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por Juan Carlos Latrichano – 20 jul 2020

 

Hasta que no se descubra la vacuna, parece ser que el coronavirus vino para quedarse.  Incluso en algunos países en los que parecía que lo habían vencido, reapareció.  En nuestro país estamos al aguardo del pico que posiblemente se dé a mediados de agosto.  En medio de esto, la tasa de mortalidad sigue descendiendo.  Algunos dicen que el virus se enamoró de nosotros y por eso no nos mata.  Además, si nos mata pierde su alimentación.  Otros sostienen que hemos mejorado las curaciones.  Por ejemplo, el plasma va mostrando buenos resultados, en línea con ese pensamiento.  Ahora, el riesgo mayor reside en la posibilidad de un colapso sanitario; es decir, que las camas no alcancen. Particularmente, las de terapia intensiva, o que incluso falte mano de obra especializada para atenderlas.

 

Por todo ello, urge imponer normas precisas que eviten esa posibilidad.  Los protocolos sanitarios deben estar a la orden del día.  En cuanto a consejos útiles, pensemos que el Estado somos todos y que a los idiotas hay que dejarlos solos hablando pavadas.  Me refiero a algunos dirigentes y/o intelectuales que le restan apoyo a las medidas de prevención.

 

En cuanto a la economía, urge acelerarla pero sin perder de vista el problema central.  Tengamos presente que una empresa con personal infectado corre riesgo de parálisis.  Especialmente, hacen falta detectores tempranos del mal.

 

En tanto, lentamente el país va reduciendo el déficit fiscal, dado que al reducir las empresas no esenciales y autorizadas a trabajar, la recaudación aumenta y los subsidios por ATP bajan.  Al mismo tiempo, se acerca  la fecha límite para cerrar la negociación de la deuda.