Imprimir

por Daniel Martos - 21 mar 2019

 

 

Ya estamos -creo- en condiciones de poder afirmar que la energía atómica no tiene la exclusividad en cuanto a la capacidad de provocar el horror o el estupor global.  Sino que ahora, ayudado por las nuevas tecnologías, cualquier asesino puede transpolar su demencia o psicopatía a través de territorios y continentes.

 

Cuando Brenton Tarrant, el atacante de Nueva Zelanda, auto referenciado como supremacista él, decidió empuñar varias armas, no solo quiso construir y desatar un caos en la realidad concreta, sino que además decidió enfundar un arma no tan letal pero si dañina: una webcam que transmitía su raid asesino por la red social Facebook.

 

Y no sólo tiene esa posibilidad de poder proyectar su accionar maléfico -y con ello, calmar su apetito libidinal con creces- sino que precisamente esa transcendencia mediática que sólo es posible por el morbo ciudadano del consumidor de las redes sociales (tan snob como sádico en la intimidad, claro está a simple vista) le permite alcanzar una relevancia tan alta que lo puede utilizar como platea para que se dé a conocer un manifiesto de su autoría, enviado horas antes a la primera ministra de su país.

 

Ahora bien: además de ocasionar una baja significativa en el valor accionario de la compañía de esta red social, y de mermar aún más la imagen de la misma, los 1020 segundos que la empresa comandada por Zuckerberg proyectó a la pantalla de miles de personas tras los primeros 200 espectadores que lo vieron “en vivo” -permítaseme el oximorón, al referirme a una matanza- por medio de la función “compartir”, no pueden ser justificados bajo el paradigma de la inmediatez, ya que el video continuó online durante varios segundos después, posibilitando y aumentando la viralidad de la barbarie.

 

Párrafo aparte -que correspondería más a un análisis en las columnas vecinas “Sociedad” o “Historia” de este portal web- merece el poco criterio, buen gusto o sentido común de los usuarios que compartieron dicho material; pero como sabemos, la raza humana no deja de sorprendernos cotidianamente.

 

Probablemente, la justicia castigue como corresponde hechos de ideología tan extrema como este; que no logró prevenir, contener o evitar que se propague ni la autocensura (del propio sujeto), ni la condena social (de los usuarios de la herramienta por la que se vehiculizó), ni lo que la massmedia se ocupó de difundir.

 

Pero el daño ya está hecho.  Y esperemos que quede en los anales de la historia como anti ejemplo del fanatismo.  Y que la política y la educación encuentren las herramientas (difusas e inexistentes hoy) para prevenir semejantes aberraciones.