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Al compás del tamboril

por Alejandro Muñoz

29 oct 2016

 

"Para jugar en Boca, hay que ser futbolista del club las 24 horas".

 

La frase de Guillermo Barros Schelotto, director técnico del conjunto Xeneize, dejó en evidencia a más de uno: ¿por qué el futbolista de primer nivel vive expuesto a los escándalos?

 

Ricardo Centurión, buen jugador, desequilibrante, llegó a Boca tras una estadía en el San Pablo de Brasil que incluyó incidentes, salidas nocturnas, rechazo de los hinchas y poco vuelo futbolístico.  Y, así y todo, fue contratado por uno de los equipos más grandes de Argentina.  En Racing, el mismo jugador ya había tenido inconvenientes por fotos que circularon donde se lo veía posando con un arma: allí se ganó el apodo de "Wachiturro".

 

Al llegar a Boca, Centurión protagonizó un accidente fuerte de tránsito, cuando impactó su Audi tras una madrugada de boliche.

 

El DT lo retó en público y privado, el futbolista tuvo un buen partido al fin de semana siguiente, el público en La Bombonera lo aplaudió y todo pareció quedar atrás, por esa curiosa falsa moralidad que acusa al que se equivoca pero, si inmediatamente después hace algo que me beneficia, lo aplaudo, lo adoro (¿otro ejemplo? Arturo Vidal en Chile.  Destruyó su coche manejando ebrio y luego ganó dos Copa América y es ídolo del pueblo trasandino).

 

Cuando parecía que el ya no tan joven Centurión se afirmaba como titular, otra vez los líos: fotos desnudo, en poses sugerentes y demás.  Pero, esta vez, no hubo reto: todos decidieron mirar para otro lado.

 

Y que siga el baile.