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por Candela Saldaña – 13 abr 2020

 

La sociedad argentina se caracteriza por haber vivido situaciones sumamente delicadas.  Desde el inicio de nuestra historia como nación soportamos guerras, desapariciones, golpes de estado, inflación, levantamientos y muchos otros sucesos.  Hemos resistido con coraje y levantado la cabeza frente a toda adversidad; pero más que nada pusimos el cuerpo cuando nuestro espíritu ya estaba quebrantado hacía tiempo.  Esta acción llevada como pueblo se pudo ver en la sofocante Semana Santa de 1987.  Las palabras de Alfonsín “Estamos arriesgando un futuro nuestro y un futuro de nuestros hijos [...]” bien sintetizaron el sentir del pueblo y el porqué de su salida a la calle.  Este episodio conocido como “Levantamiento carapintada”, que movilizó a toda la sociedad argentina, puede inscribirse como un levantamiento que jalonó la historia argentina a lo largo del siglo XX.

 

 

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En 1983, en medio de una gran crisis, la dictadura militar convoca a elecciones presidenciales; en las que resultó electo el candidato de la Unión Cívica Radical Raúl Alfonsín.  El triunfo de Alfonsín todavía estaba condicionado por el poder del Ejército; los militares habían entregado el gobierno pero no el poder.  Ejercían una cuota muy alta de presión sobre el nuevo gobierno.  No obstante, a solo cinco días de haber asumido al gobierno, el presidente decretó el juzgamiento de las Juntas Militares.  Al mismo tiempo, envió al Congreso varios proyectos destinados a reformar la justicia militar y creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP).  Esta comisión tenía como objetivo investigar los crímenes cometidos por la dictadura y organizar las pruebas que presentaría el Estado en el juicio.

 

La CONADEP recibió miles de denuncias y elaboró un informe final, denominado Nunca Más, en el que resume el resultado de sus investigaciones.  Estos datos sirvieron para llevar a cabo, en 1985, los juicios a las cúpulas militares de la dictadura.  Los dictadores Jorge Rafael Videla y Emilio Massera fueron condenados a perpetua y se dictaron penas menores para el resto de los integrantes de las juntas.  Las denuncias continuaron y los militares presionaban al gobierno para terminar con los juicios.  En 1986, el Congreso sancionó la Ley de Punto Final, que fijaba una fecha tope para iniciar causas por represión ilegal.  Contra lo que preveían los militares que habían presionado para que se sancionara, las denuncias aumentaron y se iniciaron cientos de nuevos procesos.  La continuidad de los juicios provocó entonces la sublevación de un grupo de militares en 1987.

 

La tensión comenzó el miércoles 15 de abril, cuando el mayor Barreiro no acudió a una citación de un juzgado de Córdoba en relación a cargos de tortura y asesinato.  La autoridad militar arresto a Barreiro a petición del juez competente y fue confinado en el Regimiento de Infantería Aerotransportado 14.  Cuando la policía intentó hacerse cargo por desacato a la justicia, 130 soldados se amotinaron exigiendo el cese de los juicios.  El día jueves 16, en la Escuela de Infantería Campo de Mayo se produce la rebelión del Teniente Coronel Aldo Rico.  Aunque se levantaron diferentes regimientos en todo el país, Campo de Mayo se convirtió en el epicentro de la tensa situación política.  Ese mismo día, cientos de miles de personas salieron a las calles de todo el país; ocuparon la Plaza de los Dos Congresos, Plazo de Mayo y Campo de Mayo y sus alrededores.  La plaza estaba candente, ómnibus con gente colgando; incluso distintas dirigencias políticas de todo el conurbano reunidas en un solo lugar.  El presidente dio un discurso frente a las multitudes llamando a reponer la actitud de los sectores militares.  Alfonsín fue recibido de pie y con aplausos.

 

 

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El viernes 17 de abril la tensión continuó desde muy temprano y a pesar del feriado nacional, miles de personas se agolparon en las puertas de Campo de Mayo y de la Escuela de Infantería.  Una multitud de hombres y mujeres coreaban el himno, rechazaban la presencia de los carapintadas y gritaban “que se vayan” y “si se atreven, les quemamos los cuarteles”.  Los medios de comunicación transmitieron durante todo el día las imágenes de la gente saliendo a las calles de todo el país.  Maestras con sus guardapolvos agitaban la bandera gritando Argentina.  La movilización prosiguió hasta el sábado; incluso hasta la noche, la gente seguía de pie en las calles.

 

La culminación de los hechos llegó el domingo de Pascua 18 de abril.  La situación era insostenible, no podía dilatarse más.  La gente estaba cada vez más decidida a entrar a Campo de Mayo.  Las movilizaciones habían resistido todo la noche; los medios transmitían y se hablaba de una posible amnistía.  Si no se controlaba la situación se iba a dar la masacre de miles de civiles.  El Teniente Coronel Rico reclama la presencia del Presidente para aclarar la situación y saber si era verdad el posible ingreso de tropas para reprimir los levantamientos.

 

A las 14:32 Alfonsín se dirige a la población movilizada: “Dentro de unos minutos saldré personalmente a Campo de Mayo para ultimar la rendición de los sediciosos”.  Doscientas mil personas reunidas en Plaza de Mayo presenciaron el vibrante discurso del presidente.  El helicóptero presidencial llego al Batallón de Aviación del Ejército; en el edificio del Comando de Institutos Militares recibieron al presidente el Teniente Coronel Aldo Rico y varios subalternos.

 

 

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Al cabo de un par de horas Alfonsín vuelve de Campo de Mayo y desde el Balcón de la Casa Rosada anunciaba la capitulación de los amotinados con su famosa frase “Felices Pascuas.  Los hombres amotinados han depuesto su actitud.  La casa está en orden.”.  Los sucesos de esta recordada Semana Santa dieron cuenta de un pueblo que había sepultado la posibilidad de que alguien desde la fuerza dispusiera por el resto de los argentinos.  La gente se movilizó por la democracia y estaba dispuesta a dejarlo todo.