¿Nos gusta la pachanga...? –No, Fidel…
por Salvador D’Aquila
30 nov 2016
Aquello de que la muerte mejora el recuerdo y el concepto de los fallecidos, es un hecho que podemos comprobar en la experiencia de todos los días. Obviamente, no por mérito del que partió, que ya no puede modificar lo que fue ni lo que hizo o dejó de hacer, sino de los que quedamos vivos. Es como una suerte de perdón póstumo para aquél que ya no está entre nosotros. Tal vez, anhelando se nos conceda también a nosotros cuando nos llegue la hora. Una forma de rescatar lo positivo de una vida, dejando en un piadoso olvido aquello que no lo fue tanto o fue decididamente negativo.
A mi entender, este manto de piedad le debería caber mucho más al hombre común. Al que no trascendió más allá de sus grupos de pertenencia, que no actuó en la vida pública. Al cual igual le cupo la posibilidad de transitar por esta vida influyendo para bien o para mal, pero acotado a determinados círculos.
(Sin meternos en honduras: los creyentes entendemos que esta influencia es tal vista desde la óptica humana, ya que desconocemos las consecuencias completas de nuestras acciones. Y que el alcance real y hasta la verdadera motivación de nuestros actos no lo vamos a conocer en este mundo.)
Pero con las figuras públicas y las que “hicieron Historia”, creo que debería ser distinto. Hace unos días, ya anciano y de viejo, murió Fidel Castro. Y muchos, salieron a alabarlo de una forma que considero desmedida y hasta irresponsable en su falta de compromiso con la verdad histórica y con quienes sufrieron las consecuencias de su accionar.
Seguramente el pensamiento de quienes realizan estos elogios es que los cubanos en lugar de sufrir esas consecuencias, las gozaron. Pero quienes así opinan, en la mayoría de los caso lo hacen a mucha distancia de la geografía de la isla que fue tierra de “la Revolución”, como para conocer la realidad de los hechos y las vivencias de sus destinatarios.
Derecho este, el revolucionario, que le cabe a todos los pueblos cuando se encuentran sometidos. Pero que también puede nacer legítimo en su justificación, pero terminar bastardeado cuando se convierte en lo mismo o en algo peor de aquello que se propuso combatir. Generalmente, limitando severamente las libertades individuales y de asociación.
Como hemos visto por estos días enumerado en distintos medios y reiterado a través de las redes sociales, son innegables determinados avances que se concretaron en Cuba durante la gestión castrista de ¡seis décadas!: en Medicina; en el sistema de salud y acceso a los medicamentos; en Tecnología; en la disminución de las tasas de desnutrición y mortalidad infantil, que son las más bajas de América Latina; en el acceso al deporte y logros a nivel mundial que se reflejan claramente en el medallero olímpico histórico; en el acceso al sistema educativo y a la cultura. Y además, bancándose un inexplicable, absurdo y perverso bloqueo por parte de los Estados Unidos, que obviamente le ha causado mucho daño a su economía y a la propia sociedad cubana.
Pero lejos, lejísimo estuvo y está Cuba de ser un paraíso en la Tierra. Porque si no, no se explicaría por qué tantos miles de cubanos han preferido intentar huir (no irse, ya que no les estuvo ni les está permitido) de lo que ellos consideraron un infierno a lo largo de estos sesenta años, aun arriesgando perder la vida y dejando familias y afectos.
No lo hicieron sólo porque fueron desagradecidos con el régimen o tan egoístas de no querer compartir la igualdad de posibilidades para todos. Tampoco porque no valoraron las virtudes de un gobierno con dirigentes que se les impusieron sin tener la posibilidad de cambiarlos o elegirlos. No, sin duda no fueron esos los motivos. Sino un accionar que en la medida que se alejó de los ideales que le dieron vida, se transformó en totalitarismo.
Lo patético es que personas que defienden valores (y entre ellos el de la libertad, como bien supremo) hagan apología de un gobierno que encarceló, sojuzgó, mató y tiranizó a generaciones. Y encima, quiso "exportarlo". ¿Cuánto pudo haber habido en ese intento de verdadero espíritu de liberación de los pueblos y cuánto de la búsqueda de afianzar el propio poder? Opino que muchísimo más de lo segundo.
Y aunque tuvieran como enemigo común al Capitalismo, es casi risible que muchos de los defensores de un sistema que ven solamente desde afuera, se llenen la boca hablando de sus supuestas virtudes, mientras viven como cómodos burgueses… capitalistas. Que no soportarían vivir ni una semana la realidad que en Cuba se impuso a sangre y fuego. No se entiende la disociación entre los valores por los que se supone luchan, y la defensa de las personas que destacan por manejarse totalmente a contrapelo de ellos.
Por otra parte, mencionando apenas el hecho de que en esas circunstancias, tanto para los de arriba como para los de abajo, es difícil sobrevivir sin deslizarse hacia la mentira y la corrupción. Y aun reconociendo los logros conseguidos, ¿el fin justifica los medios?
Estoy decididamente en contra de lo que se ha dado en llamar capitalismo salvaje, que expolia, corrompe, somete, hambrea y mata. Lo cual no quita que el ya fallecido Fidel Castro y el sistema que representa sigan teniendo mi desprecio y repudio. Al igual que cuando vivía.
Y que siga la pachanga.