por Salvador D’Aquila – 27 ago 2020

 

Cien años de la primera emisión radial en la Argentina.  “Locos” fueron llamados aquellos jóvenes que la lograron… para que unos pocos escuchasen esa primera señal que transportaba música de ópera.  Pioneros de una Argentina que tenía en esos muchachos y sus ideas, apenas un ejemplo más de expectativas de enorme crecimiento.  Expectativas que, por lo menos, la radiofonía argentina no defraudó.  Y entonces, aquella primera música escuchada por unos poquísimos privilegiados, se transformó en el fenómeno que aún hoy nos acompaña, potencia y multiplicado por el desarrollo tecnológico.

 

Esta historia tiene un primer momento trascendente, cuando aquellos costosos artefactos iniciales incorporan parlantes y transforman a la radio en un aparato que se puede escuchar… de a varios.  Al mismo tiempo, comienza a ponerse al alcance del bolsillo del hombre común, del trabajador, asegurando de esa manera su masividad: en cada casa o lugar donde uno iba, seguramente había una radio encendida.

 

De la mano de nombres fundacionales, como Radio Cultura, Excelsior, Splendid y otros, comienza la multiplicación en todos los órdenes: en el número de emisoras, que comienzan a desplegarse a lo largo del dial.  En la potencia de las plantas transmisoras, que permite que la radio se escuche cada vez mejor y llegue cada vez más lejos.  En los contenidos de las programaciones; y en la creatividad para producirlos.  Y por supuesto, en la cantidad de oyentes.

 

Entonces, ya no solo se escuchó la música clásica del primer día, sino también la música popular, la información, programas deportivos, de entretenimiento, infantiles, educativos…  El radioteatro marcaba época.  Y la radio también fue clave para seguir las alternativas del acontecer político de nuestro país… ya fueran transmitidas desde una orilla u otra del Río de la Plata.  La radio se convirtió en un fenómeno colectivo que alcanzaba a los hogares, los lugares de trabajo, los cafés, los clubes de barrio.  Apoyada cada vez más por una publicidad creciente, que encontró en este excepcional medio de difusión la mejor manera de dar a conocer productos y servicios.

 

Las voces y sonido de los trabajadores de la radio, hicieron crecer a límites insospechados la imaginación, la fantasía y la adhesión de los radioescuchas.  Convirtiendo en imprescindible a ese aparato que congregaba cada vez a más fieles, subyugados por el acompañamiento de voces inolvidables que forjaron estilos.  Conductores, con saber y buen decir: Jorge Fontana, Betty Elizalde, Juan Alberto Badía, Héctor Larrea…  Locutores, con un profesionalismo tal que lograban que se escucharan con igual atención programas y tandas publicitarias: Ignacio de Soroa, Marcos Mundstock, Estela Montes, María Esther Sánchez...  Entrevistadores, con la formación para hacer inolvidables los dichos de sus entrevistado: Antonio Carrizo (memorables conversaciones con Jorge Luis Borges y Tita Merello, por ejemplo), Hugo Guerrero Marthineitz y sus silencios, que no eran baches, sino que invitaban a la reflexión; y tantos otros.

 

Musicales que hicieron historia: El Glostora Tango Club, La Escala Musical…  Noticieros que acompañaron a la historia argentina.  Programas para las grandes aficiones argentinas: el fútbol… Fioravanti, Enzo Ardigó, el Gordo Muñoz;  el automovilismo y las voces de Carburando; el boxeo y las grandes veladas del Luna Park.  El entretenimiento y la diversión: Delfor y La Revista Dislocada…  Los radioteatros, que traspasaron los umbrales de las casas e hicieron que las familias compartieran y vivieran como propias, alegrías y tristezas, amores y desamores de sus protagonistas, junto con sus aventuras: Los Pérez García, Poncho Negro…

 

La enumeración de los hechos y protagonistas de la riquísima e inabarcable historia de la radiofonía argentina podría continuar sin encontrar un final.  Pero en este brevísimo recorrido, no podemos dejar de destacar el rol de la radio como servicio.  Siempre necesaria en esa función, que además supo ser en pueblos y regiones el medio de comunicación privilegiado entre sus habitantes para salvar las grandes distancias.  Y para que todos, supieran de todos.  Así, la radio también hizo Patria.

 

En esta, nuestra época, donde las posibilidades y las formas de comunicación se multiplican todo el tiempo, la radio, como en aquellos inicios, sabe encontrar el modo y los caminos para superarse, adaptarse y seguir presente junto a nosotros.

 

Por último, un condimento muy especial: la radio fue, es y seguramente será, generadora de vocaciones.  ¡Cuántos soñamos con “hacer radio”, a partir del embelesamiento que provoca ese mundo que nos llega a través de los oídos!  A quien lea esto, les digo: nunca es tarde y vale la pena intentarlo.  En lo personal, tengo la satisfacción de poder ser parte de este medio como conductor y productor de un par de espacios.  Un trabajo que, sin duda, se disfruta más y logra mejores resultados realizándolo en equipo.  Por eso, agradezco a mis compañeros del medio que me inspiran y ayudan a que nuestra comunicación con el oyente sea la mejor posible.

 

Celebremos estos cien años.  Y brindemos por muchos años más de nuestra compañía de todos los días… ¡la Radio!

 

Si ahora, querés escucharlo:

https://www.facebook.com/1796376683922206/posts/3050309691862226/

 

 

por Salvador D’Aquila – 06 may 2020

 

Las cosas de la vida son simples o no, dependiendo de nuestra mirada.  Y en general, la verdad de los hechos se distorsiona cuando se enmarañan los caminos para intentar llegar a ella.

 

Algunas consideraciones

Quienes viven en una pobreza material no por eso se convierten en delincuentes para superar su situación. 

 

Más allá de una injusticia posible, los presos cometieron algún delito para llegar a esa condición.  Con distintos grados, son delincuentes.  Y buscan salir de las cárceles casi a cualquier precio, por el ansia de libertad intrínseca de todo hombre.

 

La acción de los delincuentes provoca víctimas directas.  También la comunidad toda sufre la herida en cada acto de inseguridad.

 

La sociedad está organizada para salvaguardarse haciendo que se detenga y juzgue a los delincuentes y cumplan con sus penas.

 

Los abogados no imparten justicia, sino que defienden a sus clientes.  La apelación a las leyes en favor de sus defendidos es el modo aceptado y permitido para que cumplan con su trabajo.  Mientras, claro está, no traspasen los límites que los conviertan a ellos mismos en delincuentes.

 

Los jueces sí deben impartir justicia y ser justos en sus fallos, siempre en el contexto de las leyes que rigen para cada caso.  Aunque las penas no sean o no nos parezcan acordes con los delitos cometidos.

 

Como señala nuestra Constitución, las cárceles no son para castigo sino para seguridad de los allí detenidos y de la sociedad en su conjunto.  Son las instituciones respectivas las que deben hacer que esto se cumpla.

 

¿Y entonces?

Como dijimos al comienzo, la realidad nos permite distintos acercamientos, que dependen de nuestros valores y convicciones.  Una perspectiva desde la simpleza no nos hace caer necesariamente en la superficialidad.  Cuando se está desprovisto de intereses espurios en una cuestión, los análisis se hacen más fáciles.

 

En esta pandemia, se nos pide que nos mantengamos encerrados en nuestras casas para evitar el contagio provocado por el coronavirus.  Para que ese contagio no se produzca entre los encarcelados, algunos funcionarios (abogados, jueces, políticos, “operadores”) promueven y concretan su liberación, disimulada en un arresto domiciliario las más de las veces incontrolable.  En muchos casos, poniendo nuevamente en peligro a quienes son (en presente) sus víctimas.  Y por extensión, a todos nosotros.

 

¿Las razones para liberar a culpables de delitos gravísimos y revictimizar a quienes los sufrieron?  Gran parte de la sociedad está convencida de que es por beneficios personales de esos funcionarios; y hasta por perversión, alejada de toda ética y moral.  Así parecen haberlo ratificado los cacerolazos antiliberación que días atrás se manifestaron a nivel nacional.

 

Una mirada simple, pero no superficial de los hechos, permite conclusiones casi siempre acertadas.

 

 

por Salvador D’Aquila

 

Veinte o treinta años atrás, tal vez podían caber dudas.  Transcurrida casi una quinta parte del siglo XXI, con una película que lleva casi siete décadas o, si preferís, que ya vimos varias veces, no deberían tenerlas quienes analicen la realidad con raciocinio y buena fe.

 

No es la única historia que puede servir como ejemplo: si por razones y/o ideales, la Revolución cubana recibió en sus comienzos la confianza y el apoyo de tantos, sesenta años después no debería defenderse con imprescindible necedad aquello que fracasó y terminó siendo una traición para el pueblo cubano.  Podríamos citar también el fracaso trágico del Nazismo, que subyugó en su aparición a gran parte de la sociedad alemana.  O el del Fascismo.  O del Comunismo.  (Los historiadores podrán complementar esta sucinta lista de la Historia reciente. Que para muchos, también ha sido contemporánea).

 

Refiriéndonos a nuestro autóctono movimiento de masas, lo que no debería cambiar nunca son los valores e ideales que millones enarbolaron como banderas para darle justificación histórica.  A fin de cuentas, es de bien nacidos defender la igualdad de oportunidades, privilegiar a la infancia, cuidar y proteger a los ancianos, promover el desarrollo industrial, la movilidad social ascendente, etc. etc.  ¡Cómo no desear y querer que nuestro país alcance la soberanía política, la independencia económica y la justicia social!  (A los creyentes que se paran en la vereda de enfrente, les recuerdo que ese ideario del Justicialismo coincide prácticamente en su totalidad con la Doctrina Social de la Iglesia Católica).

 

Pero una cosa es luchar para acercarse cada vez más a ese horizonte, aunque pueda parecer utópico.  Y otra, valerse de la buena fe de las mayorías para justificar el ansia de poder a cualquier precio; o todo tipo de delito amparado por el "sentimiento".

 

Y distingo claramente al Justicialismo, que representa ideales que casi podría justificar aquello de que "todos somos justicialistas"; del peronismo, que es falsario.  Y como los frutos nunca caen demasiado lejos del árbol, todos aquellos que quisieron colgarse y cobijarse debajo del paraguas "de la mayoría peronista", fueron cada vez más podridos y corruptos.  O sea, una mentira total.  O una "posverdad", dicho en términos de mentira institucionalizada.

 

Quiero creer que alguna vez llegaremos a ser el país prometido y soñado. Pero para que eso suceda, deberemos continuar atravesando por mucho tiempo esta suerte de desierto bíblico.  Y tendrán que desaparecer generaciones de nosotros, que lamentablemente crecimos entre disvalores y deformaciones, para que alguna vez podamos estar más cerca de alcanzar aquello tan anhelado.

 

Mientras tanto, el mundo avanza.  Y aunque nuestro tiempo se termina, tenemos a quienes nos continúan.  Por ellos, deberíamos hacer más y mejor.  Y también por nosotros.

 

 

por Salvador D’Aquila – 05 abr 2020

 

Durante las veinticuatro horas, en horarios ya desquiciados por la prolongada cuarentena, recibimos cantidad de mensajes en distintos formatos que nos aseguran tener la verdad o parte de ella acerca de lo que hoy nos acucia: la pandemia.  Siempre que me llegan este tipo de envíos, lo primero que me pregunto, e invito a todos a hacer, es si serán ciertos sus contenidos.  Pasarlos por unos pocos y elementales filtros apoyados en el sentido común, facilita descartar de plano un gran porcentaje de esas supuestas revelaciones.

 

Aunque uno siempre puede ser engañado, un video del año 2015 que se viralizó (programa de la RAI: TGR Leonardo, en You Tube) parece verosímil en lo que da a entender respecto de a quienes les cabría la responsabilidad primera de este enorme infortunio global.  Después de su difusión, por distintas vías comenzaron a aparecer desmentidas acerca de lo que allí se sostiene.  Pese al empeño de muchos en negarlo, es inevitable que quede flotando que la aparición del coronavirus en nuestras vidas pudo haber ocurrido a partir de un error humano.

 

Cierto o no, esta situación me lleva a un segundo interrogante: ¿cuántas otras investigaciones se estarán desarrollando, en cualquiera de sus ámbitos y andariveles, en el planeta ciencia?  Obviamente, con el consiguiente riesgo, que nunca puede ser cero.  Sinceramente, es inquietante pensarlo y asumirlo.  Y nos pone en el incómodo lugar del tercer cuestionamiento: qué hacemos, individual y colectivamente, frente a esta cuasi certeza.

 

Aun asumiendo la capacidad de los científicos y la buena intención que los guía de favorecer a la humanidad, los riesgos en este tipo de experimentaciones, aunque mínimos y controlados, existen y son potencialmente letales para todos.  Y dado que aún militando en organizaciones creadas para ponerlos en tela de juicio, tan poco podemos hacer para que se limiten o directamente se discontinúen aquellos que conllevan un riesgo mayor o de padecimientos a escala planetaria, surge otro interrogante personal, turbador y existencial: qué nos vale más para seguir adelante con nuestras vidas de la mejor manera posible.  ¿Protestar, hacer de cuenta que no existen o sencillamente buscar mantenernos en la ignorancia?

 

A modo del dilema shakespeariano: ¿Hamlet o Simpson?  Una de las tantas de nuestras cuestiones.

 

 

No tenemos derecho

por Salvador D’Aquila

19 sep 2017

 

 

Hace unos minutos comenzaron a difundirse las primeras imágenes del terremoto que castiga nuevamente a México.  El segundo, con muy pocos días de diferencia.  Y un tercero, podríamos decir, porque la información da cuenta de que hubo dos sismos simultáneos.  Además de miles de réplicas, algunas de ellas de una intensidad tal que, en la práctica, les quita esa condición para igualarlas al original.

 

Apenas una semana atrás, nos atrapaba la naturaleza desatada de los huracanes en Centroamérica y el sur de América del Norte, con sus consecuencias inevitables y el consiguiente sufrimiento y despojo de cientos de miles de personas.

 

Circunstancias dolientes que en el mundo se multiplican a través de muy diversas maneras. Tierras yermas que no proveen alimento. Codicia, que arrasa con la riqueza de países sometidos a los que priva de salud, educación y desarrollo. Enfrentamientos a muerte entre etnias que se juramentaron la aniquilación del enemigo. Insensibilidad para con los migrantes. Y entre tantos otros males, la acción de gobiernos de todo tipo de ideologías que de distintas formas y en mayor o menor medida sojuzgan en nombre del bienestar de sus pueblos.

 

En nuestra Argentina podemos encontrar remedos de todas esas situaciones.  La naturaleza nos es pródiga y benevolente, pero nosotros arrasamos nuestros suelos de distintos modos. No nos suceden huracanes, ni tifones ni tsunamis, pero nuestras tierras más fértiles están inundadas durante meses. Somos productores de alimentos por excelencia y muchos pasan hambre o sufren desnutrición. Tenemos libertad y somos irresponsables en su uso. Contamos con todas las posibilidades para educarnos y formarnos individual y colectivamente para crecer como Nación y las desaprovechamos.

 

Los argentinos somos como los chanchos a los que se les tira perlas y margaritas. Y no tenemos derecho a ser así.

 

No lo tenemos a nuestras desidias y negligencias. A generar y aceptar políticos que no gobiernan para el bien común; tampoco a desentendernos de nuestro voto, a la falta de exigencia. No tenemos derecho a ser manifestantes sin ton ni son, ni a “conducir” solo para defender y acrecentar nuestro propio poder. Tampoco lo tenemos cuando protestamos impertinentemente y sin un mínimo ejercicio de reflexión. O cuando los mayores no educamos ni formamos a nuestros menores; ni ellos cuando parecen perseguir un futuro de ignorantes. No tenemos derecho a ser egoístas ni al desprecio a los demás. Ni a un ejercicio tan rampante de necedad y mala fe, cuando exigimos derechos sin obligaciones o no cumplimos con nuestros deberes.

 

Y en medio de ese drama argentino, que cada tanto nos golpea como tragedia, no tenemos derecho a postergar in eternum a cantidad de los nuestros por generaciones.

 

No lo tenemos. Y si la Historia de la humanidad nos enseña algo, es que nada es para siempre: alcanza con ver los cambios en los mapas políticos de los últimos tres siglos para darnos cuenta de que lo que hoy se tiene, mañana se puede perder. Y que antes o después, las consecuencias de nuestros comportamientos como sociedad son inevitables y el que a hierro mata a hierro muere.

 

Otra razón no menor por la que deberíamos cambiar el rumbo de nuestros desatinos, es porque la Argentina, con todas sus ventajas y potencialidades, también debiera ser más para los demás. Ser una de las locomotoras y ejemplos del mundo, en lugar de ir a la cola.

 

Por otra parte, ante tantas calamidades y cataclismos que cada vez parecen ser más severos y que no sabemos en qué situación van a poner al planeta, ¿tendremos derecho a lo que hoy damos por sentado que es nuestro para siempre, pero al mismo tiempo no cuidamos, no protegemos, ni desarrollamos? Cuando a muchísimos otros les toque sobrevivir en estado de desesperación, ¿no tendrán esos otros, derecho a que les compartamos lo que poseemos y que a ellos les falta en demasía? Si no asumimos nuestras responsabilidades individuales y colectivas, no nos extrañe que algún día vengan por nosotros; pero de verdad, eh. Y sea nuestra indefensión la que los tiente y les permita hacerlo.

 

En definitiva, no tenemos derecho a tanta incompetencia e irresponsabilidad para con nosotros mismos. Y también para con aquellos que, aunque nunca los conozcamos, tienen derecho a esperar algo de nosotros.