por Patricia Grau-Dieckmann - 08 oct 2021
En Chiapas, al sur de México, se descubrió en 1946 una serie de frescos de fines de la época clásica (ca. 790 d.C.) que brinda un sorprendente valor testimonial sobre las ceremonias y costumbres del pueblo maya. Se las considera las pinturas más importantes de toda América. El nombre del sitio, Bonampak, significa en idioma maya “paredes pintadas”.
Los frescos representan una ceremonia religiosa y muestran con crudeza la estructura social de la casa reinante, el protocolo, las vestimentas y, en especial, exponen una imagen implacable y estremecedora de los guerreros mayas.
Si bien los frescos fueron restaurados, se conservaron en muy buen estado hasta su descubrimiento gracias a una filtración de agua que formó una gruesa capa caliza que los protegió. El centro ceremonial estaba totalmente cubierto por la selva, ya que había sido abandonado unos cien años después de terminadas las pinturas.
El edificio consta de tres cámaras sucesivas y en sus paredes y cielorrasos muestran la preparación para los ritos, la batalla para capturar víctimas propiciatorias, la condena a los vencidos y la procesión final que culmina con el ofrecimiento de la propia sangre del halach uinic (el gran señor o jefe) victorioso.
Los mayas son caracterizados de acuerdo con la circunstancia representada: se muestran calmos y expectantes durante los preparativos para la ceremonia, en un frenesí de movimiento y violencia durante la batalla, fríos y solemnes durante el pronunciamiento del veredicto de muerte a los vencidos. Los conquistados presentan diferentes posiciones y actitudes, pero los vencedores mantienen una posición hierática.
Los códigos de representación del arte maya muestran al cuerpo de los jefes de frente con la cabeza girada a un lado y los pies de costado. En todos los casos hay una línea de contorno que cierra la figura. Los nobles mayas, al igual que en muchos pueblos de América, practicaban la deformación craneana. Se destacaban no solo por la cabeza alargada, sino también una frente huidiza, voluminosa y carnosa, rasgos que en estos frescos los distinguen de los pueblos conquistados.

Cráneo maya, Museo Nacional de Antropología, México.
Todos los guerreros mayas portan atavíos sumamente complejos, con cabezas de animales y plumas verdes sagradas de quetzal. Los tres capitanes que protegen al halach uinic en la escena de la batalla lucen diferentes tocados: uno lleva un jaguar, otro un atavío de plumas de quetzal y el tercero, una testa de cocodrilo. Sus facciones son reconocibles de una escena a otra.
En esta recopilación de imágenes, algunas son originales y otras son reconstrucciones para una mejor visualización.
Preparación para la ceremonia sagrada
Los nobles aguardan el comienzo de una procesión ritual para honrar a los dioses de la fertilidad y de la tierra. Un grupo de personas de la aristocracia conversa entre sí con actitud relajada. Sus vestimentas son blancas y todos lucen destacados tocados en sus cabezas.

A la caza de víctimas para sacrificar
Los guerreros realizan una sorpresiva excursión a una aldea enemiga. El jefe tiene asido a un prisionero por los cabellos. La falta de armas de la víctima indica lo inesperado del ataque. Los mayas lucen majestuosos con sus atuendos de piel de jaguar, tobilleras y muñequeras. Los enemigos debían ser capturados vivos para sacrificarlos a los dioses.

El veredicto: la muerte
El jefe está parado en la parte superior de una escalinata y dicta el esperado veredicto: los prisioneros deben morir. Los aterrados aldeanos, desnudos y desvalidos, imploran en vano compasión, pero los mayas, impávidos y altivos, no muestran ningún atisbo de piedad pues consideraban un honor ser sacrificados a los dioses. Como anticipo de lo que vendrá, algunos cautivos sangran de los dedos por heridas rituales infligidas por los mayas durante las acciones preliminares al sacrificio.

Los ritos finales
Sentado en una plataforma ceremonial, el halach uinic da conclusión a la larga ceremonia de sacrificio al atravesar su lengua con una espina o un hueso filoso. La sangre será recogida en un recipiente que contiene amate o papel de corteza de árbol y todo será quemado como inmolación a los dioses. A su izquierda, su esposa se sienta muy erguida y solemne y, en el piso, una mujer acuna al niño real.

Resulta difícil comprender la dualidad entre la violencia sacrificatoria y la impasibilidad casi amable de los guerreros mayas. Para este pueblo guerrero, al igual que para muchos otros con ideologías religiosas similares, existía una diferencia absoluta entre una guerra y la caza ritual de víctimas propiciatorias. Pero la mayoría de las religiones antiguas han reverenciado dioses que exigían inmolaciones sangrientas. Estos frescos, que sorprenden por la impasividad de los cazadores, muestran justamente que no se trataba de una cruzada contra un pueblo enemigo, sino una ceremonia religiosa que requería la obtención de elementos para la inmolación, fueran animales u hombres.
Es por ello que, para complacer a sus dioses, los nobles mayas se engalanaban de pies a cabeza. La muerte no era el final, sino el principio.