La imaginación al poder

por Salvador D’Aquila

12 mar 2017

 

 

A casi cincuenta años del Mayo Francés, queda claro que lo que pedía la consigna que da título a esta nota, no se cumplió. Por el contrario, los diferentes poderes insisten en las recetas que los caracterizan y poco o nada de innovación se ha visto en aquellos que gobiernan o quieren gobernar el mundo.

 

Lo cual no quiere decir que la imaginación no exista.  Por el contrario, se manifiesta de diversas maneras y también en hechos o productos que benefician a las sociedades.  Por suerte, siguen siendo muchos los que deciden transformar las elaboraciones positivas de su imaginación en algo concreto.

 

Un ejemplo de esto puede verse en un programa del Canal Encuentro llamado Eureka, que recomiendo. En él, los participantes, inventores preseleccionados, compiten por un premio en efectivo, que la mayoría dice destinaría a desarrollar e instalar en el mercado los prototipos fruto de su ingenio. Entusiasma al espectador porque se pueden ver soluciones que pueden favorecer nuestra vida cotidiana. Y de algún modo, consuela ver a argentinos que no han permitido que su voluntad e inventiva se hayan “quemado” por las problemáticas de nuestro día a día, que restan tiempo y posibilidades para el desarrollo de la creatividad. Quiero pensar que habrá empresarios o inversores atentos a estas nuevas posibilidades, dispuestos a aportar el capital necesario para que, junto con el buen negocio, posibiliten que no queden frustradas tantas buenas ideas.

 

Uno de los temas acuciantes por estas horas y por el cual se pleitea, es el de la Educación.  Pero más allá de la resolución que pueda tener el conflicto en el corto plazo, lo que seguirá pendiente es cómo hacemos para revertir la decadencia educativa en la que estamos inmersos. Y puestos a escuchar a políticos, periodistas, gremialistas, docentes y especialistas en ciencias de la Educación, no se alcanzan a percibir ideas nuevas y distintas que realmente revolucione el proceso de enseñanza-aprendizaje actual. Que es el mismo de hace cien años, de hace cincuenta y que todo indica será igual en los años venideros, más allá de los recursos materiales que se aporten.

 

El incrementar los recursos en forma notoria ciertamente ayudaría. Pero no parece la solución para educar y formar para un mundo en permanente y acelerado cambio. ¿Habrá grupos multidisciplinarios que estén buscando soluciones verdaderamente distintas a nuestro gran problema de la Educación? ¿Propiciará y alentará el Gobierno ese tipo de discusión, en un plano completamente diferente del que lo afecta en lo inmediato? ¿Tendrán especialistas trabajando en el tema aquellos que se preparan para acceder al poder en nuestro país? Y aunque más no sea por una inquietud noble o porque la pasión los lleva, ¿los habrá de otras vertientes buscando alternativas más allá del interés político?

 

Me resulta curioso que en tiempos de revolución informática, nadie se atreva a proponer una revolución educativa que cambie los paradigmas de la educación actual: aula, pizarrón, maestro y alumnos compartiendo un espacio físico, asignaturas, horas de clase, recreos, exámenes y todo lo que ya conocemos.  Viendo las enormes limitaciones de la mayoría de nuestra escuela pública, que es la que defendemos; y también de gran parte de la escuela privada, no se entiende cómo no hay algún proyecto que busque innovar drásticamente.

 

Imagino, permítanme hacerlo, un método absolutamente distinto al que conocemos hasta aquí. Que cambie totalmente las estructuras pedagógicas y sobre todo mentales que tenemos todos. Que encuentre en la informática, las redes sociales, la educación a distancia y todo el cúmulo de conocimientos que podemos encontrar a través de internet, los medios privilegiados para la enseñanza. Que tenga a las escuelas y las aulas como complementos no imprescindibles. Que encuentre el espacio y los interlocutores aptos para los aspectos formativos y de socialización. Que modifique con una involucración distinta y superadora la relación maestro-alumno-padres.

 

Es tan disímil lo que imagino que me desafía en mis propios conceptos, sentimientos y añoranzas: la de mi escuela, la de mis señoritas, la de mis compañeros de aula, la de mi guardapolvo blanco, la de mi cartuchera, la de mi vivencia grabada a fuego de izar nuestra bandera cantando Aurora. Pero es tan grave lo que vivimos, que hay que hacer de tripas corazón e intentar pensar distinto.

 

Los primeros que deben intentar esa búsqueda y soñar con lo que nunca se ha hecho son los dirigentes y referentes especializados en el tema educativo. Contando asimismo con la necesaria e indispensable cooperación de quienes puedan enriquecerlos con las posibilidades de las nuevas plataformas. Sin desechar las experiencias de otros países, animémonos a hacer punta. ¿Por qué no pensar que en veinte años el resto del mundo hable de la exitosa experiencia argentina e intente imitarla? Por qué no apostar a nuestra capacidad para dar vuelta la historia.

 

Imagino, permítanme hacerlo, que en esta visión y a diferencia de como siempre ha sucedido, se parte de las periferias hacia el centro. Periferias geográficas o de posibilidades: privilegiar como logro que en diez años aquellos que se encuentran más retrasados que el resto en la línea de partida, o sea, los más abandonados en educación, economía y salud, estén en camino de lograr en otra década la excelencia universitaria. ¿Cómo sería eso?  Así, como se dice: las comunidades abandonadas de nuestro país, los chicos de nuestras villas y los que desertaron del sistema serían aquellos en los que se focalizaría para diseñar, probar e implementar esta revolución educativa, con todo lo que ello implicaría en la superación de las otras materias pendientes. ¿Y el resto? El resto, finalmente, “serán los últimos”. Los que están en condiciones más ventajosas se las rebuscarán para compensar las enormes falencias del sistema educativo actual. Permitiendo, además, que la implementación se vaya haciendo progresivamente.  Hasta que la escuela, los docentes, los alumnos, la comunidad educativa y los gremialistas, tal como hoy los conocemos, sean parte de una historia antigua.

 

Seguramente habrá cantidad de obstáculos a salvar, de problemas a resolver y de experiencias desacertadas a modificar o dejar de lado.  Pero permítanme también imaginar que hay y habrá estadistas dispuestos a ayudar a que la sociedad mude esa piel que cada vez nos pesa más y no nos permite movernos con la velocidad que los tiempos exigen.

 

Puedo aceptar que toda esta ideota mía (mezcla de idea y de idiota), es un delirio. Pero en tal caso, necesito, deseo, ansío escuchar otras ideas. Las que fuere. Y cuanto más me descoloquen, mejor: quizás signifique que son las que estamos necesitando. Lo único que no deberíamos resignar es que se comience por aquellos que hoy están más atrasados en todo sentido. Además, no me digan: serán un excelente laboratorio. Porque, ¿qué tienen para perder? Y todos, tenemos todo para ganar.

 

De una buena vez necesitamos que aunque más no sea una parte de nuestra dirigencia deje las mezquindades de lado y se proponga como objetivo una grandeza que no va a poder ver ni traducir en votos. Que los que tienen poder político y social, apuesten a un proyecto diferenciado, aunque sea casi a escondidas, aportando parte del presupuesto que se requiere. Que parte de la élite empresarial muestre el camino a otros, aportando lo suyo en dinero y facilitando en sus propias empresas la experimentación de los alumnos producto de este nuevo sistema. Y es ineludible que en todo haya claridad en los objetivos y sobre todo en los procedimientos, para comenzar a licuar con agua clara el barro en el que estamos metidos. A no engañarse: no lo harían por buenos, sino por inteligentes.  Sería en defensa propia.

 

La imaginación al poder, sí. Pero para que la imaginación llegue a ese lugar, primero debemos aportarla entre todos. Y además, convencidos de que podemos hacerla realidad.