por Patricia Grau-Dieckmann - 15 ago 2023

 

La influencia del monje dominicano Girolamo Savonarola en la pintura de Botticelli se manifestó en el abandono de su típico estilo lánguido y pleno de belleza, gracia y gallardía. En su nueva expresión prevalecieron el dramatismo, el amontonamiento de personajes y un cierto caos. Sus obras se tornaron trágicas y desbordantes de patetismo. Las figuras se muestran amontonadas, dificultando la separación visual entre ellas.

 

El dominico predicaba la austeridad extrema y la lucha contra la vanidad, organizando quemas públicas de elementos suntuarios (vestimentas, muebles, obras de arte). Los seguidores del monje, los “piagnoni” o plañideros, asaltaban en bandadas las residencias florentinas y robaban objetos para arrojarlos a la “hoguera de vanidades”.

 

En la cúspide de su devoción hacia el monje, el pintor llegó incluso a arrojar algunas de sus propias obras a las fogatas populares. Esta etapa calamitosa para el arte terminó en 1498 con la ejecución en la hoguera de Savonarola. Botticelli pintó un tiempo más y luego cesó su actividad.

 

En 1495, bajo la plena influencia del predicador, Sandro pintó la Piedad de Milán, o Compianto, que refleja una angustiosa tensión de los personajes doblegados por el dolor, formando entre sí una masa compacta, imbricados unos con otros.

 

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Sandro Botticelli, Piedad, 1495, 107 x 71, temple sobre tabla, Museo Poldi Pezzoli, Milán.

 

El núcleo central ocupa prácticamente todo el espacio de la obra. En la zona inferior, un arco lacerante describe el cuerpo de Cristo apoyado en el regazo de su madre. La Virgen María, exánime, está sostenida por San Juan Evangelista y una de sus hermanas, María Salomé o María de Cleofás. La otra hermana se encuentra en el lado opuesto y, encorvada, cubre su rostro con desesperación. La estructura de la composición es piramidal, culminando con un personaje vistiendo un disruptivo color naranja y portando la corona de espina y tres clavos, al que identifican con José de Arimatea.

 

En ese mismo año, 1495, Botticelli pinta una de sus más enigmáticas obras, La calumnia de Apeles. Sorprendentemente, esta confusa recreación de una pintura del siglo IV a.C. termina reconectando inesperadamente al oscuro Botticelli de Savonarola con el luminoso pintor de El nacimiento de Venus.

 

(Continuará)