por ND’ - 26 sep 2018
Hay veces en que los hechos son tan potentes que no necesitan opiniones al margen ni explicaciones de ningún tipo. Con sólo contar cómo fueron las cosas en orden y secuencia a modo de crónica, alcanza. Esto voy a tratar de hacer ahora.
Transcurre la final del US Open 2018 entre Serena Williams y Naomi Osaka. Una es, para muchos, la mejor jugadora de la historia. Se enfrenta a alguien que, al menos metafóricamente, tiene su póster en el cuarto. Tiene veinte años. Y ya ganó el primer set 6-2.
Durante el segundo game del segundo set, el umpire Carlos Ramos advierte a Serena por coaching, es decir, porque su entrenador desde la platea le dio indicaciones (práctica habitual en otros deportes, prohibida –pero no por eso menos habitual- en el tenis). Serena, ofuscada, se acerca a Ramos y le dice “¿Pensás que porque me levantó los pulgares me está diciendo que me vaya a la red? No tenemos ningún código secreto, yo sé que no sabés eso y entiendo que podrías interpretarlo como coaching pero te digo que no lo es. Yo no hago trampa para ganar. Prefiero perder. Sabelo.” Al finalizar el game, ya en el banco, Serena repite lo que dijo, a lo que el árbitro le responde que sabe que no es una tramposa.
Con el segundo set 3-1 en favor de Serena y con el saque en su poder se enfrenta a un break point. Antes de sacar se la ve contrariada. El partido no está siendo nada fácil. Saca, pierde el punto, el game y el quiebre que tanto le había costado conseguir. Sobrepasada, tira la raqueta al piso con la fuerza suficiente para romperla. El umpire da a Williams otro warning (advertencia) por este hecho. Esta violación de código, sumada a la advertencia por coaching le representa a Serena la pérdida de un punto, algo extremadamente inusual, sobre todo en una final de torneo. Así las cosas, el game siguiente Osaka arranca sirviendo 15-0. Cuando Serena se da cuenta de lo que sucedió –por posicionarse en el lado incorrecto de la cancha para recibir-, la situación escala.
“Esto es increíble. Siempre que juego aquí tengo problemas. ¿Por qué? Romper la raqueta es sólo una advertencia”. A lo que el árbitro le explica que se suma a la de coaching, por eso su fallo. Y Serena explota: repite una y otra vez que no recibió indicaciones. Y va más allá: le ordena a Ramos que haga un anuncio diciendo que no recibió indicaciones. Y un poco más: le exige una disculpa. “¡Nunca hice trampa en mi vida! ¡Tengo una hija y represento lo que está bien para ella, nunca hice trampa! ¡Me debés una disculpa!”. Serena grita, gesticula. Se siente agraviada, está al borde de las lágrimas. Se dirige a la línea de fondo para recibir. El árbitro sostiene el fallo, no podría ser de otra manera dado que procedimentalmente es correcto.
Con el partido 3-3, Osaka quiebra nuevamente. Está en control desde el juego y sobre todo desde lo mental. Serena está peleando otra batalla: sigue hablando con el árbitro, le dice que le explicó lo que sucedió y que él difame su personalidad es incorrecto. Insiste con el pedido de disculpas. “Vos nunca jamás vas a pisar una cancha en la que yo esté mientras vivas”, lo amenaza. “Vos sos un mentiroso”. El árbitro respira, está nervioso. Serena sigue: “¿Cuándo vas a decir que lo lamentás? Decilo, decí que lo sentís. Si no lo vas a hacer, entonces no hables. No me hables”, ordena. “¿Cómo te atrevés a insinuar que estaba haciendo trampa?” Y arremete con lo que será definitivo en la discusión: “Me robaste un punto, también sos un ladrón”. Mientras Serena camina hacia su lado de la cancha, escucha por los parlantes la voz de Ramos: “Violación de código, abuso verbal, penalización con un game, Williams”. Lo oye, pero no lo escucha. No quiere saber nada más de él. Lo mira mientras espera recibir el servicio de Osaka. Pero eso no va a suceder porque ha perdido el game por la penalización. Las dos mujeres se acercan al umpire porque ninguna está muy segura de lo que pasó. Cuando este explica lo sucedido, Serena ríe de nervios, con ironía. Osaka se aleja, no quiere perder concentración pero se la ve incómoda. Serena pregunta a Ramos si la está cargando, si es porque lo llamó ladrón, que él antes la llamó tramposa. Y llama al réferi del partido, autoridad superior al umpire. Mientras un caballero se acerca al umpire para saber qué pasó, una señora habla con Serena. Y mujer frente a mujer, Serena llora. De impotencia, de rabia. “Me conocés”, le suplica, “Conocés mi personalidad. No hago trampa.” Y lanza una frase que clarifica aún más lo dramático de la situación: “No es justo. Esto me pasó demasiadas veces. No es justo.” El réferi explica que lo llamó ladrón. Y ella contesta rápida como no pudo estar esta noche en la cancha: “¿Sabés cuántos hombres hacen eso y cosas peores? Hay muchos hombres que hacen cosas peores y porque son hombres no les sucede nada. Esto no es justo.” Justicia es la palabra clave. Se siente víctima de un hecho injusto. Y llora. Y pide justicia. Y sigue jugando al fleje como en sus mejores partidos: “Sé las reglas. Sé que no podés cambiar el fallo. Sólo digo que está mal. Y me ha pasado en este torneo cada año que juego. Y es injusto.”
Vuelta al partido, Serena sirve 3-5 para mantenerse con vida. El público grita encendido, porque no entiende demasiado qué pasó, pero a la vez sabe lo que está en juego. Osaka trata de mantener la calma, este imprevisto no la puede separar de algo que anhela con pasión. Ella también tiene su propia historia sobre los hombros. Serena gana el game, mira a la referí en el costado y le dice “No es justo”. Llora, casi como si le hablara a una madre. Se dirige a su banco con lágrimas en los ojos. Se sienta, se tapa la cara con la toalla. Y llora. Tiene la mirada en el vacío. Le cuesta respirar. Está ahí sentada, con todo su talento a cuestas, con toda su impotencia. Con todo lo negro de su piel, con toda su femeneidad, con toda su garra, con su hija en el pecho. Con todas las batallas dadas y todos los logros conseguidos, mira al vacío. Quizá piensa en todas las batallas que todavía al día de hoy tiene que dar.
Osaka sirve y gana el game, el set y el partido. Es campeona del US Open. Va hasta la red a encontrarse con la que hasta hace un momento era su rival, pero ya no, ahora se abraza con su heroína, con su ídola. Y heroína como es, Serena la recibe con una sonrisa y con un abrazo cálido la felicita. Osaka saluda al umpire y también llora. Jugó como una campeona y ahora está feliz.
Mientras se arma el escenario para la premiación, una periodista se acerca a Patrick Mouratoglou, entrenador de Serena Williams. “Soy honesto, le estaba dando indicaciones. No creo que me estuviera mirando, por eso estaba convencida del error, pero le estaba dando indicaciones. Todos los entrenadores en todos los partidos lo hacen, debemos cambiar esta reglamentación hipócrita. El entrenador de Osaka estaba dando indicaciones en todos los puntos también. El umpire de esta noche estuvo en semifinales con Nadal y su entrenador da indicaciones todo el partido y nunca lo penalizó. No lo entiendo. Nunca en mi vida me penalizaron por coaching. Y creo que penalizar a un tenista por romper una raqueta es absurdo. Deberían poder expresar sus sentimientos.”
La premiación se desarrolló sin la presencia del umpire, cosa inusual. Serena luego sería sancionada con una multa de diecisiete mil dólares. En la conferencia de prensa, hablará maravillas de su rival, reconocerá la derrota y dirá que tiene mucho por aprender de Osaka. Pero también mostrará que no sólo es una campeona en la cancha. Que puede ver el panorama general de las cosas y tomar una posición ante eso y defenderla. Aunque eso le cueste perder algo más que un game.