por Patricia Grau-Dieckmann - 10 sep 2021
Diego Velázquez (1599-1660) —pintor en la corte de Felipe IV— es renombrado por el sentimiento de empatía con el que encaraba sus retratos, en especial los de las personas de talla reducida. En la España del Siglo de Oro muchas personas con diferentes minusvalías gozaban de prestigio y eran muy apreciadas, y se desempeñaban en la corte como bufones o funcionarios, siendo Velázquez el encargado de pintarlos.
Sebastián Morra era el bufón del infante Carlos Baltasar. Sufría de enanismo acondroplásico, trastorno que afecta el crecimiento óseo y produce macrocefalia y acortamiento de los huesos de los brazos y las piernas. Los afectados por este síndrome conservan la longitud de la columna vertebral por lo que sus torsos crecen sin impedimentos, aunque no sobrepasan los 145 cm. de altura. Sus piernas se comban y no pueden extender completamente los brazos. Las manos, pequeñas, presentan una acusada separación entre los dedos medio y anular que se conoce como mano en tridente.

Velázquez, Sebastián Morra, 1643/4, El Prado
En este retrato, el punto que centraliza la atención son los ojos de Sebastián, cuya mirada profunda parece indagar al mundo por la razón de su anomalía, la que Velázquez disimula pintando sus cortas piernas en un escorzo absolutamente frontal, con las suelas de sus zapatos en un acusado primer plano. Enfatiza la actitud desafiante del retratado colocando sus brazos en jarra con sus manos cerradas sobre el cinturón, obligando al espectador a centrarse en la interioridad del retratado reflejada en sus ojos, y no en su aspecto externo.
La seriedad abrumadora de Sebastián Morra, con su rostro que exuda dramatismo, expresa el dolor que oprime a un ser cuya obligación era divertir a los personajes de la corte a costa de su discapacidad. Velázquez, con dignidad y emoción, hace partícipe al espectador del sufrimiento que el joven arrastra consigo y lo rescata de su papel de bufón para el esparcimiento ajeno.

Velázquez, Sebastián Morra (detalle), 1643/4, El Prado
Don Diego de Acedo padecía de enanismo pseudoacondroplásico, una condición que produce malformaciones tales como piernas arqueadas y torcimiento de columna, aunque los afectados no presentan anomalías craneofaciales. Otros síntomas de la pseudoacondroplasia son las manos y los pies cortos y anchos y la artrosis temprana.
Don Diego estaba a cargo de “La Estampa”, la firma facsimilar del rey que se guardaba en un cofre en la Secretaría de la Cámara y Estampilla. Era un funcionario real.
El empaque y el porte con los que Velázquez lo presenta muestran la altanería de quien ostenta un cargo oficial, imagen reforzada por el tintero y los libros que lo rodean. El sombrero oscuro, que corona magníficamente a esta figura que gira el torso para dirigirse al espectador, fue añadido más tarde. Era el detalle que faltaba para que toda la atención se centrara en su rostro iluminado. Las ropas oscuras y la disposición de brazos y piernas, ocultas por el ropaje, contribuyen aún más a resaltar la expresión de la cara. Nuevamente, Velázquez desvía la atención del aspecto externo de su retratado para centrarlo en sus sentimientos.
Se sabe que el funcionario era muy enamoradizo y era conocida su fama de mujeriego y conquistador. Los cronistas cuentan que el Aposentador de Palacios había matado a su esposa “por celos de un enano” y que “le hubiera matado también a Don Diego si no fuera porque esa mañana salió de paseo con el rey”.
Pero en su rostro está la tragedia. Pese a su aspecto pensativo, su mirada inteligente permite adivinar el esfuerzo que ha hecho para ocupar ese importante puesto a cargo de la firma real. Es la maestría de Velázquez la que nos permite captar la contradicción entre la tristeza, el orgullo y la resignación que transmiten los ojos de don Diego.

Velázquez, Don Diego de Acedo, 1644, El Prado
Velázquez no podía evitar que la benevolencia hacia sus posantes se reflejara en sus obras. Es conocido su intento por pintar con gracia la figura de Felipe IV, poco favorecido por la herencia de los rasgos de los Habsburgo.
Su mirada sensible lo hacía compadecerse de los dramas humanos, dotando a sus retratados de la dignidad que merecían. Supo captar lo más sutil, personalísimo y profundo que poseía cada persona que se paraba frente a su lienzo. Su respeto por los padecimientos humanos se refleja en los rostros de Sebastián Morra y Diego de Acedo que, transidos de pesar, dignamente reflejan el dolor que guardaban en sus corazones.