por Patricia Grau-Dieckmann - 10 may 2022

 

Para las religiones mesoamericanas precolombinas los dioses representaban las distintas facetas de la naturaleza. Los pueblos que habitaban Mesoamérica antes de la llegada de los mexicas o aztecas ya veneraban a divinidades como Chalchiuhtlicue (diosa de las Aguas), Tláloc (dios de la Lluvia), Quetzalcóatl (la Serpiente Emplumada), Tlahuizcalpantecuhtli (Señor de la Aurora) y Xochipilli (el Señor de las Flores). El curso natural del universo dependía de que los dioses recuperaran su vigor mediante la ofrenda de la sangre de los hombres, especialmente la de los más valerosos guerreros. Las ceremonias cruentas y los sacrificios humanos permitían al mundo seguir funcionando en armonía.

 

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Cabeza de Tláloc, dios de la lluvia.

 

Los mexicas o aztecas, pueblo guerrero y combativo, fueron conquistando a otras tribus e instalándose en sus territorios. Los ritos cultuales que practicaban los aztecas no eran simplemente rituales mágicos o rememorativos, sino que se vivían como auténticos dramas de culto, en los que los sacerdotes y las víctimas eran los actores. Muy a menudo estas últimas eran voluntarias ya que se consideraba un honor ofrendar la propia sangre —lo más preciado de un hombre— a los dioses.

 

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Códex Magliabechiano, siglo XVI. Extracción del corazón.

 

Los mexicas o los aztecas aportaron dos nuevas divinidades: el terrible Huitzilopochtli (Colibrí Hechicero), dios de la guerra y de la muerte y Xipe Totec (Nuestro Señor el Desollado), el dios más sobrecogedor. El nombre de este último se debe a que se le representaba vistiendo la piel de una víctima humana. Era el dios de la primavera y la piel del sacrificado representaba la nueva vegetación que comenzaba a cubrir la tierra tras las lluvias estacionales. A la víctima se le abría el pecho y se le arrancaba el corazón aún latiendo. Luego era despellejada con un cuchillo de obsidiana y la piel se removía de una sola pieza, dejando enteros los pies y las manos. El oficiante se la colocaba como si fuera un vestido y bailaba alrededor de un altar. De esta manera, el sacerdote se vestía con una “piel nueva” como la de la vegetación que comenzaba a brotar en primavera.

 

En muchas de las ceremonias, la víctima era una representación del dios, por lo que se consideraba necesario enviar a las distintas partes del territorio pedazos de la carne y/o del corazón para ser consumidos por la población y así reiniciar el ciclo de regeneración.

 

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Estatua frontal de Xipe Totec de pie.

 

Las estatuas de Xipe muestran al dios vistiendo la piel humana del sacrificado que comienza a contraerse. Se notan las costuras en el pecho —pues le habían arrancado el corazón—, la boca abierta con la piel encogida a su alrededor, la ranura de los ojos, las manos y los pies que cuelgan a los costados de los de las estatuas y, en la parte posterior, las costuras y nudos que sostienen la piel sobre el ídolo.

 

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Estatuilla de Xipe Totec: puede observarse cómo la piel que viste se ha encogido alrededor de la boca y cómo le cuelgan las manos del sacrificado.

 

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Vista posterior de la estatuilla de Xipe Totec: se observa claramente cómo ha sido anudada la piel del sacrificado.

 

Si bien era un honor ofrecerse como víctima mortal, la mayor parte de las veces los sacrificados eran prisioneros. Los aztecas, pueblo belicoso, periódicamente guerreaba con los pueblos vecinos para capturar prisioneros que luego serían sacrificados en distintas ceremonias a los dioses.

 

En épocas de paz, los aztecas recurrían a la Guerra Florida: combates periódicos en un campo de batalla previamente acordado con otros jefes de aldeas vecinas. A la hora y el lugar indicados se encontraban, guerreaban y tomaban prisioneros para sus sacrificios. Durante la guerra, el rey vestía un traje que simulaba la vestimenta del dios Xipe Totec. Pero en lugar de la piel humana, llevaba una camisa confeccionada con plumas rosadas de garza y portaba una corona hecha con las mismas plumas.

 

Cuando en 1519 Hernán Cortés fue invitado por el emperador Moctezuma II a subir al templo de Huitzilopochtli en Tenochtitlán, se encontró con las paredes ennegrecidas por la sangre y, en los rincones, recipientes con putrefactos restos de carne, corazones sobrantes, huesos y otros desechos humanos. Cortés cuestionó, entonces, la terrible costumbre de comer la carne de los sacrificados. Moctezuma le respondió que ellos solo comían a una persona que “representaba simbólicamente al dios” pero en cambio, los españoles comían al mismo Dios durante la comunión, cosa que realmente aterraba a los mexicanos.