por C. Fernández Rombi – 29 dic 2018

 

Vuelo a casa cansado... pero tan feliz como de costumbre.

 

Mi hogar es eso, un hogar cabal.  Diez años que nos casamos con Susana y todo está cada vez mejor.  Nosotros, además de esposos, somos amigos y compinches.  Nos buscamos para todo.  Mi trabajo me hace viajar un par de días cada quincena en un radio de trescientos km de la Capital y lo planificamos para ir juntos.  A veces, con Adriancito de 7 y Fabián de cinco....  ¡Dos pendejitos flor!  Nuestro depto de 4 ambientes es un nido amplio y hermoso, nos mudamos, estrenándolo, hace cuatro años y “la Su” lo dejó chiche bombón.  Creo que al no tener ninguno de los dos más familia, nos ha hecho más “acurrucados”.  No piense, mi amigo, que vivimos en una burbuja.  ¡Para nada!  Yo tengo mi grupo de padel tres veces a la semana y Susana el suyo de Pilates.

 

La  salud de nuestros treinta y treinta dos añitos es perfecta.  La de los chicos, igual.  ¿Qué más se puede pedir?  El mes que viene me entregan el Focus cerokaeme y ya estamos planificando cuatro días en Mardel -a los dos nos gusta la costa en otoño─.  Tiene un atractivo singular...  Sin hablar del Puerto y sus manjares de mar.  ¡Mi locura!

 

Al abrir la puerta, en lugar del bullicio de Adrián y Fabián, escucho una voz femenina grave y profunda.  En el acto, me lleva a la de mi gran metejón juvenil: Graciela Borges.

─Querido... tenemos vecina nueva.  Esta es Graciela, se mudó ayer al monoambiente del final de pasillo.  Graciela, este es mi esposo Alejandro... ¡el mejor del mundo!  Ambas ríen, yo pongo ─me doy cuenta─ cara de pelotudo sin remedio.

 

Mientras le doy torpemente la mano ─ella intentó un beso de salutación, pero mi gesto “la cortó”-, Susana sigue y sigue.  Es notorio que la nueva vecina, a pesar de ser unos años más joven, le ha caído muy bien.  Están tomando una bebida, Susana se incorpora, de seguro me va a preparar mi habitual fernet con hielo y soda.

 

¡Estoy aterrorizado...!  Menos de diez minutos que estoy en mi casa y veo un precipicio que se abre bajo mis pies.  Mi atracción por esta desconocida es portentosa.  Jamás experimentada.  Ni siquiera cuando conocí a “la Su”.  Siguen con su parloteo; en algún momento me dan intervención y ni sé lo que contesto.  En ese momento, los críos vienen a saludarme y como cada día se cuelgan de mí y me llenan de besos.  ¡Nuestro amor es infinito!  Me aferro a ellos más que de costumbre, tal y como si buscara protección.  ¡Una protección que sé necesitar con desesperación!  Como la cosa sigue, anuncio que voy a tomar una ducha, necesito pensar.  No puedo ser tan pelotudo de haberme enamorado de esta desconocida, pero... es realmente una belleza nada habitual, aclarando que mi Su es una mujer más  que bonita.  Sé bien, y me llena de orgullo, que todos mis amigos y conocidos me la envidian.  Tal vez, porque además de bella es culta y simpática.  Cuando salí del baño, la intrusa, ya se había ido.  Respiré aliviado, deseando nunca más volver a  encontrarla.  No sería.

 

Ha pasado un año... ¡y vivo en el infierno!  A Susana no la veo desde hace ocho meses, a mis nenes dos días de cada mes.  Una amiga de la madre me los trae cada mes y los recibo en este chiribitil en el que vivo.  Están conmigo un par de horas, bajo la atenta-distraída supervisión de la amiga de la buena voluntad.

 

¿Y mi pasión...?  ¡Bien, gracias!  Los primeros tres meses la vivimos enloquecidos.  Graciela me inflamaba como el fuego a una astilla de madera empapada en resina.  Cierto es que ambos nos retroalimentábamos con una entrega solo comparable a su propia insensatez.  Esta joven mujer que no había conocido esa pasión que puede encender la locura entre un hombre y una mujer, enloquece entre mis brazos tan acuciantes como trémulos.

 

Tres meses de locura, de pasión irrefrenable, de sentir indubitablemente que el mismísimo cielo está al alcance de nuestras manos...  ¿Salvan una vida entera?  ¿Compensan el amor sereno y profundo de la propia mujer?  ¿Reemplazan el amor de cada día de los hijos?

 

¡NO!  Hoy sé la respuesta.  Tarde.  Las cosas mejoran, recibo un mail de Graciela.

 

Alejandro, me voy a vivir a Canadá con mis viejos.  No creo que vuelva nunca.  No aguanto más este infierno que compartimos.  Lamento muchísimo haberme cruzado en tu camino.  ¡Ojalá puedas rehacer tu vida!  ¡Ojalá jamás nos hubiésemos encontrado.  Adiós.

 

 

por C. Fernández Rombi - 11 dic 2018

 

 

Cada año, para las vacaciones de verano, regreso a mi pueblo natal. Al bajar del tren, el primer saludo con la mano levantada es el del viejo jefe de estación. Hace más de un cuarto de siglo que emigré pero ni un solo año he dejado de volver a Milagro.

 

El tren está arribando a la estación, preparo mi bolso de mano y el ticket para el equipaje. Al bajar, mis ojos buscan la figura y saludo habituales. No está y no hay nadie que me salude.

 

O se jubiló o está enfermo o… algo peor. Debe de tener un montón de años, si ya era viejo cuando partí. Lo voy a averiguar.

 

A la mañana siguiente cumplo uno de mis rituales favoritos: desayunar en la única confitería del pueblo, frente a la plaza y mirando la iglesia. Daniel, el mozo, me da la bienvenida como cada año y en unos cuantos minutos, sin apuro alguno ni suyo ni mío, me traerá el café con leche y las medialunas.

 

Lo voy a disfrutar con el mismo apuro, ninguno. En Milagro no existen ni prisas ni apuros.

 

Al terminar la lectura minuciosa del diario provincial, que no trae noticia alguna de Milagro, el hombre paga, se levanta presto a marchar y, de pronto, se acuerda:

-Daniel, ¿vos sabés si le pasa algo a Don Eugenio, el jefe de la estación?

 

La sonrisa de despedida del mozo deviene en un gesto de incomprensión.

-Raro que no haya preguntado antes… Don Eugenio ya hace diez años que falleció.

 

 

por C. Fernández Rombi - 24 nov 2018

 

 

 

El mundo violento se desgarra. Violento y, finalmente, violado. Enloquecido y sin control.

 

Gritan desaforados mujeres y niños… Los hombres tiemblan al borde mismo de las lágrimas.

 

Se desploman las grandes creaciones humanas: edificios, catedrales, ciudades y hospitales. Puentes que acercaban los hombres a los hombres.

 

Los ríos y mares abandonan sus cauces y se tornan enloquecidos y fieros. Corren tumultuosos y despóticos. Su fuerza liberada arrastra con todo. Y todo lo desgarran a su paso.

 

La tierra se abre como un campo ante el ataque de labriego… ¡Gigantesco y fantástico! ¡Cruel e inmisericorde!

 

El planeta todo parece ser arrancado de sus cimientos y sus límites. La vieja y querida Tierra que nos cobijara por años que suman siglos y milenios… ¡ha enloquecido! Gases y nebulosas horribles surgen de sus viejas entrañas. Se envenena todo lo que conocemos, todo lo que queremos… ¡Envenenándonos!

 

¿Y así acabará todo? ¿Es éste el final último? ¿Finaliza así la vida que conocemos y conocimos?

 

¿Por qué Dios mío? Dios de mi niñez y de mis niños. Dios mío… ¿Por qué, Señor? ¿Por qué?

 

Hijo mío, sufro contigo, pero no fue mi decisión. Un hombre, uno de mis hijos tan queridos… oprimió un botón.

 

 

por C. Fernández Rombi - 01 dic 2018

 

 

En mi maraña irresuelta aparece ahora, la depresión. Esa sombra que nos atrapa cada vez que puede o se lo permitimos. Por suerte, siempre se retorna con algo: una idea, una renovación o un poco de crecimiento.

 

Mi cuarta novela estaba lista para publicar... terminada y con el moño puesto.

 

Cerrado el trato con la editorial, ya cumplidos el obligado camino de la corrección, la prueba de galeras y el diseño de tapa. En fin, todo listo y en impresión; el miércoles me entregan y el viernes hago la presentación en un salón de CABA...

 

De puro aburrido, tengo una brillante idea... ¡Genial! Darle una última leída -la cien-. ¡Buena, un carajo! Todo lo opuesto...

 

Debo contarlo o reviento. Me parecía -lo creía fervientemente- que era muy superior a las dos ya publicadas: Martina... y los años de Plomo y Asesinato con lápiz (con La Pausa aún en veremos). La primera parte de la lectura iba de acuerdo con lo previsto, cada página me parecía más lograda que la anterior. Es decir, revivía la experiencia literaria hecha noventa y nueve veces.

 

Ahora que estoy a punto de “ver en papel” el fruto de mi trabajo, que ya lleva tres años en mi ordenador... sería de estricta lógica. ¡Esto es lo mejor que escribí en mi vida!

 

¡Vamos por la número cien nomás! La introducción, aclaraciones, dedicatoria, etc., todo bien. Ya en el segundo capítulo encuentro una incongruencia -y no menor- entre lo que estoy leyendo y el primer capítulo. ¡Carajo...! Si no fuera mi obra tan querida, decidiría que el autor es un inepto y plantaría ya mismo. Una extraña sensación se instala en la boca de mi estómago; vacilo en avanzar o volver atrás para confirmar y solucionar. Avanzo unas pocas páginas y el desastre aumenta su dimensión. Sin justificación previa, he plasmado una diferencia notoria entre el carácter asignado al protagonista y su desempeño en este pasaje de la novela; y no brindo explicación alguna...  ¡Desastre!

 

Más avanzo y más errores de todo tipo aparecen. Llego al final de un tirón. Ya no analizo nada, todo se me hace un bodrio literario. Voy -trémulo, desfalleciente- a la cocina, me sirvo un más que generoso whisky -hasta el borde mismo del vaso-  y vuelvo a la PC. Ya no leo nada; la pantalla es sólo un rectángulo de luz frente a mí... Creo haber estado así un par de horas. Bebiendo de a sorbos sin pensar en nada; mi mente es una nube negra; el whisky se acabó; las ganas de mear, inaguantables. Vuelvo del baño y sé, ya sé, que debo hacer algo.

 

No vacilo y tomo el inalámbrico debo llamar a la editorial... ¡Estoy loco o pelotudo...! Son las doce de la noche... ¿Llamar a quién? Cuelgo el tubo y apago la PC. No hay remedio para este infierno en el que me metí sin ayuda de nadie. Me tumbo en la cama, ni me desvisto... En la mañana, además de la resaca, siento una especie de desesperanza difícil de mensurar...

 

Caigo en la cuenta de que a esta hora ya puedo llamar a la editorial... ¿Para qué?

 

 

por C. Fernández Rombi - 10 nov 2018

 

 

k estas marica… t vamos a romper el culo putazo  mañana tene el culito bien lavado q t toca.  a la vaca de t vieja también le vamos a dar  hoy t salvo el profe marica p mañana sos boleta  t gusta chuparla Samuelito

 

El muchacho mira sus mensajes, reiterados una y otra vez, machaconamente. Algunas veces, suelen variar un poco pero siempre dentro de la misma tónica. Está desesperado este Samuel Mindel de catorce años que frecuenta una buena escuela de la zona norte de Buenos Aires y hace apenas un mes que comenzó el ciclo lectivo de su segundo año. Un grupito de sus compañeros lo acosa a diario, casi a cada momento, en el colegio y en su celular. Y no son sólo los mensajes, también ha comenzado la agresión física; el lunes de esta semana desapareció su carpeta de clases; hoy, en su banco, había un preservativo usado…

 

mañana veni c l conchita lavada q t damos verga  t estamos juntando lechita en cantidad putazo  samuelito saludos d Adolfo y los chicos  te vamo a hacer jabon puto

 

La tensión es excesiva para el tímido muchacho, dulce y tranquilo. La noche avanza, sus padres lo saludan y se retiran a su dormitorio. A su padre no le pasa por la mente verificar si el revólver que guarda en la mesita de noche sigue en su lugar.

 

El arma, cargada, ya no está.