por Daniel Martos - 12 abr 2019

 

Hace poco más de una semana, subí a mi timeline de facebook, una imagen con una fotografía sobre una columna de opinión publicada en un matutino porteño por una funcionaria del Honorable Senado de la Nación, donde hablaba de la primacía de la institucionalidad por sobre el bienestar económico, que no era de mi agrado, lo que manifesté con un comentario en la misma imagen.  No habían mediado más de un par de horas, cuando recibo un comentario de un amigo -que finalmente fue bloqueado en un acto quizá, lo admito, tan “pseudofascista” como el precursor- donde tildaba, aún suavizando su comentario con un “con todo respeto”, mi comentario de irrespetuoso.

 

Esta falsa condición de reciprocidad a la que nos exponen las redes sociales, es una consecuencia de la mala comprensión de su origen y sentido, donde se cree que una red social no es un sistema nodal de relaciones, sino que muchas veces se vive como si cada espacio de su continente es el equivalente a una plaza pública de libre intercambio.

 

19 04 12 DM Agora no después 1

 

El ágora es un término por el que se designaba en la Antigua Grecia a la plaza de las ciudades-estado griegas (polis), donde se solían congregar los ciudadanos para hacer el libre intercambio de opiniones sobre los asuntos en común.  Era un lugar común, de libre acceso, donde se podía entrar y salir libremente, participar o no, y nadie iba a enrostrarle al semejante, lo que pensaba, luego que finaliza el convite público.  Hoy, su equivalencia podría verse en los grupos, tanto de las redes sociales como de mensajería instantánea, aunque con la efímera persistencia del instante en que se enuncian, sinceramente hablando.

 

Probablemente, la inmediatez en la que estamos sumergidos, nos brinde la creencia (o praxis) de creer que todo lo que vemos o leemos de nuestros conocidos y “amigos” puede requerir de nuestra omnisciente participación, pero no es así, según creo profundamente.  El perfil/timeline/espacio o como quiera llamarle la red social correspondiente, es el lugar donde uno se expone y se presenta a los demás, pero no un lugar donde se deba someter al juzgamiento de la otredad por simplemente ostentar el haber sido “aceptado” por el autor de una idea o comentario.

 

En nuestra columna anterior, hablábamos del efecto multiplicativamente devastador que pueden tener las redes sociales si se utilizan propagando las acciones violentas y destructivas.  Pareciera que a veces, no podemos aplacar el innato impulso de creernos superiores al menos mentalmente que los demás, y recurrimos -aún sin conocer los postulados de Arthur Schopenhauer- a diferentes estratagemas con tal de sentirnos victoriosos en un debate que ni siquiera existe.

 

Querido lector, te invito a que tus aportes en las redes sociales, en internet ¡y en la vida misma! estén mesuradas por la templanza y con una mirada positiva y constructiva, no al revés, aunque esto requiera que te insuma un poco más de tiempo elaborarla.  Un perfil en una red, no es un ágora.  Y no es necesario que respondas todo lo que ves, por hacerlo inmediatamente.

 

Por eso, de vez en cuando conviene serenarse y dejar pasar las cosas, pensando: Agora no, después.