40 años en el desierto

por Salvador D’Aquila

11 may 2017

 

 

Un auge de telenovelas basadas en episodios bíblicos (Moisés y los diez mandamientos, Josué y la Tierra prometida…) instalaron un impensado fenómeno de buen rating. No es de esperar que estos productos ayuden a elevar los aspectos religiosos o espirituales de sus seguidores. Pero entretienen a muchos y logran que de pasada se conozcan y popularicen algunos relatos de la Biblia. Entre ellos, la salida del pueblo hebreo de Egipto.

 

Como está narrado en el libro del Éxodo, Moisés es hijo adoptivo del faraón. Al descubrir su identidad judía y ser testigo de los malos tratos a los que es sometido su pueblo en el país del cual es príncipe, se rebela. Y abandonando una vida de comodidades y placeres, decide liderarlos para sacarlos de la esclavitud, compartiendo sus sufrimientos.  Para eso, debe enfrentar y vencer todo el poderío del que hasta ese momento formaba parte.

 

Lo consigue. Pero ese pueblo antes sometido, puesto a forjarse una vida de hombres libres, que los obligaba a una conciencia distinta para vivir y sobrevivir a peligros e inseguridades, se rebela a su vez contra aquel que los liberó. Querían regresar al lugar donde tenían la certeza de un plato de comida. No fue sencillo convencerlos de continuar en la búsqueda de la Tierra prometida. Y nos cuenta la Biblia que antes de llegar a ella, Moisés guio a su pueblo por el desierto durante 40 años.

 

Supongo que por la popularidad que da el éxito televisivo, a algunos se les habrá ocurrido curiosear dónde estaba ese desierto y cuáles eran sus dimensiones. Y entonces, medio en broma, medio en serio, aparecieron algunas “objeciones” a aquella posibilidad. Como una en Facebook, que muestra un mapa turístico de la zona donde se indica la cantidad de tiempo en la cual se puede recorrer aquella geografía concreta: tantas horas en bicicleta, tantas otras en transporte público. O seis días a pie…

 

¿Cuarenta años para un recorrido que se puede hacer caminando en pocos días? No… seguramente, Dios debió haber estado equivocado cuando inspiró esas líneas a los escritores sagrados. O es una de las tantas falacias que demuestran lo errado que está el hombre de fe.

 

Esta nota no pretende ser una clase acerca de las Sagradas Escrituras y el lector interesado sabrá encontrar las fuentes correctas para conocer más sobre el tema.  Pero digamos que el número 40, que aparece en más de cien ocasiones en la Biblia y en cuestiones clave, como tantos otros, expresa un simbolismo: el de un tiempo de prueba y penitencia en miras a una conversión. En el caso que nos ocupa, el Señor probó al pueblo de Israel en el desierto.

 

Seguramente no habrán sido cuarenta los años que Moisés llevó a su pueblo a fatigar esas tierras. Pero tampoco algunos meses. Cuáles habrán sido las razones, entonces, por las cuales Moisés los obligó a permanecer allí durante años y años, en condiciones que necesariamente fueron muy duras, si en tan poco tiempo se podría haber “llegado” a destino.

 

Como dijimos, gran parte de los integrantes de ese pueblo que había sido esclavo y ahora era libre, al momento de afrontar los peligros de esa nueva vida, pedía volver a su vida anterior. De esclavitud, sí. Pero sin las acechanzas que las nuevas circunstancias le imponían.  No estaban  acostumbrados, no sabían vivir en libertad. Y entonces, tuvieron que pasar generaciones, morir muchos de los que añoraban sus antiguas seguridades, para que una mentalidad distinta creciera y se impusiera con aquellos que fueron naciendo libres. Sin pretender agotar la explicación, sin dudas ese ha sido el motivo principal. Y dejamos librado a la voluntad de conocimiento de quienes esto leen, profundizar en esa historia riquísima, que la pantalla de televisión nos trae lavada y estereotipada.

 

La actualidad de nuestro país me hace pensar en aquel pasaje que vivió el Pueblo elegido. En los  “desiertos” personales y colectivos que debemos franquear. Padecimos hechos que dejaron heridas de por vida en muchos. Hubo contextos que nos crearon malos hábitos y nos hicieron involucionar en muchos aspectos. Y para sanarnos y poder transitar otras realidades, también deberá transcurrir para nuestra sociedad el Tiempo con mayúscula, aquel que ayuda a cicatrizar, pero sobre todo que cambia mentalidades.

 

Tendrán que pasar generaciones en nuestra bendita Argentina para que, así como los hebreos tuvieron que asumir los riesgos de vivir en libertad, nosotros podamos liberarnos de algunas cadenas mentales que nos mantienen dependientes o sin poder reencontrarnos en el perdón con justicia y en la reconciliación sin olvido.

 

A propósito de esto último, la búsqueda de reconciliación que nuestra Iglesia se ha propuesto llevar adelante entre militares, exsubversivos y familiares de unos y otros, no parece poder lograr su cometido. Y personalmente, me sorprende lo extemporáneo de la propuesta, por provenir de quienes conocen tal vez mejor que nadie el alma humana y las experiencias de la Humanidad por milenios.

 

Independientemente de conveniencias, intereses y fanatismos, que muchas veces nuestros dirigentes han exacerbado y manipulado, hay todavía en demasiados de nosotros sentimientos muy a flor de piel. Que además de no aportar racionalidad, no facilitan un acercamiento.

 

Para darnos un reencuentro verdadero, que no se logra ni por decreto ni con voluntarismo, habrá que esperar que llegue el tiempo oportuno. Ese que es producto de una evolución del pensamiento y del sentir. Confiemos en que el recambio de líderes con una visión superadora, llegará. En que cada vez más la actividad política será servicio con honor.

 

Y superando rencores, resentimientos y el recuerdo de humillaciones y violencias, atravesaremos nuestro desierto. Para lo cual, a veces, se tarda más de cuarenta años.

 

La imaginación al poder

por Salvador D’Aquila

12 mar 2017

 

 

A casi cincuenta años del Mayo Francés, queda claro que lo que pedía la consigna que da título a esta nota, no se cumplió. Por el contrario, los diferentes poderes insisten en las recetas que los caracterizan y poco o nada de innovación se ha visto en aquellos que gobiernan o quieren gobernar el mundo.

 

Lo cual no quiere decir que la imaginación no exista.  Por el contrario, se manifiesta de diversas maneras y también en hechos o productos que benefician a las sociedades.  Por suerte, siguen siendo muchos los que deciden transformar las elaboraciones positivas de su imaginación en algo concreto.

 

Un ejemplo de esto puede verse en un programa del Canal Encuentro llamado Eureka, que recomiendo. En él, los participantes, inventores preseleccionados, compiten por un premio en efectivo, que la mayoría dice destinaría a desarrollar e instalar en el mercado los prototipos fruto de su ingenio. Entusiasma al espectador porque se pueden ver soluciones que pueden favorecer nuestra vida cotidiana. Y de algún modo, consuela ver a argentinos que no han permitido que su voluntad e inventiva se hayan “quemado” por las problemáticas de nuestro día a día, que restan tiempo y posibilidades para el desarrollo de la creatividad. Quiero pensar que habrá empresarios o inversores atentos a estas nuevas posibilidades, dispuestos a aportar el capital necesario para que, junto con el buen negocio, posibiliten que no queden frustradas tantas buenas ideas.

 

Uno de los temas acuciantes por estas horas y por el cual se pleitea, es el de la Educación.  Pero más allá de la resolución que pueda tener el conflicto en el corto plazo, lo que seguirá pendiente es cómo hacemos para revertir la decadencia educativa en la que estamos inmersos. Y puestos a escuchar a políticos, periodistas, gremialistas, docentes y especialistas en ciencias de la Educación, no se alcanzan a percibir ideas nuevas y distintas que realmente revolucione el proceso de enseñanza-aprendizaje actual. Que es el mismo de hace cien años, de hace cincuenta y que todo indica será igual en los años venideros, más allá de los recursos materiales que se aporten.

 

El incrementar los recursos en forma notoria ciertamente ayudaría. Pero no parece la solución para educar y formar para un mundo en permanente y acelerado cambio. ¿Habrá grupos multidisciplinarios que estén buscando soluciones verdaderamente distintas a nuestro gran problema de la Educación? ¿Propiciará y alentará el Gobierno ese tipo de discusión, en un plano completamente diferente del que lo afecta en lo inmediato? ¿Tendrán especialistas trabajando en el tema aquellos que se preparan para acceder al poder en nuestro país? Y aunque más no sea por una inquietud noble o porque la pasión los lleva, ¿los habrá de otras vertientes buscando alternativas más allá del interés político?

 

Me resulta curioso que en tiempos de revolución informática, nadie se atreva a proponer una revolución educativa que cambie los paradigmas de la educación actual: aula, pizarrón, maestro y alumnos compartiendo un espacio físico, asignaturas, horas de clase, recreos, exámenes y todo lo que ya conocemos.  Viendo las enormes limitaciones de la mayoría de nuestra escuela pública, que es la que defendemos; y también de gran parte de la escuela privada, no se entiende cómo no hay algún proyecto que busque innovar drásticamente.

 

Imagino, permítanme hacerlo, un método absolutamente distinto al que conocemos hasta aquí. Que cambie totalmente las estructuras pedagógicas y sobre todo mentales que tenemos todos. Que encuentre en la informática, las redes sociales, la educación a distancia y todo el cúmulo de conocimientos que podemos encontrar a través de internet, los medios privilegiados para la enseñanza. Que tenga a las escuelas y las aulas como complementos no imprescindibles. Que encuentre el espacio y los interlocutores aptos para los aspectos formativos y de socialización. Que modifique con una involucración distinta y superadora la relación maestro-alumno-padres.

 

Es tan disímil lo que imagino que me desafía en mis propios conceptos, sentimientos y añoranzas: la de mi escuela, la de mis señoritas, la de mis compañeros de aula, la de mi guardapolvo blanco, la de mi cartuchera, la de mi vivencia grabada a fuego de izar nuestra bandera cantando Aurora. Pero es tan grave lo que vivimos, que hay que hacer de tripas corazón e intentar pensar distinto.

 

Los primeros que deben intentar esa búsqueda y soñar con lo que nunca se ha hecho son los dirigentes y referentes especializados en el tema educativo. Contando asimismo con la necesaria e indispensable cooperación de quienes puedan enriquecerlos con las posibilidades de las nuevas plataformas. Sin desechar las experiencias de otros países, animémonos a hacer punta. ¿Por qué no pensar que en veinte años el resto del mundo hable de la exitosa experiencia argentina e intente imitarla? Por qué no apostar a nuestra capacidad para dar vuelta la historia.

 

Imagino, permítanme hacerlo, que en esta visión y a diferencia de como siempre ha sucedido, se parte de las periferias hacia el centro. Periferias geográficas o de posibilidades: privilegiar como logro que en diez años aquellos que se encuentran más retrasados que el resto en la línea de partida, o sea, los más abandonados en educación, economía y salud, estén en camino de lograr en otra década la excelencia universitaria. ¿Cómo sería eso?  Así, como se dice: las comunidades abandonadas de nuestro país, los chicos de nuestras villas y los que desertaron del sistema serían aquellos en los que se focalizaría para diseñar, probar e implementar esta revolución educativa, con todo lo que ello implicaría en la superación de las otras materias pendientes. ¿Y el resto? El resto, finalmente, “serán los últimos”. Los que están en condiciones más ventajosas se las rebuscarán para compensar las enormes falencias del sistema educativo actual. Permitiendo, además, que la implementación se vaya haciendo progresivamente.  Hasta que la escuela, los docentes, los alumnos, la comunidad educativa y los gremialistas, tal como hoy los conocemos, sean parte de una historia antigua.

 

Seguramente habrá cantidad de obstáculos a salvar, de problemas a resolver y de experiencias desacertadas a modificar o dejar de lado.  Pero permítanme también imaginar que hay y habrá estadistas dispuestos a ayudar a que la sociedad mude esa piel que cada vez nos pesa más y no nos permite movernos con la velocidad que los tiempos exigen.

 

Puedo aceptar que toda esta ideota mía (mezcla de idea y de idiota), es un delirio. Pero en tal caso, necesito, deseo, ansío escuchar otras ideas. Las que fuere. Y cuanto más me descoloquen, mejor: quizás signifique que son las que estamos necesitando. Lo único que no deberíamos resignar es que se comience por aquellos que hoy están más atrasados en todo sentido. Además, no me digan: serán un excelente laboratorio. Porque, ¿qué tienen para perder? Y todos, tenemos todo para ganar.

 

De una buena vez necesitamos que aunque más no sea una parte de nuestra dirigencia deje las mezquindades de lado y se proponga como objetivo una grandeza que no va a poder ver ni traducir en votos. Que los que tienen poder político y social, apuesten a un proyecto diferenciado, aunque sea casi a escondidas, aportando parte del presupuesto que se requiere. Que parte de la élite empresarial muestre el camino a otros, aportando lo suyo en dinero y facilitando en sus propias empresas la experimentación de los alumnos producto de este nuevo sistema. Y es ineludible que en todo haya claridad en los objetivos y sobre todo en los procedimientos, para comenzar a licuar con agua clara el barro en el que estamos metidos. A no engañarse: no lo harían por buenos, sino por inteligentes.  Sería en defensa propia.

 

La imaginación al poder, sí. Pero para que la imaginación llegue a ese lugar, primero debemos aportarla entre todos. Y además, convencidos de que podemos hacerla realidad.

 

La Argentina y su “copa deivis”

por Salvador D’Aquila

9 feb 2017

 

 

Lo que sucedió en el Parque Sarmiento hace unos días, puede ser visto como una analogía de la Argentina y los argentinos.  Para quien no esté enterado, todo el deporte nacional y el tenis en particular, tuvo la enorme satisfacción este último fin de semana de comenzar a defender en nuestro país el título de campeón de la Copa Davis, el torneo internacional por equipos más prestigioso del mundo, de los más antiguos en vigencia y también el más esquivo para nosotros: desde hace varias décadas y con mayores posibilidades desde la aparición en escena de Guillermo Vilas, hemos perseguido con afán ganar la famosa ensaladera de plata. Después de algunas frustraciones importantes y un tanto impensadamente, el 2016 fue nuestro año.

 

Más allá de haber sido los mejores, podemos agregar para destacar ese enorme logro deportivo, que por efecto del reglamento de la copa y del azar del sorteo, la Argentina jugó todas sus series en condición de visitante.  Sí, no sólo ganamos la Davis sino que lo hicimos sin tener en ningún match la ventaja de la localía.  Lo cual significa no contar con la mayoría del público a favor; y tampoco elegir la superficie de la cancha en la que se disputarán los cuatro singles y el dobles de cada serie, lo cual no es un dato menor.

 

Con todas las circunstancias en contra pero contando a favor -más allá de los diferentes jugadores que se convocaron cada vez- con la unidad de un equipo como pocas veces se consiguió, se obtuvo lo que quizás se pudo ganar mucho antes.

 

Y entonces se le presentó a nuestro país la enorme y feliz oportunidad de defender nuestro título de campeón como locales, pudiendo transformar todas aquellas situaciones adversas en favorables y sumándole a eso la posibilidad y el orgullo de cumplir con ese honor ante nuestro público.  Por supuesto, con el mundo también atento a lo que sucediera aquí y recibiendo imágenes que fueron vistas por millones en todo el planeta del campeón defendiendo su sitial.

 

¡Danger!

 

La realidad es que todo, o casi, fue un bochorno.  Y no hablo del resultado deportivo, que lo dejo para el final.  Seguramente no cooperó que muchísimos de nosotros, no solo jugadores de tenis, siguiéramos durante las dos semanas anteriores la televisación del Abierto de Australia, uno de los cuatro Grand Slam.  Y aunque no debiéramos comparar porque son dos eventos muy distintos, se torna inevitable.  Sobre todo, porque Australia es uno de esos países con los que suelen establecerse parangones con el nuestro, por características geográficas e históricas similares.  Y donde ellos son tomados como ejemplo de cierto desarrollo y nosotros, bueno, como un extraño caso de involución en muchos órdenes.

 

Comencemos por la sede del encuentro.  El Parque Sarmiento es grande, bonito en su naturaleza, con una respetable infraestructura para el visitante ocasional y con buenos accesos.  Pero hace mucho que está abandonado en su mantenimiento, lo cual cualquiera que lo haya visitado en los últimos tiempos pudo comprobar.  Y allí, el estadio que se montó para que la Argentina jugara su serie frente a Italia, no podía escapar del contexto.  Supongo que será elogiable construir una cancha, tribunas, vestuarios y lo mínimo necesario en un corto lapso. Pero el resultado no podía estar ajeno a las carencias: un escenario clase C para un evento que debió ser clase A.  Si con esto, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se quiso lucir, logró exactamente el efecto contrario.  Que uno no pretendía el Rod Laver Arena, pero sí algo más digno y prolijo para un match que nos estrenaba como campeones.  Por otra parte, y refiriéndonos estrictamente a la cancha de polvo de ladrillo que se construyó, la transmisión mostró claramente no solo malos piques, sino también como en el fondo los jugadores pateaban piedritas que se desprendían del piso.

 

El equipo que presentó la Argentina fue el posible en función de la determinación y condición de algunos de sus jugadores.  Que todos están en su derecho de programar sus carreras y su año como mejor les parezca.  Pero no es menos cierto que algo que cuesta mucho, muchísimo conseguir, amerita el mejor esfuerzo para conservarlo.  Y no es eso lo que sucedió.  En este punto, no habría que observar solamente a los jugadores que no estuvieron, sino también a la dirigencia que no quiso o no supo entusiasmar para que dieran el presente.

 

Como el match no se pudo definir el domingo por cuestiones climáticas, debió cerrarse el día lunes.  Que como todos sabemos, es laborable.  Y suponemos que para que eventualmente las tribunas no quedaran semivacías, privando del aliento necesario a nuestro representante, la Asociación Argentina de Tenis decidió, creo yo que con buen tino, que después de las once de la mañana, horario de comienzo del encuentro, se pudiera ingresar con entrada libre y gratuita.  Pero…

 

Una medida de esas características, hay que saber manejarla en la práctica.  Debo decir que me sorprendió la cantidad de gente que se acercó para ver el partido: ya alrededor de las siete de la mañana, comenzó a formarse una larga fila de no menos de 1200 metros que rodeó gran parte del Parque.  Hasta ahí, el operativo de seguridad del fin de semana había sido eficaz y sin sobresaltos. Pero el lunes se les “escapó” prever que algunos vivos de los que nunca faltan, en lugar de esperar su turno para ingresar por la puerta asignada, compraron la entrada habitual al Parque para después forzar el ingreso al estadio.  El problema no pasó a mayores porque fue controlado, pero la herida ya estaba abierta.  El resultado fue que una vez descubierta la maniobra, no se dejó pasar a nadie más, ni siquiera a quienes les correspondía porque tenían derecho a hacerlo.  Fui testigo de que se le negara el acceso a quienes tenían en mano su entrada comprada y pagada para todo el fin de semana; a personas discapacitadas, que por ley tienen asegurado lugares para espectáculos de todo tipo; e inclusive a exjugadores de Copa Davis, que como corresponde son invitados por la AAT para contar con el honor de su presencia en el palco de la propia Asociación.  Pues bien, como dije, la inhabilitación alcanzó a todos.

 

Hablemos ahora de quienes se acercaron ese lunes con la intención de ver el partido.  Claramente, en su mayoría gente que no era “del tenis”, pero con todo el derecho a ver un espectáculo tenístico.  Y como suele suceder, el estigma del “no pertenecer” y la supuesta no educación para este deporte, les cayó a todos por culpa de unos pocos a quienes no se supo anticipar en la astucia de querer sacar ventaja.  En cuanto al público en general, con los desbordes de siempre en un evento de estas características, que ahora son tolerados y se los considera casi parte del “espectáculo”.  Cuando en muchos casos es simplemente falta de educación.  Y no hablo de educación para el tenis.  Falta de respeto en general.  Con un abanderado muy popular, que uno no pretende que se comporte con la flema de un Rod Laver en “su” estadio, pero sí que en el aliento bienvenido sepa mantener ciertos códigos de conducta.  ¡Por lo menos para no molestar a los nuestros, aunque esa no haya sido su intención!  Pero en fin, como diría Fognini con todo ya resuelto, el Diego es el Diego…

 

La transmisión por televisión fue la posible en función de las limitaciones técnicas en las que se encuadró.  Otra vez: no se pretende la tecnología que se observan en transmisiones de torneos de primera línea.  Pero las comparaciones son inevitables y sumó una pátina más de pobreza a todo lo que se vio.  No obstante, algunos detalles se podían y se debieron cuidar un poco más: en alguna de las suspensiones por la lluvia, fue un tanto sorprendente ver a los comentaristas que hasta ese momento escuchábamos en off, aparecer en pantalla con un aspecto un tanto desaliñado, como si estuvieran en el living de su casa.  Y todo con un fondo de armazones tubulares al desnudo, lonas y plásticos volándose por efecto del viento, gente cruzándose por delante de cámaras, gritos cruzados de supuestas indicaciones de los que allí trabajaban.  En televisión hay que cuidar la calidad de las imágenes.  Y no fue el caso.

 

En cuanto al resultado del match, ya se sabe: perdimos.  Y en lugar de continuar buscando nuevamente el campeonato, ahora vamos a pelear para no descender a la Zona Sudamericana. Veníamos perdiendo mal y casi se transforma en una victoria con características de hazaña deportiva.  Que probablemente hubiera disimulado o desviado la mirada acerca de todas estas cuestiones que marcamos.  Si como en cualquier competencia, perder es parte del juego y de las posibilidades, en este caso, pareció el corolario lógico para tanta desprolijidad.

 

La Argentina y los argentinos.  Capaces de pelear durante años y hasta conseguirlo un campeonato soñado por generaciones; e incapaces de defenderlo como correspondía.  Con los talentos para estar en el primer plano mundial de un deporte; y de acompañarlos con improvisación atada con alambre.  De tener un público reconocido por su fervor y constancia en el aliento; y de no poder controlarlo tantas veces en su falta de respeto a las normas y la ética deportiva.  De deportistas profesionales; y dirigentes amateurs.

 

De ser parte de la élite tenística y alzarnos con la Copa Davis.  A destratarla como a la “deivis”.

 

“Hoy, hoy te convertís en… producto”

por Salvador D’Aquila

2 mar 2017

 

En el medio publicitario se les llama celebrities a aquellas personas muy populares y de trayectoria reconocida, que sirven de vehículo para hacer llegar un mensaje a determinado público. Pueden provenir de distintos ámbitos –del espectáculo, de la moda, del deporte, etc.- pero nunca va a ser necesario presentarlos, ya que en general no sólo son archiconocidos, sino que además logran que los demás se identifiquen rápidamente con ellos.

 

En su utilización, el objetivo principal de las empresas es asociar la imagen de su producto a la imagen positiva del celebrity en cuestión, para lograr objetivos de incremento de precio del producto y/o aumentar los porcentajes de venta y conocimiento. Salvo que se trate de campañas de bien público, para unos y para otros es mercantilismo en estado puro.  Porque de más está decir que el protagonista elegido para esas publicidades cobra muchísimo dinero por hacerlas. Dinero que en la mayoría de los casos podemos conjeturar que no le es necesario para mejorar ostensiblemente su situación patrimonial, ya que por ser lo que es se puede inferir que lo posee en forma suficiente.

 

Cada vez que puedo como yogur.  Me gusta y, aunque uno nunca sabe, se supone que es un alimento sano. Y justamente elijo la marca que por estos días nos está tratando de vender Javier Mascherano a través de un spot televisivo. Ídolo futbolero, admirado por muchísimos en el mundo entero (me incluyo) por sus condiciones para ese deporte, pero también y quizás sobre todo por las actitudes de líder que lo han posicionado como uno de los grandes referentes en ese sentido. Entre tantas acciones suyas dentro y fuera del campo de juego, cómo no recordar y tener presente su inspiradísima arenga al arquero de nuestra Selección antes de tener éste que revolcarse para atajar los penales que nos hicieran pasar a la final del último Mundial.

 

Y la verdad es que la utilización para una publicidad de esa frase que nos emocionó y nos hizo hacer fuerza a todos detrás de un objetivo, bastardeando su épica original, me molestó mucho. Pero mucho. Me hace preguntarme qué los lleva a venderse así. Cuáles son los argumentos que utilizan los encantadores de serpientes para hacer caer ¡a un Mascherano! en esas redes. No puedo pensar que sea sólo el dinero. Pero no encuentro otro motivo para ese trabajo que, por lo menos a mis ojos, lo rebaja.

 

Como casi toda publicidad, es una forma más de manipulación (manipulación afectiva, en este caso) donde la habilidad de quien las produce radica en que asociemos los valores que admiramos de la persona que nos está vendiendo un producto, al producto mismo.  Y podríamos decir que aunque suene un poco loco, en general caemos en la trampa. Y para no pisar el palito, hay que estar muy atento, tomarse el tiempo para hacer una reflexión al respecto y, llegado el caso, ir contra la corriente. Porque cuántos van a dejar de, por ejemplo, comer un alimento que les gusta –si es que pueden pagarlo, por supuesto- porque se percata de que está siendo “manipulado” por una publicidad que lo quiere convencer de que casi por arte de magia se va a convertir a partir de su consumo en un ser poderoso. O en un héroe…

 

Hace algunos años, apareció en el mundo de la farándula un “chocolatero”. Uno de los herederos de un imperio empresarial fabricante de golosinas, que se instaló en muy poco tiempo a través de la televisión y otros medios. De buenas a primeras supimos de su existencia, seguramente impuesto a partir de una cuantiosa inversión propia para hacerse conocido y popular. En mi opinión, dejaba muchísimo que desear en cuanto a su forma de ser y de actuar. Que cada cual es dueño de su vida, pero uno no tiene por qué compartir ciertos criterios. Por ese tiempo, consumía seguido un par de golosinas que llevaba su apellido como marca y que me gustaban muchísimo. Pese a ello y no sin esfuerzo, dejé de comprarlas: no iba a dejar que mi dinero le diera de comer, aunque fuera muy figuradamente, a semejante extravagante. De la misma manera, no compro la gaseosa que se identifica con el personaje de rojo de las Navidades y que a fuerza de machacarnos permanentemente nos quieren convencer de que bebiéndola seremos felices. Y ahora, me voy a quedar con las ganas del yogur de mi preferencia.

 

Tengo absolutamente en claro que mis nimios boicots, debidamente ignorados por las susodichas empresas, no los afecta de ninguna manera. Y que hasta esto así expresado puede mover a muchos a la risa.  Pero no me interesa: a mí me importa cómo me planto yo frente a este tipo de acciones del “mercado” y de tantas otras.

 

Porque estoy convencido de que cada peso que gastamos y el modo en qué lo hacemos, define un modelo de sociedad. Esta enunciación no es mía, pero la hago propia y la subrayo enfáticamente.  Porque aunque más no sea a partir de pequeños y simples sacrificios, todos debiéramos actuar aportando lo que esté a nuestro alcance para lograr la sociedad que anhelamos.

 

Nuestros cachorros

por Salvador D’Aquila

25 ene 2017

 

 

Seguramente por ser la inseguridad un tema muy convocante y este un año electoral, el Gobierno decidió impulsar una reforma del Código Penal y la escala de condenas.  Una buena idea, más allá de que uno pensaría que esa actualización debería darse en forma permanente, ya que siempre surgen delitos que no están previstos, por ejemplo, los cometidos en el campo de la informática.

 

O que sí lo están, pero con penas que no guardan relación con el perjuicio que se ocasionó.  Es el caso de los daños ocasionados por conductores alcoholizados o drogados.  Que hasta la muy reciente modificación, esas condiciones eran consideradas atenuantes y desde ese momento pasaron a considerarse agravantes, contemplándose penas más graves.  Lo anterior podría resultar para muchos inentendible, pero rigió durante muchísimos años hasta que la lucha de las llamadas Madres del Dolor logró un cambio que, por lo menos para mí, era totalmente lógico.

 

Y habrá otras tantísimas cosas que deberán modificarse o incorporarse, lo cual como dije, me parece muy bien.  Pero la bandera que se tomó para llevar adelante esta reforma, no sé si por el Gobierno y/o los medios y/o parte de la sociedad, es la de bajar la edad para la imputabilidad de menores: pasar de 16 a 14 años.

 

Bajar la edad de imputabilidad es ahora una posibilidad que veremos si finalmente se implementa y de qué manera, después que sea debatida por especialistas de distintos campos relacionados con la cuestión y también por políticos, que confiemos en que por lo menos estarán correctamente asesorados.

 

Como siempre, cada cual tiene su opinión y casi todos se creen con derecho a ella.  Yo prefiero conocer la palabra y opiniones contrapuestas de los que conocen la problemática en profundidad y pueden fundamentar los cambios o no.  Para luego, recién, tomar posición frente al tema y tener una opinión propia.

 

No obstante, quiero decir de una manera muy básica y primaria, que la raza humana, nosotros, los hombres, cuidamos mal, pero muy mal a nuestros cachorros.  Me atrevo a decir que dentro del universo animal tal vez seamos los que peor protegen a sus crías, siendo que al nacer son de las más desvalidas.

 

¿Qué significa esto?  Que muchas, demasiadas veces, no los dejamos siquiera nacer.  Que otras tantas no les permitimos sobrevivir, ya que existen en el planeta millones y millones de ellos que están mal alimentados. Y que por esto último, casi la mitad de los menores de cinco años que mueren, lo hacen por malnutrición.

 

Que no van a la escuela.  Que son objeto de uso de las mafias.  Que son “soldaditos”, como les llamamos ahora, de los narcotraficantes.  O que son soldados, con armas al hombro, en una gran cantidad de ejércitos irregulares en el mundo.  Que son objeto de trata, tomados como esclavos para el trabajo infantil o para la prostitución.  Y algunas cifras suenan increíbles o irreales: por ejemplo, que el 68% de las personas objeto de trata sexual, son niños. O que se calcula que el año pasado, 150 millones de niños han realizado trabajo infantil, viviendo muchos de ellos en condiciones de esclavitud.

 

Hablamos de chicos de 6, 10, 12 años.  Ponele 14 o 16 si querés.  Siguen siendo pibes.

 

Ojo con todo esto, eh, porque no sucede solamente en otros lugares del mundo. Ciertamente, hay países donde están peor que nosotros, pero en el presente del nuestro, también convivimos con esas realidades muy marcadamente.

 

Sucede que estas cosas, tomadas así… nos pasan de largo desde hace rato.  Nos hemos acostumbrado.  Las leemos en las noticias y son una noticia más.  Pero cuando las juntas a todas y a propósito de la inseguridad y la edad de imputabilidad, mínimamente se reflexiona sobre ellas, sería lógico concluir que hay algo que estamos haciendo mal…  Pero muy mal, pésimo.  Insisto: son nuestros cachorros, son nuestros pibes, son nuestros hijos.

 

Muchos por allí podrán preguntar con razón qué se hace con ese chico que saca un arma y te asesina.  Qué se hace con el que te roba, individualmente o por orden de un mayor que sabiendo que ese chico no es imputable lo manda al frente.  O con aquellos otros que te roban con la estrategia “piraña”, como se le llama, que te rodean cinco o seis y en unos segundos te despojaron de todo.  Y en el mejor de los casos no te hicieron daño físico.

 

Qué hacemos con todos esos chicos.

 

Lo primero que debiéramos entender es que las soluciones mágicas no existen.  ¿O realmente se piensa que si se baja la edad de imputabilidad a los 14, a los 12 o a la edad que fuera, vamos a mejorar mucho?  Esto es tan válido para este tema en particular, como para el de la inseguridad en general: sólo con leyes que repriman no se solucionan los problemas.

 

Por otra parte, las estadísticas dicen que es muy menor el porcentaje de delitos donde intervienen menores.  Pero claro, los hechos son impactantes.  No pueden dejar de serlo: hablamos de vida y de muerte y de chicos que a veces no superan los 14 o 15 años.

 

Nos hemos comprado este paquete durante las últimas décadas.  No hablo de un año ni de un gobierno en particular.  Lo hemos ido comprando entre todos y desde hace tiempo: claramente, cuarenta, cincuenta años atrás esto no sucedía.  Se puede afirmar que es una corriente mundial.  Sí, pero acá no pasaba. Hablemos de nuestro país y de nuestra sociedad: hemos llegado a esta situación por desidia, por negligencia, por complicidad.  Por mirar para otro lado, cuando debíamos hacer bien los deberes.

 

¿Qué es hacer bien los deberes?: responsabilidad social, de todos los protagonistas en todos los niveles.

 

La de los empresarios, que les han ido quitando tiempo a los padres a través del trabajo excesivo y también, junto con eso, posibilidades económicas.  Y esos padres no han podido a lo mejor dar educación, alimento y sobre todo, dedicar tiempo a la formación de sus hijos.

 

Pasando por los maestros, a quienes les hemos quitando predicamento y entonces ahora no tienen autoridad para educarlos o coeducarlos junto con los padres.  Amén de la falta de compromiso y vocación de muchos de ellos.

 

La del vecino que cuidaba no solo al propio sino también al hijo ajeno. (¿Cuántos de ustedes que nos están leyendo no fueron formados y educados no sólo por sus padres sino también por los vecinos de la cuadra?  Y guay que te portases mal o fueras irrespetuoso con los vecinos de la cuadra)

 

Y podríamos sumar varias páginas a esta brevísima nómina de responsables, dejando un lugar preferencial para los sucesivos gobiernos, que siempre prefirieron el rédito político que los mantuviera en el poder, a tomar las decisiones que favorecieran al conjunto.

 

En fin, cada uno con su responsabilidad, porque en todas esas cuestiones todos tenemos alguna.  Y como corresponde, mucho mayor cuanto más alto sea el lugar que se ocupe en la escala del poder político, empresarial, intelectual o social.

 

¿Bajaremos o no la edad de imputabilidad de los menores?  Y, sinceramente, casi parece importar poco al lado de todo lo que comentamos.

 

Pero lo que es seguro, es que ya es tiempo de tomar con la mayor seriedad esto de cuidar a nuestros cachorros.  Porque el no hacerlo, redunda en un perjuicio que nos alcanza a todos: desde aquellos que pretenden sin lograrlo vivir a salvo en la burbuja de cristal de un country o viajando en un auto blindado.  Hasta al más humilde, cuyo lugar en el mundo es un barrio del conurbano o una villa de emergencia y que también es sujeto de violencia.

 

2017.  A ver si nos despabilamos, eh.