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por Salvador D’Aquila

Sí, Carlitos, el del flequillo, el del perro invisible, el del chupetómetro.  El que todavía intenta con recursos nobles sacar una sonrisa a todo aquel que se le cruza en el camino.  El que quizás uno admira más con el correr de los años, cuando cierta nostalgia facilita la ternura.

Debo decir que en su apogeo, no lo seguía especialmente.  Aunque era insoslayable verlo de vez en cuando.  Y que además, se te pegaran o reconocieras muchos latiguillos suyos.  Pensalo: aunque seas joven, seguro que vas a recordar varios.

Uno en especial, me mueve hoy a la reflexión.  En el presente, prácticamente no se lo oye.  Pero antes se escuchaba mucho y estaba muy metido en la gente, sobre todo, en aquellos más humildes.  Y en su sencillez y simpleza tenía connotaciones, creo yo, más profundas que lo que su enunciado podría hacer suponer.  Cada vez que el personaje en cuestión era sospechado en su actitud, su respuesta era como un escudo protector, como una garantía, casi desafiante: "Pobre… ¡pero limpito!".

El hecho de ser pobre se entiende fácilmente.  ¿Y qué significaba ese "...pero limpito"?  Ensayo una respuesta.

El ser (no “estar”) limpio no tenía que ver con una cuestión de higiene, sino cultural.  Quién lo manifestaba daba a entender que podía tener el bolsillo con muy pocos pesos, problemas para mantener a su familia, no llegar a fin de mes, probablemente un trabajo precario, y toda la problemática cotidiana derivada de cubrir con esfuerzo las necesidades materiales básicas.  Pero con eso de ser "limpito", se quería decir que ese alguien tenía dignidad, quería mejorar, no pretendía que nadie le regalara nada, se consideraba honesto y trabajador, buscaba crecer a través del conocimiento y la formación (recuerdo a mi papá, mis tíos y sus amigos, en su juventud obreros ellos, pero que serían casi intelectuales comparados con muchos universitarios de hoy) y también que sus hijos fuera "dotores", al decir de Florencio Sánchez.

Y no sólo "exitosos" porque la "pegaron" con algún puesto público.  O siendo el ladero de algún puntero político.  O ellos mismos "acomodándose" para ejercer una cuota de poder disfrazada de servicio, aunque sea en el lugar más abandonado y valiéndose de quienes allí viven.  Entre otras posibilidades que el mundo ofrece, claro, como por ejemplo "zafar" vendiendo drogas o saliendo a "laburar" con un fierro.

No me cabe duda de que muchísimos, la mayoría, hoy continuamos en la misma tesitura de crecimiento personal, familiar y comunitario.  ¡Pero cómo se ha esmerilado esa mentalidad, cómo se la ha degradado!  Aun haciendo todo bien, nos va a costar generaciones que vuelva a imperar en toda la sociedad.  Porque en esto no hay distinción de bolsillos: la cultura del zafar como se pueda es verdaderamente transversal.

Y prefiero dejar de lado en estas pocas líneas, las carencias alimentarias, de salud y de educación que estoy seguro han hecho que bajáramos varios escalones en eso que orgullosamente valorábamos como el "talento argentino": la realidad es que ya son legión los chicos, adolescentes y, a esta altura, muchos adultos que si nacieron con esa herencia cultural, ha sido devaluada.

¿Será sólo una cuestión de modas que este dicho haya caído en desuso o algo muchísimo más serio y grave?

No te vayas, Carlitos.