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por Alejandro Muñoz – 30 may 2021

 

Cuando su papá murió a sus once años, N'Golo y sus ocho hermanos tuvieron que redoblar sus esfuerzos para poder llevar dinero a casa. ¿Cuál era el trabajo?  Juntar basura, revolver lo que otros tiraban para poder conseguir algo, ya sea para comer o que pudiera venderse para comprar... comida.

 

Hijo de padres nacidos en Mali, N'Golo trataba o al menos intentaba soñar con ser jugador de fútbol.  Las duras calles de Francia no eran nada sencillas para sus 168 centímetros y los clubes no le daban la chance de poder demostrar sus ganas de triunfar. Un día, en un entrenamiento de un equipo humilde, le hizo un tackle a un compañero, en broma, y un director técnico le dijo que podría hacerlo probar suerte con el rugby.  El joven N'Golo no aceptó la oferta y siguió intentando con aquel sueño de ser futbolista.

 

El humilde Union Sportive Boulogne, de la tercera división, le dio la primera chance.  Sus buenos rendimientos lo hicieron llegar al Caen, también de Francia.  Pero el primer gran salto se dio en 2015, cuando Claudio Ranieri se lo llevó para el Leicester, que comenzó aquella temporada intentando salvarse del descenso y la terminó como el impensado campeón de la Premier League de Inglaterra.  N'Golo brilló y se transformó, para el mundo del fútbol, en el gran N'Golo Kanté.  Un mediocampista con "quince pulmones", como alguna vez lo definió el también francés Paul Pogba.  Si hablamos de selecciones, primero fue Mali quien le ofreció la chance de representarlos, pero él agradeció y dijo que no en 2015.  Lo mismo hizo en 2016, porque dijo que esperaba una invitación del seleccionado francés.  Esa invitación llegó en 2017 y el gran N'Golo Kanté, aquel chiquilín que revolvía la basura a los once, se transformó a los veintisiete en Campeón Mundial con la camiseta de su país.

 

Este 29 de mayo, brilló en la final de la Champions League jugando para el Chelsea, que le ganó al Manchester City en Portugal.  Kanté, lo repetimos, pasó de ser un chatarrero a ganar, con menos de tres años de diferencia, los dos torneos más difíciles de ganar en el fútbol.  Al destino ya le había ganado hace rato.