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por ND’ - 08 sep 2018

 

En estas líneas vengo a hacerme cargo: por mi culpa quedamos afuera del Mundial.  Sé que suena grandilocuente.  O que incluso puede parecer una metáfora para luego desarrollar una idea.  Pero no.  Es tan lineal como suena.  Repito: por mi culpa, quedamos afuera de Rusia 2018.

Sí lo que puedo hacer es deconstruir un poco esta afirmación.  Primero lo primero: no es enteramente mi culpa.  En todo caso es una responsabilidad compartida por muchos partícipes necesarios de la cuestión.  Quiero decir, si el entrenamiento previo al Mundial se dio en un campo de juego devastado, yo no tengo nada que ver.  Mucho menos con todo el lío del amistoso suspendido.  Ni que hablar con las incoherencias dialécticas y futbolísticas del entrenador.  Yo me hago cargo de lo mío pero de lo de nadie más.

En segunda instancia puedo decir que no me refiero al momento puntual de la eliminación.  El torneo es un camino en el que cualquier desvío es significativo.  Una vez recorrido no se puede desandar, a la vez que cualquiera de los caminos alternativos que podrían haber sucedido sólo son contemplados en la Teoría de las Cuerdas o en algún cuento de Borges.  Vamos al grano: hace años que me genera descontento que el arquero titular de la Selección sea Romero.  No es porque no sea calificado para el puesto.  De hecho, me parece que su calificación fue subiendo con los años.  No son muchos los arqueros que atajaron en una selección de las importantes en dos Mundiales, en tres Copas América.  Que tienen en su palmarés una medalla dorada.  Lo mío es simplemente una cuestión de gustos: no es el tipo de arquero que me gusta.  En mi caso prefiero a los arqueros que atajan con todo el cuerpo, que te devoran en un mano a mano, que cortan centros como un huracán destruye todo a su paso.  Pero queda ahí, ese es mi gusto personal. 

Sí podemos discutir su larga inactividad.  Qué le genera a un profesional del fútbol no jugar domingo tras domingo.  Ver cómo eligen a otros antes que a él.  E incluso qué dice de una selección como la argentina que su arquero no sea titular en un equipo de liga.  Esas son cuestiones de debate.  No hay una verdad absoluta sobre esto.

Como fuera, nada de todo lo dicho tendría importancia si, aún con las consideraciones hechas, Romero fuese el mejor arquero argentino.  Porque siendo estas las circunstancias son muchos los que podrían decir que rindió siempre que se puso la celeste y blanca.  Y no estarían faltos de verdad.  La cuestión es que, según mi perspectiva, había otro arquero que merecía ese lugar: Caballero.  Lo había visto en la liga de España primero y luego en Inglaterra.  Y lisa y llanamente me parecía mejor que Romero.  Entiendo que un equipo de fútbol no es cambiar nombres como de camiseta, entiendo que hay una convivencia, un conocimiento con los compañeros dentro y fuera de la cancha, un proceso de asimilación del escudo deportivo más grande del país.  Pero me parecía que al menos merecía una oportunidad.

Durante mucho tiempo pedí que ataje Caballero.  Y un día atajó.  Y otro día, en el segundo partido de ronda, se mandó una macana que nos dejó, en los números, con un pie afuera, y en cuanto a moral, totalmente desarmados.  Está bien, me puedo escudar en que antes de que empiece el Mundial mi elección hubiese sido Armani, jugador que tildaba todas las casillas que yo considero necesarias.  Pero la realidad es que no me quiero escudar en nada.  Yo pedí a Caballero.  Caballero atajó.  Y fue un responsable directo de la eliminación.  Por lo tanto, yo también.

El otro día un amigo me dijo “te apuesto lo que quieras que si entra Fulano, dan vuelta el partido”.  Lo pensé el tiempo que tardás en contestar cuando te ofrecen helado (o sea, ni medio segundo) y le dije “bueno, te apuesto cien dólares”.  Me dijo que ni en pedo.  Seguimos viendo el partido.  Fulano entró.  Y no dieron vuelta nada.  Y mi amigo no dijo ni mu.

No debería ser gratis opinar tan a la ligera.  Porque nos consta al ver dos minutos de televisión que casi cualquiera puede hilvanar tres sustantivos y dos verbos y decir tal o cual cosa sobre un equipo, un entrenador o un partido.  Y lo dicen con seguridad, golpeando la mesa, ufanándose de ser poseedores de una verdad irrevocable.  Y después la realidad los prueba equivocados.  Y no dicen que estaban confundidos con la misma vehemencia que dijeron lo anterior.  No dicen que lo que decían que iba a pasar finalmente no pasó.  Porque ya están más ocupados vaticinando otra cuestión, tan importante como aquella, que se olvidará igual de fácil.  Salvo que acierten, en cuyo caso dirán “vieron que tenía razón”.

Lo cierto es que yo no tengo ningún poder real en la cuestión.  No soy futbolista ni director técnico ni dirigente.  Tampoco soy periodista ni RRPP ni lobista.  Me gusta el fútbol y opino con los míos.  Pero esa opinión tiene valor, al menos para mí.  Yo quería que ataje Caballero.  Y si bien no se dio en los términos que yo pretendía, atajó.  Y no le fue como yo pensaba.  Error mío.

Lo que sí me gustaría es que todos los patanes que se la pasan opinando absolutamente de todo y fallan el noventa y cinco por ciento de lo que dicen –hasta un reloj parado marca bien la hora dos veces al día- se hagan cargo.  Y si ellos no se hacen cargo, que se lo reclamen los demás.  “Son unos muertos”, dicen.  Pero cuando el resultado es distinto, son los primeros en decir “salimos campeones”.  Los jugadores son los que pierden, nosotros somos los que ganamos.  Esa es su filosofía.  Es un razonamiento estúpido.

Yo sé cuál es mi rol en el asunto.  Estaría bueno que cada uno sepa cuál es el suyo.