por Juan Carlos Latrichano – 02 jun 2020
Tras la puesta en marcha de la cuarentena y hasta la fecha, se han producido los siguientes hechos que tienen impacto fiscal:
1. La recaudación, en términos reales, cayó fuertemente; en gran parte, debido a que muchas empresas dejaron de trabajar y otras trabajan menos.
2. El Estado nacional debió subsidiar a empresas para el pago de sueldos y otorgar un ingreso familiar de emergencia.
Todo esto, aunque decreciente, se mantiene hacia adelante mientras se mantenga la cuarentena. Indudablemente, esto hace crecer el déficit fiscal. No obstante, existen algunos atenuantes:
1. Debido a la negociación de la deuda pública, de aquí a fin de año no se abonan intereses. Esto está implícito en la propuesta que se le hizo a los acreedores.
2. El Banco Central le cedió al Gobierno utilidades que reducen en parte el quebranto fiscal.
3. A partir de mayo, muchas empresas, especialmente del interior del país, comenzaron a trabajar. Se espera que esto siga aumentando con el correr de los días. Todo esto implica una desaceleración del déficit de aquí a fin de año.
Desde luego, el déficit fiscal es financiado con emisión monetaria. Al respecto, una visión negativa, de la cual no participo, sostiene que temprano o tarde esto tendrá consecuencias inflacionarias. Incluso, hay analistas que avizoran riesgos de hiperinflación. Al respecto, sostengo que el riesgo es muy bajo, por no decir inexistente. En efecto, la expansión de dinero en poder del público desde el 1 de enero al 27 de mayo del presente año es del 25,4%, lo que da una tasa mensual del 4,5%. Tengamos presente que:
1. Esta tasa puede decrecer a medida que disminuya el déficit fiscal.
2. La tasa de expansión, en parte, fue a precios; y en parte, redujo la caída de la actividad económica.
Creo que los analistas citados no alcanzan a comprender que esta es una crisis conjunta de demanda y de oferta.