por Juan Carlos Latrichano – 14 ene 2020

 

La frase más comúnmente utilizada por los economistas ortodoxos, dice que la inflación siempre y en todo lugar es un fenómeno monetario.  Esta aseveración quedó un tanto fuera de foco el año pasado, debido a que la emisión monetaria fue baja y sin embargo la inflación creció a una tasa cercana al 55% anual.  Frente a esta realidad, los economistas ortodoxos señalaron que el problema era la baja de la demanda del peso por parte de nuestra gente.  En otras palabras, dijeron que los argentinos no creemos en el peso y por eso nos pasamos al dólar.  Algunos análisis adicionales planteaban el saldo abundante de las Leliqs (Letras de Liquidez), que presagiaba una hiperinflación.  De este último tema no me ocupo, porque a lo largo de todo el año pasado dije que era un riesgo de probabilidad baja, por no decir nula.

 

Con relación a la demanda de pesos, cabe señalar que corresponde hablar de una merma de la oferta de dólares.  La misma reconoce varios orígenes, entre ellos, el tipo de cambio bajo provocado por la depresión que le producen los préstamos en moneda extranjera.  Esto hace que las importaciones crezcan y las exportaciones caigan.  Por lo tanto, se produce un drenaje de divisas de índole  comercial.  Luego, a medida que el tipo de cambio bajo lleva un tiempo prolongado, la gente piensa en la posibilidad de una devaluación.  Esto hace elevar la demanda de dólares y bajar la de pesos.  Aquí se produce un segundo drenaje de divisas, pero esta vez de índole financiero.  A la sazón, se produce una suba fuerte del tipo de cambio.

 

¿Y qué pasa con la inflación?

Se expande, aunque la emisión monetaria sea baja.  Se actualizan las tarifas de gas y luz y también el combustible.  Se inicia un ajuste fuerte de precios  y con él la puja distributiva.  Al tiempo, la suba del tipo de cambio queda neutralizada y vuelta a subirlo.  Y así sigue por los siglos de los siglos.  Salvo que se cambie el paso de baile.