por Patricia Grau-Dieckmann - 24 sep 2021
San Onofre, ese santo anacoreta, venerado tanto por la Iglesia Oriental como la Occidental, presenta una disimilitud sobre su historia.
Una de las leyendas lo ubica en el siglo IV como supuesto hijo de un rey de Persia o de Abisinia (actual Etiopía). Un demonio insinúa a su padre que el pequeño que esperaba la reina era un bastardo y que debía someterlo a la ordalía del fuego. Esta “prueba de Dios” consistía en arrojar al acusado a una hoguera y que el juicio divino determinara su culpabilidad o inocencia. El niño sale incólume del brasero encendido y se prueba así que era hijo legítimo.
Se cría en un convento egipcio donde lo amamanta una cierva blanca. Abandona el convento para convertirse en ermitaño y vive de esta guisa durante sesenta años, vestido solo con sus largos pelos y su crecida barba, generalmente ceñido por hojas que ataba a su cintura.
Un espíritu celestial le llevaba el pan del Santo Viático cada domingo. Además, se alimentaba con los dátiles de una palmera y con un pan que diariamente le alcanzaba un cuervo.
Al morir, un coro angélico le rindió tributo y su alma ascendió al cielo en forma de blanca paloma. Por recibir semanalmente la comunión, san Onofre estaba siempre preparado para morir en santidad y por ello se le invocaba contra la muerte súbita.
La posibilidad de morir sin confesión o comunión fue un tema que aterró a los fieles durante todo el medioevo.

Icono bizantino de san Onofre s/d
Sin embargo, existe otra versión, forjada en Turquía, sobre quién era este santo anacoreta. Este relato cuenta que san Onofre había sido una mujer muy bella que se dedicaba a la prostitución y que, al convertirse al cristianismo, le reza a Dios para que los hombres que la acosaban la dejaran en paz. Fue así que le crece la barba y se transforma en hombre, marchando al desierto como ermitaño.
La imagen de san Onofre con senos, barba y una palmera tapando el sexo está en la Iglesia de la Serpiente de Ihlara en Capadocia. La iglesia recibe su nombre por la existencia de frescos parietales de mujeres pecadoras desnudas que son atacadas por serpientes. Al lado de cada imagen se encuentra escrito el pecado de la mujer: lujuria, desobediencia, calumnia y abandono.
San Onofre, si bien desnudo, se encuentra en otra categoría pues está representado en destacado lugar junto a santo Tomás y san Basilio.

Es interesante meditar sobre la casi nula existencia de anacoretas mujeres. Entre las más renombradas están santa María Egipcíaca (probablemente una santa ficticia) y María Magdalena Penitente (tardíamente transformada en anacoreta en el siglo XI). No sería extraño pensar que esta transformación del Onofre femenino en un hombre de larga barba respondiera a una posible costumbre que consideraría que los verdaderos santos penitentes solo podían ser hombres. Nunca lo sabremos.