Simios bajo los aspersores

por ND’

01 jun 2018

 

El experimento es conocido: se encerró a un grupo de simios en un cuarto, en medio del cuarto una escalera, en la cima de la escalera un racimo de bananas.  Cuando alguno de los simios intentaba subir la escalera y alcanzar las bananas, unos aspersores se encendían mojando al codicioso animal, haciéndolo desistir –a él y a todo el grupo- de la tarea.  La situación se repetía cada vez que alguno intentaba alcanzar el objeto de deseo.  No faltó mucho para que los simios se hartaran de mojarse.  Entonces, cuando veían que alguno se disponía a subir por la escalera, poco menos que lo bajaban a palos.  Para evitar el castigo grupal, se imponía el castigo individual.

La segunda parte del experimento es por lo menos graciosa.  Se cambió un simio del grupo original por otro nuevo.  El recién llegado vio las bananas y no se demoró en ir por ellas.  Lo que habrá sido su sorpresa cuando, parado en el primer escalón, se le vinieron todos al humo.  Sitúense en la cabeza del simio nuevo por un momento: hay bananas, están al alcance de la mano, nadie las agarra, entonces las agarro yo; cuando lo intento, me aplican una tunda memorable; dolorido y desconcertado, veo que todo se tranquiliza, pero nadie reclama la posesión de las bananas.  El mundo está loco.

Nadie intenta ir por las bananas.  El nuevo no quiere ser castigado de vuelta.  Los viejos no quieren mojarse.

La tercera parte del experimento es directamente insólita.  Se realiza nuevamente el procedimiento de la segunda parte: afuera un simio viejo, adentro un simio nuevo, repitiéndose los mismos resultados: el nuevo trata de ir por las bananas y es molido a golpes.  En el grupo de matones está ni más ni menos que el simio nuevo de la segunda fase.  Nadie va por las bananas, eso lo sabemos todos.  Nadie se moja, eso lo sabe la mayoría.  El procedimiento se vuelve a repetir, sale un simio viejo, entra un simio nuevo.  Los resultados también se repiten.  Llega un punto en el que ya no hay simios de la vieja camada.  Sólo hay simios nuevos, bajando a golpes a los aún más nuevos, sin tener idea de por qué lo hacen.  Nunca vieron a ninguno ser mojado, no saben siquiera de la existencia de los aspersores.  Acá las cosas se hacen de una manera, como si siempre hubiese sido así (para algunos siempre lo fue).

La transmisión de los partidos de fútbol ha tenido su evolución a la largo del tiempo.  Desde los avances netamente tecnológicos (como pasar del blanco y negro al color) hasta los puramente estilísticos (del grito corto de gol alargando la “l” final, al desaforado de estos días llenándose la garganta de “o”).  Pero cambiar no siempre quiere decir mejorar.  Y lo que en un momento fue innovación, a veces sostenerlo en el tiempo es retroceso.

Uno se sienta frente al televisor a ver un partido de fútbol.  Porque no pudo ir a la cancha, porque ya no le interesa estar parado en la popular, porque no quiere escuchar a los energúmenos de la platea, porque le sale más barato.  En fin, por el motivo que sea.  Prende la tele y en definitiva no le importa demasiado la previa con los devenires de su equipo en la última semana, la opinión de tal periodista o los chistes internos de la transmisión cada vez más insufribles.  El color de la tribuna sí interesa, pero eso no dura demasiado.  A por lo que se vino, hombre.  A mirar el partido de fútbol.

Tan sencillo que parece esto… Una cámara enfocando a la cancha, lo suficientemente cerca para que se entienda lo que está sucediendo, lo suficientemente lejos por el mismo motivo.  Quiero decir, quiero llegar a ver con la miopía a cuestas que es el dos el que se la pasa al cuatro y no el seis, pero también quiero ver que el tres empieza a soltarse por la banda opuesta.  De lo que estoy seguro es de que no quiero ver el traste del ocho cuando está por hacer un lateral.  Me imagino al director de cámaras pidiendo el plano corto en la cancha de Argentinos: el pobre camarógrafo está ubicado donde puede, entre la línea de cal, la tribuna y los bancos de suplentes.  Hay menos espacio que en la línea C a las seis y media de la tarde un lunes.  El plano contrapicado, con el culo del volante derecho más cerca de su lente de lo que le gustaría.  A él y a todos los espectadores.

Yo me pregunto para qué.  ¿Es necesario ese plano? ¿Me aporta algo nuevo? ¿O sólo me estás apoyando en la cara todas las cámaras que tenés?  Qué culpa tengo yo si vos no sabés utilizar los recursos.  Había un director de cine que decía que tener poco presupuesto lo ayudaba a pensar cómo contar mejor la historia.  La abundancia de recursos le hacía perder el eje.

En todo esto pienso cuando a los cuarenta y cuatro minutos del segundo tiempo, en el medio de un contraataque trepidante, con el resultado abierto luego de idas y vueltas en el score, con la posibilidad latente de ganar el partido, el plano en el televisor se transforma en un contrapicado con el culo del cuarto árbitro en primer plano, tratando de mostrar el cartel que dice que se jugarán al menos cinco minutos más, cartel que está destinado a la gente que está en la cancha, que tampoco lo necesita porque la adición aparece en la pantalla gigante del estadio, y yo para qué la quiero si me lo podés poner al lado del resultado en la esquina superior izquierda, o al lado del logo horrible de tu canal, o en una esquina inferior con el plano del ñoqui arbitral más pequeño insertado en el plano general, sin por eso dejar de mostrar lo importante, la razón por la cual todos estamos acá.  Cuando el partido aparece nuevamente en la pantalla, es lateral en defensa para el equipo rival.

Debo decir que mi reacción es quizá desmedida.  Como un orangután con exceso de cafeína al que le marcaron el lomo con un fierro caliente, salto de mi silla a los gritos, descargo la tensión del partido en el director de cámaras, le digo todas las puteadas que sé y algunas que invento en el momento, corro la silla en la que estaba sentado porque se entromete en mi furia.  Le explico a él –a la pantalla inerte, pero a él- que es un pobre tipo, un autómata, un tipo sin pasión, sin expectativas de la vida, alguien sin creatividad, sin empatía por todos los que estamos mirando el partido.  Le aseguro que no le gusta el fútbol, es más, que lo debe odiar.  Le digo que no se puede ser tan pelotudo.  Que me banco la previa, me banco las publicidades, me banco los comentarios al borde del campo de juego tratando de llenar quién sabe qué, me banco los chistes internos.  Pero por favor, no me saques el partido, hermano, que es por lo único que me banco todo lo demás.

Cuando me calmo y vuelvo a sentarme, el partido llega a su fin.  Fue empate y un sinsabor me invade.  Estoy un poco transpirado y cansado.  Me doy cuenta de que no puedo ponerme así por un partido de fútbol, pero enseguida me corrijo.  No fue un partido de fútbol el que me puso así, fue la transmisión de un partido de fútbol.

Yo seré un orangután descontrolado adicto a la cafeína, pero los que transmiten son simios nuevos debajo de un aspersor temiendo una paliza.  Son simios viejos que no quieren mojarse.