No voy en tren…  Esa cruz del sur.

por Salvador D’Aquila

29 oct 2016

 

Aunque conocíamos estos problemas en general, la información precisa nos la acercaron Marcelo Sánchez McDonnell y su esposa, Mabel Galán, de Ezeiza y de Sierra de la Ventana: “fifty-fifty”, como dicen ellos.  Y nos motivaron a escribir acerca de una problemática particular de nuestro amado-odiado ferrocarril del sud.

 

El problema de la suspensión de los servicios de trenes de media y larga distancia lo sufren muchos.  Y por eso, distintas agrupaciones de vecinos afectados (más de 20.000 usuarios) de diferentes localidades de la Pcia. de Buenos Aires, se concentrarán en Av. 9 de Julio y Av. de Mayo, en el mediodía porteño del próximo miércoles 2 de noviembre, para hacer oír su justo reclamo.

 

Pese a que no hubo Ordenanza, Resolución, Decreto ni Ley que lo justifique, ni por ende publicación en Boletines Oficiales, desde el último 28 de junio varios de ellos dejaron de funcionar, para lo cual medió solamente un comunicado de prensa de Ferrobaires, aduciendo condiciones de seguridad.

 

Entre otros, los ramales afectados son Brandsen-Chascomús, Constitución-Bolívar, Constitución-Bahía Blanca (vía Coronel Suárez) y Constitución-Bahía Blanca (vía Coronel Pringles).

 

Marcelo y Mabel, que conocen mucho del tema, nos comentan que en el caso del vía Coronel Suárez, de dos servicios semanales se pasó a uno.  Encima, con una formación de las importadas de China que no lleva furgón de encomiendas y que por lo tanto no puede llevar cargas, algo muy utilizado y necesario en la región.  Y en el caso del vía Coronel Pringles, que pasa por Sierra de la Ventana, suspendieron los dos servicios semanales de pasajeros y solamente pasan cargueros.

 

Para tener otra dimensión del problema: un boleto desde Sierra de la Ventana a Plaza Constitución costaba $ 200.-; el mismo trayecto en micro cuesta $ 700.-  Y el pasaje en tren hasta Bahía Blanca, $ 35.- contra $ 130.- de una combi.

 

Además, los municipios usaban el tren para traer cargas livianas en los furgones, como caños y otros insumos de uso cotidiano.  Ahora lo tienen que despachar por camión a un costo cinco veces mayor.  Asimismo, hay numerosos pueblitos en el recorrido del tren que no tienen ruta de asfalto y mucho menos otro transporte público que hacia ellos se dirija.

 

Otros datos ilustrativos del deterioro creciente: antes del gobierno de Carlos Menem, corrían hasta cuatro servicios diarios. Luego, con Duhalde-Ferrobaires, tres semanales.  Y con Cristina-Scioli, dos semanales.  Se presentaron pedidos y solicitudes a los intendentes de Laprida, Pringles y Tornquist, que declararon al tren de "Interés municipal" y se comprometieron a realizar gestiones ante los gobiernos Nacional y Provincial.  Claramente, si las hubo, hasta aquí no han sido exitosas.

 

El próximo paso que estas agrupaciones defensoras del ferrocarril tienen previsto en su accionar, es presentar un amparo ante la oficina del Defensor del Pueblo de la Nación. Y si queremos mantenernos informados acerca de esta lucha o sumarnos a ella, su sitio en Fb es "Que vuelva el tren a la comarca serrana", donde conviven gente de distintas banderías políticas, unidos en la defensa de nuestros ferrocarriles.

 

Desde esta columna, nuestro humilde aporte al tema.

por Salvador D’Aquila

 

“Cuando Bergoglio habla…

…hay que escucharlo”.  En la radio donde trabajaba, una década atrás acuñamos esta frase que en mi programa hemos reiterado cada vez que fue necesario a lo largo de otros tantos años.

 

He escuchado y cubierto cantidad de veces al actual Papa, cuando aún no lo era.  Y por compartir sus conceptos, frente al micrófono destaqué y me hice eco de sus dichos cada vez que la situación lo ameritaba y los hechos me daban la oportunidad.  Por supuesto, fueron incontables: al correr del teclado, recuerdo ahora sus homilías en Luján al cerrar las peregrinaciones juveniles; cuando enfrentó a la trata de personas; señalando al narcotráfico y las drogas como un mal que se iba enquistando; apostrofando a la sociedad en su conjunto por aquellas personas a quienes, en su definición, se las considera "descarte"; su defensa de los jóvenes, de los ancianos, etc. etc.

 

Soy una persona módicamente formada en la fe católica y su catequesis.  Lo cual no significa que sepa mucho, pero sí que tengo la inquietud por entender y reflexionar acerca de ella.  Y aunque a uno no le dé la cabeza o sea un negado, a la fuerza algunas cosas siempre se aprenden o se comprenden.  Eso me permite ejercer con cierto criterio mi libertad, como dijera san Agustín, en “lo opinable”.  Y entonces, cuando no estuve de acuerdo, me he permitido cuestionar, con argumentos, algunos temas específicos; por ejemplo, pastorales.

 

Aunque comparto esencialmente el pensamiento del Papa, me sigo valiendo de mi discernimiento antes de aceptar lo que de distintas maneras me comunica, aunque termine dando por bueno casi todo lo que nos propone.  Porque los creyentes católicos deberíamos tener presente que la palabra de Francisco, como la de cualquier otro sacerdote, aunque sea Papa, no es Palabra de Dios.  Y sobre todo, que Francisco habla de los valores que nos deben regir como sociedad, de los principios que nos deben guiar como personas, del horizonte al cual debemos encaminarnos como comunidad, de las utopías que debemos perseguir.  Pero no nos instruye acerca de los métodos o la "operatoria" para lograr objetivos políticos o comunitarios.  Y si es un Papa "peronista" como muchos afirman, minimizando su rol, en eso podría estar perfectamente equivocado.

 

Lamentablemente, muchos que desde siempre defienden los valores que Francisco manifiesta permanentemente y otros que descubrieron tener una gran empatía con el Papa argentino (eso sí, desde que es Papa) son dados a pontificar: las suyas son todas afirmaciones, supuestamente avaladas por aquel al que admiran.  Demasiadas certezas que, paradójicamente, pueden ser equivocadas e inconducentes.

 

Los líderes positivos deben ser seguidos.  Pero no para hacer un culto a su persona (sin dudas, un mal hábito) sino para asumir en la vida diaria, sea cual fuere el lugar donde nos toque actuar, los valores que nos infunden.

 

Ojalá que cada vez y en forma creciente, todos podamos tener un peso más en el bolsillo y más justicia en nuestras relaciones que nos permita sentirnos seguros en todo orden.  Pero no de cualquier manera, sino porque nuestra sociedad en su conjunto crece y se desarrolla con el aporte de todos.  Incluyendo, por supuesto, el de los que están más abajo en la escala social: dejarlos de lado en esa tarea es injusto para con ellos y poco inteligente para con el resto.

 

Y para lograr ese objetivo de que nuestro país y cada uno de nosotros crezcamos, el mejor camino es estar más formados en los valores, ser más educados, estar más capacitados, ser más honestos y más trabajadores y todo el cúmulo de virtudes que quieras agregar.  Siempre pensando en nosotros y en los otros.


Como pienso que dice Bergoglio.

Ministerio del Sentido Común

16-09-03

 Se dice que el sentido común es el menos común de los sentidos.  Falencia que puede alcanzarnos a todos en nuestra propia vida, pero que en tal caso sólo implicará un perjuicio para nosotros mismos… salpicando a los que tenemos más cerca.

 ¿Y qué pasa cuando nuestros dirigentes obran sin tenerlo en cuenta?  Lo obvio: tarde o temprano tienen que dar marcha atrás con sus decisiones; o quedan en letra muerta, superadas por la realidad.  (Ejemplos, un montón.  Ahora se me viene a la cabeza aquella que obligaba a los motociclistas de la Provincia a circular con un chaleco “luminoso” con el número de la patente de la moto grabado, al igual que en el casco.  ¿Te acordás?  Vos agregá el que recuerdes.)

Dos botones de muestra.  Uno, a nivel nacional: una tarifa de gas que se va a multiplicar por cinco.  Y que quien lo comunica a todo el país lo dice más o menos en términos de que quien no pueda pagarlo… no lo use (¡¿?!).

 Otro, de índole local: que el puente de una estación de ferrocarril que se viene utilizando desde hace ¡siglo y medio!, ya no podrá atravesarlo quien necesita cruzar de un lado al otro de una localidad bonaerense.  Y si querés cruzar, pagá boleto como si fueras a viajar en tren.  Eso sí, el mínimo…

Cuesta entender ciertos comportamientos.  Porque muy probablemente a los protagonistas de ambas decisiones no les falta formación, inteligencia (por lo menos, tal como la entiende el mundo de la política), capacidad y, casi seguramente, las ventajas de una vida sin penurias económicas.

¿Y entonces?  Entonces que la sabiduría, el sentido de ubicación o como quieras llamarle a esa forma de actuar que hace que por lo menos no tropecemos con las piedras más grandes que se presentan en nuestro camino, parece no ser un atributo muy difundido entre quienes tienen responsabilidades ante el resto de la sociedad.

En tiempos en que a algunos gobernantes se les ha cruzado por la cabeza implementar “Ministerios de la Felicidad” o cosas parecidas, sorprende que a nadie se le haya ocurrido contar con uno que evalúe las decisiones y pueda decir: “Muchachos, esto no va a andar”.

Bueno, ministerio…  En realidad lo que quiero decir es que por lo menos haya alguna persona que, más allá de su erudición y técnica, pueda alertar a los grandes decisores y sea escuchada para evitar los perjuicios de medidas que no pueden instalarse de ninguna manera, salvo con el uso de una fuerza autoritaria que por suerte no nos oprime.

 Si hilamos un poco más fino, así como a quienes buscan ser nuestros representantes en todos los niveles debiéramos pedirles idoneidad para un cargo y honestidad para desenvolverse en él, también deberíamos evaluar si supieron cultivar la virtud de la prudencia, la más importante de las grandes cuatro (las otras: Justicia, Fortaleza y Templanza).

Que ser prudente no significa solamente mirar para los dos lados antes de cruzar la calle u otro tipo de precauciones cotidianas, sino saber discernir lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo, separar la paja del trigo.  Podríamos decir, actuar con sensatez según el momento.  Que de eso se trata en definitiva, del buen juicio.

¿Es mucho pedir?  ¿Es mala la idea?  Voy a ver si encuentro a alguien que me responda… con sentido común.

por Salvador D’Aquila

Sí, Carlitos, el del flequillo, el del perro invisible, el del chupetómetro.  El que todavía intenta con recursos nobles sacar una sonrisa a todo aquel que se le cruza en el camino.  El que quizás uno admira más con el correr de los años, cuando cierta nostalgia facilita la ternura.

Debo decir que en su apogeo, no lo seguía especialmente.  Aunque era insoslayable verlo de vez en cuando.  Y que además, se te pegaran o reconocieras muchos latiguillos suyos.  Pensalo: aunque seas joven, seguro que vas a recordar varios.

Uno en especial, me mueve hoy a la reflexión.  En el presente, prácticamente no se lo oye.  Pero antes se escuchaba mucho y estaba muy metido en la gente, sobre todo, en aquellos más humildes.  Y en su sencillez y simpleza tenía connotaciones, creo yo, más profundas que lo que su enunciado podría hacer suponer.  Cada vez que el personaje en cuestión era sospechado en su actitud, su respuesta era como un escudo protector, como una garantía, casi desafiante: "Pobre… ¡pero limpito!".

El hecho de ser pobre se entiende fácilmente.  ¿Y qué significaba ese "...pero limpito"?  Ensayo una respuesta.

El ser (no “estar”) limpio no tenía que ver con una cuestión de higiene, sino cultural.  Quién lo manifestaba daba a entender que podía tener el bolsillo con muy pocos pesos, problemas para mantener a su familia, no llegar a fin de mes, probablemente un trabajo precario, y toda la problemática cotidiana derivada de cubrir con esfuerzo las necesidades materiales básicas.  Pero con eso de ser "limpito", se quería decir que ese alguien tenía dignidad, quería mejorar, no pretendía que nadie le regalara nada, se consideraba honesto y trabajador, buscaba crecer a través del conocimiento y la formación (recuerdo a mi papá, mis tíos y sus amigos, en su juventud obreros ellos, pero que serían casi intelectuales comparados con muchos universitarios de hoy) y también que sus hijos fuera "dotores", al decir de Florencio Sánchez.

Y no sólo "exitosos" porque la "pegaron" con algún puesto público.  O siendo el ladero de algún puntero político.  O ellos mismos "acomodándose" para ejercer una cuota de poder disfrazada de servicio, aunque sea en el lugar más abandonado y valiéndose de quienes allí viven.  Entre otras posibilidades que el mundo ofrece, claro, como por ejemplo "zafar" vendiendo drogas o saliendo a "laburar" con un fierro.

No me cabe duda de que muchísimos, la mayoría, hoy continuamos en la misma tesitura de crecimiento personal, familiar y comunitario.  ¡Pero cómo se ha esmerilado esa mentalidad, cómo se la ha degradado!  Aun haciendo todo bien, nos va a costar generaciones que vuelva a imperar en toda la sociedad.  Porque en esto no hay distinción de bolsillos: la cultura del zafar como se pueda es verdaderamente transversal.

Y prefiero dejar de lado en estas pocas líneas, las carencias alimentarias, de salud y de educación que estoy seguro han hecho que bajáramos varios escalones en eso que orgullosamente valorábamos como el "talento argentino": la realidad es que ya son legión los chicos, adolescentes y, a esta altura, muchos adultos que si nacieron con esa herencia cultural, ha sido devaluada.

¿Será sólo una cuestión de modas que este dicho haya caído en desuso o algo muchísimo más serio y grave?

No te vayas, Carlitos.

 

Nadie la va a extrañar

 

Dentro de algunas pocas horas, más concretamente mañana a las 8.00, comienza la veda electoral. Y si en algún lugar del país no nos quedó ninguna elección en el tintero, en ese momento terminará la maratónica campaña, que nadie va a extrañar, a la que nos sometió el calendario electoral 2015. Que, recordemos, comenzó más o menos nueve meses atrás y se prolongará hasta este próximo domingo. Obviamente, con los consiguientes discursos, avisos, caminatas y demás actos proselitistas a lo largo y ancho de nuestro país.

¿Qué lleva a establecer fechas tan diversas y extendidas en el tiempo para votar en las distintas jurisdicciones? Suponemos que el criterio coordinado del Gobierno central y las autoridades de cada una de ellas, pensando que de esa manera, por motivos contingentes, se iban a ver favorecidos. Escapa un poco a la lógica, pero esa es la única razón que parece ser tenida en cuenta en la decisión.


Y digo que no es lógico porque, ¿quién les dijo a los distintos oficialismos que tal como pergeñaron las cosas se aseguraban algún tipo de ventaja? Es más, pudo haber sido que se les volviera en contra a fuerza de cierto hartazgo en la gente de tanta campaña, festejos rimbombantes y tantas veces desubicados de los distintos ganadores, de los comportamientos tan poco caballerescos que las más de las veces se observan en los candidatos después que fueron elegidos y de tanta chicana exhibida durante casi todo un año.

Y tampoco es lógico, porque convengamos que el sentido común indicaría que un lapso de tres meses máximo sería un tiempo deseable y más que suficiente para que se vote en toda la extensa geografía de nuestro país. Y no someternos, como ha pasado a ¡meses! de bombardeo televisivo, radial, por internet, en vía pública, celulares, etc. que hace que llegue un momento que uno no mira con buena cara ni siquiera a los candidatos de su preferencia.

Pero como “no hay tiento que no se corte, ni plazo que no se cumpla”; o tanto para tomar otra forma artística, si en lugar de la evocación literaria lo preferís dicho en clave musical: “todo concluye al fin, nada puede escapar”, para alivio de todos esto también tendrá su final.

Y como todo final, será el comienzo de algo nuevo. ¿Mejor? Estará por verse, sea quien fuere el ganador. ¡Pero qué bueno que sería que quien llegue a Presidente cumpla con todo lo fantástico que prometió en campaña! O por lo menos, que después no nos salga con aquello de que si decía la verdad de lo que iba a hacer, nadie lo iba a votar.

Y si lo hace tan desfachatadamente o simplemente se da vuelta y no cumple con lo pactado con el conjunto de la sociedad, que no sólo él sino también su espacio político tenga el consabido rechazo de todos. Si es que de a poco vamos aprendiendo algo.



 

 


 

 

 

 

Lunes 16  de noviembre de 2015

Debatiendo

 

Siento que hay que decir algo respecto del debate de esta noche.  Por aquello de que es la primera vez en la historia de nuestro país que dos candidatos a Presidente lo concretan.  Porque se creó cierta expectativa en la sociedad.  Tal vez porque esperábamos no sé qué cosa de ellos.  O porque hubo mucha gente viendo y escuchando, según lo indican las primeras mediciones de audiencia que se conocieron.

En lo personal, mis expectativas no se vieron satisfechas.  Aclaro: no las racionales; porque… ¿qué otra cosa podíamos esperar?  Pero uno siempre tiene esperanza de algo más, de algo mejor, aun cuando la realidad nos indica que ninguno de los dos candidatos destaca.

Si se los mira desapasionadamente (aunque muchas pasiones no puede levantar ninguno de ellos), nos queda sabor a poco.  Tanto por su forma de expresarse y de plantarse, por las ideas que sostienen o el modo en qué lo hacen, por el voluntarismo que se les cuela.


Es cierto, hemos tenido Presidentes que supieron levantar más entusiasmo; y manejar a muchos, claro.  Y con esos tampoco nos fue de maravillas.

Yendo al debate en sí, digamos que en general se respetaron las formalidades (Scioli siempre un poquito más pasadito con sus tiempos, pero tampoco fue para tanto).  Los presentadores/moderadores cumplieron con su módica función; sólo exagerando un poco en la presentación de los candidatos con entonación de noche de cuadrilátero.  Y ambos expositores, de acuerdo con su librito: tratando de mostrarse seguros y enérgicos, pero al mismo tiempo sin parecer desbordados.

Sólo trataron.  Porque para mi gusto faltaron agallas para sostener las propias posiciones.  O personalidad.  O convicción.  El que más intentó por ese camino fue Scioli, pero no le sale.

Más allá de las preguntas y repreguntas que cada candidato hizo después de la exposición del otro, prácticamente no se obtuvieron respuestas.  Lo visto fue casi como si se hubiesen presentado y grabado sus presentaciones en forma independiente y un editor luego hubiera “pegado” las imágenes para que aparecieran uno al lado del otro.  Casi no hubo debate en cuanto a lo que la palabra evoca como discusión de ideas, sino los mismos latiguillos de ambas partes que venimos escuchando en los últimos días en los avisos de campaña.

Scioli anduvo toda la noche con cara de enojado, que no creo que es la que haya querido mostrar, sino la que le salió: probablemente, de los dos, debe ser el que más esté sufriendo el estrés de tantos días de agitación.  Fue de menor a mayor, buscando desacreditar a Macri con las supuestas malas decisiones de “derecha” que éste tomaría si fuera Presidente; y confrontándolas con las supuestas buenas decisiones de “izquierda” que él continuaría tomando si fuese Gobierno.  Eludió los cuestionamientos concretos que se le hicieron acerca del gobierno kirchnerista, escudándose en el “yo voy a ser distinto” y mirando para otro lado.  A las objeciones de por qué en sus muchos años de Gobernador no hizo todo lo que ahora propone, pelota afuera.

Macri intentó mostrarse más suelto, lo cual consiguió solo a medias.  Pidiéndole a Scioli que no le haga de vocero y acusándolo de mentir y de no estar informado cuando le tocaba a él recibir las acusaciones por tal o cual acción u omisión.  Aunque le costó desmentirlas y lo hizo con vaguedad, estuvo en un nivel parejo durante todo el transcurso y comenzó y terminó más o menos en el mismo tono.

Tengo la impresión que si alguien cambia su posición por lo visto y escuchado en este debate, va a ser una excepción.  Que la inmensa mayoría, con más o menos adhesión, estuvo viendo a “su” candidato, ya elegido de antemano.  Y difícilmente desde esa perspectiva se pueda haber observado debilidades del propio o fortalezas del adversario que motiven una reflexión.

Me parece que el costado más débil de ambos es el pasado: ninguno puede exhibirse como transformador de realidades en donde les toco gobernar.  Más cerca de eso parece estar Macri.  Pero ya sabemos que las transformaciones pueden ser para mejor o para peor y que se pueden mirar a través de prismas muy distintos.

¿Hubo un ganador en este debate?  Pese a los resultados que aparecieron en algunas pantallas apenas concluyó, dando ventaja considerable a uno de ellos, yo no lo creo así.  Y pienso que tenemos que aprender a ignorar las encuestas y las afirmaciones de los periodistas militantes, que de ambos lados también hoy estuvieron haciendo su trabajo.

Este no fue el debate que yo quería.  Cada uno se mantuvo en lo suyo, lo cual no es malo, pero sin darnos explicaciones de cómo van a concretar las distintas acciones que nos proponen.  Y más allá de que una idea pueda ser buena, también puede frustrarse con una mala o deshonesta ejecución.

Todo quedó más o menos igual que al comienzo.  ¿Entonces, quién ganó?  Nos vamos a enterar el próximo domingo a la noche.  Y al cabo de cuatro años, espero que hayamos sido todos nosotros.


 Sábado 14  de noviembre de 2015

Sonríe, Dios te ama…

 

Importante

 :

               La siguiente nota de opinión se escribió antes de que se realizara la entrevista que motivó la redacción   “Usted es…”.  Y que por corresponderse esta última con una noticia del día, se decidió publicar previamente.  Por lo tanto, los conceptos que se expresan a continuación no estuvieron de ninguna manera influenciados por los dichos escuchados en aquella entrevista.


Suponemos que son muy pocas las personas (siempre hay gente para todo) que dudan acerca del beneficio que otorga una sonrisa, tanto para quien la da como para quien la recibe.  Un gesto sencillo, simple de realizar, al alcance de todos…  Que sin embargo no todos llevamos a la práctica en la medida del bien que produce.



Los que podrían pero no quieren sonreír, nos (se) someten a un destrato innecesario. Los que quisieran sonreír pero no pueden, aún en su buena intención, nos privan de lo que su lucha interior les impide brindar.  Muchos, nos obsequian su sonrisa naturalmente, sin consideraciones secundarias.  Y otros, convencidos de que la amabilidad es algo que nos debemos entre todos, la ensayan con éxito y, a veces, hasta consiguen transformarla en hábito.

La sonrisa ejercitada durante toda la vida conlleva también, como consecuencia muy valiosa, que el rostro en que se ha lucido quede surcado por arrugas amables, casi con un rictus de alegría permanente.  Que siempre va a ser muchísimo mejor que otro de acritud perenne.

Quien sonríe sabe que ello le va a reportar algún tipo de recompensa en su trato con los demás. O un rédito concreto: una compra, un favor, un apoyo. Lo cual no lo invalida, aunque haya sido el producto de una decisión premeditada.  Claro que para eso es necesario que la sonrisa sea creíble.  Que no aparezca colgada de los labios evidenciando falta de sinceridad.  Porque en tal caso, puede lograr el efecto contrario del buscado.  Si hasta la sonrisa que busca consolar, si es falluta, justamente, falla y no logra su cometido.

En las campañas políticas se ven sonrisas a troche y moche y de todo tipo.  Pero a efectos de estas líneas, vamos a dejar de lado las falsas o de pura conveniencia, para centrarnos en las que nos parecieron sinceras.  Aunque imaginamos que de tanto ejercitar los labios en esa práctica, necesariamente se debe caer en algún momento en la sonrisa de ocasión.

Y de entre las sonrisas creíbles, una destacó.  No por ser especialmente singular, sino porque de quién la viene portando desde ya mucho tiempo atrás, no se esperaba que lograra semejante recompensa: nada más ni nada menos que la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires.

Obviamente, la señora María Eugenia Vidal (o sus asesores) habrán visto en esa posibilidad de la candidata una palanca más que sólida para acercarse al electorado en general y cada persona en particular: es casi una ley empírica que a quien se le regala una sonrisa, la retribuya, generando de esa manera un marco más propicio para la relación que se pretenda establecer, aunque sea circunstancial.

Más allá de las ventajas del caso, esta cualidad la creemos genuina en la gobernadora electa.  Y por eso la valoramos.  Incluso hace varios años (tal vez en su tiempo de candidata a Vicejefa de Gobierno de la Ciudad), alguien cercano ya me había hecho notar en ella lo que denominó “esa carita como de feliz cumpleaños todo el tiempo”.  En realidad, ese comentario conllevaba casi como otra afirmación, que esa posición era ilógica sostenerla en todo momento y que ya se estaba dando por demás.

Volviendo al presente, una semana después de la definición a favor de la candidata de Cambiemos, ante la enésima sonrisa que le vi (esta vez, en un diario, ilustrando una nota donde se hacía un repaso de los serios problemas a resolver que se le avecinaban cuando se instalara en el ejecutivo provincial), pensé para mis adentros: es hora de que si querés seguir siendo creíble, sonrías un poco menos.

Porque esa sonrisa vista tantas veces, dibujada una vez más en el rostro de una persona que ahora ya tiene responsabilidades muy concretas que afrontar, con la carga que representa que la mayoría de los bonaerenses confió en ella; en una nueva posición, buscada, pedida y luchada; esa sonrisa ya se me presentó como una falta de toma de conciencia de lo que se viene, de una subestimación de las dificultades a superar para encontrar soluciones concretas y permanentes.  Como de una cierta desubicación.

Aún en las peores circunstancias, es muy bueno tener una predisposición interior que nos haga “sonreír el alma” para afrontar cualquier situación por gravosa o desafiante que sea.  Pero también hay que saber ubicarse frente a uno mismo y frente a los demás.  Y las sonrisas a destiempo, con su carga fallida, podrían darnos a entender que no se sabe cómo tomar al toro por las astas; o que aquellas que se correspondían con la búsqueda del trato afable y cercano, pidiendo la confianza, no eran verdaderas.

Y cada vez más necesitamos confiar y que nuestra confianza no sea defraudada.  Ni siquiera con una sonrisa.


 

 

Viernes 13 de noviembre de 2015

“Usted es un infame”. Otro tiempo, la misma vileza.

 

Hace un par de horas recibí el mail de un amigo que contenía solamente una pregunta: “¿Qué quiso decir el loco con la idea de que Vidal puede terminar en "la trata de blancas"?”.

No tuve la menor idea de qué me hablaba hasta que leí el contenido del archivo adjunto: la nota de un diario digital donde se hacía referencia a un reportaje radial a Juan Pablo Feinmann, en el cual el filósofo, entre otras declaraciones, había incluido esa posibilidad.

Debo reconocer que me costó darle crédito a lo que allí se decía: es tanto lo que se tergiversa o “se saca de contexto”.  Así que busqué y encontré el audio con el reportaje en cuestión.  Concretamente: la entrevista que le hicieron en el programa Detrás de lo que vemos, que conducen Claudio Villarruel y Bernarda Llorente, en Radio América AM1190.  Obviamente, lo escuché.


Allí, entre otras afirmaciones, José Pablo Feinmann dijo refiriéndose a María Eugenia Vidal, en tono jocoso y yo diría, despreciativo: “Soy un tipo de mucho humor, porque si no no podés tolerar que esta chica tan rica, tan linda, haya ganado la provincia de Buenos Aires”. Para continuar: “No sabe lo que le va a pasar ahí” (en la Provincia), dónde en su concepto “la belleza es pecaminosa” (?).  Y agregar luego: “Puede gobernarla brillantemente” o “ser víctima de ese trabajo y terminar en una trata de blancas”.  Pero, eso sí, asegurando que esto último “nosotros, los democráticos, lo vamos a impedir”.

Entonces, luego de oírlo directamente de su boca, mi estupor inicial dejó paso a la indignación.

Y sin ánimo ninguno de compararme, me vinieron a la mente las palabras furiosas que Magdalena Ruiz Guiñazú le dedicó a Armando Gostanián, en una entrevista que le realizó, si no me equivoco, en el año 1992, en su programa radial de las mañanas y a propósito de la acusación que le hizo otra periodista de haberla acosado y ofrecerle información a cambio de favores sexuales.

El “gordo boludo” del menemismo (Dr. Carlos Saúl Menem dixit) no tuvo mejor idea que defenderse de esa denuncia respondiendo algo así como que la (falta de) belleza de la mujer en cuestión no ameritaba esa actitud por parte de él.  “Eso es una infamia, Gostanián.  Usted es un infame.”, bramó Magdalena.  No me lo contaron, lo escuché en el mismo momento en que eso sucedió.

Esta suerte de nuevo Gostanián, ya en alguna oportunidad había afirmado, palabra más, palabra menos, que los que no se bancaban a Cristina Fernández era porque le tenían envidia por su poder y belleza (en el caso de las mujeres); o porque era mucha mujer para poder conquistarla e inaccesible para ellos (en el caso de los hombres).  En aquel momento pensé que para opinar de esa forma, Feinmann debía tener, como hombre, sus serias limitaciones; o como mínimo, una muy pobre autoestima varonil.

Eso sí, no exenta de soberbia, cómo le diríamos… ¿intelectual?  Porque esta vez tampoco se privó de dejarnos otras sesudas definiciones.

“Hay personas que son tan inteligentes que eso les dificulta el diálogo con las otras personas. Las lleva a un personalismo y a una conducción personalista, porque es tan inteligente esa persona que cuando el otro dice dos palabras, ya sabe todo lo que va a decir y se aburre. El diálogo la aburre. Eso le pasa a Cristina”, consideró en el mismo reportaje.

Y refiriéndose a sí mismo, agregó que tal como le acontece a su admirada Cristina, a él también le aburre el diálogo y destacó que “hablo con cada nabo que abre la boca y ya me estoy aburriendo”.

Repasemos sus dichos y hagamos algunas consideraciones respecto de este tipo.  (En alguna nota anterior hice referencia que para ganarse la consideración de señor, hay que responder con señorío.  Y eso es lo último que Feimann demostró tener).

En muchas oportunidades he seguido sus programas de televisión por cable, para aprender algo nuevo o refrescar algún conocimiento medio olvidado.  Pero es indudable que la erudición no tiene nada que ver con la sabiduría: podés ser un gran conocedor acerca de ciertos temas, pero también podés ser un estúpido.  O un nabo.

Su falta de caballerosidad, su irrespetuosidad, no ya hacia una mujer en particular sino hacia todas, mostrando una misoginia notable, lo convierte, como hombre, en muy poca cosa.

Y flaquísimo favor le hace a las leyes antidiscriminación que probablemente defienda, pero que indudablemente no siente.  Porque tengamos presente que en su bochornoso decir, ni siquiera habló de trata de personas, sino de ¡trata de “blancas”!  ¿Eso significará que para Feinmann, si son “negras”, no hay trata?  ¿Algún fiscal del Estado o algún referente del INADI lo denunciará ante ese organismo?

Párrafo aparte merecen los conductores del programa donde esta entrevista ser realizó: Claudio Villarruel y Bernarda Llorente.  ¡Qué lejos estuvieron de enfrentar los lamentables dichos de su entrevistado!  No sólo no reaccionaron como hubiera correspondido a personas de bien, sino que por el contrario se sumaron a esos conceptos viles con coro de risas incluido.  Magdalena les queda demasiado grande.  Y creo que también a ellos les cabría enfrentar una acusación por discriminación.

Puede ser que Juan Pablo Feinmann sea muy inteligente, en el sentido tradicional del término.  Puede ser que sus conocimientos de filosofía sean muchos. (¿Tendrán los filósofos un comité de ética que los rija?)  Puede ser que tenga capacidad.

Pero como siempre, lo valioso de nosotros no es el talento con que la naturaleza nos haya dotado, sin mérito ninguno de nuestra parte. Ni tampoco lo que hemos logrado aprender, quizás hasta con cierto esfuerzo, pero siempre a través de las circunstancias favorables con las que otros nos han favorecido.

Portando virtudes y acarreando defectos, lo que vale de nuestra persona y lo que nos hace trascender en alguna medida es qué hacemos con lo poco o mucho que hemos recibido.  Y si con eso somos capaces de mejorar la realidad desde el lugar en la que el destino nos situó.

Los hombres nos definimos por nuestras acciones.  Esta de Juan Pablo Feinmann ha sido deplorable y de una pobreza de espíritu digna de arrepentimiento.  El único camino para reparar, en parte, el daño hecho a todos.

Ah… La respuesta que le di a mi amigo antes de escribir esta nota fue mucho más directa.  Con un lenguaje menos sutil y menos palabras, tal como lo permite una confianza de muchos años.  Por respeto al buen decir, uno de los criterios con que se construye esta página; y también a nuestros lectores, a quienes no conocemos, aquí la hemos expresado en otros términos.  Y ha sido muy trabajoso lograrlo.  Porque en ciertas circunstancias o ante determinados hechos, es difícil controlar que no surjan espontáneamente los insultos; y encontrar las palabras adecuadas para manifestar los conceptos que dichos de otra manera son tan explícitos y contundentes.

 

Dani, Mauri... teléfono…

 

Hace unos minutos terminó la conferencia de prensa con la cual los principales dirigentes de Unidos por una Nueva Alternativa (UNA) cerraron un día de deliberaciones. Aunque sería más ajustado hablar de una jornada para calibrar la forma de insistir en mostrar un rumbo claramente definido desde antes, tanto para la contingencia como para lo que se viene.

Como parte de una gran puesta en escena, Massa, De la Sota, Lavagna y Sáenz se prestaron a las preguntas de los periodistas como una manera más de marcar el cambio que ese espacio político propugna. Pero sobre todo, para acentuar las diferencias con el actual gobierno.

Porque si bien es cierto que reiteraron una y otra vez que no se sienten dueños de los votos de aquellos ciudadanos que los eligieron a ellos; que por lo tanto, no se atribuían el derecho de indicarles por quién debían inclinarse en la opción (tal su calificación del balotaje del próximo 22); y que su opción sería por el candidato que aceptara sus propuestas, no es menos cierto que la palabra “cambio” y el deseo de no continuidad fueron machacados permanentemente.

Lo cual hace suponer que en el supuesto de que ambos protagonistas de la segunda vuelta decidieran firmar hasta con su propia sangre que hacen suyas todas las propuestas y políticas de Estado sugeridas por UNA, le quedaría bastante más lejos a Scioli que a Macri ganar su voluntad.

Sin hacer nombres propios tampoco se privó Massa de referenciar negativamente a Cristina Fernández. Muchos de sus dichos (que acomodar los micrófonos evoca momentos poco gratos, que se acabó el uso de la lapicera y el látigo para disciplinar, que aquellos que en lugar de servir al país se sirvieron para incrementar sus negocios, etc.) la tuvieron como destinataria muy concreta.

Hubo un ítem, el de la corrupción, que Massa utilizó en el cierre como último argumento de mucho peso contra el kirchnerismo. Y el modo en que subrayó una vez más las diferencias fue poniendo como ejemplo que si Ricardo Jaime hubiera sido juzgado con las leyes que ellos proponen, no solo hubiera recibido la sentencia estando preso sino que además el barco fruto de las “dádivas” ya habría sido confiscado por el Estado.

Aunque jure y perjure que va a procurar que la Justicia investigue en forma independiente la corrupción de la última década y que los encontrados culpables van a ir presos, no se ve el modo en que Scioli pueda luchar contra eso.

Que quede claro: en este turno Massa perdió en su intento para llegar a la Presidencia. Salió tercero. No lo eligieron a él para liderar el cambio que pretende. Y va a mirar el balotaje de afuera.

Pero indudablemente está jugando con acierto las cartas que le quedan. Por lo menos hoy, parecería que en los debates que se vienen, aún estando ausente, va a estar tan presente como los propios Scioli y Macri. A quienes les va a resultar casi imposible eludir “responderle” a Massa directa o indirectamente. O, si se prefiere, a los cinco millones doscientos mil ciudadanos que lo votaron.

Puede ser que este sea para Sergio Massa el cuarto de hora previo a desaparecer por un tiempo del primerísimo primer plano. Pero aunque así sea, este tiempo lo está atravesando sacando fuerza de debilidad. ¡Si hasta parece que hubiera ganado!

 

 

Apuntes de madrugada

 

Un poco sueltos y al correr del teclado.  Pero con la motivación de que estas primeras impresiones tengan algún valor que justifique postergar mi sueño y, sobre todo, que vos las leas.

Para comenzar, tuvieron que pasar más de seis horas desde el cierre de los comicios para conocer los primeros datos oficiales del escrutinio.  Una vergüenza desde varias perspectivas: la que le quieren hacer pasar a la informática, que avanza día a día menos para contar los votos en la Argentina; la de la política, con un Ministro de Justicia (Julio Alak) y un responsable de los cómputos (Alejandro Tullio) con un par de apariciones para explicaciones que fueron un bochorno; la de la Justicia Electoral, tolerando la corruptela (¿o el delito?) de no dar a conocer a la ciudadanía los datos que indudablemente ya obraban en poder de todos los candidatos muchas horas antes.  Podríamos seguir, pero bastan como ejemplos.

La increíble capacidad de supervivencia de las empresas encargadas de las encuestas.  Porque hace apenas unas horas la discusión era si había balotaje o no.  O sea, si Scioli alcanzaba a sacarle diez puntos de ventaja a Macri en lugar de nueve u ocho…  Pues bien, hasta aquí y con 75% de las mesas escrutadas, ¡va ganando Macri!  Es verdad, apenas por unas décimas y probablemente el resultado final se invierta.  Pero el “margen de error” del 2% con el cual se protegían de dar una respuesta concreta a segunda vuelta sí o no, va a terminar siendo muy poco profesional, en un resultado que ninguno, pero ninguno, pudo anticipar.  Párrafo aparte merece el pensar que los candidatos se manejan también en función de esas mismas encuestas.  Y que en las próximas elecciones volveremos a ser encuestados…

El patetismo del llamado periodismo “militante”.  Que para nosotros no existe: es periodismo de opinión realizado con honestidad o sin ella, no importa para quien se trabaje.  Hoy, en la previa, y después ya con los resultados avizorados o puestos, se les notó más a unos que a otros.  Pero siempre es igual de patético, se vean circunstancialmente perdedores o ganadores.

Hay algunos políticos que cuando abren la heladera y se topan con su interior iluminado, automáticamente se ponen a hablar: tal el reflejo que desarrollaron durante años ante la presencia de la luz de una cámara encendida o de un micrófono que se interpone en su camino.  Esta noche, muchos de ellos con responsabilidades centrales en estas elecciones, literalmente desaparecieron.  Poco compromiso con quienes los siguieron y votaron, pero la misma desvergüenza de tantas y tantas oportunidades en que hacen tan mal uso de su locuacidad.

Los resultados del voto de los ciudadanos: inauditos hasta hace apenas unas horas. Echando por tierra con la supuesta efectividad del sin fin de avisos llenos de palabrerío y reiterados hasta el hartazgo.  Ya que estamos: sería de desear que las campañas sean cada vez más acotadas y los candidatos respetaran más a quienes les piden el voto, tratando de ganarlos no a través del marketing y la burda insistencia sino expresando con la mayor claridad posible la verdad de sus conceptos, valores y convicciones.

Y algunos comentarios finales con nombre y apellido.

María Eugenia Vidal.  Exitazo.  Pero todavía sin triunfo, que será tal si después de los cuatro años que le toque gobernar logra cumplir con objetivos de superación en todos los órdenes.  O sea, si consigue dejar una provincia en mejores condiciones de como la recibe.  (Pienso que siempre deberíamos saber distinguir entre el éxito, que simplemente puede ser una circunstancia -y que junto con el fracaso, al decir de Rudyard Kipling, son dos impostores-; y el triunfo, que tiene que ver con la plenitud que deriva de cumplir con un proyecto bueno, donde si nos toca beneficiarnos en lo personal, también la sociedad se esté favoreciendo directa o indirectamente de nuestra victoria.)

Aníbal Fernández.  Perdedor.  Pero en todo el sentido de la palabra.  No sólo por los cinco puntos por los cuales quedó segundo en estas elecciones, sino por los mismos motivos que expresamos en el párrafo anterior: todos los éxitos que pudieron jalonar su camino, nunca lo van a convertir en un triunfador.

Mauricio Macri.  ¡Ay, cuántas dudas…! ¿Representará el cambio positivo que pregona?  ¿Cómo se va a desprender de la ideología no siempre altruista en la que se formó?  Y si hubiera una conversión personal que lo lleve a querer obrar a favor del conjunto de la sociedad, en especial de los más pobres, ¿cómo hará para no quedar condicionado por los factores de poder que lo pueden ayudar a lograr ser Presidente y que tantas veces fueron artífices de todo lo contrario de un “cambio a favor de la gente”?

Daniel Scioli.  Habida cuenta de su capacidad para llegar al lugar que ahora ocupa y para superar las distintas etapas de distintos gobiernos (con mucho más esfuerzo en el último), más de una vez dije al aire en nuestro programa de radio que no sabía si era el hombre más inteligente y astuto del mundo o… digamos, todo lo contrario.  Seguramente ni una cosa ni la otra.  Pero la imagen que tengo de él en este momento es la siguiente: Scar siendo cercado por las hienas, en el final de El rey león.  El personaje de esta película (muy recomendable para grandes y chicos) no terminó bien.  ¿Podrá sobrevivir una vez más el candidato del Frente para la Victoria?

Cristina Fernández.  Con los resultados puestos a nivel nacional para Presidente, y en la provincia de Buenos Aires para Gobernador, que ya son irreversibles.  Pero, atención, también con su pariente ganadora y gobernadora electa en Santa Cruz; nuestra actual presidente, ¿estará penando y lamentándose por las consecuencias emanadas de las urnas o disfrutando y relamiéndose por ellas?

Para ir terminando: se votó y se votó en paz.  Alegrémonos y disfrutemos por este hecho.  Que las nuevas generaciones lo tienen felizmente naturalizado, pero los que no somos tan jóvenes sabemos el valor que tiene y debemos transmitirlo.

Y en principio, preparémonos para cuatro semanas más de campaña.  Y después vemos.  Pero no que nos depara el destino, sino que destino nos deparamos a nosotros mismos.


 

Los otros Tres Tenores

 

Hasta ahora hemos escrito acerca de los tres candidatos entre los cuales se encuentra el próximo Presidente de la Nación.  (¿Qué sucesión de hechos extraordinarios deberían ocurrir para que no sea así?  Mejor no pensarlo.)

Pero ellos no son los únicos con posibilidades: aunque con nula probabilidad en la práctica, hay otros tres que se lo ganaron en buena ley, logrando en las PASO el apoyo de ciudadanos que los votaron para que los representaran en las elecciones generales de este próximo domingo.

Son dos hombres y una mujer: Adolfo Rodríguez Saá, Nicolás del Caño y Margarita Stolbizer.

Al primero, lo conocemos.  Después de varios que midieron su mandato en horas, el Adolfo llegó a ser durante una semana Presidente de la Nación en los aciagos días pos Alianza.  Para que lo ubiques: fue el que anunció el “default” aplaudido y vivado en el Congreso.  También exgobernador de San Luis, junto con su hermano Alberto es uno de los “dueños” de la provincia desde hace mucho tiempo. Y si bien suele elogiársele una menor desprolijidad en el manejo de la cosa pública y una provincia más ordenada, no es menos cierto que el modelo aplicado allí sería imposible de replicar a nivel país.  Porque, ¿de dónde y cómo obtendrían el dinero necesario para llevarlo adelante?  Peronista promedio, con los vicios y virtudes que ya conocemos en la inmensa mayoría de los dirigentes del “Movimiento”, sus nulas posibilidades en la contienda hacen que bajemos la cortina acerca de él.  Y de paso, dejamos en un olvido piadoso algunos episodios de su pasado personal.

No es que tenga más chances, pero el segundo es, por lo menos, una novedad.  Diputado de la Nación por Mendoza, del Caño aparece como una gran incongruencia: es muy joven (apenas treinta y cinco veranos), pero en mi opinión el que más atrasa.  No es que solamente haya dejado de lado cualquier preocupación por su imagen, lo cual a veces lo hace aparecer como parte de una foto antigua (lo cual no es ningún mérito ni demérito), sino y fundamentalmente porque su discurso lo escucho como tan, pero tan de otra época, que ya no lo emparento siquiera con ideales sino con propuestas extremas que no tienen cabida en nuestra sociedad.  Y que también serían imposibles de implementar.  Por lo cual, entiendo que tanto él como los acompañantes de su espacio político pierden credibilidad; inclusive, para moderar con posibilidades los desvíos del otro extremo.  En fin, que son bienvenidas todas las ideas y quienes las enarbolan, pero que deberían ser implementables en este marco y en este tiempo, para que todos pudiéramos como sociedad servirnos de las ventajas que ellas conllevan.

Quien cierra este trío es mi favorita: Margarita Stolbizer.  Que por sus valores personales y convicciones debería estar mucho más arriba en la consideración del electorado: es una pena que no pueda ser una alternativa para pelear hoy con reales posibilidades por la Presidencia.  Mujer de familia, pero también de militancia.  Formada en la vida y en la política.  Coherente en sus palabras y en sus acciones.  Inteligente y capaz.  Que está sabiendo manejar en esta previa su posición “de segundo pelotón” para con sinceridad y valentía afianzar sus dichos y hacer pensar a más de uno en si el suyo no sería el verdadero “voto útil”.  Pienso que cuanto menos, muchos de los candidatos a legisladores que la acompañan en su lista van a lograr ser electos gracias a quien la encabeza.   Si bien es cierto que siempre debe haber una primera vez, en su debe podríamos contabilizar su falta de experiencia en una gestión ejecutiva.  Ojalá que después de estas elecciones, su prédica no se pierda y tampoco se diluya su capacidad para captar al electorado, como ha pasado con otros políticos que tuvieron su cuarto de hora en las urnas.

Volviendo a una recurrente fijación mía, pienso que en un país como el nuestro, donde sus dirigentes nos dan tan poco buen ejemplo, Margarita Stolbizer lo sería.  Y eso de ser un buen ejemplo y tener las manos limpias, es lo único que puede dar real poder de acción a los gobernantes para tener verdaderos colaboradores en su gestión y no meros cómplices de sus ambiciones económicas y/o de poder.

 

 


 

 

Lic.

 

A algún adulón o asesor de turno se le habrá ocurrido y lo dijo en voz alta: “¿Cómo nuestro candidato va a ser nombrado por el locutor como ‘Señor Don…’ cuando le tengan que poner la banda presidencial?  No es Doctor, ni Ingeniero, ni Arquitecto…  que suena mucho mejor ¿no?”  Sobre todo si el traspaso lo realiza una Doctora (y encima exitosa, habrá pensado, no sé si dicho).

Y al muy voluntarioso y paciente candidato en cuestión, le habrá parecido que no sería imposible sumar a sus obligaciones y recreaciones (queremos asumir que el asiduo fulbito es una distracción y no actos para promocionar su persona…) el encarar una carrera universitaria.  O mejor dicho, retomarla.  Porque parece que hace como treinta y pico de años había aprobado algo así como dos tercios de una que dejó inconclusa.

Así que a sus horas dedicadas a gobernar una provincia, a las invertidas para prepararse para ejercer la presidencia de una Nación, a los actos de campaña y recorridos respectivos, a sus giras por el exterior, a las reuniones políticas para lograr nuevos consensos, a las inevitables cuestiones fuera de agenda (qué sé yo… una inundación grave en su provincia, ponele) y al tiempo que demandará su cuidado personal (salud, higiene, descanso, afectos y demás cuestiones comunes a todos), le sumamos estudiar algunas horas diarias.  O semanales.  Más las cursadas.  ¿O fue “a distancia” y con tutoriales? Bueno, lo que sea; que seguro no está más allá de mis fuerzas.  Y si algunos alumnos (compañeros de clase, en realidad) protestan porque sospechan que me privilegian de alguna manera, voy a hablar con el rector para ver qué se puede hacer… para demostrar que no es cierto, obvio.

La elección hecha hace décadas, suponemos que por vocación y para llegado el momento poder colaborar con el negocio familiar (¿eso ya fue, no?) fue Licenciatura en Comercialización.  La casa de estudios: una universidad privada.  No por nada, pero los tiempos se pueden prever y organizar un poco mejor que en la universidad pública.  Y yo, está a la vista, siempre fui y soy un hombre con muchas ocupaciones.

Raro que hasta este último miércoles no nos hubiésemos enterado (me refiero a los argentinos en general y a los bonaerenses en particular) que uno de nuestros candidatos a presidente estaba estudiando desde hace varios años para lograr su título.  Sobre todo, porque le hubiese dado una pincelada más a esa imagen de hombre voluntarioso, capaz de afrontar sus objetivos y todos los desafíos que la vida le pusiera por delante con fe, esperanza, optimismo y sobre todo, con éxito.  Y a todo ese dechado de virtudes se le podía haber agregado una demostración de que nunca es tarde para encarar proyectos nuevos.

Raro que sus publicistas no lo hayan vendido como una demostración más que sumara en todas las campañas políticas de, digamos, los últimos dos años.  Digo dos, porque supongo que es lo mínimo que se necesitaba para concluir esas ocho materias que debía. ¿Querés uno y medio?  Bueno, dale uno y medio…

Pero no, esta vez se prefirió el sigilo durante los largos meses de cursadas y exámenes para dar la sorpresa final: Daniel Scioli ahora también es Lic.  Y aunque hasta aquí haya sido algo que sabían pocos, pero que en algún momento tenemos que darlo a conocer, por favor, que sea sin hacer demasiadas olas, eh; que somos humildes y modestos…

Antes solía decirse que más importante que ser llamado Doctor, Ingeniero, Arquitecto, Profesor o cualquiera de los tantos títulos al cual un esfuerzo personal en nuestra formación nos hizo obtener legítimamente, era que a uno lo llamaran y sobre todo lo tuvieran por un Señor.

“Fulano es un Señor” es uno de esos elogios que realmente cotizan.  Bueno, está bien, en estos tiempos tal vez un poquito menos.  Pero convengamos que es uno de esos títulos que sólo se gana, justamente, siéndolo.  Y sin la necesidad de obtener una cartulina para enmarcar y colgar en una pared.  Aunque intuyo que en este caso no se va a exponer demasiado o no será exhibida con orgullo en el lugar donde uno ejerce la profesión, sino que quedará guardada en algún rincón de la casa, por si alguna vez hay que ir a buscarla.

Por eso, en lo personal, para que ejerza la Presidencia de mi Nación Argentina ansío un Señor o una Señora (con mayúsculas), que dándonos muestra y ejemplo de ese señorío, nos haga más señores y señoras a todos.

 

 


 

 

Perón en Wonderland

 

Que el primer monumento que se erige en homenaje a Perón en la ciudad de Buenos Aires se inaugure recién ¡cuarenta y un años después de fallecido! es raro, ¿no?  Solamente por una cuestión de cantidad de manifiestos seguidores y del número de gobiernos que pasó desde entonces que se dijeron peronistas, se supondría que debió haber sido bastante antes.

También es extraño que para juntar la plata para su construcción hubiera que hacer una “vaquita” del tipo “juntemos canillas de bronce”, en lugar de contar con la generosidad de tantos sindicalistas y sindicalizados que no les falta bolsillo para bancar ya no uno, sino varios monumentos de esas características.

Que se llame ¡“Todos unidos triunfaremos”! y que en relación con la devoción que se observa en tantos y tantos que se llenan la boca citando “al General”, el acto haya sido en cuanto a la presencia de dirigentes de todo tipo, digamos, más que módico, sorprende un poco.

Y no menos paradójico resulta que el “pueblo peronista” brillara por su ausencia.  ¿Tan poco entusiasmo para la convocatoria?

Podríamos seguir enumerando incongruencias entre el pensamiento y la acción de quien se hace fácilmente reconocible por esos brazos en alto (no tanto por sus facciones: ¡un escultor ahí!) y los de quienes recibieron ese primer saludo arquetípico.

Pero hay una que se lleva las palmas: ¡Que lo inaugure Mauricio Macri!

Indudablemente, “este ispa da pa’todo”.  Y el peronismo, también.


 

Massa: un bombonazo

No, no… Pará… No va por ahí.  Todo bien, eh.  Y hasta podría sumar algunos adeptos yendo por ese lado.  Pero no estamos hablando de la pinta del candidato.

En realidad pensaba en la mamá de Forrest Gump, el personaje central cuyo nombre le da el título a la enorme película dirigida por Robert Zemeckis.  La buena señora siempre procuraba explicarle a su hijo (de teóricas pocas luces para el mundo, pero resplandeciente como un sol para afrontar la vida) las cuestiones centrales de la existencia humana del modo más sencillo posible.

Y uno de sus dichos era: “La vida es como una caja de bombones: nunca sabés lo que te va a tocar”.

Y no sé por qué relacioné una cosa con la otra.  O tal vez, sí.  Porque más allá de su envoltorio, me preguntaba: si Massa llegara a ser Presidente, ¿cuál nos tocaría?

¿El de las propuestas que “hacen al cambio” o el copartícipe con importante protagonismo de gran parte de la “década ganada”?

 

¿El de las Fuerzas Armadas combatiendo al narcotráfico (suponiendo que eso fuera bueno) o el de los emprendimientos “nordeltianos”, cobijo de varios de sus representantes?

¿El del Tigre del paseo costero tan bonito y mejorado durante su gestión; o el de unos pocos metros más allá, tan distinto que si distraídamente te pasaste un poco parece que hubieras cruzado un portal de esos que te teletransportan a otras dimensiones?

¿El de los números de un futuro manejo sensato de la economía o el del algoritmo del simple efecto publicitario?

¿El del 82% móvil apenas asuma o el del ANSeS del cual fue su cabeza durante años y que utilizó su dinero para casi todo menos para hacer justicia con los jubilados?

Y continuando la asociación libre con cosas dulces, ¿el “Massita” de antaño, como lo llamaban en sus tiempos de Jefe de Gabinete del kirchnerismo (sí, ¿no te acordás?; no fue hace tanto…) o un Massa Señor Presidente?

En fin, que no es el único de los candidatos a conducir nuestra Nación que nos plantea este tipo de disyuntivas.  Pero tengámoslas presente. Las de él y las del resto.

Para tratar de que las imágenes edulcoradas de los avisos de campaña no nos endulcen en forma inconveniente.  Ni nos empalaguen tanto como comernos un frasco entero de dulce de leche que no nos permita después discernir adecuadamente.

Que no todo es una dulzura.