por ND’ - 30 septiembre 2019
Es cada vez más difícil interpretar…
…qué sienten las hinchadas del fútbol argentino con respecto a la relación que hay (y necesariamente, más allá de las eventualidades, la hay) entre el resultado y la forma de jugar de su equipo. Lo que otrora era un estereotipo bien marcado, ahora parece subsistir de a ratos, dependiendo de la locura que esté viviendo cada equipo en ese momento.
Vamos a hacer un juego. Antes –sólo mencionaremos características buenas, para no ofender a nadie- se decía que Newells tenía el juego asociado y Central la garra. Que Racing entregaba todo con una siempre incluida dosis de padecimiento y que Independiente jugaba con su paladar negro sin concesiones. Que River tenía la escuela del “jogo bonito” en todo el campo y que Boca era “huevo, huevo, huevo”. Y así, podríamos seguir. Repetimos, estos eran dichos populares y podemos dar infinidad de ejemplos en los que no se cumplían ni por asomo.
Pero hoy la situación es más compleja: los hinchas tienen esos impulsos de identidad, como si fuese un sello hereditario del que no pueden huir, y a la vez van creando nuevos paradigmas, en un contexto que a veces los enloquece, por lo cambiante e impredecible. Racing, con sus últimos dos campeonatos locales, parece haber aceptado que se puede ser el mejor equipo con presencia y fútbol, pero sobre todo, sin sufrir. Pero aún hoy les cuesta erradicar el “si no sufrimos, no somos nosotros”. ¿Es eso lo que quieren? ¿Sufrir siempre? Los hinchas más jóvenes tienen claro que no, que pueden ser los mejores sin esa cuota de padecimiento. Por eso, cuando el equipo entra en un bajón pos campeonato conseguido, lo que le piden a Coudet es que vuelva a aparecer el fútbol del campeón, no el resultado agónico a cambio de un infarto de noventa minutos.
Lo de Independiente también es para psicólogo: Holan le devolvió al equipo su identidad histórica bajo el slogan de “compromiso, actitud, intensidad”, con jugadores de buen pie y juego ofensivo. Y lo coronó con un campeonato en el Maracaná. Pero ahora, el nuevo técnico parece confundir con sus mensajes en las conferencias de prensa y dentro del campo de juego. Entonces el hincha reprueba a un equipo que jugó pésimo con Estudiantes y perdió, y a un equipo que jugó pésimo con Defensa y ganó. Lo insólito es que Independiente hace el mejor partido en la era Becaccece contra Talleres y se pone dos a cero arriba y el hincha festeja. Pero le empatan en una ráfaga de diez minutos y reprueba, no al desempeño de esos diez minutos, sino a la poca consistencia que ve en los últimos tres meses. Gana sobre la hora y no sabe qué hacer, si dejar en claro su postura o festejar un triunfo necesitado.
El panorama de los de la Ribera y los de Núñez es más fácil. River vive una luna de miel que parece no terminar, en la que coinciden equipos que hacen sentir al hincha orgulloso por su juego y haber conseguido algunos de los resultados más importantes de su historia. Del otro lado está Boca, que tiene una sola obsesión: ganarle a River en un torneo internacional y conseguir la Libertadores. Entonces, pareciera que el resto es accesorio. No importa ser bicampeón del fútbol local con Guillermo o si el equipo juega a la retranca o con cuatro delanteros. No importa nada. Sólo ganar, y no todos los partidos, sino un partido específicamente.
Alfaro dice “qué finito que es el fútbol para que por dos partidos te digan si lo que hiciste es bueno o es malo”. Lo dice en tono de crítica y pareciera tener toda la razón. Pero él mismo “justifica” algunas decisiones diciendo que Boca es un plazo fijo que hay que renovar a cada rato, esperando a lo realmente importante.
Sería bueno que el hincha tenga en claro qué quiere y lo reclame. Que confíe en sus conocimientos de fútbol y en su sentir. Que sostenga aquello de “en las buenas y en las malas” con actos y no desde el cantito. De lo contrario, el fútbol pasará a ser como la quiniela: en un determinado horario, se cantarán los resultados finales por sorteo. Y los hinchas se cargarán y serán felices o tristes, prescindiendo de aquello que es (¿era?) el motivo de todo: el juego.