por Juan Carlos Latrichano – 09 jul 2019

 

Quienes deciden abrir la economía, dicen perseguir que crezca exponencialmente el comercio exterior.  El proceso de apertura se lleva a cabo unificando el tipo de cambio, eliminando la administración de importaciones y reduciendo al menor nivel posible los aranceles para esas operaciones.  Por el contrario, los acusados de cerrar la economía desdoblan el tipo de cambio (oficial y paralelo), aplican derechos de exportación a los cereales y oleaginosas entre otros productos, administran las importaciones (entre otras aplican la declaración de necesidades anticipadas de importación) y suelen incrementar los aranceles de importación.

 

Los aperturistas apuntan a que aumente el coeficiente de apertura que surge de dividir la suma de exportaciones e importaciones con el Producto Bruto Interno.  Al mismo tiempo, suelen sostener que nuestro cociente es el más bajo del mundo.  Parece que no saben o mienten, dado que esto último no es así.  En efecto, tenemos un valor que duplica al de Brasil y que iguala el promedio de América Latina y el Caribe.

 

¿Cuál es el resultado logrado por los aperturistas de la década del noventa?

El coeficiente de apertura fue extremadamente bajo.  Por ejemplo, en 1997 alcanzó un valor del 23% y en 1998 del 24%.  Cabe mencionar que estos años son de los últimos de la década y el modelo aperturista llevaba ya varios años de aplicación.

 

¿Qué pasó tras la aplicación del llamado modelo cerrado?

Ocurrió todo lo contrario.  El coeficiente de apertura prácticamente se duplicó.  En efecto, en el año 2007 alcanzó un 44,9% y en 2015 un 43,1%.  Si hacemos una encuesta en la intelectualidad nacional, antes de leer este escrito, seguro que el 101% sostendría que en el modelo aperturista el coeficiente crecería.

 

¿Cómo se explica este resultado, obtenido ante una suba de la presión tributaria en la década ganada o perdida, según el lente que se use?

La economía se motoriza mediante una suba significativa del tipo de cambio multilateral real.  Ello sucedió en la llamada etapa de cierre.  Las exportaciones crecieron en forma significativa permitiendo que crezcan las importaciones, aunque en menor proporción.

 

Finalmente, debemos subrayar que en la última etapa del modelo cerrado se deterioró el tipo de cambio multilateral real debido al proceso inflacionario.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 03 jul 2019

 

En primer lugar, debemos señalar que existen diferencias enormes entre estas dos estructuras.  En efecto, mientras el Mercosur es una Unión Aduanera imperfecta, la Unión Europea es un Mercado Común grande.  Tan es así, que una de las diferencias principales radica en que la Unión Europea tiene una moneda común, el euro.

 

La segunda cuestión tiene que ver con el plazo de aplicación.  Una vez aprobado por los parlamentos, se estima que la puesta en marcha efectiva demandará alrededor de diez años.

 

En tercer lugar, debemos tener en cuenta que conforme a lo poco que se conoce de la letra chica del acuerdo, el mismo consiste en una baja gradual de los aranceles de importación que se aplican en cada región.  Ante ello, debemos apuntar las enormes asimetrías productivas que existen entre nuestros países, en particular el nuestro, y los países europeos.

 

Particularmente, debemos señalar que la tasa de interés exhibe una enorme diferencia.  Desde luego, esta situación hace virtualmente imposible que nuestras empresas puedan financiarse con un costo similar al que tienen las empresas europeas.  Otra distorsión enorme ocurre con el costo de la energía.  En nuestro país se ha vuelto prohibitivo para las empresas.  De acuerdo a la información disponible, vemos que en algunos países de Europa la energía es subsidiada por los gobiernos.  Además, suelen complementar esta política con subsidios específicos para el agro con la finalidad de que este sector pueda competir con la producción agropecuaria de nuestras latitudes.

 

Sintetizando este último punto, debemos pensar que la baja de aranceles de importación no debería producirse sin eliminar previamente las asimetrías.  Esto debería complementarse con un tipo de cambio competitivo y con derechos de exportación a la soja, los cereales y la minería.  De este modo, la industria contaría con un subsidio implícito.  A su vez, los productos industriales importados se encarecerían.  Al fin y al cabo, ellos, Europa, subsidian su desventaja comparativa, el agro.  Nuestra desventaja comparativa es la industria.  Por eso debe ser subsidiada.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 21 jun 2019

 

Un análisis tipo foto dirá que al cierre del mes de mayo de este año, el saldo de las letras de liquidez (Leliqs) se acerca al saldo de la base monetaria.  De allí deriva la idea que sostiene que la expansión monetaria debe considerar no solo el incremento de la base monetaria, sino que también debería agregarse a ese dato la expansión de las Leliqs.  De este modo, se deduciría que la política monetaria es inflacionaria o que por lo menos impactaría así en el futuro.

 

¿Es correcto este análisis?

En lo inmediato, no.  Las Leliqs no reemplazan a la moneda.  Aún cuando el saldo de las letras llegase a superar el saldo de la base monetaria, esto no incide inflacionariamente.  Cabe entonces pensar en consecuencias futuras.  Al respecto, debemos dejar el análisis en modo foto para pasar al modo película.  Para ello, debemos repasar qué viene sucediendo desde principios de este año hasta fin de mayo.  Las Leliqs han crecido en el año en curso en más de 300.000 millones de pesos, siendo su contraparte final el crecimiento de las reservas por un valor superior a los 400.000 millones de pesos.

 

¿Cómo es esto?

Las reservas crecen con expansión de moneda; y a su vez, gran parte de esa expansión es absorbida por el BCRA mediante la colocación de Leliqs.

 

¿Qué riesgos potenciales existen?

Advertimos dos riesgos que son:

- Riesgo de expansión monetaria futura, cuando no se renueven las Leliqs.

- Riesgo de pérdida patrimonial a la altura del Banco Central, debido a la alta tasa que devengan las Leliqs.

 

Con relación al primer riesgo, debemos manejar una hipótesis que lo acota.  Supongamos que no se renuevan una parte de las Leliqs.  Esto supone expansión monetaria y demanda de dólares.  El BCRA satisface esa demanda vendiendo parte de las reservas.  En consecuencia, el BCRA pierde reservas al tiempo que reduce el saldo de Leliqs.  En resumen, se afecta la contraparte tal como sucede con la emisión de Leliqs.

 

En cuanto al segundo riesgo, debemos señalar que en los primeros 5 meses del año, el patrimonio neto del BCRA prácticamente no se alteró.  La tasa de interés de las Leliqs se suele compensar con la tasa de devaluación.  En resumen, el costo financiero de las Leliqs se compensa con el beneficio que produce la revaluación de las reservas.

 

Desde luego, este acotamiento de riesgo ocurriría con mayor probabilidad si se altera la actual política económica: reprogramación de los pagos de la deuda, desdolarización de tarifas, administración del comercio exterior y acuerdo social, entre otras cosas.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 28 jun 2019

 

En estos últimos años la economía retrocedió.  Con la excepción del año 2017, en el que hubo un tenue crecimiento, la economía cayó en los años 2016, 2018 y en la primera parte de este año.  En resumen, cuando este Gobierno culmine su mandato, tendremos una caída de la producción global y, obviamente, de la producción por habitante.

 

Los economistas ortodoxos suelen decir que el país no crece desde el año 2008.  Sin embargo, si tomamos los datos que publica el INDEC, hubo un crecimiento del 15,78% si comparamos el PBI de 2015 con el de 2007.  De modo que el producto bruto por habitante creció aproximadamente a una tasa del 0,50 % anual en dicho período.

 

En consecuencia, debemos tener en cuenta que la falta de crecimiento que experimenta la economía ocurre desde el año 2016 a la fecha, con la sola excepción del año 2017.

 

¿Cuál es el origen de este problema?

Sin lugar a dudas, la inercia inflacionaria acompañada por la menor expansión monetaria.   Ello hace caer la producción (al crecer los precios sin que varíe en igual proporción la moneda, se  cae la producción para mantener la ecuación cuantitativa del dinero).

 

Si no se cambia el actual programa monetario es difícil, por no decir imposible, que la economía arranque.  El panorama luce sombrío.  Con esta situación, el aumento del desempleo se torna inevitable.

 

 

por Juan Carlos Latrichano – 14 jun 2019

 

 

Algunos economistas, especialmente los autodenominados anarcocapitalistas, predecían que íbamos inexorablemente a un escenario hiperinflacionario.  Este pronóstico lo hacían a comienzos del año en curso.  Basaban sus análisis en el crecimiento que experimentaban las letras de liquidez (Leliqs).

 

Unos meses atrás, sostuve que ese punto de vista era incorrecto y que en consecuencia la hiperinflación no se iba a producir.  Ellos basaban su análisis en que la emisión de Leliqs era emisión monetaria futura; y en consecuencia, se produciría la hiperinflación.

 

Los números de esta primera parte del año revelan que estaban equivocados.  Especialmente, en el mes de mayo la inflación fue del 3,1%.  No es para dar la vuelta olímpica ni mucho menos.  Al contrario, es un mal síntoma.  Pero ese número no tiene nada que ver con la hiper.  Incluso en estos últimos meses, observamos que aunque aún alta, la tasa es descendente.

 

Faltan poco más de seis meses para cerrar el año.  Mantengo mi pronóstico.  ¿Explicarán el motivo de un error tan grosero?  Esperemos.