por ND’ - 23 ene 2019
Se sentó a ver tele esos quince minutos que le quedaban de hora de almuerzo antes de retomar el trabajo. Por reflejo, empezó por los canales de deportes. Siempre lo hacía y en general no pasaba de ahí, pudiendo descartar por completo el resto de los canales de la grilla.
Pero ya en el primer canal sintió algo extraño. Es cierto, entre el final del torneo y la escapadita que se hizo a la Costa, hacía rato que no miraba esos canales. Vio un hombre de traje en el medio de una calle (¿en dónde estaría? ¿qué sentido tenía que estuviera ahí y no, por ejemplo, en la panadería de la esquina?), haciendo un móvil para otros hombres vestidos de traje que se encontraban en un estudio. Hablaban sobre los posibles deseos de un DT, previo análisis psicológico sobre sus deseos frustrados del año pasado, para luego pasar a la conducta nocturna del posible refuerzo pretendido.
Rápidamente, cambió de canal. Para encontrarse con una escena similar: hombres trajeados hablando con mucha seriedad de nada importante. Peor aún, de nada referido al juego. Cambió al siguiente canal: tenis. Cambió una vez más: el Dakar. Y una última vez: UFC.
Volvió al primer canal pero sintió el mismo rechazo de unos segundos atrás. Los programas eran los de siempre. ¿Sería posible que él haya cambiado? Apagó el televisor y se sintió bien, como después de una desintoxicación.
Ahí cayó en la cuenta de que los programas eran iguales, con o sin fútbol. Se dio cuenta de que, para los programas, el fútbol no es necesario. Su rechazo se convirtió en algo más visceral.
Se fue contento a laburar, preguntándose si esta sensación le duraría para siempre, o simplemente hasta que empiece el torneo.