por C. Fernández Rombi – 18 nov 2019

 

Corren los primeros días del enero de 1877.  La caravana lleva cuarenta días de penurias y fatigas en la travesía del desierto.  Partieron animados por el sueño de llegar a Trelew.  De las cuatro carretas iniciales sólo quedan dos; una bastante maltrecha de su derrota por ese camino cuasi huella, que desaparece por kilómetros y se convierte en tosco sendero de pastos duros y resecos, hostiles.  Salieron de Esquel, cuatro familias más el autor y conductor del proyecto que se ha otorgado a sí mismo categoría de mayoral.

 

Peter Williams, carpintero galés, varado por la vida en esta Argentina de promesas incumplidas, pisando los setenta tiene un único sueño: llegar a la costa del Chubut y reunirse con su único hermano y familia.  Su ilusión convenció a esas familias al borde del desahucio para invertir sus últimos ahorros en esta travesía a la tierra prometida, a esa nueva y dorada Canaán.  Peter los motivó con fuerzas ya olvidadas a embarcarse en una aventura con poca certeza de éxito… aún cuando ellos no lo sepan.  Sus cálculos decían que el plazo máximo de su viaje demandaría unos treinta días.  Para ese término cargaron la vitualla, pero van cuarenta y aún no llegan.

 

Sólo quedan del grupo inicial, el matrimonio joven en la carreta que se mantiene mejor, dos de los hombres de familias ya perdidas y el mayoral en la más desvencijada.  La muchacha de tosca belleza y ahora, pajizo y rubio pelo sucio, tiene, igual que el resto de sus compañeros de odisea, el rostro curtido y reseco por el viento y el sol del desierto.  Y la misma mirada de extravío y desesperanza.  El grupo estaba motivado por establecer sus hogares a orillas del mítico Río Chubut, del que solo han oído hablar a su improvisado mayoral, el fornido galés.  Ilusionado en unirse al puñado de ciento cincuenta y tres paisanos que arribaron a bordo del clíper Mimosa al paraíso prometido en 1865.

 

El hambre y las penurias los han reducido a bosquejos de humanidad que se arrastran movidos por el último vestigio de esperanza.  Este fatídico día cuarenta ha sido particularmente cruel, tórrido y con un viento ardiente y sostenido que los castiga desde la mañana.  Al caer la noche es peor, el viento aumenta su intensidad arrastrando un arenal que les golpea el rostro sin cesar.  Disponen ambas carretas para darse algo de protección, encienden el fuego y sobre él la marmita ennegrecida por días de mala o nula limpieza; adentro, un poco de agua turbia recogida de un arroyuelo, un trozo de tasajo y unas hojas de hortalizas hervirán un rato y nada, nada más.  Muy poca cosa para cuatro hombres y una mujer de gargantas resecas, estómagos vacíos y miradas muertas.  El mayoral, es un despojo del hombre que fue, vencido por los años, el viaje y la esperanza perdida; se despatarra sobre un banquito y permanece con los hombros hundidos y la vista clavada en el terreno que ya no ve.  El resto de los viajeros, hace días que no le habla.  Le han perdido el respeto y la fe, intuyen que no está siquiera seguro del camino que siguen.

 

Saben, ahora saben, que ese recorrido del que se decía conocedor, nunca lo había transitado y que se guió de confusas instrucciones en una amarillenta carta del hermano y su propia ilusión.  Las relaciones del resto no son mejores; los dos hombres ya sin mujer matan su sed con el mead de alta graduación del que cargaron en demasía respecto a los alimentos; están enconados con motivo con el mayoral y sin motivo entre ellos y, más aún, con el matrimonio… envidian del más joven, mujer y carreta.

 

Esa muchacha que cuarenta días atrás tenía algunos kilos de más, con las privaciones ha adquirido una silueta que el hambre ajena enaltece y mejora día tras día; su busto generoso es un imán para esas miradas calenturientas.  Sentados los cuatro alrededor del fuego, con Peter algo alejado por la hosquedad de sus compañeros, trata igual que aquellos de acallar su hambre con el mendrugo que le ha tocado.  Él no tiene ni el consuelo del alcohol bravo que los otros dos, toscos y recios, le niegan; apenas un trago de agua mala.  En el momento en el cual la pareja se levanta para marchar a su carreta, saludando en voz apenas audible, una frase obscena y brutal, es su respuesta.

 

El esposo de la afrenta inmerecida se aferra a su cuchilla y se arroja sobre los ofensores, el trío como pulpo monstruoso y degenerado en su forma, rueda por el polvo, las últimas energías se desgastan en la riña desaforada… fuerte y claro suena el grito del más joven herido de muerte.  La mujer sin meditar un instante y también de metal armada, se arroja al bulto; el mayoral mira de costado la mancha humana que se mueve, gira y torna a girar; piensa por un instante en pararse e intervenir, en separar… lo deja de lado, no tiene ni la voluntad ni la fuerza.

 

El grupo de contendientes se apuñala con feroz ignorancia de quien a quien, despatarrados quedan los cuatro sobre turbio lecho de sangre y mugre.  Pasa una hora y el frustrado mayoral sigue sentado, ya ni siquiera mira el desastre; el rescoldo del fuego ilumina malamente la escena.

 

Finalmente el hombre se desliza lentamente hasta caer en tierra…

 

 

por C. Fernández Rombi – 05 nov 2019

 

Ha sido un largo y caluroso día de verano…  En realidad, lo sigue siendo.  En las cercanías del Puente Saavedra el termómetro ronda los 38º y no afloja, aunque ya está entrando la noche.  De una radio desconocida surge una pastosa melodía brasileña que se entrelaza con el calor del día que no se decide a terminar.

 

La música ayuda un poco a olvidar mi desazón y el aburrimiento fatal de otro día sin trabajo.  Hay días que en los locales de Saavedra se consigue alguna changa; hoy, ni medio.  Toqueteo mi capital en el bolsillo: unas cuantas monedas y un par de billete chicos.  Sin hacer demasiadas cuentas imagino que para dos porciones de pizza y un vaso de tinto me va a alcanzar.  Bué… también así de escaso fue mi almuerzo.  Pasan dos mujeres que pintan volver del laburo, están buenas… ¡qué lindo sería!  Pero, ¿para qué soñar pavadas?  A lo máximo que puedo aspirar es a una buena paja llegada la medianoche en alguna calle lateral al borde de la General Paz; me voy a guardar en la memoria la facha de la más alta y culona a modo de inspiración.  Como cada día me asalta el mismo pensamiento perseguidor.  ¡Algo tiene que cambiar!  Desde que llegué de La Rioja mi vida es un parto seco.  Sin amigos, ni familia, ni laburo.  Puro extrañar mi pago del que me fui de caprichoso, sólo por llevarle la contra a mi viejo…

 

Envuelto en sus tristes pensamientos, el hombre joven tropieza con un señor de traje, corbata y maletín.  Seguramente es un tipo importante…

-¡Perdón señor!  Atinará a decir.

 

El otro, el hombre importante, se queda parado frente a él.  No hay disgusto en su expresión sino una franca expresión de estupor; pasan un par de minutos y el muchacho no sabe dónde meterse.  De pronto, su mente se ilumina: Un puto… seguro.  Si me propone algo le meto una piña…

 

Finalmente, el hombre importante reacciona y contesta:

-No tenés de qué disculparte hijo, sucede que estoy muy desconcertado…  Hace más de una hora que pasé por este lugar y no volví atrás.

 

 

por C. Fernández Rombi – 19 oct 2019

 

En el año 258, un cura estaba a cargo de los dineros del papado destinado a los pobres de Roma.  Para tal tarea lo había designado el Papa Sixto.  El cura se había tomado muy en serio su trabajo…  Para su desgracia y su gloria, el emperador Valeriano por decreto imperial ordena la muerte de todos aquellos que se declarasen cristianos.

 

Cuatro días antes de estos sucesos, el Papa celebrando misa en una catacumba romana, es sorprendido por la policía del Imperio y asesinado en el acto junto a los cuatro diáconos que lo acompañaban.  Nuestro curita, ausente en tan nefasta ocasión y nada tonto, al enterarse del crimen, cayó en la cuenta de que el próximo paso de Valeriano sería el incautado de los fondos bajo su custodia.

 

Rápidamente tuvo la confirmación de su sospecha: el Alcalde romano, amigo de lo ajeno, lo emplazó a entregar todos los bienes a su cargo.  El cura pidió un plazo de tres días para realizar una recolección completa.  Acordado que fue, se abocó de inmediato a la venta de cálices, candeleros crucifijos de oro y plata y todo aquello que aquella Iglesia perseguida tenía de valor.

 

El paso siguiente venía de suyo: entregarlos a los pobres y necesitados de Roma.  Al cuarto día, el Alcalde y su tropa se presentaron a reclamar su botín; pero sólo se encontraron con una multitud de pobres, ancianos, viudas, leprosos, mutilados y ciegos.  O sea, aquellos en los que el curita había dilapidado los bienes bajo su custodia.

-¡Pero…!  ¿Qué es esto?  Tronó indignado el dignatario romano.

 

Según relata el poeta Prudencio, el cura contestó con sencillez:

-Estos son los bienes más preciados y únicos del Reino de Cristo.

 

El burlado Alcalde no perdió su tiempo: ordenó encender un fuego; sobre él, una amplia parrilla de hierro; y encima, el curita de la mala decisión.  Luego de un buen rato de estar asándose, éste dijo a los soldados:

-Ya estoy asado de un lado, ahora vuélvanme hacia el otro así quedo asado por completo.

 

Los soldados del Imperio haciendo gala de buena educación, le hicieron caso y lo dieron vuelta… con lo cual queda demostrado que ya en esas épocas se tenía nociones del arte de un buen asado.  Cuando el cura sintió que el final estaba próximo, exclamó:

-La carne está pronta… ya pueden comer.  Y, con devoción, se puso a rezar por la conversión del Imperio.  Esto sucedió el l0 de agosto del año 258.

 

Un siglo más tarde, con Constantino I llegaría la difusión del cristianismo por toda la tierra.  El Santoral Católico dice que el l0 de agosto de cada año es San Lorenzo, diácono y mártir de la Iglesia.  Pero aquel día, era simplemente el cura Lorenzo cumpliendo con su fe y su mandato.  Agrega Prudencio, que mientras se asaba, el rostro del mártir exhibía un resplandor hermosísimo.

 

 

por C. Fernández Rombi – 25 oct 2019

 

Amanecí mal, sin ganas de dejar la cama.  Algo frecuente desde que me diagnosticaron.  Mi vida ya tiene fecha de vencimiento… y es más cercana de lo que quisiera.

 

Es natural que en esta condición un hombre analice su vida pasada.  Mi balance no me hace feliz, más frustraciones que logros.  Una infancia marcada por la timidez y la ausencia de mamá.  Una adolescencia dura de muchacho introvertido y carencias afectivas y económicas.  A los treinta años me casé… con pocas esperanzas.

 

Hilda Martino me lleva diez años, dotada de una fuerte personalidad e incipiente fama como escritora de cuentos para niños.  Siempre supe que me aceptó por el simple hecho de que los años se le venían encima y no tenía candidato a la vista.

 

En fin… hace unos días cumplimos diez años de casados, sin pena ni gloria.  Ella nunca me amó y mi amor incipiente se diluyó en el primer año.  Creo que por su desinterés y displicencia hacia mí.  Ese mismo día, el de mis bodas de estaño, fue en el que mis médicos me regalaron su lindo y letal diagnóstico.  No se lo comenté; tuve el temor de experimentar lástima de su parte.  Reunimos un par de amigos y algún que otro colega suyo, unos triples de migas, unos saladitos y un par de botellas de champaña…

 

Y eso fue todo.  Por la noche, ya a solas y escondida mi diagnosis del alcance de Hilda, tuvimos relaciones sexuales.  Habían pasado tres o cuatro meses de la última vez… El signo de nuestra pareja no es precisamente el fuego.

 

Y así va el resto de mi vida terrenal; trato de no centrarme en el  desenlace.  Por suerte no sufro de dolores intensos.  Sólo lo necesario para recordarme que “está ahí”.  ¡Estoy anonado!

 

Volviendo en auto de Entre Ríos, Pablo, mi único hermano, su esposa y Mabel de cinco años han tenido un accidente terrible en la Ruta 14.  Sólo Mabe quedó con vida, es la última de mi familia.  Desde que nació soy el tutor a cargo en caso de falencia de sus papás.  ¡Ahora sí, la situación me sobrepasa!  La niña ya está instalada en casa… pero para la estéril escritora de cuentos infantiles es una desconocida; aceptada, pero sin amor.

 

¿Qué destino aguarda a la pequeña y dulce Mabel?  Su tío, su único refugio, tiene cuerda corta.  ¿Cómo carajo soluciono esta mierda de tema?  Me olvido de mí mismo…  Sin tiempo para llorar.  Todos mis afanes están dirigidos a la sangre de mi sangre, la dulce y tierna  Mabel.  Ni pensar en Hilda.  Sus capacidades no están dirigidas a la crianza cariñosa de niño alguno, ha cumplido los cincuenta y su única preocupación es su éxito literario y mostrarse más joven de lo que es.  Por otra parte, nunca se relacionó bien con mi joven hermano ni con su esposa… ¡un desastre!  El tema me quema y se agrava día a día.  Cada vez que la veo a Mabe, que se abraza a mí con todas sus fuerzas y caigo en la cuenta de su indefensión, me siento aterrado.

 

¿Qué puedo hacer por esta niña?  Última oportunidad de hacer algo bien en mi vida yerma.  Luego de un par de meses, Mabe ha recuperado su sonrisa y su confianza en la vida.  Vivo en función de ella cada día y mis temores derivan en pánico.  Comienzo a experimentar dolores cada vez más frecuentes.  Acorralado por la situación de mi sobrina, decido hablar con Hilda.  Le cuento sobre mi salud.  Hay en sus ojos verdadera pena y comprensión, me abraza y solloza sin estridencias.  Creo que es el momento mejor de toda mi vida de matrimonio.

 

Pasada una hora de real comunión… saco el tema “Mabelita”.  En el acto noto que ni se le había ocurrido e, instintivamente, tira su cabeza un par de centímetros hacia atrás.  ¡Ya tengo su respuesta!  Mi niña no tendrá hogar.  Hilda Martino de Valdez me asegura su respaldo económico para la internación de la niña en el lugar que yo elija…  ¡Me cago en su alma!

 

No hay más tiempo, mis fuerzas disminuyen y es notorio.  Hilda, sin proponérselo, está cada día más ausente.  Se protege.  He perdido el rumbo; no sé qué hacer.

─¿Eduardo Valdez? ─pregunta la voz femenina y vacilante en mi celular; una vez que se lo confirmo, mi interlocutora prosigue─ Soy Marina Benzini, la vecina de su hermano, de Pablito…  Si no le molesta, me gustaría que nos reuniéramos con mi esposo en algún momento, en mi casa.  Sigo viviendo en la casa al lado de la que habitaba Pablo.

 

Sin entusiasmo ni esperanzas; sin saber para qué ni por qué, hago una cita para el día  siguiente.  Una hora antes de la salida de Mabe de la escuela donde está a punto de terminar el preescolar, llego frente a la casa donde viviera mi hermano desde el día de su boda y donde nació y creció Mabe, solo a dos cuadras de la escuela.  Imposible evitar una lágrima.  Pronto nos vamos a ver hermano.

 

Llamo en la casa de al lado y sale Marina, su vecina desde que se casó y alquiló esa casita de La Paternal.  Recuerdo vagamente un par de conversaciones ocasionales con ella.  Me hace pasar, su esposo aguarda y ella nos presenta con sencillez.  Es una casa bien puesta, sin lujos.  Se nota que son de una edad similar a la de Pablo y su esposa.  Ambos me caen muy bien.  Se los ve buena gente.

─¡Fido a cucha! ─es la orden para el salchicha que juguetea con mis cordones.

 

Sirven café, hablamos de trivialidades, luego me cuentan de la gran amistad que tenían con mi hermano y su esposa.  Comentan que se hicieron presentes en el velatorio sin haberme podido saludar.  Yo me había marchado para unos trámites en la seccional policial.  Agradezco.  Sigo sin entender el motivo de mi convocatoria a esta casa.  La mujer parece no saber cómo seguir la conversación, su esposo se hace cargo.

─Eduardo ─me dice en voz baja pero segura─ quiero ser totalmente franco con usted.  Martina ya le contó que hemos sido muy amigos de nuestros malogrados vecinos…  Omitió, tal vez por pudor, hablar del amor que le tenemos a Mabelita desde el mismo día en que nació.  Cada vez que Pablo y Elba salían, quedaba a nuestro cargo, lo cual nos hacía muy feliz.  Quizás porque Martina no puede tener hijos ─ella baja la mirada, como si él hubiese revelado algo vergonzante─, además…

 

El hombre calla como sin saber la forma de continuar.  Yo, expectante en grado sumo, trato de adivinar a dónde va a parar esta historia.  Lo animo:

─Por favor, continúe sin reparo alguno.

 

Ahora es él quien baja la cabeza.  Sin embargo, continúa con firmeza:

─Cada tanto me doy una vuelta por la escuela de Mabe… y la veo salir tomada de su mano.  El lunes pasado al no verlos, me acerqué a saludar a la señorita Norma, su maestra, y me comentó que Mabel tenía un ligero resfrío.  Todo hubiera quedado ahí si no fuera porque la noté apesadumbrada al hablarle de la niña.  Norma, a la cual conozco desde que Mabe inició el infantil (era yo quien la retiraba del colegio), me pidió que la esperara, que salía en cinco minutos y quería hablar conmigo.  Ya en el bar de la vuelta, con grandes reparos, me confió su situación de salud Eduardo, discúlpeme que toque ese tema tan íntimo, y que usted la había consultado acerca de alguna institución para Mabe…

 

Ahora el hombre no puede seguir, hay una especie de desesperación en su rostro, aparto mi vista y miro a su mujer, está llorando…  No necesito oír más.

─Por favor, cálmense… en veinte minutos estoy de vuelta.

 

Quiero hacer un pequeño experimento.  Retiro a mi sobrina unos cuantos minutos antes del horario establecido.  Noto su extrañeza de no ver mi auto y que la tomo de la mano y la llevo a su antiguo hogar.  La niña calla y aguarda.  Yo también.  Noto un temblor en su mano cuando pasamos frente a la casa.  Tocó timbre en el hogar de los vecinos y con todo cariño pongo a Mabe delante de mí.  La puerta se abre al instante, sale Marina e, incontenible, Mabel salta a sus brazos; ya adentro, el hombre se une al abrazo… el mismo Fido parece enloquecer de alegría.

 

Ayer a la tarde me internaron.  Sé que no hay salida, por suerte el dolor es tolerable.  Hace apenas unos días que la tutoría legal hasta la mayoría de edad de mi sobrina ha pasado a nombre de los Benzini, que han iniciado la adopción.  ¡Felicidades papás!

 

Me he despedido de Mabelita por mi partida a un largo viaje por Europa.  Hilda, se ha portado muy bien.  Estos días ha estado a mi lado casi de continuo.  Hoy tiene la presentación y firma de ejemplares de su último libro.

─Andá tranquila y disfrutalo ─le dije─, te voy a estar esperando.

 

Sin quererlo, pienso que ahora tengo tiempo para llorar.  Sin embargo, la sonrisa desde el retrato de mi sobrina que Hilda puso en la mesita de la habitación, me lo impide.  Después de tanto balance, ahora siento que mi vida tuvo un objetivo.

 

 

por C. Fernández Rombi – 12 oct 2019

 

Elba Sanpedro es una mujer solitaria… y no por elección.

 

Lo suyo, supera la denominación de soledad; carece de la facultad del  habla, también de familia y amigos.  Triste e incómodo cuadro de soledad crónica.  Tiene 43 años y es una mujer dulce, tímida y solitaria.  La timidez colabora con la soledad.  Mucho.

 

Desde la trágica muerte de sus padres en un accidente ferroviario a sus seis añitos, del que ella fue la única sobreviviente, ya no volvió a articular una sola palabra.  Su único contacto con el mundo es su prima, tres años mayor.  Ella, es su nexo con el exterior; pero Elba vive en Capital e Isabel en Adrogué…  Además de tener marido y tres hijos.  Sin embargo, es su respaldo y la que desde su empleo en la Embajada de Canadá le consigue trabajos de traducción de inglés y francés.

 

Elba es muy competente, sus traducciones son prácticamente perfectas.  Vive sola en un departamento a dos cuadras de la estación de Flores, sobre la calle Artigas.  Ordenado, impecable e inundado de la música de Ravel, de Litz, de Chopín, Mozart…  A veces hay un cambio y los boleros reemplazan a la música clásica.

 

No tiene pesares económicos pero… ¡está sola!

 

Hace tres años tiene banda ancha en su PC.  Ambas herramientas mágicas le cambiaron la vida mitigando su soledad.  El chat la capturó desde el inicio.  ¡Podía hablar con los demás!  ¡Podía relacionarse!  Todo su tiempo libre es para las salas de chat.  Al principio solo fisgoneaba y le subían los rubores con algunas propuestas subidas de rango; ahora participa activamente, tiene cuatro o cinco amigos con los que chatea a diario.  A nadie informa de su mudez.  Le han propuesto el conocerse en persona varias veces, pero justamente por ese ocultamiento, declina con excusas convincentes o no.

 

Elba no contesta las propuestas de sexo de todo tipo que recibe de hombres y mujeres, pero no puede evitar que le calienten la sangre…  Igual le sucede cuando viaja por las páginas eróticas que la ponen en ebullición; nada extraño si se sabe que a sus años continúa virgen.  Deja de lado las del porno duro, le causan repulsa instintiva.  Las otras, en cambio, le recuerdan que el sexo existe…  Aunque no para ella.

 

Aparece un nuevo amigo <Rubuenazo–39> en una sala de Argentina que ella no solía frecuentar.  Lleva un año chateando con él, se comunican a diario y saben casi todo uno del otro.  Hay “química virtual”.  Rubén Córdoba tiene cuarenta, vive en la Boca, es arquitecto en una constructora de Capital…

 

Es tan dulce y ocurrente, tenemos el mismo gusto por la música clásica y la lectura de Borges, Sábato, Fuentes y Cortázar.  También, ambos fuimos impactados por la novela de Fernández Rombi: “Martina… y los Años de Plomo”.  En realidad, conocí esa obra gracias a Rubén y me apasioné con su lectura desde las primeras páginas.

 

Rubén ignora que Elba es muda; y ella, que él es casado, inmerso en un matrimonio tormentoso con una mujer hermosa, posesiva y celosa mal.  Él sugiere de continuo agregar una cámara y voz a sus conversaciones; a lo cual, obviamente, ella se opone.  Se conocen por el agregado de sus fotos y están mutuamente prendados.  Rubén aprecia las finas facciones de la mujer y la dulzura de carácter (el lado más flaco de su esposa); y Elba, a un hombre de rasgos regulares y sonrisa franca, del que ya está perdida y totalmente enamorada.

 

Pobre amor sin destino… jamás me animaré a revelarle mi mudez.  Y si lo hiciera, él reaccionaría huyendo.  La presión para que nos conozcamos es cada día mayor; presiento que Rubén se está enojando y que piensa que hay un hombre en mi vida…  ¡Oh Dios!  No sé qué hacer.  Para colmo, ahora insiste en conocer mi voz y quiere que le dé mi número telefónico, además  me pasó su número de celular para que lo llame…  ¡No puedo más!

 

¡ElbaSan2009* se desconecta del chat!  Rubén desespera ante ese silencio virtual que no entiende.

 

No hay duda de que tiene un impedimento y grande…  Seguramente está casada.  ¡No importa!  ¡Debo verla… quiero verla!

 

Del chateo, Rubén tiene una idea más que aproximada de la zona de Flores que habita su amor.  Ella comentó varias veces que hace un par de cuadras para cruzar las vías y ya está en la Plaza Flores; la cruza y va a misa todos los domingos a la Basílica San José de Flores, frente a la plaza.  Toma su decisión: se va a plantificar todos los domingos que sean necesarios hasta que la vea; imagina que, aunque su experiencia en la iglesia es nula, esas misas de domingo en la Basílica deben ser multitudinarias.  Es un hombre obstinado.  Ahora, con mayor motivo: en estos tres meses que Elba permanece ausente, su matrimonio ha terminado en muerte total y ya comenzaron a intervenir los abogados para el divorcio de mutuo acuerdo.

 

¡Por fin, libre!  Ya no aguantaba más el carácter y la malicia de Lorena…  Tuvimos tres años de felicidad y siete, para mí, de infierno total.  Aunque nunca llegue a nada con Elba, éste final debía darse…  Además, no hay hijos que nos aten.  Lorena nunca los quiso… tampoco jamás me dio una explicación válida.  Vaya a saber…  Se comparte la vida con una mujer y se ignoran cosas trascendentales; misterios de los seres humanos.  Como el mío propio: estoy enamorado de una mujer algo mayor que yo, a la que solo conozco de internet y unas fotos… y que ha cerrado todo contacto conmigo.  Hasta su dirección de mail dio de baja.  Misterio.  La vida es un misterio difícil de descifrar…  Debería ser más sencillo.  ¡Carajo!

 

Es domingo, acaba de terminar la Misa de 8.  Rubén, ansioso, escudriña los fieles que se retiran; a esa hora escasea la feligresía.  Sin embargo, nada.  Elba no aparece o él no la ve.  Abandona su puesto de vigilancia y va a la confitería de Rivera Indarte y Rivadavia, a 50 metros de la Basílica.  La próxima misa es a las 11 y él estará presente.  Distrae su tiempo leyendo los diarios del domingo que provee la confitería y tomando café.  A las 10 y 45 está nuevamente en su puesto, ahora la afluencia es mucho mayor…  ¡Y nada!

 

La ceremonia termina a las 12 y 05.  ¡Es una multitud la que sale!  Sus ojos se multiplican sin éxito.  Cuando la Avenida Rivadavia queda vacía, desesperanzado, decide entrar al templo para conocer la belleza de una de las basílicas más hermosas de Buenos aires y, después de veinte años, rezar un poco.

 

Aunque más que el Padrenuestro no recuerdo, pero mal no me va a venir y además voy a pedirle a Dios la gracia de encontrarla.

 

No más de diez personas quedan en el templo, el hombre observa la magnificencia del altar central presidido por la Virgen con el Niño.  Su vista gira distraída sin saber bien qué actitud adoptar… ¡y la ve!  Elba, se levanta de un reclinatorio lateral y comienza a irse.  El hombre, de presencia no advertida por la devota, presuroso, sale antes y espera.  La mujer pasa ante él sin verlo.  Él la observa arrobado: por su paz interior, su apenas insinuada sonrisa, su hermosura de mujer madura.  Camina unos cuantos pasos detrás de ella sin saber bien qué hacer ni qué actitud adoptar…

 

¡Dios mío, ayudame!  Elba parece tan grácil como una muchacha.  Bueno, es ahora o nunca… ¡vamos!

 

Se adelanta hasta enfrentarla.  Sin clara intencionalidad, la toma de ambas muñecas y con una cálida sonrisa en su rostro.  Lleno de esperanzas...

─Elba, perdoname si te seguí… pero no podía vivir más sin vos ─la mujer no retira sus manos; apenas reconocido el hombre que ama, una expresión de intensa alegría invade su rostro.  Que, inmediatamente, es cambiada por otra de angustia al caer en la cuenta de que no puede contestarle.  Rubén se sorprende ante un cambio tan notorio, pero no suelta sus manos.

─Por favor, no quiero lastimarte, soy capaz de soportar cualquier cosa, pero por favor te imploro, decime qué te pasa…

 

Una hermosa mujer con los ojos arrasados por las lágrimas, lleva su mano derecha, hacia su garganta e indica con claridad donde está el problema.  Él, en el acto comprende.  Vacila un instante, luego desprende sus manos que ahora se transforman en un abrazo cálido e interminable.  Así permanecen largo tiempo, en pleno mediodía porteño, a unos pasos de la iglesia, entre la mirada indiferente de los unos y comprensiva de los otros.  La toma con suavidad de los hombros y la conduce a la confitería.  El hombre habla sin interrupciones contando el infierno que ha pasado sin ella, el inicio de su divorcio y un montón de cosas de su vida, su hermano casado, sus dos sobrinos…  Y que va a aprender el lenguaje de señas en tres meses…  Y de pronto, cae en la cuenta de que está parloteando sin demasiada ilación ante la mirada apacible de aquella que lo escucha arrobada.

─Perdoname Elba, me fui de boca; debo parecerte un loro parlanchín…  No me preocupa lo más mínimo el hecho de que no puedas hablar.  Además, vos debés saber que entre hombres es moneda corriente decir que lo mejor que nos puede pasar es tener una mujer que no hable; o sea, que… ¡soy un bendecido!  ¿No estás de acuerdo, mi amor? ─ella asiente con un gesto, mientras su sonrisa que ha sido permanente se acentúa dándole una luz inusitada a su rostro.  Ahora es Elba la que toma las manos del otro.

─En realidad, ElbaSan 2006, hay una sola cosa que me causaría dolor  ─la voz de Rubén vacila─, saberte casada o enamorada de otro hombre.

 

Elba abre su cartera y saca el block con lapicera que son acompañantes fieles de su falta de comunicación con el mundo.  Escribe un minuto, impidiendo con su mano izquierda que Rubén, que estira el cuello tratando de espiar, pueda hacerlo.  Luego lo da vuelta hacia él: “No estoy casada y nunca lo estuve y… ¡sí estoy enamorada!  De un hombre amoroso que se llama: <Rubuenazo-39>”

 

Aquel que se ha quedado sin palabras, con delicadeza arranca la hojita del block la dobla en cuatro y la introduce en el bolsillo de su campera.  Esa noche, luego de un día y una tarde juntos que se les va como agua entre los dedos; entre caricias, besos y mimos; frases orales y otras escritas en un block que debe ser inevitablemente reemplazado… una mujer ignorante del amor físico entrega su virginidad al hombre que vivía en sus sueños desde la adolescencia.  Y lo hace total e íntegramente con la pasión misma de una muchacha que se entrega a su primer amor.

 

Elba y Rubén están a punto de cumplir el primer año de amorosa convivencia, no ha habido una sola nube en su romance.  Siguen comunicándose, mientras él está en la oficina, a través del whatsapp.  Rubén aprendió el lenguaje de señas y lo maneja a la perfección (aunque le llevó más de tres meses) y deciden casarse.  Él ya tiene su sentencia de divorcio; y como sólo tenía unión civil, es un hombre libre que decide que para Elba el solo Registro Civil sería insuficiente.  Fijada la fecha, se dirige a la Basílica para pedirle al Padre Guilbert, del que se ha hecho amigo luego de acompañar a misa a Elba todo el año, que en una sencilla ceremonia religiosa los case en un día de semana.  Sin pompa de ninguna naturaleza.

 

Ese jueves bendito ha llegado.  Sobre las 18 horas un torrente de agua cae sobre Buenos Aires, suceso que no parece importar en lo más mínimo a los novios, que esperan al sacerdote tomados de la mano.  Ante la sonrisa indulgente de un puñado de invitados: los padres del novio, su hermano, esposa e hijos; y la prima de la novia, Isabel, con su esposo y los hijos.  Por fin, se presentará el Padre Pedro Guilbert, sonriente y con una disculpa en los labios:

─Chicos, les pido perdón pero tuve una par de venerables ancianas que tenían más pecados para confesar que veinte prestamistas juntos…  ¿Están listos?

 

Los novios se ubican ante el imponente altar de la Basílica, que impresiona menos al no estar la iluminación a pleno.  Hay una cuasi penumbra realzada cada tanto por el brillo de los relámpagos cuya luz se cuela en el interior del templo.  El Padre Guilbert le aclaró a la pareja, en forma previa, que para el consentimiento de la novia bastará con un gesto de afirmación.

─Rubén Alcides Córdoba, ¿aceptas a Elba Sanpedro como tu legítima esposa prometiendo honrarla y cuidarla tanto en la prosperidad como en la pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándola y respetándola hasta que la muerte los separe?

─¡Sí, acepto!

─Elba Sanpedro, ¿aceptas a Rubén Alcides Córdoba como tu legítimo esposo prometiendo honrarlo y cuidarlo en la prosperidad como en pobreza, en la salud como en la enfermedad, amándolo y respetándolo hasta que la muerte los separe?

─¡Sí, acepto de todo corazón!

 

Es una voz clara, dulce y firme la que ha respondido sin vacilación alguna.  Los novios se unen en un beso interminable.

 

"El rasgo esencial de la mudez selectiva es el fracaso persistente a hablar en situaciones sociales comunes o específicas donde se espera la comunicación oral.  Otros rasgos asociados pueden incluir: timidez excesiva, miedo al ridículo social, aislamiento y reclusión social, poca independencia, rasgos compulsivos, rabietas u otros comportamientos de control o de oposición, especialmente en casa".

“La mudez selectiva/optativa es una condición distinta al autismo, pero en ciertas circunstancias se puede considerar una forma menor de autismo o una manifestación de un tipo particular de comportamiento autístico”.

Reflejos, aprendizaje y comportamiento, de Sally Goddard.