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por Salvador D’Aquila – 05 abr 2020

 

Durante las veinticuatro horas, en horarios ya desquiciados por la prolongada cuarentena, recibimos cantidad de mensajes en distintos formatos que nos aseguran tener la verdad o parte de ella acerca de lo que hoy nos acucia: la pandemia.  Siempre que me llegan este tipo de envíos, lo primero que me pregunto, e invito a todos a hacer, es si serán ciertos sus contenidos.  Pasarlos por unos pocos y elementales filtros apoyados en el sentido común, facilita descartar de plano un gran porcentaje de esas supuestas revelaciones.

 

Aunque uno siempre puede ser engañado, un video del año 2015 que se viralizó (programa de la RAI: TGR Leonardo, en You Tube) parece verosímil en lo que da a entender respecto de a quienes les cabría la responsabilidad primera de este enorme infortunio global.  Después de su difusión, por distintas vías comenzaron a aparecer desmentidas acerca de lo que allí se sostiene.  Pese al empeño de muchos en negarlo, es inevitable que quede flotando que la aparición del coronavirus en nuestras vidas pudo haber ocurrido a partir de un error humano.

 

Cierto o no, esta situación me lleva a un segundo interrogante: ¿cuántas otras investigaciones se estarán desarrollando, en cualquiera de sus ámbitos y andariveles, en el planeta ciencia?  Obviamente, con el consiguiente riesgo, que nunca puede ser cero.  Sinceramente, es inquietante pensarlo y asumirlo.  Y nos pone en el incómodo lugar del tercer cuestionamiento: qué hacemos, individual y colectivamente, frente a esta cuasi certeza.

 

Aun asumiendo la capacidad de los científicos y la buena intención que los guía de favorecer a la humanidad, los riesgos en este tipo de experimentaciones, aunque mínimos y controlados, existen y son potencialmente letales para todos.  Y dado que aún militando en organizaciones creadas para ponerlos en tela de juicio, tan poco podemos hacer para que se limiten o directamente se discontinúen aquellos que conllevan un riesgo mayor o de padecimientos a escala planetaria, surge otro interrogante personal, turbador y existencial: qué nos vale más para seguir adelante con nuestras vidas de la mejor manera posible.  ¿Protestar, hacer de cuenta que no existen o sencillamente buscar mantenernos en la ignorancia?

 

A modo del dilema shakespeariano: ¿Hamlet o Simpson?  Una de las tantas de nuestras cuestiones.