por C. Fernández Rombi – 29 abr 2019

 

 

Araceli está contenta.  Sola a sus treinta y cuatro y con una hija de diez, acaba de conocer a Eduardo; agente de la Policía Federal y diez años menor que ella.  Diferencia sin importancia cuando aparece el amor.  Y eso, a partir de una instantánea simpatía, es lo que se ha desarrollado entrambos apenas conocerse.  Sin perder tiempo y en pocos meses, la pareja se casa y comienzan la vida en común.  Que en este caso no tendrá nada de común.

 

En pocos días, Araceli caerá en la cuenta de que su flamante esposo es un hombre violento, posesivo y celoso al extremo.  Un cóctel de personalidad sicótica nada recomendable para una buena convivencia.  Por si tal cóctel no resultara completo, agreguemos  a la personalidad de su esposo, la sexopatía.  Esa noche, días después del casamiento…

─Mañana y pasado tengo franco Araceli, traje cuatro cajas de forros… vamos a culiar dos días sin parar… ¡que joder!

 

Ella no contesta, sólo asiente con una media sonrisa.  Está asustada, ya ha comprobado que él hace el amor como un poseso y, además, abusa de golpes, mordidas y golpes a diestro y siniestro, sin reparar en donde caigan ni el daño que ocasionen.  Un par de veces, durante el sexo que es abundante y permanente, le ha prometido:

─Uno de estos días te voy a meter el garrote* para que acabes como una perra…  ¡Ahí sí que vas a gozar, putona!

 

Fueron dos días de infierno.  Me pegó hasta aburrirse, me violó con ese garrote hasta lastimarme a más no poder…  Apareció esta hemorragia que no termina y estoy dolorida por todo el cuerpo… ¡Dios mío, Dios mío…!  ¿Hasta cuándo?  La Paulita está aterrorizada, no vio nada, pero oyó todo; ha estado horas encerrada sin animarse a asomar por miedo a que la bestia nos mate a las dos.  Ni pensar en hacer una denuncia policial, los agentes son sus compañeros y amigotes.  Espero que esta noche venga más tranquilo y que estos dos días no se repitan…  ¡Por favor mi Dios, por favor!  Van dos meses de matrimonio y esta vida es un infierno…  Me paso el santo día llorando y abrazando a mi hija… cuando la bestia no está.

─Araceli, va siendo hora que tengamos un hijo…

─¿No es un poco pronto, querido?  Apenas tenemos un par de meses de casados…

─¿Vos querés que me tomen por impotente... ¡Pedazo de boluda! Tengo compañeros más pendejos que yo y ya tiene dos o tres guachitos.  Le vamos a dar noche y día hasta que te preñez…  ¡Que tanto joder y tanta explicación!  ¿Entendiste yegua o hay que fajarte para que entiendas media palabra?

─Está bien, mi amor, se hará como vos digas.

 

Seguimos caminando un par de cuadras.  Me extrañaba su silencio, Eduardo habla o grita todo el tiempo.  Lo miro de reojo y asustada, siempre ando con miedo, creía que él estaba esperando alguna palabra mía y es justo en ese momento que él, que caminaba a mi derecha, gira su cuerpo y me pega una trompada terrible en medio de la boca, caí sobre la vereda y me desmayé.  A la noche, ya lúcida, me enteré que había perdido un diente de los de adelante.  Al día siguiente, por una de las dos vecinas que me hablan en nuestra cuadra (las demás le tienen terror), me enteré que me había arrastrado de los pelos toda la última cuadra hasta llega a casa.  Me puse a pensar por qué me había dado tan duro…  ¡Si yo le había dicho a todo que sí!

 

Ya no tengo dudas, el Eduardo está loco de furia conmigo y con todo el mundo.  Por eso fanfarronea que hasta sus superiores le temen.  También de celos; me acostumbré, cuando camino a su lado, a mirar siempre el suelo, ya que si mi vista se cruza medio segundo con algún hombre que pasa, enloquece al instante y me grita a toda voz que soy una puta barata.  Mañana trae el test de embarazo…

─Edu querido, me dio negativo…  No puedo evitar el temblor de mi voz.  Seguro, que el mes próximo vamos a tener suerte…  Quizás un hijo lo tranquilice un poco.

─Si yo no te puedo embarazar me voy a matar, pero ¿sabes qué?  ¡me voy a llevar a tu hija conmigo!  ¡Pedazo de puta!  O tenés un hijo macho conmigo o… ¡me llevo puesta a esa mierda de hija que tenés!

─¡Por favor Edu…!  Por favor, no seas malo, sabés que te adoro.  Ya vas a ver que todo saldrá bien…

 

¡Por fin quedé embarazada…!  Y fue para peor…  Vivía apuntándome a la cabeza con el arma reglamentaria, se iba a trabajar y me dejaba encerrada y sin crédito para el celular.  Un día me dejó esposada, mi tobillo con mi mano, y yo con una panza enorme. Otro día quise salir, me dijo “andá’” y cuando me paré me roció gas pimienta en la cara.  El sólo recordar tanta inmundicia me hace llorar.  Me pegaba con la manopla de acero, me pasaba el cuchillo por la panza y me prohibía bañarme porque decía que “él conocía bien el olor a sexo de otros”.  Cuando íbamos a los controles del Hospital Policial Churruca y me presentaba a un compañero, cuando éste se iba me decía: “¿Y puta? ¿Ya te mojaste?”.  Al final nació nuestra nenita… pobrecita, con problemas.  Con una parálisis en la mitad del cuerpo y llegó a estar deshidratada porque él no me dejaba que sacara el pecho del corpiño en público para amamantarla.

─Así que a la final… ¡nos nació una conchudita!  Qué cagada… ¡inútil y puta, no servís pa´ un carajo!

 

Quería un varón.  Por eso planeaba matarla de hambre.  La disfrazaba de nene, le decía “la conchudita”, la arrancaba de la cuna y la tiraba al suelo desde el aire…  ¡No puedo más… no puedo más!

 

La feliz pareja está a días de cumplir los trece meses de su relación.  Esta noche será muy especial, aún cuando empieza como la mayoría.  Eduardo coloca una película de zoofilia en el reproductor, agarra su bastón policial, le pone un preservativo y lo introduce salvajemente en la vagina de Araceli.

─¡Basta Edu, basta por favor!  Llevamos horas así, no puedo más querido, no puedo más, me estas destrozando por dentro ─más que el pedido de una mujer, es un grito de terror desgarrado e inútil.

 

Fueron horas de una agresividad aún mayor que de costumbre.  Después agarró el arma: me la ponía en el ojo, en la oreja, ahí abajo, en todos los orificios.  Como sabe que tengo asma, me asfixia con frazadas y me empieza a violar otra vez.

 

Al lado de su cama estaba la cuna.  Eduardo mira a Araceli, se ríe como un poseso y le apunta a la cabeza a la beba de cuarenta y cinco días.

─Querido, querido… ¡por favor dejala!  Me asustás mucho, y me voy a desmayar…  Ya ni puedo respirar… ¡por favor, por favor!  Te hago lo que quieras…

─Bueno, ta’ bien… pero…. ¡me la mamás hasta que me aburra… y te tomás toda la lechita!  ¿Entendiste putona? ─sin contestar, Araceli se arrodilla ante su marido y verdugo.  Después de eyacular, él sigue─ Ahora vamos a dormir, pero mañana vamos a ir a matar al hijo de puta del Cabezón… ¡ése se va a arrepentir de ser mi vecino!  Bueno, lo vas a matar vos, si no te mato yo y después a esta conchudita.

 

Y es en ese instante, cuando él se da vuelta, que Araceli agarra el arma que había quedado entre las sábanas, le dispara en la sien, alza a la beba y corre y corre…  Luego pasaría nueve meses en el Penal de Magdalena y otros nueve en arresto domiciliario esperando por su juicio.  El fiscal a cargo pidió diez años y ocho meses.  Fue absuelta.

 

*Machete que utiliza la policía.

 

 

por C. Fernández Rombi – 22 abr 2019

 

Esto se pone cada vez más denso.  Nuestra pareja va de malas a peores…  La Beba está inaguantable y se queja de todo y por todo.  Que si estoy en casa y molesto, que si no estoy y no sabe dónde ando, que si tomo un vino y me pongo fiestero o que soy un amargado que no le presto atención y se va a buscar otro tipo…  Me tiene harto.  Ya llevamos doce años juntos.  Los primeros… fueron como uva madura.  Después… esto de ahora… ¡insoportable!

 

Pienso, aunque nunca lo hablamos, que el no haber podido tener pibes le hizo el coco… pero de eso, no tengo culpa alguna.  Hace tres que conseguí esta portería en un edificio de Belgrano que está repiola; nuestro depto es grandecito, de dos ambientes, cocina separada y baño completo…  Nada parecido a la cueva que teníamos en el de Caballito.

 

En fin, ya no sé qué hacer; las peleas nunca me gustaron y ahora… es una tras otra.  A veces me engancho hablando boludeces con cualquier copropietario en el hall del edificio, con tal de no subir y enfrentar reproche tras reproche.  Mi mujer, para pelearme, parece no encontrar el final.  En un verdadero intento de volver a la paz y a la normalidad, le ofrecí, dado que la semana que viene son los carnavales, pedir al suplente e irnos cuatro días a Mar del Plata…

-¡Para aburrirme me quedo en casa!  Yo voy a festejar carnaval a mi manera y, por una vez, me voy a divertir… vamos a ir a bailar con Analía y Gloria… ¡lo vamos a pasar de diez!

-Pero Beba, a mí me encantaría que fuéramos a bailar los dos juntos como hacíamos en otros tiempos, al Lucense o al Salón Rodríguez Peña, no hay drama…  ¿Qué papel van a hacer tres mujeres casadas y solas?  Van a parecer tres locas sueltas.

-Ves que es como yo digo, ¡vos vivís en el limbo!  La Analía está separada desde hace dos años; y casi uno la Gloria.  Nos vamos a divertir como cuando éramos tres pendejas.

 

Por no darle una piña, le grité que no me rompiera las pelotas y me fui a barrer la vereda…  Nunca me había pasado por la mente ponerle una mano encima a mujer alguna…  Y, menos aún, a mi Beba.

 

Sábado

Los sábados laburo hasta las dos, luego subo a comer.  Hoy, ni pensarlo: aproveché y me hice un par de changas pendientes en una de las unidades, el 7º ‘A’.  A las siete, subí esperando otra pelea; pero no.  El bulo parecía un salón de belleza; la Beba, medio en bolas y con brutos ruleros, la cara enchastrada de crema y pintándose las uñas de los pies.  Ni pelota.  Mejor.  Sobre las diez, me hice un bife en la plancha y un tomate cortado al medio.  Cuando sonó el portero eléctrico, me dijo: ¡Chau! Y se las tomó… estaba muy linda.  Parecía un gato de Constitución.

 

Domingo

Me desperté a las diez.  La tipa, despatarrada en la cama y con la pintura de la jeta toda corrida.  Ni idea de la hora en que llegó… había ido al baño a las cinco y ni noticias de mi media naranja.  Bue… paciencia.  Durmió todo el día; al caer la tarde, despertó fresca como una lechuga, se bañó y recomenzó las tareas del camuflaje nocturnal.  ¡Hola…!  Fue todo su saludo y comentario, mientras alistaba su arsenal privado.

-Hola Beba.  ¿Hoy salís otra vez?

-¡Claro que sí!  Ayer la pasé bomba…  Y siguió haciendo la suya.

 

Lunes

A las seis y treinta ya estaba arriba, el basurero pasa a eso de las ocho y los finde se junta mucha mugre.  De Beba… sin novedades… bien gracias… y qué sé yo.  Pero, digo, a los casi cuarenta, un tipo casado no debiera pasar por esta humillación o, quizá, desafío.  Apareció cerca del mediodía, ni la miré, ella hizo lo mismo conmigo, pero el paso errático y el olor a chupi, no dejaban dudas.  A la una, me fui al bar de la esquina a comer algo… me encontré con Marcial; carreras en Palermo, allá fuimos y después a La Farola a bajarnos una pizza.  Por supu, a las doce cuando subí al depto, vacío y desordenado, maquillajes, restos de tintura y de todas las boludeces que usan las mujeres para parecer más lindas.

 

Martes

¡Gracias a Dios hoy termina el carnaval!  Mis nervios están como cuerdas de violín, no aguanto más.  A las ocho, cuando me tocaba bajar para la recorrida diaria… la tipa no había llegado.  Estuve toda la mañana pendiente de la puerta del hall para ver en qué estado llegaba.  Pero no la vi entrar.  Subí a la una para lastrar algo: ¡ausente sin aviso!  Luego de comer un cacho de queso y un par de vinos, me tomé un valium y me acosté a dormir un par de horas.  Al despertar, su lado del lecho sigue vacío.

 

Puteada tras puteada me vienen a la cabeza, sin descanso.  Voy al baño a mear para después bajar al hall, así me olvido un rato de tanta hijoputez.  Gran sorpresa gran.  La tipa está en bolas en la bañera, roncando como caballo viejo.  Toco el agua, apenas tibia, ya casi fría… hará como una hora que quiso tomar un baño y se quedó dormida.  Saco el tapón de la bañera y la miro.  La miro con detenimiento: la jeta un desastre, el maquillaje como lamido por un gato… la boca abierta igual que un buzón, parece una vieja de setenta… pero, sigue teniendo un lindo cuerpo.  El mismo que me diera tantas noches de amor y placer.

 

Una mancha violácea en el cuello me llama la atención.  Acerco mi vista a unos centímetros… un chupón.  Un poco más abajo, sobre una teta hay otro y en el muslo, casi al lado de la concha, otro más… que ya se está poniendo negro… ¡éste fue con todo!  No sé cuánto tiempo me quedo mirando a esa mujer despatarrada que duerme como si fuera la última vez.

 

No pienso en nada, mi mente está ausente.  Como autómata me dirijo al botiquín, tomo la botella de alcohol y se la vacío encima… íntegra, prendo el Zipo y lo dejó caer sobre la tipa.  Salgo del baño, las llamas quedan a mi espalda, cierro la puerta, tomo el ascensor y salgo… camino unas cuadras hacia las Barrancas, al llegar me recuesto en el césped.  Estoy muy caído, como sin fuerzas y me invade un sueño poderoso.  Antes de quedarme dormido, mirando los chiquillos disfrazados, recuerdo algunos carnavales que disfrutamos con la Beba… nos divertíamos como chicos en esa época dorada.

 

Este carnaval fue muy distinto, que lástima

 

 

por C. Fernández Rombi – 31 mar 2019

 

 

¡Se pudrió todo!

 

Y… alguna vez tenía que pasar.  Son muchos años de esquivar balas y de joder a los demás revolviendo su mierda.  Es una pena; ya había tomado la decisión: terminaba este gobierno y yo pasaba a retiro y… ¡adiós giles argentinos!

 

En mis cuarenta años de informante me mastiqué diecisiete gobiernos de milicos y civiles.  Sobreviví a todos y he manejado más poder que algunos de ellos mismos.  Son cientos los que cagaron fuego en sus laburos y, aún, en sus vidas familiares por los informes míos y de mis muchachos… especialistas en el armado de carpetas.

 

Pensar que empecé en Inteligencia siendo “una oreja”; un pendejo ambicioso que llevaba y traía información y terminó siendo el capo máximo.  Pasando por la mismísima OJOTA*, hasta el manejo discrecional de la información pública y privada.

 

¡Hice temblar a más gente que el frío  polar!  ¡No tengo dudas!

 

Ya estaba en la puerta.  Ya me salía.  Mis finanzas, una preciosura; y mi nombre y mi imagen, desconocidas para la mayoría.

 

Y un fiscal de mierda… que tal vez se cagó en las patas y se suicidó nomás, me arruina la vida.  Le dije veinte veces que se estaba metiendo en un balurdo que le quedaba grande.  Que aflojara e hiciera su vida…  Pero, no.  El muy pelotas se larga a hablar en los diarios hasta por los codos.  Claro, la oposición ─en año de elecciones─ lo tomó entre sus brazos como a bebé recién nacido y le endulzó el oído.  Y se la creyó… ¡pobre gil de cuarta!

 

¡Mal rayo lo parta!  Ahora hasta los pibes de escuela saben mi nombre y mi escracho está en todos los diarios.  Estaba tan cerca de zafar que… no lo puedo creer.  Salía airoso, rico e ignorado, de diez mil porquerías…  ¡Y ahora me citan a declaran en la Justicia!

 

Sé cómo manejar a todos esos hijos de puta.  Además, tengo “carpetas” de casi todo. Pero…

 

Una pregunta va a traer a la otra y así… ¡hasta que me embarre!  Claro que en el camino voy a embadurnar a varios…  Pero, ¿qué carajo me importa?  Si yo ya estaba de salida.

 

Además, la prensa opo ya hincó los dientes.  Cada cosa que declare va a ser dada vuelta como una media; para adentro, para afuera, para arriba y para abajo.  ¡Estoy frito!

 

Hace días que no pego uno ojo y hasta tengo escalofríos en pleno febrero… ¡tremendos hijos de putas y la reputa madre que los parió!

 

*OJOTA: Dirección de Observaciones Judiciales

 

 

por C. Fernández Rombi – 09 abr 2019

 

 

Monseñor está a días de cumplir sesenta años y es obispo desde hace cuatro.  De gran formación literaria y profesor de Teología, siendo un joven cura mantuvo estrecha relación con las poblaciones más humildes de Añatuya, en Santiago del Estero, y de las sierras cordobesas, sus primeros destinos parroquiales.  Aún sigue en esa actitud de contacto directo con los curas y feligreses de su diócesis actual.

 

“El Padre Tito no le tiene miedo al barro” es el comentario de los fieles de las parroquias adonde lo fue llevando el designio de sus superiores.  A los cuarenta y ocho ya se desempeñaba en la Arquidiócesis de Buenos Aires, donde fue reconocido por su trato sencillo que no disimulaba su cultura superior y su devoción en la práctica de la fe.

 

Monseñor ha publicado, entre otros, un libro utilizado de común en los seminarios para el fortalecimiento de la fe: “La duda y nuestra relación personal con Dios”.  Pero… un simple yuyo aparece entre las flores y hasta que no se multiplica es difícil de notar.  Seguirá creciendo en las sombras si no se lo elimina de raíz, arruinando el mejor de los jardines.  El obispo conoce esta ley natural desde hace algún tiempo.

 

Demasiado y desde muy adentro de mí alma.

 

La mala cizaña de su jardín espiritual ha ido creciendo con una fuerza que no cede, ni ante su razonamiento, ni ante el auxilio permanente de su confesor.  Tampoco con la práctica de la oración, de la que ya ha hecho obsesión pertinaz.  Su desarrollo espiritual y su fe comenzaron cuando era muchacho y se afanaba en la lectura de la vida de los santos; desde ese entonces hasta su madurez creció sin pausas ni desmayos, de igual forma su devoción y entrega al sacerdocio.

 

Daniel, su sobrino, perdió a sus padres cuando tenía un año.  Luis, único hermano del obispo, y su esposa fallecieron en un accidente de tránsito del que el chico se salvó de milagro.  Ya desde el mismo día de su nacimiento, el padre Tito, hoy Monseñor, sintió que ese pequeño era como su propio hijo.  Su mayor devoción terrenal.  Además, su futura descendencia en la Tierra.  Ahora, huérfano, se convertía en el centro de su vida a la par misma de su sacerdocio.  Todo el tiempo libre que tenía era para estar junto al Dany, mimarlo, educarlo y compartir con él su crecimiento.

 

A través de él, entendí que, sin saberlo, hacía años que tenía una suerte de necesidad de trascendencia personal.  A la muerte de sus padres se convirtió en mi hijo espiritual y en mi sangre, que tendría su propia consecuencia en este mundo.  Algo que nunca había razonado pero que mi alma anhelaba.

 

Un año antes de mi ordenación, mi Dany contrajo un extraño y fatal virus.  Recién empezaba la primaria y era, en mi concepto, el niño más bueno y querible del mundo.  Su agonía duró cuatro días, se apagó como una vela del altar frente a una súbita corriente de aire… no me separé de él ni por un minuto, suspendiendo toda actividad pastoral.  Pero no sirvió de nada.  El inescrutable y siempre hermético designio del Creador se lo llevó y el horizonte sin fisuras de mi vida experimentó una grieta… inicio de mi penuria espiritual.

 

¿Por qué, Señor?  ¿Por qué, mi Dios venerado y amado hasta la última fibra de mi ser? ¿Por qué mi Danielito?  ¿Por qué?  ¿Por qué?

 

Recordaba, una y otra vez, en cuantas ocasiones a lo largo de los años y frente a similares situaciones, a veces más terribles porque involucraban víctimas simultáneas de mi grey, había escuchado esas reiteradas preguntas: “¿Padre, por qué a mí, por qué a nosotros, por qué mi hijo, por qué mi nietita…?”

 

Siempre tuve el oído listo, las palabras adecuadas y todo el tiempo que el o los deudos necesitasen.  Creo que muy pocas veces o ninguna mis dichos sirvieron de alivio definitivo; apenas consuelo, el duelo necesita sus tiempos.  Pero el convencimiento de que mi actitud de pastor ayudaba, hacía que me prodigará enfrentado a la tragedia ajena.  Ahora me tocaba en carne propia.  Yo también, a la muerte de mi niño, tuve un fuerte apoyo de mis colegas, de mi confesor, de mi obispo y de mi propia feligresía, pero… no podía consolarme.  Pedí perdón por mi pecado de no aceptación, me he humillado y castigado una y otra vez.  Pero ese yuyo que es la voz de la duda estaba instalado.  Pecador al fin y al cabo, no hallé consuelo alguno.

 

Al año de la muerte de mi sobrino, estoy postrado de bruces en el piso de la Catedral de Buenos Aires.  Listo para recibir mi ordenación pastoral, sueño de años, mi mente y mi corazón están divididos.  La alegría inmensa de un logro anhelado y, ahora, socavado por el luto irreparable de la muerte.

 

En mis más locos sueños había imaginado ser algún día Obispo de la Iglesia de Roma.  Y aún consciente de que era una locura, un Papa argentino… ¡Un desatino!  Nunca experimenté culpabilidad por ese sueño demente, estaba consciente de que no era el poder lo que alimentaba mi ambición sino la convicción de que cuanto más alto subiera más podía hacer por el catolicismo… ayudar al desarrollo de mi Iglesia tan querida y a la que veía deteriorarse por su anquilosamiento, su incapacidad de retener a los miles de fieles que caían cada año en el descreimiento o eran captados por otras confesiones y, peor aún, sectas de todo tipo.

 

No puedo gozar la importancia y magnificencia de este acto que estoy viviendo porque no logro sacar de mi mente a mi Dany.  Con gusto hubiera cambiado el obispado por la parroquia más humilde del mundo pero con él a mi lado.  Supe desde ese momento que mi pecado era grave.  Había aceptado la imposición de las manos del Cardenal con la duda en mi mente.  Pasados tres días, voy al encuentro de mi confesor de los últimos años.  El anciano sacerdote no puede disimular su sorpresa…

-¡Hijo mío… que alegría!  Pero no esperaba verte tan cerca de tu ordenación obispal…

 

Intenta besarme el anillo, no se lo permito, me abrazo a él y estallo en lágrimas.  El padre Alberto no pierde un segundo, seguramente por temor de que alguien me vea en tal estado.  Con gran suavidad y firmeza me lleva a su pequeña secretaría parroquial, me hace sentar y sin consultar sirve dos copitas de coñac.  Apoyará su mano en mi brazo y silente, espera.  Luego, se reviste con su estola: tiene claro que lo que va a escuchar será parte del sacramento de la reconciliación.

 

Me desnudo espiritualmente frente al querido cura que no me interrumpe una sola vez…  De alguna forma, ver como sufre ante mi problema, me consuela.

-Monseñor… o Tito, como siempre te he llamado, tu situación es terrible por la pérdida del niño y quizá peor en tu caso, por el resquebrajamiento de la fe.  Sé con total certeza como te sientes.  Si fueras un sacerdote “más profesionalizado”, sólo estaría el gran dolor por la pérdida de tu sobrino, pero se te suma un estigma que no mereces de modo alguno.  Toda tu vida la consagraste al sacerdocio.  Sé que todo lo que ahora yo te diga te servirá de poco.  Pero me vas a hacer un gran favor, darte tiempo y rezar aún más que ahora.  Ve en paz, yo te absuelvo de todo pecado y te impongo como penitencia que leas con detenimiento la obra de San Juan de la Cruz, es él quien mejor ha interpretado “la oscura noche del alma” del creyente.

 

Me retiré un poco mejor de lo que había llegado a este primera confesión desde mi asunción.  En cuanto a la vida del santo cura del renacimiento, la había leído más de una vez.  Pero estando en estado de gracia.  Tal vez me sirviera el consejo-penitencia del padre Alberto... tal vez.

 

Pedí, siguiendo el instructivo necesario que ordena la Iglesia para estos casos, un año de dispensa provisional de mi tarea sacerdotal por motivos personales.  Uno de mis antiguos fieles cordobeses me prestó una humilde casa en Cumbres de San Antonio, que era lo que necesitaba…  Lejos del mundo para estar más cerca de Dios.

 

Monseñor marchó hacia su propio “desierto” portando los enseres más esenciales para una vida austera, lo más voluminoso era su baúl de libros.  Por supuesto, los escritos de San Juan de la Cruz referidos a la noche oscura del alma contaban con un lugar destacado; los otros estaban vinculados al mismo tema por las experiencias vividas por Ignacio de Loyola, la Madre Teresa de Calcuta, Santa Teresa de Ávila, San Vicente de Paul y Juan María Vianney, entre otros.  Para él será una novedad enterarse que la Madre Teresa, en ese momento en vías de canonización y uno de los seres humanos al que más ha admirado, también pasó por su propia larga y oscura noche… tentada por la negación misma del Creador.

 

Cumplido su año penitencial y de reflexión, Monseñor Tito, retoma su ministerio.  Su alma está en paz.  Luego de dos años en la Arquidiócesis de Buenos Aires es designado al frente del Obispado de San Nicolás de los Arroyos, del cual depende El Santuario Basílica de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás.  Lo cual indica que su tarea en los años venideros sería de gran intensidad y entrega física.

 

¡Gracias a Dios!

 

La afluencia de peregrinos convocados por la Virgen aumenta año tras año, lo cual obliga a no descuidar la terminación del templo que nació humildemente en la ribera del Paraná como pequeña capilla al lado de un campito y llegará a ser una magnífica Basílica a la cual acuden cientos de miles de fieles de la Argentina y países vecinos.  Volverá luego a la Arquidiócesis… y el tiempo, inmutable, se sucede.

 

Ya cumplí los setenta y cinco y he pedido mi retiro de la actividad pastoral.  Quiero terminar mi peregrinaje en un antiguo monasterio de Córdoba; marcho en paz con mi alma y con mi fe.  No tengo remordimientos, convencido de que he dado lo mejor de mí mismo como pastor y hombre de fe…

 

El yuyo del jardín de mi alma, esa mala voz interior, se ha mantenido en latencia.  Inaudible por años.  En otros muy clara.  Esta noche es particularmente insistente…  Mañana, Dany cumpliría treinta y cinco años.

 

 

por C. Fernández Rombi – 20 mar 2019

 

 

“El nombre viene de la historia que cuenta el estafador de que ha recibido una abundante herencia de un tío lejano.  El estafador pide dinero a su víctima para poder hacer un viaje, con la promesa de que se lo devolverá en una cantidad varias veces superior al monto prestado.  El estafador se va y nunca más aparece”.  Wikipedia.

 

A pesar de la indicación de la Wiki en el sentido de que esta variante de estafa es originaria principalmente de la Argentina (¿raro, no?), yo creo que esta historieta nació con el hombre civilizado.  Doy un ejemplo: El gran Sócrates muere en Atenas en el 399 a.C., ingiriendo un veneno mortal, la cicuta.  La historia aceptada es que la Autoridad se lo ordenó y él, fiel a sus enseñanzas, la ingiere por voluntad propia.  Discrepo; creo que es una antigua versión del “cuento del tío”.  La historia fue así: un colega envidioso del maestro de la filosofía, lo convenció de que disponía de un néctar maravilloso hecho en base a arándanos, frutillas y grosellas rojas.  Convencido, nuestro buen filósofo se bebió la cicuta sin imaginar maldad alguna (característica propia de los que creemos en cualquiera de las miles de versiones de que dispone esta modalidad “estafatoria”).

 

He zafado tres veces en mi vida de caer en este  cuento que siempre resiente en el bolsillo.  La primera, en el John F. Kennedy International Airport, en el cual un hombre muy bien vestido y educado y con acento madrileño me iba a vender a “precio de ganga” dos camperones de antílope (similares al que él lucía).  Zafé en el último instante; un inesperado brillo de triunfo en su mirada “me avivó”.  (Me iba a entregar dos trozos de arpillera con la forma apropiada, cada uno en su percha y lujosa funda de raso estampada).

 

Unos años más tarde, en el lobby del Hotel Trevi Palace de Roma (recién llegado a Italia) se me acercó lo que pensé que era un verdadero galán del cine italiano a ofrecerme un reloj Rolex de una belleza increíble (aclaro que no soy experto en relojes y menos, en la marca Rolex) a un precio también increíble, sobre todo para nuestro dólar de ese momento (regalado).  Hago constar que había leído y releído los avisos en el Aeropuerto Fiumicino: “No compre orologio d’oro a vendedores ambulantes”.  Me dije a mí mismo, lo estoy robando al tano este...  Esta vez lo que “me avivó” fue la forma subrepticia del sujeto de mirar sobre su hombro.  (Al día siguiente, hablando el tema con el recepcionista, me comentó que lo estaban corriendo todo el tiempo al imbroglione ese que vendía Rolex truchos a turistas en todos los buenos hoteles de Roma).

 

Cuento del tío.  Argentina.  Versión 31002

La tercera y última, por ahora, fue días atrás en mi barrio de Lomas de Zamora.  A media mañana del lunes voy caminado por la calle Laprida (la más comercial de mi zona).  Pensando abstraído en vaya saber qué estupidez, cerca de la pared como es mi costumbre, cuando se estaciona en el cordón próximo un Peugeot 208 nuevo.  Desde el interior, la señora que viaja como acompañante (mediana edad, bien vestida y agradable de ver) me saluda hecha un mar de simpatías (el joven conductor se acopla agitando su brazo derecho.

-¡Hola...! ¿Cómo le va...?  Recién acabo de hablar con su hija... (Increíble y estúpidamente me acerco a la ventanilla, forzando a mil por hora a mi cerebro para recordar a “esta” amiga de mi nena -a punto de cumplir los 40-  Extiendo mi mano y...)

-¿Natalia...? (Vive a dos cuadras de mi casa)

-¡Sí, soy Cristina la amiga de “Naty”...  ¿Cómo anda usted... me recuerda?

-Nunca olvido a una mujer hermosa... (¡Pedazo de pelotudo! Por supuesto no recordaba esa cara y su nombre ni por aproximación!)

-Este es mi hijo Julián (Estrecho la mano del muchacho), viajo en un par de horas hacia Río de Janeiro y hablé con “Naty” para que me tuviera unas cosas de mucho valor en su casa... Me dijo que ahora estaba en el trabajo y no se podía acercar, que se las dejará al papá que era de confianza...

 

(Total, unos tres minutos de conversación y yo me había tragado el anzuelo y el piolín también.  No desconfiaba para nada.  Simplemente me resistía porque no quería cambiar mis planes de ese momento...  Además, mi Natalia es una especialista en alterar mis programaciones.)

-Señor, lo llevamos en el auto hasta su casa y lo traigo de vuelta en cinco minutos. (Interviene Julián en la conversa.  Una espléndida sonrisa de la atractiva mujer refrenda el ofrecimiento del hijo.  ¡Estoy ahí...! A un paso de subirme al desconocido vehículo... y ellos lo notan).

-Señor, lo llevamos en el auto hasta su casa y lo traigo de vuelta en cinco minutos... ¡Dele!

 

¡Otra vez me salva la campana!  El reiterado ofrecimiento del hijo, ahora, con el triunfo a la vista, con mayor urgencia en el tono de voz y un tinte imperativo, me espabilan y el reconocido sonido de una aguda alarma suena en mi cerebro.  Tomo aire y empiezo a preparar mi vuelta a la pared:

-¿Por qué no me hacen un favor...?  ¡Y se van los dos a la c... de su madre!

 

Fin de la historia.  El muchacho mete primera, me putea y disparan.

 

Una hora después, ya volviendo a casa, me detengo en el kiosco habitual.  Mientras compro, le comento al dueño mi aventura.  Este sacude la cabeza como signo de resignación:

-Hace un par de meses que andan por la zona, atrás va otro secuaz en un F100 carrozada... siempre buscan hombres mayores (traduzco: viejos pelotudos), los convencen con ese cuento y los llevan hasta su casa... en media hora le “pelan” el living y disparan... ¡Malnacidos de mierda! Incluso le han dado algunos golpes a los que se resistieron.  En fin... ¡es lo que hay!

 

Marcho a casa más que contento.  ¡De la que me salvé!  Pero no puedo dejar de pensar en lo cerquita que estuve de entrar con patas y todo el resto.  Yo, el rey de los piolas, el escritor de cien tramas de relatos plenos de engaños y mentiras.  No cabe dudas, la acumulación de años vividos nos hacen más crédulos, distraídos y... ¡pelotudos!