se preparan para acceder al poder en nuestro país? Y aunque más no sea por una inquietud noble o porque la pasión los lleva, ¿los habrá de otras vertientes buscando alternativas más allá del interés político?

 

Me resulta curioso que en tiempos de revolución informática, nadie se atreva a proponer una revolución educativa que cambie los paradigmas de la educación actual: aula, pizarrón, maestro y alumnos compartiendo un espacio físico, asignaturas, horas de clase, recreos, exámenes y todo lo que ya conocemos.  Viendo las enormes limitaciones de la mayoría de nuestra escuela pública, que es la que defendemos; y también de gran parte de la escuela privada, no se entiende cómo no hay algún proyecto que busque innovar drásticamente.

 

Imagino, permítanme hacerlo, un método absolutamente distinto al que conocemos hasta aquí. Que cambie totalmente las estructuras pedagógicas y sobre todo mentales que tenemos todos. Que encuentre en la informática, las redes sociales, la educación a distancia y todo el cúmulo de conocimientos que podemos encontrar a través de internet, los medios privilegiados para la enseñanza. Que tenga a las escuelas y las aulas como complementos no imprescindibles. Que encuentre el espacio y los interlocutores aptos para los aspectos formativos y de socialización. Que modifique con una involucración distinta y superadora la relación maestro-alumno-padres.

 

Es tan disímil lo que imagino que me desafía en mis propios conceptos, sentimientos y añoranzas: la de mi escuela, la de mis señoritas, la de mis compañeros de aula, la de mi guardapolvo blanco, la de mi cartuchera, la de mi vivencia grabada a fuego de izar nuestra bandera cantando Aurora. Pero es tan grave lo que vivimos, que hay que hacer de tripas corazón e intentar pensar distinto.

 

Los primeros que deben intentar esa búsqueda y soñar con lo que nunca se ha hecho son los dirigentes y referentes especializados en el tema educativo. Contando asimismo con la necesaria e indispensable cooperación de quienes puedan enriquecerlos con las posibilidades de las nuevas plataformas. Sin desechar las experiencias de otros países, animémonos a hacer punta. ¿Por qué no pensar que en veinte años el resto del mundo hable de la exitosa experiencia argentina e intente imitarla? Por qué no apostar a nuestra capacidad para dar vuelta la historia.

 

Imagino, permítanme hacerlo, que en esta visión y a diferencia de como siempre ha sucedido, se parte de las periferias hacia el centro. Periferias geográficas o de posibilidades: privilegiar como logro que en diez años aquellos que se encuentran más retrasados que el resto en la línea de partida, o sea, los más abandonados en educación, economía y salud, estén en camino de lograr en otra década la excelencia universitaria. ¿Cómo sería eso?  Así, como se dice: las comunidades abandonadas de nuestro país, los chicos de nuestras villas y los que desertaron del sistema serían aquellos en los que se focalizaría para diseñar, probar e implementar esta revolución educativa, con todo lo que ello implicaría en la superación de las otras materias pendientes. ¿Y el resto? El resto, finalmente, “serán los últimos”. Los que están en condiciones más ventajosas se las rebuscarán para compensar las enormes falencias del sistema educativo actual. Permitiendo, además, que la implementación se vaya haciendo progresivamente.  Hasta que la escuela, los docentes, los alumnos, la comunidad educativa y los gremialistas, tal como hoy los conocemos, sean parte de una historia antigua.

 

Seguramente habrá cantidad de obstáculos a salvar, de problemas a resolver y de experiencias desacertadas a modificar o dejar de lado.  Pero permítanme también imaginar que hay y habrá estadistas dispuestos a ayudar a que la sociedad mude esa piel que cada vez nos pesa más y no nos permite movernos con la velocidad que los tiempos exigen.

 

Puedo aceptar que toda esta ideota mía (mezcla de idea y de idiota), es un delirio. Pero en tal caso, necesito, deseo, ansío escuchar otras ideas. Las que fuere. Y cuanto más me descoloquen, mejor: quizás signifique que son las que estamos necesitando. Lo único que no deberíamos resignar es que se comience por aquellos que hoy están más atrasados en todo sentido. Además, no me digan: serán un excelente laboratorio. Porque, ¿qué tienen para perder? Y todos, tenemos todo para ganar.

 

De una buena vez necesitamos que aunque más no sea una parte de nuestra dirigencia deje las mezquindades de lado y se proponga como objetivo una grandeza que no va a poder ver ni traducir en votos. Que los que tienen poder político y social, apuesten a un proyecto diferenciado, aunque sea casi a escondidas, aportando parte del presupuesto que se requiere. Que parte de la élite empresarial muestre el camino a otros, aportando lo suyo en dinero y facilitando en sus propias empresas la experimentación de los alumnos producto de este nuevo sistema. Y es ineludible que en todo haya claridad en los objetivos y sobre todo en los procedimientos, para comenzar a licuar con agua clara el barro en el que estamos metidos. A no engañarse: no lo harían por buenos, sino por inteligentes.  Sería en defensa propia.

 

La imaginación al poder, sí. Pero para que la imaginación llegue a ese lugar, primero debemos aportarla entre todos. Y además, convencidos de que podemos hacerla realidad.

 

40 años en el desierto

por Salvador D’Aquila

11 may 2017

 

 

Un auge de telenovelas basadas en episodios bíblicos (Moisés y los diez mandamientos, Josué y la Tierra prometida…) instalaron un impensado fenómeno de buen rating. No es de esperar que estos productos ayuden a elevar los aspectos religiosos o espirituales de sus seguidores. Pero entretienen a muchos y logran que de pasada se conozcan y popularicen algunos relatos de la Biblia. Entre ellos, la salida del pueblo hebreo de Egipto.

 

Como está narrado en el libro del Éxodo, Moisés es hijo adoptivo del faraón. Al descubrir su identidad judía y ser testigo de los malos tratos a los que es sometido su pueblo en el país del cual es príncipe, se rebela. Y abandonando una vida de comodidades y placeres, decide liderarlos para sacarlos de la esclavitud, compartiendo sus sufrimientos.  Para eso, debe enfrentar y vencer todo el poderío del que hasta ese momento formaba parte.

 

Lo consigue. Pero ese pueblo antes sometido, puesto a forjarse una vida de hombres libres, que los obligaba a una conciencia distinta para vivir y sobrevivir a peligros e inseguridades, se rebela a su vez contra aquel que los liberó. Querían regresar al lugar donde tenían la certeza de un plato de comida. No fue sencillo convencerlos de continuar en la búsqueda de la Tierra prometida. Y nos cuenta la Biblia que antes de llegar a ella, Moisés guio a su pueblo por el desierto durante 40 años.

 

Supongo que por la popularidad que da el éxito televisivo, a algunos se les habrá ocurrido curiosear dónde estaba ese desierto y cuáles eran sus dimensiones. Y entonces, medio en broma, medio en serio, aparecieron algunas “objeciones” a aquella posibilidad. Como una en Facebook, que muestra un mapa turístico de la zona donde se indica la cantidad de tiempo en la cual se puede recorrer aquella geografía concreta: tantas horas en bicicleta, tantas otras en transporte público. O seis días a pie…

 

¿Cuarenta años para un recorrido que se puede hacer caminando en pocos días? No… seguramente, Dios debió haber estado equivocado cuando inspiró esas líneas a los escritores sagrados. O es una de las tantas falacias que demuestran lo errado que está el hombre de fe.

 

Esta nota no pretende ser una clase acerca de las Sagradas Escrituras y el lector interesado sabrá encontrar las fuentes correctas para conocer más sobre el tema.  Pero digamos que el número 40, que aparece en más de cien ocasiones en la Biblia y en cuestiones clave, como tantos otros, expresa un simbolismo: el de un tiempo de prueba y penitencia en miras a una conversión. En el caso que nos ocupa, el Señor probó al pueblo de Israel en el desierto.

 

Seguramente no habrán sido cuarenta los años que Moisés llevó a su pueblo a fatigar esas tierras. Pero tampoco algunos meses. Cuáles habrán sido las razones, entonces, por las cuales Moisés los obligó a permanecer allí durante años y años, en condiciones que necesariamente fueron muy duras, si en tan poco tiempo se podría haber “llegado” a destino.

 

Como dijimos, gran parte de los integrantes de ese pueblo que había sido esclavo y ahora era libre, al momento de afrontar los peligros de esa nueva vida, pedía volver a su vida anterior. De esclavitud, sí. Pero sin las acechanzas que las nuevas circunstancias le imponían.  No estaban  acostumbrados, no sabían vivir en libertad. Y entonces, tuvieron que pasar generaciones, morir muchos de los que añoraban sus antiguas seguridades, para que una mentalidad distinta creciera y se impusiera con aquellos que fueron naciendo libres. Sin pretender agotar la explicación, sin dudas ese ha sido el motivo principal. Y dejamos librado a la voluntad de conocimiento de quienes esto leen, profundizar en esa historia riquísima, que la pantalla de televisión nos trae lavada y estereotipada.

 

La actualidad de nuestro país me hace pensar en aquel pasaje que vivió el Pueblo elegido. En los  “desiertos” personales y colectivos que debemos franquear. Padecimos hechos que dejaron heridas de por vida en muchos. Hubo contextos que nos crearon malos hábitos y nos hicieron involucionar en muchos aspectos. Y para sanarnos y poder transitar otras realidades, también deberá transcurrir para nuestra sociedad el Tiempo con mayúscula, aquel que ayuda a cicatrizar, pero sobre todo que cambia mentalidades.

 

Tendrán que pasar generaciones en nuestra bendita Argentina para que, así como los hebreos tuvieron que asumir los riesgos de vivir en libertad, nosotros podamos liberarnos de algunas cadenas mentales que nos mantienen dependientes o sin poder reencontrarnos en el perdón con justicia y en la reconciliación sin olvido.

 

A propósito de esto último, la búsqueda de reconciliación que nuestra Iglesia se ha propuesto llevar adelante entre militares, exsubversivos y familiares de unos y otros, no parece poder lograr su cometido. Y personalmente, me sorprende lo extemporáneo de la propuesta, por provenir de quienes conocen tal vez mejor que nadie el alma humana y las experiencias de la Humanidad por milenios.

 

Independientemente de conveniencias, intereses y fanatismos, que muchas veces nuestros dirigentes han exacerbado y manipulado, hay todavía en demasiados de nosotros sentimientos muy a flor de piel. Que además de no aportar racionalidad, no facilitan un acercamiento.

 

Para darnos un reencuentro verdadero, que no se logra ni por decreto ni con voluntarismo, habrá que esperar que llegue el tiempo oportuno. Ese que es producto de una evolución del pensamiento y del sentir. Confiemos en que el recambio de líderes con una visión superadora, llegará. En que cada vez más la actividad política será servicio con honor.

 

Y superando rencores, resentimientos y el recuerdo de humillaciones y violencias, atravesaremos nuestro desierto. Para lo cual, a veces, se tarda más de cuarenta años.

 

“Hoy, hoy te convertís en… producto”

por Salvador D’Aquila

2 mar 2017

 

En el medio publicitario se les llama celebrities a aquellas personas muy populares y de trayectoria reconocida, que sirven de vehículo para hacer llegar un mensaje a determinado público. Pueden provenir de distintos ámbitos –del espectáculo, de la moda, del deporte, etc.- pero nunca va a ser necesario presentarlos, ya que en general no sólo son archiconocidos, sino que además logran que los demás se identifiquen rápidamente con ellos.

 

En su utilización, el objetivo principal de las empresas es asociar la imagen de su producto a la imagen positiva del celebrity en cuestión, para lograr objetivos de incremento de precio del producto y/o aumentar los porcentajes de venta y conocimiento. Salvo que se trate de campañas de bien público, para unos y para otros es mercantilismo en estado puro.  Porque de más está decir que el protagonista elegido para esas publicidades cobra muchísimo dinero por hacerlas. Dinero que en la mayoría de los casos podemos conjeturar que no le es necesario para mejorar ostensiblemente su situación patrimonial, ya que por ser lo que es se puede inferir que lo posee en forma suficiente.

 

Cada vez que puedo como yogur.  Me gusta y, aunque uno nunca sabe, se supone que es un alimento sano. Y justamente elijo la marca que por estos días nos está tratando de vender Javier Mascherano a través de un spot televisivo. Ídolo futbolero, admirado por muchísimos en el mundo entero (me incluyo) por sus condiciones para ese deporte, pero también y quizás sobre todo por las actitudes de líder que lo han posicionado como uno de los grandes referentes en ese sentido. Entre tantas acciones suyas dentro y fuera del campo de juego, cómo no recordar y tener presente su inspiradísima arenga al arquero de nuestra Selección antes de tener éste que revolcarse para atajar los penales que nos hicieran pasar a la final del último Mundial.

 

Y la verdad es que la utilización para una publicidad de esa frase que nos emocionó y nos hizo hacer fuerza a todos detrás de un objetivo, bastardeando su épica original, me molestó mucho. Pero mucho. Me hace preguntarme qué los lleva a venderse así. Cuáles son los argumentos que utilizan los encantadores de serpientes para hacer caer ¡a un Mascherano! en esas redes. No puedo pensar que sea sólo el dinero. Pero no encuentro otro motivo para ese trabajo que, por lo menos a mis ojos, lo rebaja.

 

Como casi toda publicidad, es una forma más de manipulación (manipulación afectiva, en este caso) donde la habilidad de quien las produce radica en que asociemos los valores que admiramos de la persona que nos está vendiendo un producto, al producto mismo.  Y podríamos decir que aunque suene un poco loco, en general caemos en la trampa. Y para no pisar el palito, hay que estar muy atento, tomarse el tiempo para hacer una reflexión al respecto y, llegado el caso, ir contra la corriente. Porque cuántos van a dejar de, por ejemplo, comer un alimento que les gusta –si es que pueden pagarlo, por supuesto- porque se percata de que está siendo “manipulado” por una publicidad que lo quiere convencer de que casi por arte de magia se va a convertir a partir de su consumo en un ser poderoso. O en un héroe…

 

Hace algunos años, apareció en el mundo de la farándula un “chocolatero”. Uno de los herederos de un imperio empresarial fabricante de golosinas, que se instaló en muy poco tiempo a través de la televisión y otros medios. De buenas a primeras supimos de su existencia, seguramente impuesto a partir de una cuantiosa inversión propia para hacerse conocido y popular. En mi opinión, dejaba muchísimo que desear en cuanto a su forma de ser y de actuar. Que cada cual es dueño de su vida, pero uno no tiene por qué compartir ciertos criterios. Por ese tiempo, consumía seguido un par de golosinas que llevaba su apellido como marca y que me gustaban muchísimo. Pese a ello y no sin esfuerzo, dejé de comprarlas: no iba a dejar que mi dinero le diera de comer, aunque fuera muy figuradamente, a semejante extravagante. De la misma manera, no compro la gaseosa que se identifica con el personaje de rojo de las Navidades y que a fuerza de machacarnos permanentemente nos quieren convencer de que bebiéndola seremos felices. Y ahora, me voy a quedar con las ganas del yogur de mi preferencia.

 

Tengo absolutamente en claro que mis nimios boicots, debidamente ignorados por las susodichas empresas, no los afecta de ninguna manera. Y que hasta esto así expresado puede mover a muchos a la risa.  Pero no me interesa: a mí me importa cómo me planto yo frente a este tipo de acciones del “mercado” y de tantas otras.

 

Porque estoy convencido de que cada peso que gastamos y el modo en qué lo hacemos, define un modelo de sociedad. Esta enunciación no es mía, pero la hago propia y la subrayo enfáticamente.  Porque aunque más no sea a partir de pequeños y simples sacrificios, todos debiéramos actuar aportando lo que esté a nuestro alcance para lograr la sociedad que anhelamos.