Informe
por Juan Carlos Latrichano
20 ene 2018
Desde algunas usinas de pensamiento económico, comienzan a pensar en soluciones que apunten a limitar el impacto que producen en el balance del BCRA las letras, más conocidas como LEBACS. En tal sentido, se estaría apuntando a rescatar dichas letras con el producido de la venta de títulos públicos que figuran en el activo del BCRA. El saldo de estos últimos supera ligeramente el valor de las letras contabilizadas en el pasivo. Se elimina un activo de bajo rendimiento y un pasivo que devenga intereses altísimos.
Hasta aquí un negocio excelente.
¿Qué podemos decir al respecto?
En principio dos cosas. La primera, que se estaría transfiriendo un déficit cuasi fiscal hacia el fiscal. Con ello, la pauta deseada de déficit primario se queda corta. En efecto, se necesitaría un déficit primario menor atento a que los intereses crecerían enormemente (por el traspaso y por la calidad de acreedor; que pasaría de ser público a privado, con una exigencia de mayor tasa). Ello, para evitar que el déficit financiero, el que incluye intereses, se dispare.
La segunda, quizás más importante que la primera, sería que este maquillaje pierde de vista la funcionalidad del problema. En efecto, en estos dos primeros años de gestión del nuevo Gobierno, mientras los títulos en poder del BCRA crecieron un 49%, las LEBACS lo hicieron a una tasa del 174%.
Hacia adelante el modelo no cierra.
¿Y entonces, qué?
Quizás corresponde un cambio de 180 grados. Devaluación compensada, que le dicen. Es decir, acompañada con impuestos a la exportación de productos primarios para evitar aumentos de precios en alimentos.
De continuar así, cambiando algo para que nada cambie, bailamos en el Titanic.