Imprimir

por Salvador D’Aquila

 

“Cuando Bergoglio habla…

…hay que escucharlo”.  En la radio donde trabajaba, una década atrás acuñamos esta frase que en mi programa hemos reiterado cada vez que fue necesario a lo largo de otros tantos años.

 

He escuchado y cubierto cantidad de veces al actual Papa, cuando aún no lo era.  Y por compartir sus conceptos, frente al micrófono destaqué y me hice eco de sus dichos cada vez que la situación lo ameritaba y los hechos me daban la oportunidad.  Por supuesto, fueron incontables: al correr del teclado, recuerdo ahora sus homilías en Luján al cerrar las peregrinaciones juveniles; cuando enfrentó a la trata de personas; señalando al narcotráfico y las drogas como un mal que se iba enquistando; apostrofando a la sociedad en su conjunto por aquellas personas a quienes, en su definición, se las considera "descarte"; su defensa de los jóvenes, de los ancianos, etc. etc.

 

Soy una persona módicamente formada en la fe católica y su catequesis.  Lo cual no significa que sepa mucho, pero sí que tengo la inquietud por entender y reflexionar acerca de ella.  Y aunque a uno no le dé la cabeza o sea un negado, a la fuerza algunas cosas siempre se aprenden o se comprenden.  Eso me permite ejercer con cierto criterio mi libertad, como dijera san Agustín, en “lo opinable”.  Y entonces, cuando no estuve de acuerdo, me he permitido cuestionar, con argumentos, algunos temas específicos; por ejemplo, pastorales.

 

Aunque comparto esencialmente el pensamiento del Papa, me sigo valiendo de mi discernimiento antes de aceptar lo que de distintas maneras me comunica, aunque termine dando por bueno casi todo lo que nos propone.  Porque los creyentes católicos deberíamos tener presente que la palabra de Francisco, como la de cualquier otro sacerdote, aunque sea Papa, no es Palabra de Dios.  Y sobre todo, que Francisco habla de los valores que nos deben regir como sociedad, de los principios que nos deben guiar como personas, del horizonte al cual debemos encaminarnos como comunidad, de las utopías que debemos perseguir.  Pero no nos instruye acerca de los métodos o la "operatoria" para lograr objetivos políticos o comunitarios.  Y si es un Papa "peronista" como muchos afirman, minimizando su rol, en eso podría estar perfectamente equivocado.

 

Lamentablemente, muchos que desde siempre defienden los valores que Francisco manifiesta permanentemente y otros que descubrieron tener una gran empatía con el Papa argentino (eso sí, desde que es Papa) son dados a pontificar: las suyas son todas afirmaciones, supuestamente avaladas por aquel al que admiran.  Demasiadas certezas que, paradójicamente, pueden ser equivocadas e inconducentes.

 

Los líderes positivos deben ser seguidos.  Pero no para hacer un culto a su persona (sin dudas, un mal hábito) sino para asumir en la vida diaria, sea cual fuere el lugar donde nos toque actuar, los valores que nos infunden.

 

Ojalá que cada vez y en forma creciente, todos podamos tener un peso más en el bolsillo y más justicia en nuestras relaciones que nos permita sentirnos seguros en todo orden.  Pero no de cualquier manera, sino porque nuestra sociedad en su conjunto crece y se desarrolla con el aporte de todos.  Incluyendo, por supuesto, el de los que están más abajo en la escala social: dejarlos de lado en esa tarea es injusto para con ellos y poco inteligente para con el resto.

 

Y para lograr ese objetivo de que nuestro país y cada uno de nosotros crezcamos, el mejor camino es estar más formados en los valores, ser más educados, estar más capacitados, ser más honestos y más trabajadores y todo el cúmulo de virtudes que quieras agregar.  Siempre pensando en nosotros y en los otros.


Como pienso que dice Bergoglio.