por Patricia Grau-Dieckmann - 24 jun 2022
A partir del siglo IX en Europa, especialmente en Francia, se popularizan los dramas litúrgicos y las escenificaciones que representan las historias sagradas, enriqueciendo la iconografía tradicional con detalles peculiares. Una de las representaciones favoritas era la de la huida de la Sagrada Familia a Egipto. Los fieles se identificaban con las vicisitudes de una familia como la de ellos: una madre con su hijo sobre un borrico, guiados por el padre hacia un lugar seguro. Esta escena permitía no solo mantener el sentido religioso de la escena, sino dar rienda suelta a los sentimientos lúdicos e incluso mordaces del pueblo.
Existen documentos del siglo XII procedentes de la catedral de Beauvais que registran una insólita representación de la fuga en la que una joven montada en un burro con un niñito en brazos entraba a la catedral rumbo al altar. Durante la misa, las partes finales del Introito, Kyrie, Gloria y Credo se coronaban con la denominada “prosa del burro”, que consistía en la imitación de un rebuzno coreado no solo por los fieles, sino incluso por el propio celebrante.

Catedral de Beauvais, Francia.
En Ruán se practicaba la más atrevida de estas procesiones. Existía la llamada “celebración de los burros”, escenificación que culminaba con una misa. Se habían establecido los momentos de la ceremonia en los que la cola del asno debía ser jalada tres veces para lograr la perfecta sincronización del rebuzno auténtico con la bendición, mientras el sacerdote repetía tres veces Dominus vobiscum.
Las escenificaciones basadas en las historia religiosas estaban inspiradas en una percepción devocional, pero también reflejaban sentimientos rayanos en la impiedad. Por ello, las autoridades eclesiásticas decidieron prohibir las representaciones populares con burros reales. Debió pasar mucho tiempo, sin embargo, antes de que estas costumbres escandalosas fueran totalmente abandonadas por el pueblo.
Los tallistas llevaron las escenas más notorias a los capiteles y relieves. Existían escuelas de estos artistas que trabajaban en diversas iglesias, dejando la impronta de su estilo. A comienzos del siglo XII una famosa escuela de escultores trabajó en la catedral de Saint-Lazare de Autun bajo la dirección del maestro Gislebertus. Su firma, Gislebertus hoc fecit, se encuentra en el tímpano de la entrada occidental a los pies del Cristo del Juicio Final.

Detalle del tímpano del Juicio Final de Saint-Lazare.
Su afamada escuela presenta un estilo característico que hace reconocible cualquiera de sus obras y que se diferencia de la mayoría de las escuelas de tallistas. Por un lado, los cuerpos humanos están exageradamente elongados y las líneas, aunque delicadas, están muy marcadas. Los bordes de los drapeados están levemente levantados, como movidos por el viento, lo que dota a las vestimentas de una incomparable gracia. Pero el detalle más curioso que se presenta únicamente en los capiteles historiados es que, a pesar de representar figuras tridimensionales, las tallas son muy aplanadas y prácticamente sin relieve, incluso algunas parecen bidimensionales. Esta escuela de tallistas exagera la “ley del marco” románica que no permitía a las esculturas sobrepasar el espacio originariamente dedicado a las tallas.
El capitel con la Huida a Egipto, tallada por el propio Gislebertus, proporcionará la clave para comprender el motivo de dichas características. Allí se observa a José que guía por la brida al animal cuya pata está demasiado levantada, en un intento del artista por enfatizar la idea del movimiento, lo que no condice con la realidad de la marcha del cuadrúpedo. El conjunto no se apoya sobre una base horizontal que se asemeje al suelo, sino que lo hace sobre unas formas circulares que parecen ruedas decoradas.

Capitel con la huida a Egipto, obra de Gislebertus, Saint-Lazare.
Sobreviven documentos que mencionan que en la villa de Autun tenían lugar celebraciones religiosas populares como los “juegos del Santo Leproso”: dramas o escenificaciones en honor de San Lázaro, patrono de la catedral y patrono de los malatos o leprosos. Las escenas de la Huida a Egipto gozaban de gran favor y, para conformar a las autoridades eclesiásticas, los verdaderos animales fueron reemplazados por burros de madera que se emplazaban sobre carros con ruedas para ser empujados o jalados con facilidad: Gislebertus, con sus personajes aplanados y las ruedas que soportan al conjunto, reproduce las figuras y el burro de utilería en clara referencia a los autos sacramentales y al teatro medieval.
Los capiteles de Saint-Lazare de Autun no reflejaron las verdaderas historias sagradas, sino las “representaciones dramatizadas” de esas historias. Esta característica se dio en varias iglesias de Francia, no solo en Autun.

Capitel con una huida a Egipto, Saint-Andoche de Saulieu.
Se observa, así, cómo la influencia del pueblo llano invade ámbitos artísticos eruditos. Si bien los misterios y los dramas eran fuente de inspiración y piedad en la devoción popular, también reflejaban situaciones en las que afloraban sentimientos no del todo ortodoxos, muchas veces irreverentes. La Iglesia debió mediar para contemporizar las atrevidas manifestaciones, pero no logró acallarlas del todo. Es más, no puede negarse que la iconografía cristiana fue notoriamente enriquecida por influencia de los dramas litúrgicos y los aportes populares.