por C. Fernández Rombi 30 jul 2020

 

Elba Sanpedro es una mujer solitaria… y no por elección.  Carece de la facultad del habla, también de familia y amigos.  Triste cuadro de soledad crónica.  A sus 43 años, es una mujer dulce y tímida.  Desde la trágica muerte de sus padres en un accidente ferroviario a sus seis añitos ─ella fue la única sobreviviente─, ya no volvió a articular palabra.

 

Su único contacto con el mundo es su prima, tres años mayor.  Es su nexo con el exterior, pero Elba vive en Capital e Isabel en Adrogué… además de tener marido e hijos.  Sin embargo, es su respaldo y la que, desde su empleo en la Embajada de Canadá, le consigue trabajos de traducción de inglés y francés.  Elba es competente, sus traducciones son prácticamente  perfectas.  Vive sola en un departamento a dos cuadras de la estación de Flores, ordenado, impecable e inundado de la música de Ravel, de Litz, de Chopin…  A veces, hay un cambio y los boleros reemplazan a la música clásica.  No tiene pesares económicos pero… ¡está sola!

 

Hace tres años tiene banda ancha en su PC.  Ambas herramientas mágicas le cambiaron la vida mitigando su soledad.  El chat la capturó desde el inicio.  ¡Podía hablar con los demás!  Todo su tiempo libre es para las salas de chat.  Al principio, le subían los rubores con algunas propuestas subidas de rango, luego se acostumbró.  Ahora participa activamente, tiene cuatro o cinco amigos con los que chatea a diario.

 

A nadie informa de su mudez.  Le han propuesto el conocerse en persona varias veces, pero, justamente por su ocultamiento, declina con excusas varias, sin responder las propuestas de sexo de todo tipo que recibe de hombres y mujeres.  Pero no puede evitar que le calienten la sangre…  Igual le sucede cuando viaja por las páginas eróticas que la ponen en ebullición; nada extraño, ya que a sus años continúa virgen.  Deja de lado las del porno duro, le causan repulsa instintiva; las otras, en cambio, le recuerdan que el sexo existe…  Aunque no para ella.

 

Aparece un nuevo amigo <RUBUENAZO–39> en una sala que ella suele frecuentar; lleva un año chateando con él, se comunican a diario y saben casi todo el uno del otro.  Hay “química virtual”.  Rubén Córdoba tiene cuarenta, vive en la Boca, es arquitecto en una constructora de Capital…  Es tan dulce y ocurrente, tenemos el mismo gusto por la música y la lectura de Borges, Sábato, Fuentes y Cortázar; ambos impactados por la novela de Fernández Rombi: “Martina… y los Años de Plomo”.  En realidad, la conocí gracias a Rubén y me apasioné con su lectura desde las primeras páginas.

 

Rubén ignora que Elba es muda y ella, que él es casado.  Inmerso en un matrimonio tormentoso con una mujer hermosa, posesiva y celosa. Él sugiere de continuo agregar una cámara y voz a sus conversaciones, a lo cual, obviamente, ella se niega.  Se conocen por el agregado de sus fotos y están mutuamente prendados.  Rubén aprecia las finas facciones de la mujer y la dulzura de carácter, el lado más flaco de su esposa.  Y Elba, a un hombre atractivo, de sonrisa franca, del que ya se enamoró.  Pobre amor sin destino…  Jamás me animaré a revelarle mi mudez.  Y si lo hiciera, él reaccionaría huyendo.  La presión para que nos conozcamos es cada día mayor; presiento que Rubén se está enojando y que piensa que hay un hombre en mi vida…  ¡Oh Dios!  No sé qué hacer.  Para colmo, ahora insiste en conocer mi voz y quiere que le dé mi número telefónico, además  me pasó su número de celular para que lo llame…  ¡No puedo más!

 

¡ElbaSan2009 se desconecta del chat!  Rubén desespera ante ese silencio virtual que no entiende.  Seguramente es casada.  ¡No importa!  ¡Debo verla… quiero verla!

 

Del chateo, Rubén sabe que ella va a misa todos los domingos a la Basílica San José de Flores, frente a la plaza.  Toma su decisión: se va a plantificar todos los domingos que sean necesarios hasta que la vea.  Imagina que, aunque su experiencia en la iglesia es nula, esas misas de domingo en la Basílica deben ser multitudinarias.  Es un hombre obstinado.  Ahora, con mayor motivo.  En estos tres meses que Elba permanece ausente, su matrimonio ha terminado en muerte total y ya comenzaron a intervenir los abogados para el divorcio de mutuo acuerdo.  ¡Por fin, libre!  Ya no aguantaba más el carácter y la malicia de Lorena…  Aunque nunca llegue a nada con Elba, este final debía darse… Estoy enamorado de una mujer a la que solo conozco por Internet y unas fotos, y que ha cerrado todo contacto conmigo.  Hasta su dirección de mail dio de baja.  Misterio.  La vida es un misterio difícil de descifrar… debería ser más sencillo.  ¡Carajo!

 

Es domingo, acaba de terminar la Misa de 8.  Rubén, ansioso, escudriña los fieles que se retiran; a esa hora escasea la feligresía.  Sin embargo, nada.  Elba no aparece o él no la ve.  Abandona su puesto de vigilancia y va a la confitería de Rivera Indarte y Rivadavia, a unos cincuenta metros de la Basílica.  La próxima misa es a las 11 y él estará presente.  Hace tiempo leyendo los diarios del día de la confitería.  A las 10.45 está nuevamente en su puesto; ahora la afluencia es mucho mayor…  ¡Y nada!

 

La ceremonia termina a las 12.05.  ¡Sale una multitud!  Sus ojos se multiplican sin éxito.  Cuando la Avenida Rivadavia queda vacía, desesperanzado, decide entrar al templo para conocer la belleza de una de las basílicas más hermosas de Buenos aires.  Y después de veinte años, rezar un poco.  Aunque más que el Padrenuestro no recuerdo, pero mal no me va a venir y además voy a pedirle a Dios la gracia de encontrarla.

 

Sólo unas diez personas quedan en el templo.  El hombre observa la magnificencia del altar central con la Virgen con el Niño.  Su vista gira distraída sin saber bien qué actitud adoptar, y… ¡la ve!  Elba, se levanta de un reclinatorio lateral y comienza a irse.  Él, presuroso, sale antes y la espera.  La mujer pasa ante él sin verlo.  Rubén la observa arrobado: por su paz interior, su apenas insinuada sonrisa, su hermosura de mujer madura.  Camina unos cuantos pasos detrás de ella sin saber bien qué hacer ni qué actitud adoptar…  ¡Dios mío, ayúdame!  Elba parece tan grácil como una muchacha.  Bueno, es ahora o nunca… ¡vamos!  Se adelanta hasta enfrentarla, la toma de las muñecas y con una cálida sonrisa en su rostro…

─Elba, perdoname si te busqué… pero no podía vivir más sin vos.

 

La mujer no retira sus manos.  Apenas reconocido el hombre que ama, una expresión de intensa alegría invade su rostro.  Que inmediatamente cambia por otra de angustia al caer en la cuenta de que no puede contestarle.  Rubén se sorprende ante un cambio tan notorio, pero no suelta sus manos.

─Por favor, no quiero lastimarte, soy capaz de soportar cualquier cosa; pero, por favor te imploro, decime qué te pasa…

 

Una hermosa mujer con los ojos arrasados por las lágrimas, lleva su mano derecha hacia su garganta e indica con claridad donde está el problema.  Él, en el acto comprende.  Vacila un instante, luego desprende sus manos que ahora se transforman en un abrazo cálido e interminable.  Así permanecen largo tiempo, en pleno mediodía porteño, a unos pasos de la iglesia, entre la mirada indiferente de los unos y comprensiva de los otros.  La toma con suavidad de los hombros y la conduce a la confitería.

 

El hombre habla sin interrupciones, contando el infierno que ha pasado sin ella, el inicio de su divorcio y un montón de cosas de su vida; su hermano casado, sus dos sobrinos…  Y que va a aprender el idioma de señales en tres meses…  Y de pronto cae en la cuenta de que está parloteando sin demasiada ilación, ante la mirada apacible de aquella que lo escucha arrobada.

─Perdoname Elba, me fui de boca.  Debo parecerte un loro parlanchín…  No me preocupa lo más mínimo el hecho de que no puedas hablar.  Además, vos debés saber que entre hombres es moneda corriente decir que lo mejor que nos puede pasar es tener una mujer que no hable, o sea que… ¡soy un bendecido!  ¿No estás de acuerdo, mi amor? ─ella asiente con un gesto mientras su sonrisa, que ha sido permanente, se acentúa dándole una luz inusitada a su rostro.  Ahora es Elba la que toma las manos del otro.

─En realidad, ElbaSan2009, hay una sola cosa que me causaría dolor  ─la voz de Rubén vacila─, saberte casada o enamorada de otro hombre.

 

Elba abre su cartera y saca el block con lapicera, acompañantes fieles de su falta de comunicación, y escribe un minuto impidiendo con su mano izquierda que Rubén, que estira el cuello tratando de espiar, pueda hacerlo.  Luego, lo da vuelta hacia él:

─No estoy casada y nunca lo estuve y… ¡sí estoy enamorada!  De un hombre amoroso que se llama <RUBUENAZO-39>

Aquel, que se ha quedado sin palabras, con delicadeza arranca la hojita del block, la dobla en cuatro y la introduce en el bolsillo de su campera.  Esa noche, luego de un día y una tarde juntos que se les va como agua entre los dedos; entre caricias, besos y mimos; frases orales y otras escritas en un block que debe ser inevitablemente reemplazado… una mujer ignorante del amor físico entrega su virginidad al hombre que vivía en sus sueños desde la adolescencia.  Y lo hace total e íntegramente, con la pasión misma de una muchacha que se entrega a su primer amor.

 

Elba y Rubén están a punto de cumplir el primer año de amorosa convivencia.  No ha habido una sola nube en su romance.  Siguen comunicándose, mientras él está en la oficina, a través del Messenger.  Rubén aprendió el idioma de señales y lo maneja a la perfección (aunque le llevó más de tres meses) y deciden casarse.  Él ya tiene su sentencia de divorcio y como solo tenía unión civil, es un hombre libre.  Que decide que para Elba el sólo Registro Civil sería insuficiente.  Fijada la fecha, se dirige a la Basílica para pedirle al Padre Guilbert, del que se ha hecho amigo luego de acompañar a misa a Elba todo el año, que en una sencilla ceremonia religiosa los case en un día de semana.  Sin pompa de ninguna naturaleza.

 

Ese jueves bendito ha llegado.  Sobre las 18 horas, un torrente de agua cae sobre Buenos Aires, suceso que no parece importar lo más mínimo a los novios, que esperan por el sacerdote tomados de la mano.  Ante la sonrisa indulgente de un puñado de invitados: los padres del novio, su hermano, esposa e hijos; y la prima de la novia, Isabel, con su esposo y los hijos.  Por fin se presentará el Padre Pedro Guilbert, sonriente y con una disculpa en los labios:

─Chicos, les pido perdón.  Pero tuve a un par de venerables ancianas que tenían más pecados para confesar que veinte prestamistas juntos… ¿Están listos?

 

Los novios se ubican ante el imponente altar de la Basílica, que impresiona menos al no estar la iluminación a pleno.  Hay una cuasi penumbra realzada cada tanto por el brillo de los relámpagos, cuya luz se cuela en el interior del templo.  El sacerdote le aclaró a la pareja, en forma previa, que para el consentimiento de la novia bastará con un gesto de afirmación.

─Rubén Alcides Córdoba, ¿aceptas a Elba Sanpedro como tu legítima esposa prometiendo honrarla y cuidarla tanto en la prosperidad como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándola y respetándola hasta que la muerte los separe?

─¡Si, acepto!

─Elba Sanpedro, ¿aceptas a Rubén Alcides Córdoba como tu legítimo esposo prometiendo honrarlo y cuidarlo tanto en la prosperidad como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándolo y respetándolo hasta que la muerte los separe?

─¡Sí, acepto de todo corazón!

 

Es una voz clara, dulce y firme la que ha respondido sin vacilación alguna.  Los novios se unen en un beso interminable.

 

"El rasgo esencial de la mudez selectiva es el fracaso persistente a hablar en situaciones sociales comunes o específicas, donde se espera la comunicación oral.  Otros rasgos asociados pueden incluir: timidez excesiva, miedo al ridículo social, aislamiento y reclusión social, poca independencia, rasgos compulsivos, rabietas u otros comportamientos de control o de oposición, especialmente en casa".

Reflejos, aprendizaje y comportamiento, de Sally Goddard.

 

 

por C. Fernández Rombi 24 jul 2020

 

Para la mayoría de las personas confinadas al horario laboral clásico, de lunes a viernes nueve horas y los sábados hasta el mediodía, los lunes suelen ser inevitablemente un fastidio.  Hay que madrugar y retomar la rutina de horarios y jefes desagradables.  Pertenezco a ese grupo, pero… Hace veinte años tuve un lunes diferente, mí Lunes.

 

Había cumplido los cuarenta y, por fin, regularizado mis aportes jubilatorios.  Sólo era cosa de aguantarme veinte años más y llegar al dulce no hacer nada.  Resumen: amigos, poco y nada, dos o tres conocidos del laburo; familia, cero; el tema sexo, lo solucionaba con un par de encuentros mensuales (a veces, tres), previo pago.  En fin… nunca fui el rey de los piolas.  Pero, mi Lunes… ¡ah, mi Lunes fue una belleza…! Diferente e inolvidable.

 

No me había sentido bien ese finde: un rebelde resfrío me había tenido a mal traer.  Llevaba cinco años en la oficina sin un solo faltazo.  Decidí llamar y pedir médico.  El Jefe de Personal me mandó decir: “Si  viene mañana, no hace falta el médico y que se mejore”.  Dada la buena noticia, decidí, en lugar de quedarme en la catrera, tener un inicio de semana diferente.  Me empilché y a eso de las diez salí a gozar de la vida y del solcito primaveral.  El mediodía me encontró comiendo como un bacán en uno de los carritos de la Costanera y… ¡nacía mi Lunes!

 

En la mesa más cercana una muchacha hermosa (me quedo corto) y tan sola como yo, comía distraída.  Además de su belleza, su empilche elegante y exquisita figura.  No pude dejar de pensar que constituíamos una rareza en ese boliche (poca gente y ningún otro solitario aparte de nosotros dos).  Tampoco, dejar de tejer una fantasía romántica.  Consciente de que Ella me quedaba chica por edad y grande por naturaleza.

 

¡Fueron las quince mejores horas de toda mi vida!

 

No se repetirían.  A las tres de la mañana, en el momento en el que nos despedíamos en la puerta de mi casa –aún no me había bajado de su auto–, embriagado de amor le planteaba el lógico intercambio de teléfonos para proseguir ese romance intenso y deslumbrante que habíamos terminando por consumar en el vehículo.  La respuesta fue un balde de agua helada:

─Mi querido… lo lamento tanto, pero estas horas juntos fueron  únicas y no repetibles.  Mañana parto a Madrid y en quince días me caso.  Ya no volveré a Buenos Aires…  De seguro debí decírtelo de entrada pero, no me arrepiento.  Fue muy lindo esto nuestro que ya termina.  Lindo por lo espontáneo y lindo por lo fugaz.  Adiós mi inolvidable querido y perdóname.

 

Mi Lunes había terminado.

 

 

por C. Fernández Rombi 26 jun 2020

 

En el año del coronavirus

A Salvador D’Aquila, amigo esencial

 

 “El ser humano puede soportar una semana de sed,

dos semanas de hambre, muchos años sin techo,

pero no puede soportar la soledad,

es la peor de todas las torturas”.

Paulo Coelho, Once minutos

 

Apostilla borgeana: el más grande recomendaba a los escribidores no referirse a temas actuales o muy cercanos en el tiempo, ya que se corría el riesgo de ser desmentido muy fácilmente.  Según el maestro Borges, era mejor dejar el presente a los periodistas.

 

En la Argentina, pasados unos ochenta días del inicio de la cuarentena impuesta por el Gobierno nacional para atenuar los efectos de la pandemia que afectó al mundo con el Covid-19, la gente, niños incluidos, empezó a gozar de las “nuevas flexibilizaciones” para salir de sus hogares.  Pero la pandemia no se había extinguido; debido a lo cual ese goce o vuelta a la normalidad, estaba condicionada por protocolos específicos para cada actividad y una serie de normas higiénicas y consejos; y por descontado, la importancia asignada por los infectólogos (totalmente de moda) al “distanciamiento social" y el uso del “bozal obligatorio”.

 

Mi nombre es Miguel Ángel Mónaco (mis amigos, en un tremendo esfuerzo creativo, suelen llamarme Mam y a veces, en son de guasa, le agregan una “i” o una “a”, al final).  Tengo 54, es decir que, afortunadamente, no pertenezco a la población de adultos mayores o población de riesgo.  Según dichos de los que saben respecto de este virus de mierda.  Viudo, vivo con mi hija y sol personal, Mónica, de 16, afectada desde que nació de desarrollo mental insuficiente (bah, para ser más claro, ahora es como si ella tuviera nueve añitos en lugar de sus dieciséis).  Lo compensa siendo una fuente inagotable de ternura y cariño.

 

Mi hermana Alba, de 60, tan viuda como yo, vive departamento por medio al nuestro: Mónica y yo en el 6° “A” y Alba en el 6° “C”, en un edificio moderno de la Capital.  Como ella dice, “Dios no me dio hijos, pero me dio a Mónica” y así es.  Gracias a ella -que pasa sus días en el nuestro- con Mónica, yo puedo hacer mi vida laboral y social sin el menor tipo de impedimento.  Alba solo deja nuestra vivienda luego de la cena que compartimos los tres.  Llevo veinte años en una reconocida firma farmacéutica nacional (es decir, no es uno de los monstruos como Bayer o Pfizer) y he llegado al segundo nivel gerencial, del cual es muy difícil que pase (el primero es para los de la familia o aquellos que están “en la cosa”); pero no tengo quejas.  Gano muy bien y soy respetado y apreciado.  Los lunes, miércoles y viernes, una horita y media en el Gym; sábado por medio “una canita al aire” y, excepcionalmente, reuniones con amigos o compañeros de trabajo (cumples, casorios y demases); los domingos -regalo del cielo- son para mi Mónica.  Por lo general vamos al Centro, hamburguesería, cine y helados.

 

O sea que, hasta la aparición de este virus de mierda (en esto soy reiterativo y no lo puedo evitar) era un tipo realizado y feliz, sin agujeros negros ni nada parecido.  Feliz.  ¡La cuarentena me mató!  La permanencia continuada en nuestro bulín, un amplio tres ambientes, se hizo desde el principio un trauma destructivo.  Aunque cumplido el primer mes experimenté un ligero cambio, ya lo veremos.  Y suerte que soy uno de los tantos privilegiados que no sufren merma en sus ingresos.  Bien es cierto que vía Internet todos los días realizo mi aporte laboral (máximo tres horas, poco).  Los primeros días del encierro obligado fueron los peores.  Empecé por cuestionarme la afeitada diaria y en unos días la abandoné sin reparos, luciendo una pelusa entrecana sin gracia ni arte.  En realidad, no necesitaba salir de casa por motivo alguno.  Mis haberes me los depositan en la cuenta del Comafi, los pagos los realizo a través del débito automático y/o el homebanking; la mercadería la encargo una vez a la semana al Coto y, para mejor, por pagar con la de débito de mi banco me hacen un reintegro.  ¡Joya!.

 

A la semana, comencé a extrañar la actividad física…  ¡Mercado libre y listo!  Me compré una bicicleta fija y una caminadora; ¡a actividad física: cumplido!  A los treinta días de mi “casereo” (bah, estar siempre en casa), me había adaptado bastante.  Ya no extrañaba la calle y mi hogar empezaba a ser mi único centro de confort.  Compartíamos videos y juegos con Mónica y vía Netflix me puse al día con el cine (mi pasión de juventud).

 

La asistencia en vivo y en directo a la Empresa -con los necesarios permisos por esencialidad (¿qué no consigue una farmacéutica?)-, desde el inicio, había quedado reducida a los “cuatro grandes” (el CEO y lo tres gerentes generales) más el Jefe de Personal, Arévalo.  Con este habíamos ingresado juntos; mi amigo era la mano derecha de los capos.  Con él mantenía el único contacto laboral, además claro, de mi aporte vía web.  Por lo menos, dos veces en la semana nos comunicábamos por celular y me mantenía al tanto de las novedades.  “Mami -Arévalo es de los que me agregan la “i”- el mayor problema que tenemos es la falta de producción; las ventas en general han aumentado, nuestros antigripales y analgésicos se venden a mayor ritmo que el normal y estamos en vías de agotar stocks, y parece que esto va para largo… Cambiando de tema, ¿cómo anda mi dulce ahijada?”  “¡Bárbara flaco…!  Chocha de tenerme todo el día en casa”.  Arévalo es el único nexo con mi mundo laboral que, momentáneamente, ha quedado en el afuera.  Un afuera -el mundo habitual- que, ya en el segundo mes del encierro, extraño cada vez menos.

 

Es raro, los primeros días en los que añoraba tanto mis actividades fuera de casa, creía que llegado a estas alturas iba a estar caminando por las paredes.  Raro.

 

Entramos en el tercer mes de encierro y reconozco, no sin estupor, que me adapté totalmente (en realidad, sólo extraño el poco sexo que solía tener).  Me llamó Arévalo: “Mami, hoy estuvimos hablando con los capos y plantearon un regreso parcial a la actividad, un 25% de los operarios y la mitad de los administrativos; tu nombre se mencionó expresamente.  Si no hay marcha atrás, quizás el lunes debas reincorporarte. ¡Se te acabó la joda Mami!  Hablando en serio, pienso que esta noticia te alegrará, debés andar medio loquito con tanto encierro.  Bueno, chau; yo te aviso y un besote a Mónica”.

 

Me quedé mirando el celu apagado.  Esperando la alegría que debía de experimentar.  Llegaba el momento de volver a la vida normal; no me sentí alegre.  Peor, después de la cena tuve que recurrir a un ansiolítico seguro de que me iba a costar dormir.  Lunes, bien temprano -el viernes anterior me habían confirmado mi reintegro- lo llamo a Arévalo y le explico miento que me torcí el tobillo con la caminadora y que tengo para toda la semana.  “¡No te hagas problemas, Mami!  Creo que estamos mejor sin vos que con.  Un gran beso para Mónica y que te mejores”.

 

Paso la semana muy contento.  Mi Mónica me dijo ayer en la noche (terminábamos de ver Rey León): “¡Papi, que lindo tenerte siempre en casa”. Casi me derrito.

 

Bien.  Ya pasó un mes desde el lunes en el cual debía volver al laburo.  Cada semana, con  puntualidad, Arévalo, me llamaba para ver cómo estaba y de paso, creo, saber cuándo vuelvo a la empresa.  El viernes fue su llamada más corta:

-Hola Mam… simplemente te trasmito un mensaje del CEO.  Dice que cuando estés listo, te presentes.  Chau, que sigas bien.  Y cortó, habrán sido siete segundos, ni un saludo para Mónica.  Feo.  Esto está feo.  Tengo miedo.

 

La cuarentena cumplió sus 100 días y otros tantos que no voy a trabajar.  Pasó un mes de la última llamada de Arévalo.  Cada semana me planteo el reintegro.  Razono conmigo mismo y peleo contra esta sensación puntual de no querer salir de casa, salvo al kiosco de la esquina (golosinas para Mónica, fasos para mí).  Es inútil… tengo miedo, no sé de qué pero tengo miedo…

 

Zumba el portero eléctrico, voy  atender con expectativa, no espero ninguna entrega y en esos tiempos no viene ni el loro del cuento…

-Señor Mónaco, tiene un telegrama colacionado, debe firmar el recibo.

 

Nota del autor

Síndrome de la cabaña: en los estudios psicológicos conocidos y aceptados NO está registrada ni aceptada ninguna sintomatología que se refiera a la resistencia y negación inconscientes a “salir al afuera” de nuestro hogar (cabaña).  Sin embargo, a nivel mundial, ha empezado a registrarse en forma reiterada este fenómeno y pareciera que la denominación se va a imponer de abajo hacia arriba; del vulgo a los psicólogos y psiquiatras.

 

 

por C. Fernández Rombi 06 jul 2020

 

De noche, tarde... deambulo frente al cementerio; quizás, un poco pasado de alcohol.  Ni siquiera sé cómo llegué hasta este lugar.  (No era mi intención).

 

Hace frío, el viento arrecia y los truenos cantan su vieja canción.  (Situación ideal).

 

De pronto, caigo en la cuenta de que tengo miedo...  ¡Estoy temblando!  Las viejas ficciones de fantasmas que me contaba mi abuelo cuando era un chico me asaltan con igual fiereza y drama de aquella época.

 

Caigo en la desesperación.  Espero (Temo) a Aquel que venga a llevarme al mismísimo trasmundo.  Veo a un hombre a un par de metros, parece estar tan asustado como yo.  Me acerco y lo miro; su presencia me serena y “agranda”.  Lo tomo de un brazo y le brindo la mejor de las sonrisas.

 

Me habla; su voz es cálida y aumenta mi calma.  No percibo sus palabras con certeza.  Acercándome, le digo:

-Por favor hermano, en voz más alta...  ¡Estoy ansioso de escucharte!

 

Luego de un breve silencio, me contesta.  (Me concentro a pleno en su voz).

 

Ahora sí, esta es clara y firme.  (Determinada).

-Juan, he venido a llevarte...  ¡Vamos!

 

Nota del autor:

Aunque se preste a pensar lo contrario, el presente fue escrito en un momento de particular alegría y excelente estado de ánimo.

 

 

por C. Fernández Rombi 21 jun 2020

 

El hombre, alto y delgado, viste un conjunto de gimnasia; su afeitada es del día anterior; y su mirada, en el limbo.  Es el primero y único en la fila del colectivo.  Momento en que se le suma el otro; más bajo y  más corpulento.  Ambos están en sus cuarenta y pico.  El recién llegado, vivaz e inquieto, parece de mejor posición económica: fino reloj, traje de vestir, camisa, corbata y portafolios de cuero.

 

El bajo, piensa que hay para un rato; tiene ganas de hablar y, claro, su único candidato es el alto.  Piensa iniciar la conversación con una nimiedad: “¿Hace mucho que espera, mi amigo?”  Seguramente ─cavila─, el alto contestará con un: “Es una vergüenza, los coles andan cada día peor; y bue, hay que tener paciencia.”  Ante esa respuesta, piensa mandarse con un: “Y, así anda el transporte, como el tiempo…”  Agregando un: “¡Qué fresquete esta mañana, ¿vio?”  Y el alto, de seguro, proseguirá con: “Yo me saqué el frío con unos mates bien calentitos y unas tortas fritas, ¿y usted?”  Ahí será su momento de decir lo que más quiere: “No, yo me tomé un jugo natural de naranjas, hice 15’ en la bicicleta fija y otro tanto de caminata en la cinta, 10’ de calistenia; después una buena ducha, un cortado doble, dos tostadas con mermelada y ¡listo para arrancar bien el día!  ¿Qué le parece?”  Piensa que el alto no tendrá más que poner cara de admiración y decir algo así: “¡Muy bien, lo felicito!  Es evidente que usted la tiene clara.  Créame que lo envidio…  Bueno, es cierto que yo no tengo ni bici ni caminadora y…”  En este punto, al bajo ya no le interesaba ni poco ni mucho la conversación.  Él había dicho lo que tenía ganas y, mejor aún, había suscitado la admiración del otro.  De todas maneras, pensaba agregarle alguna frase de conmiseración, pero ya no hay tiempo, el colectivo se detiene ante ellos.  El alto, al tiempo que se corre, le dice:

─Suba señor, yo espero el de la letra N.

 

Defraudado, el bajo asciende, indica su destino al conductor, mete la SUBE en la máquina y, contento otra vez, toma asiento al lado de una señora de buena presencia.  Se le hace que es la persona justa para un dialogo distendido, piensa iniciar con: “Buen día señora… se nos vino el frio de golpe, ¿no le parece?”.  De seguro, ella le contestará con un…  Ya no hay tiempo, la mujer se para, lista para el descenso.

 

Frustración.