por Juan Carlos Latrichano – 30 nov 2020

 

Parece ser que los que presagiaban una hiperinflación inminente se llamaron a silencio.  La última vez que escuché hablar de ella, aquel analista económico señaló que la hiperinflación ya no tenía que ser extremadamente alta.  Por lo tanto, dijo que una marca de 150% anual se encuadraba en esa categoría.  Más allá de discrepar con ese criterio, parece ser que aun así no se alcanzará esa marca.  Ni este año ni el que viene.  Quizás por eso dejaron de hablar de este tema.  Tenían una última carta que era la devaluación y su consiguiente traslado a precios.  Pero por ahora, nada de ello ocurre.

 

¿En qué se equivocaron?

Desde mi punto de vista, en hacer una lectura lineal de la política fiscal y monetaria aplicada al comienzo y en los primeros meses de la cuarentena.  Eso condujo a un análisis que tras proyectar el déficit inicial  como constante, arrojaba una tasa de 10% del PBI.

 

¿Qué fue lo que ocurrió?

Tal como era de esperar, a medida que la cuarentena se fue reduciendo, la política fiscal y monetaria se hizo más laxa. Así es que se proyecta para el presente año una tasa del 7% con relación al PBI.

 

¿Les queda alguna bala en el cargador?

Me atrevo a decir que les quedaba.  Decían poco tiempo atrás que la devaluación era inevitable.  Con ella, venía una suba de la inflación.  La causa que esgrimían era la brecha entre el dólar oficial y el blue.  Observaban que la misma aumentaba cada vez más.  Se fueron quedando sin argumentos cuando el dólar blue comenzó a bajar.

 

En fin.  El error parece ser la bandera de lucha de los desafortunados pronosticadores.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 23 nov 2020

 

La cuestión fiscal viene mejor de lo esperado.  El resultado acumulado en los diez primeros meses del año muestra, en términos relativos, una paulatina desaceleración del déficit fiscal financiero.  En efecto, mientras el acumulado del déficit fiscal financiero a agosto daba un crecimiento del 297%, el acumulado a octubre da un crecimiento del 252%. En ambos casos, comparado con igual período del año pasado.

 

Dicho esto, resulta necesario establecer el porcentaje con respecto al Producto Bruto Interno con el que puede cerrar en el presente año el déficit fiscal financiero.  Mis cálculos arrojan un estimado del 7%.  Si esto es así, se echan por tierra más de un pronóstico pesimista dados  en los primeros meses del año.  Quizás el error de los que lo produjeron, fue hacer cálculos lineales que no tuvieron en cuenta la dinámica de la cuarentena.  Por mi parte, en mi informe del 2 de junio titulado Déficit fiscal y expansión monetaria, anticipé que esto podía suceder.  En algunos puntos del mismo, que transcribo a continuación, expresé la posibilidad de reducción del déficit:

 

“1. Debido a la negociación de la deuda pública, de aquí a fin de año no se abonan intereses.  Esto está implícito en la propuesta que se le hizo a los acreedores.  2. El Banco Central le cedió al Gobierno utilidades que reducen en parte el quebranto fiscal.  3. A partir de mayo, muchas empresas, especialmente del interior del país, comenzaron a trabajar.  Y remato diciendo: Se espera que esto siga aumentando con el correr de los días.  Todo esto implica una desaceleración del déficit de aquí a fin de año”.  ¿Qué tal?

 

Así fue que los intereses bajaron aún en términos nominales, en tanto las rentas de la propiedad subieron en forma significativa.  Esto permitió que la emisión monetaria se vaya desacelerando con el correr de los meses.  Así llegamos al cierre del año con la posibilidad de que en los últimos meses no se emita dinero.  Ello debido a la reducción relativa del déficit fiscal y a la posibilidad de que el Gobierno obtenga financiación.

 

Todo esto permite, en mi opinión, contener el precio del dólar paralelo.  También incrementa las posibilidades de que se logre el acuerdo con el Fondo Monetaria Internacional.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 13 nov 2020

 

Existen diversos pronósticos referidos a la evolución de la economía en lo que resta del año.  Algunos parten de la idea de que la calma cambiaria lograda en este último tiempo es pasajera.  Por ello, mantienen su idea relativa a que la devaluación es inexorable.  Sostienen que el desequilibrio fiscal, con su consiguiente expansión monetaria, no puede tener otro desenlace.  Quizás este análisis pierde de vista tres aspectos esenciales:

 

1. Entre el primero y el treinta de octubre, la base monetaria se contrajo en 363.910 millones de pesos.

2. En igual periodo, las letras de liquidez (Leliqs) se redujeron en 189.020 millones de pesos.

3. El crecimiento del déficit fiscal financiero fue porcentualmente menor en los primeros 9 meses (277%) que en los primeros 8 meses (297%).

 

Proyectando la actividad económica, se observa que existen posibilidades de un ascenso.  La recaudación de octubre ha crecido con relación a igual mes del año pasado en términos reales.  Esto permite pensar que es posible bajar el gasto público, especialmente en lo atinente a las ayudas para el trabajo y la producción (ATP) y en el ingreso familiar de emergencia (IFE).  También es posible que se reduzcan los subsidios a la energía a partir de la autorización de ajustes tarifarios.  Estos últimos deberían aplicarse, prioritariamente, en los sectores medio altos y altos.

 

Quizás el argumento más sólido que se opone a la idea de la devaluación inexorable, reside en el valor del índice del tipo de cambio multilateral real.  En efecto, en el año 2010 el promedio de ese índice fue 130, mientras que en octubre de este año fue 119,6.  Es decir que la diferencia es de apenas un 9,5%.  Cabe señalar que en el año 2010 se produjo el segundo saldo positivo más alto del período 2003/2015.  Esto ocurrió en medio de un crecimiento del Producto Bruto Interno del 10,1%.

 

Otro elemento que suele utilizarse para sostener la fragilidad de la calma cambiaria, concierne al bajo nivel que exhiben las reservas de libre disponibilidad.  Sin embargo, debemos tener en cuenta que sumando el oro y los derechos especiales de giro sumamos alrededor de 4.000 millones de dólares.  Esta cifra cubre holgadamente los vencimientos de deudas de capital e intereses hasta fin de febrero del año próximo.  Luego, en marzo, viene la liquidación de la soja.

 

En resumen, salvo que sucedan hechos imprevistos, todo parece indicar que no existen razones valederas que tornen necesaria la devaluación.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 19 nov 2020

 

Mucho se ha hablado, y se habla, acerca de la carencia de un plan económico por parte del Gobierno del Dr. Alberto Fernández.  Quizás, no se toman en cuenta los dos hechos que restringieron y restringen, el margen de maniobra. Ellos son:

 

1. El default

2. La pandemia

 

Como ya sabemos, el default viene originado desde abril de 2018.  Si bien el Fondo Monetario Internacional le puso el respirador al Gobierno anterior, técnicamente nuestro país entró en mora desde esa fecha.  Por lo tanto era y es improrrogable acordar un cronograma de pagos más laxo.  Con los acreedores privados ya se logró.  Con los organismos multilaterales, entre ellos el FMI, estamos en eso.  Desde luego, esto viene acompañado de un pedido de plan de ajuste.  La cantidad y calidad del mismo es motivo de discusión, razón por la que hasta que no haya acuerdo, es imposible fijar un programa de largo alcance.  En el mientras tanto, las fuerzas especulativas tratan de imponer su juego cambiario.  En cambio, el Gobierno intenta ganar tiempo para llegar al momento en que se cristalice el mismo.

 

A su vez, la pandemia introdujo un problema adicional muy severo.  El país se hallaba con un parque sanitario debilitado.  Era necesario dilatar el golpe del virus.  La cuarentena jugó en esa dirección.  Desde luego, la economía sufrió el impacto.  En la mayoría de los países el virus produjo daños económicos.  Durante este tiempo nuestro país incrementó la cantidad de camas de terapia intensiva.  Fue así que el riesgo de colapso sanitario se hizo muy bajo. Una vez más, el insumo tiempo fue vital.

 

Como vemos las incertidumbres continúan.  En efecto, el default tendría fin tras el acuerdo con los organismos multilaterales.  Ello podría suceder durante el primer trimestre de 2021.  A su vez, la pandemia recién podría verse acotada tras la vacuna del coronavirus.  Ello también podría suceder durante el primer trimestre de 2021.  En resumen, hay un plan de corto plazo.  Reside en eliminar estos dos problemas.  Luego se podrá pensar en un plan de mediano plazo.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 03 nov 2020

 

A mediados de octubre, el apocalipsis parecía inexorable.  La brecha entre el dólar oficial y los paralelos se ampliaba cada día un poco más.  Los profetas de la desgracia pronosticaban, y siguen pronosticando, una devaluación más temprano que tarde.  Nos decían, y siguen diciendo, que no existen posibilidades de que los paralelos bajen a un precio cercano al oficial.  El Gobierno ensayaba con diversas medidas sin dar en el clavo.  La baja de las retenciones al campo, son una de las pruebas de ese fracaso.  Todo iba en esa dirección, hasta que se instrumentaron un conjunto de medidas y acciones que dieron buen resultado.  Entre las más relevantes, tenemos las siguientes:

 

1. La represión de maniobras financieras provenientes del narcotráfico (intentaban comprar dólares en el mercado blue para fugarlos al exterior).

2. Detectaron ocho camiones cargados de soja que intentaban llevar en forma ilegal a Paraguay.

3. Crearon nuevas modalidades de depósitos, entre ellas, un plazo fijo en pesos ajustable por dólar oficial para exportadores agropecuarios.  De este modo, se disipa el riesgo de perder dinero por exportaciones, dado que los fondos provenientes de la exportación pueden ser invertidos en este tipo de operación.

4. Crearon un título ajustable por dólar oficial para todo público.

5. El Gobierno consiguió pesos y canceló parte de la deuda con el Banco Central.  Esto hizo que disminuyan la base monetaria y las letras de liquidez.

 

Con estas y otras medidas se produjo, a partir de mediados de octubre, una reversión de las tendencias negativas. Entre ellas, se detuvo la caída de depósitos iniciando un camino ascendente (en resumen, los depósitos crecieron un 1,5%).

 

Finalmente, la brecha comenzó a reducirse.  La idea, de no mediar imponderables, es que la misma se sitúe en un valor no mayor al 50%.  A cruzar los dedos.