por Alejandro Muñoz – 10 abr 2021

 

La reciente muerte del multicampeón argentino de motocross Gerónimo Alberto "Wey" Zapata abre, una vez más, un interrogante que interpela y molesta: ¿por qué todo se ata con alambre?

 

Zapata había perdido un brazo en un accidente automovilístico en la Ruta 40, en noviembre de 2020.  Tras una recuperación asombrosa, comenzó a presionar y a mostrar su deseo de volver a subirse a una moto para competir. Usted, estimado lector, se imagina que en este momento es cuando las autoridades le dicen "No, Wey, lamentablemente no podemos darte una licencia en estas condiciones.  No lo hacemos por discriminar, realmente queremos cuidarte.  Podemos averiguar y asesorarte en otras disciplinas, similares, pero que pueden adaptarse mejor a tu estado actual".  Nada de eso sucedió.  En nombre de la "inclusión", se hace cualquier cosa.  Y cualquier cosa es lo que termina pasando.

 

No hay que tenerle miedo a la palabra discapacidad.  Seguimos siendo personas que sentimos, que vivimos, que nos movemos de una u otra manera.  Hacer parecer que todo sigue igual en la vida de una persona, es negar la nueva situación, y ahí es donde aparecen los problemas.

 

Durante una carrera, Zapata perdió el control de su moto tras una maniobra aérea, y al caer fue arrollado por otros dos competidores.  Murió.

 

¿Quién se hace cargo de esto?  Las redes sociales, como suele ocurrir, se llenaron de opiniones diversas y agrietadas. Que nadie puede decirle lo que tiene que hacer, que alguien tendría que haberle dicho que no, que lo dejen tranquilo, que dónde está la familia, que nadie sabe lo que se siente subirse a una moto, y así...

 

Y así estamos.