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por Patricia Grau-Dieckmann - 24 mar 2022

 

De todas las Pietás esculpidas por Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564), la Piedad Rondanini es la más conmovedora y la que mejor representa la renombrada terribilità del escultor. Alojada en el Castillo Sforzesco, en Milán, fue descripta en el inventario de la casa de Miguel Ángel en Roma el día posterior a su muerte como “otra estatua comenzada para un Cristo, con otra encima, unidas, esbozada y no terminada”.

 

Miguel Ángel retomó la talla de esta Piedad a los 89 años. Había sido comenzada una década antes. No fue una obra por encargo y por ello los expertos suponen que no se trata de un bloque de mármol especialmente cortado para ser tallado, sino de una columna, lo que resultaría coherente con la apiñada verticalidad de las figuras de 1,92 m de altura. El genio trabajó en ella durante muchos años y continuó esculpiéndola hasta unos pocos días antes de su muerte. Legó esta obra inacabada a su fiel sirviente Antonio de Francese.

 

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La idea primitiva de Miguel Ángel fue tallar una Deposición de la Cruz, pero finalmente decidió esculpir solo la figura de María sosteniendo el cuerpo sin vida de su hijo. De la estatua original, Buonarroti ya había completado el cuerpo de Cristo, mientras la figura de la Virgen todavía se encontraba en boceto. Aún subsisten las piernas pulidas de Cristo y su brazo derecho separado del cuerpo de la primera versión.

 

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Usó las piernas ya talladas de Cristo y las adaptó a las proporciones y a la nueva posición que asumía la figura. Atrás del brazo original, puede observarse el boceto de un nuevo brazo naciendo del hombro del cuerpo sin vida. Del hombro derecho de la Virgen talló una nueva cabeza de Jesús y cambió la dirección del rostro de María.

 

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Aún son visibles el esquema del ojo y la nariz del lado izquierdo de la cabeza de María en el tallado original, en un rostro que se dirigía originalmente hacia la izquierda.

 

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Se dice que el artista habría trabajado en la estatua hasta la noche anterior a su muerte, cambiando el lugar de ciertos puntos y dejando el brazo derecho sin unir al tronco, el que debía ser eliminado sobre el final de la obra ya que probablemente sirviera como guía y punto de referencia de las medidas para la nueva talla.

 

Entre la confusión, distinguimos dos figuras abrazadas desde la profundidad de un sentimiento de lucha entre un cuerpo muerto y un espíritu devastado que terminan fusionándose en una única y lánguida forma. La estatua ofrece desde cada punto de vista una imagen angustiosa de desolación y abatimiento, lo que la convierte en lo que muchos consideran la obra más inquietante de Miguel Ángel.

 

No fue esta su única obra inacabada. Entre las cuantiosas esculturas a medio tallar, el renombrado grupo de los llamados “esclavos”, al igual que la Piedad Rondanini, despierta numerosos interrogantes sobre su porqué. Quizás la respuesta se encuentre en la infancia del genio.

 

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Esclavo inacabado, 267 cm, Galleria della Academia, Florencia

 

Desde que nació tuvo contacto con el espíritu del mármol. Su nodriza, con quien convivió hasta los diez años, pertenecía a una familia de lapidarios, los cortadores de piedra. Decía Miguel Ángel: “La escultura está dentro de la piedra, yo solo quito lo que sobra”. Tal vez su compenetración con el mármol, la comprensión de lo que la piedra le ofrecía, esa simbiosis que sentía ante una pieza de mármol intocada, es lo que lo llevaba a “solo quitar lo que sobraba” y a dar por terminada su obra una vez que lograba lo que la piedra le demandaba.