La Argentina y su “copa deivis”

por Salvador D’Aquila

9 feb 2017

 

 

Lo que sucedió en el Parque Sarmiento hace unos días, puede ser visto como una analogía de la Argentina y los argentinos.  Para quien no esté enterado, todo el deporte nacional y el tenis en particular, tuvo la enorme satisfacción este último fin de semana de comenzar a defender en nuestro país el título de campeón de la Copa Davis, el torneo internacional por equipos más prestigioso del mundo, de los más antiguos en vigencia y también el más esquivo para nosotros: desde hace varias décadas y con mayores posibilidades desde la aparición en escena de Guillermo Vilas, hemos perseguido con afán ganar la famosa ensaladera de plata. Después de algunas frustraciones importantes y un tanto impensadamente, el 2016 fue nuestro año.

 

Más allá de haber sido los mejores, podemos agregar para destacar ese enorme logro deportivo, que por efecto del reglamento de la copa y del azar del sorteo, la Argentina jugó todas sus series en condición de visitante.  Sí, no sólo ganamos la Davis sino que lo hicimos sin tener en ningún match la ventaja de la localía.  Lo cual significa no contar con la mayoría del público a favor; y tampoco elegir la superficie de la cancha en la que se disputarán los cuatro singles y el dobles de cada serie, lo cual no es un dato menor.

 

Con todas las circunstancias en contra pero contando a favor -más allá de los diferentes jugadores que se convocaron cada vez- con la unidad de un equipo como pocas veces se consiguió, se obtuvo lo que quizás se pudo ganar mucho antes.

 

Y entonces se le presentó a nuestro país la enorme y feliz oportunidad de defender nuestro título de campeón como locales, pudiendo transformar todas aquellas situaciones adversas en favorables y sumándole a eso la posibilidad y el orgullo de cumplir con ese honor ante nuestro público.  Por supuesto, con el mundo también atento a lo que sucediera aquí y recibiendo imágenes que fueron vistas por millones en todo el planeta del campeón defendiendo su sitial.

 

¡Danger!

 

La realidad es que todo, o casi, fue un bochorno.  Y no hablo del resultado deportivo, que lo dejo para el final.  Seguramente no cooperó que muchísimos de nosotros, no solo jugadores de tenis, siguiéramos durante las dos semanas anteriores la televisación del Abierto de Australia, uno de los cuatro Grand Slam.  Y aunque no debiéramos comparar porque son dos eventos muy distintos, se torna inevitable.  Sobre todo, porque Australia es uno de esos países con los que suelen establecerse parangones con el nuestro, por características geográficas e históricas similares.  Y donde ellos son tomados como ejemplo de cierto desarrollo y nosotros, bueno, como un extraño caso de involución en muchos órdenes.

 

Comencemos por la sede del encuentro.  El Parque Sarmiento es grande, bonito en su naturaleza, con una respetable infraestructura para el visitante ocasional y con buenos accesos.  Pero hace mucho que está abandonado en su mantenimiento, lo cual cualquiera que lo haya visitado en los últimos tiempos pudo comprobar.  Y allí, el estadio que se montó para que la Argentina jugara su serie frente a Italia, no podía escapar del contexto.  Supongo que será elogiable construir una cancha, tribunas, vestuarios y lo mínimo necesario en un corto lapso. Pero el resultado no podía estar ajeno a las carencias: un escenario clase C para un evento que debió ser clase A.  Si con esto, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se quiso lucir, logró exactamente el efecto contrario.  Que uno no pretendía el Rod Laver Arena, pero sí algo más digno y prolijo para un match que nos estrenaba como campeones.  Por otra parte, y refiriéndonos estrictamente a la cancha de polvo de ladrillo que se construyó, la transmisión mostró claramente no solo malos piques, sino también como en el fondo los jugadores pateaban piedritas que se desprendían del piso.

 

El equipo que presentó la Argentina fue el posible en función de la determinación y condición de algunos de sus jugadores.  Que todos están en su derecho de programar sus carreras y su año como mejor les parezca.  Pero no es menos cierto que algo que cuesta mucho, muchísimo conseguir, amerita el mejor esfuerzo para conservarlo.  Y no es eso lo que sucedió.  En este punto, no habría que observar solamente a los jugadores que no estuvieron, sino también a la dirigencia que no quiso o no supo entusiasmar para que dieran el presente.

 

Como el match no se pudo definir el domingo por cuestiones climáticas, debió cerrarse el día lunes.  Que como todos sabemos, es laborable.  Y suponemos que para que eventualmente las tribunas no quedaran semivacías, privando del aliento necesario a nuestro representante, la Asociación Argentina de Tenis decidió, creo yo que con buen tino, que después de las once de la mañana, horario de comienzo del encuentro, se pudiera ingresar con entrada libre y gratuita.  Pero…

 

Una medida de esas características, hay que saber manejarla en la práctica.  Debo decir que me sorprendió la cantidad de gente que se acercó para ver el partido: ya alrededor de las siete de la mañana, comenzó a formarse una larga fila de no menos de 1200 metros que rodeó gran parte del Parque.  Hasta ahí, el operativo de seguridad del fin de semana había sido eficaz y sin sobresaltos. Pero el lunes se les “escapó” prever que algunos vivos de los que nunca faltan, en lugar de esperar su turno para ingresar por la puerta asignada, compraron la entrada habitual al Parque para después forzar el ingreso al estadio.  El problema no pasó a mayores porque fue controlado, pero la herida ya estaba abierta.  El resultado fue que una vez descubierta la maniobra, no se dejó pasar a nadie más, ni siquiera a quienes les correspondía porque tenían derecho a hacerlo.  Fui testigo de que se le negara el acceso a quienes tenían en mano su entrada comprada y pagada para todo el fin de semana; a personas discapacitadas, que por ley tienen asegurado lugares para espectáculos de todo tipo; e inclusive a exjugadores de Copa Davis, que como corresponde son invitados por la AAT para contar con el honor de su presencia en el palco de la propia Asociación.  Pues bien, como dije, la inhabilitación alcanzó a todos.

 

Hablemos ahora de quienes se acercaron ese lunes con la intención de ver el partido.  Claramente, en su mayoría gente que no era “del tenis”, pero con todo el derecho a ver un espectáculo tenístico.  Y como suele suceder, el estigma del “no pertenecer” y la supuesta no educación para este deporte, les cayó a todos por culpa de unos pocos a quienes no se supo anticipar en la astucia de querer sacar ventaja.  En cuanto al público en general, con los desbordes de siempre en un evento de estas características, que ahora son tolerados y se los considera casi parte del “espectáculo”.  Cuando en muchos casos es simplemente falta de educación.  Y no hablo de educación para el tenis.  Falta de respeto en general.  Con un abanderado muy popular, que uno no pretende que se comporte con la flema de un Rod Laver en “su” estadio, pero sí que en el aliento bienvenido sepa mantener ciertos códigos de conducta.  ¡Por lo menos para no molestar a los nuestros, aunque esa no haya sido su intención!  Pero en fin, como diría Fognini con todo ya resuelto, el Diego es el Diego…

 

La transmisión por televisión fue la posible en función de las limitaciones técnicas en las que se encuadró.  Otra vez: no se pretende la tecnología que se observan en transmisiones de torneos de primera línea.  Pero las comparaciones son inevitables y sumó una pátina más de pobreza a todo lo que se vio.  No obstante, algunos detalles se podían y se debieron cuidar un poco más: en alguna de las suspensiones por la lluvia, fue un tanto sorprendente ver a los comentaristas que hasta ese momento escuchábamos en off, aparecer en pantalla con un aspecto un tanto desaliñado, como si estuvieran en el living de su casa.  Y todo con un fondo de armazones tubulares al desnudo, lonas y plásticos volándose por efecto del viento, gente cruzándose por delante de cámaras, gritos cruzados de supuestas indicaciones de los que allí trabajaban.  En televisión hay que cuidar la calidad de las imágenes.  Y no fue el caso.

 

En cuanto al resultado del match, ya se sabe: perdimos.  Y en lugar de continuar buscando nuevamente el campeonato, ahora vamos a pelear para no descender a la Zona Sudamericana. Veníamos perdiendo mal y casi se transforma en una victoria con características de hazaña deportiva.  Que probablemente hubiera disimulado o desviado la mirada acerca de todas estas cuestiones que marcamos.  Si como en cualquier competencia, perder es parte del juego y de las posibilidades, en este caso, pareció el corolario lógico para tanta desprolijidad.

 

La Argentina y los argentinos.  Capaces de pelear durante años y hasta conseguirlo un campeonato soñado por generaciones; e incapaces de defenderlo como correspondía.  Con los talentos para estar en el primer plano mundial de un deporte; y de acompañarlos con improvisación atada con alambre.  De tener un público reconocido por su fervor y constancia en el aliento; y de no poder controlarlo tantas veces en su falta de respeto a las normas y la ética deportiva.  De deportistas profesionales; y dirigentes amateurs.

 

De ser parte de la élite tenística y alzarnos con la Copa Davis.  A destratarla como a la “deivis”.