por Darío Domínguez –  20 may 2020

 

En estos tiempos de pandemia parece que se dice mucho sobre cualquier cosa y sobre cualquier ítem de nuestra vida.  Mucho se dice sobre la educación también.  Muchas voces, mucho ruido.  Mucho ruido y pocas nueces.

 

La Escuela era una especie de artefacto que hasta hace tiempo seguía funcionando de forma defectuosa, a la cual se le seguían perdonando sus pecados, a pesar del alto costo social que esto implicaba, entre ellos, los niveles obscenos de desigualdad con que habitualmente convivimos.  Y si desconfían en la tesis que la educación es una herramienta poderosa para procurar una sociedad más equilibrada, prueben hacer el ejercicio de pensar en algún país desarrollado que acaso no haya orientado el mayor de los esfuerzos en mejorar su sistema educativo.  Verán que prácticamente no existen.  Todos los casos nos remiten a esfuerzos de décadas centrados en la Educación como punto de partida para una sociedad más justa e inclusiva.

 

Seamos sinceros: muy poco de lo que se le había encomendado a la institución escolar en sus inicios, hace dos siglos, sigue hoy en pie.  Y esto, por dos razones.  En primer lugar, porque sabemos que la Escuela dejó de ser hace rato esa institución garante de la igualdad.  En segundo lugar, porque muchos de los mandatos –que curiosamente la escuela sigue conservando hasta el día de hoy– están basados en paradigmas de una sociedad que ya no existe.

 

De este modo, ocurre la extraña paradoja de una institución escolar que no cumple la función encomendada (educar al soberano), pero que a la vez conserva estrictamente alguno de los dogmas en lo que se centró su metodología específica: acatar, obedecer, cumplir horarios, producir, replicar conocimientos premoldeados.

 

Lo cierto es que nuestras escuelas siguen funcionando, aun defectuosamente y bastante alejadas de los desafíos que nos presenta este siglo.  Sigue funcionando, a pesar de sus vicios, a pesar de nosotros mismos y a pesar de esta crisis sanitaria inédita.  Pero tal vez esta sea también, y de una vez por todas, la oportunidad de que funcionarios, educadores y padres nos atrevamos a pensar en una educación que mejore las perspectivas de desarrollo de manera fehaciente y nos encamine hacia un escenario donde una mejor calidad de vida sea posible, no sólo para los que nacen con mejores oportunidades.  Tal vez para eso será preciso despojarnos de aquello que, en términos culturales y emocionales, no nos ha permitido hasta ahora avanzar hacia la construcción de otra Escuela y por ende de una sociedad más justa.