El moño fucsia

por C. Fernández Rombi

02 ene 2018

 

 

Ha tenido un buen día en la Bolsa de Valores. Las fluctuaciones esta vez jugaron a su favor. La vida le sonríe. Hoy dejará el Microcentro temprano, el día ya está bien ganado. Quiere llegar pronto al country y festejar con ella.

 

Su nueva esposa lo rejuvenece. La ex ha sido desechada después de veinte años.

 

El divorcio salió un toco pero… ¡valió la pena! Verónica es joven y una belleza cálida y sensual como la putísima madre. Mis amigos, casi todos veteranos, se babean y me envidian. ¡Mejor! Que sufran y aprendan.

 

Pasa por la Viegener, La Bombonería de Recoleta, bombones italianos. Y luego por Bodega’s, dos botellas de champagne Belle Epoque, de Perrier-Jouët .

 

¡Hijos de puta, me afanaron lindo! No importa… esta noche será espectacular.

 

Al traspasar la guardia del country, aprecia el respeto de la expresión del empleado. ¡Negro de mierda! Con su habitual tono campechano, dirá:

 

-¡Hola Alejandro! ¿La familia bien?

-¡Excelente, don Mario! Que termine bien el día.

 

No puede evitar pensar, como cada día al regresar y dedicar unos minutos a verla, que su cabaña es la mejor de “Los Lagartos”. Satisfecho, entra. El recibo, el estar y la cocina, enorme y casi disparatada, están desiertos. La imagina recostada o tomando un baño de sales y aprestándose para su llegada.

 

Voy a reventar como un sapo de puro contento…

 

Sube y ve la puerta de la suite abierta. Tirada en la entrada hay una campera de jogging. Recién ahora, una leve luz de alarma comienza a encenderse en su mente.

 

Se acerca y la levanta. El nombre bordado reza: “Willy López”. El instructor de tenis, el hombre más atractivo del country. Entra en silencio. Innecesario, ya que las dos personas que se aman sobre su cama King Size, están de momento fuera de este mundo. Enardecidas y frenéticas.

 

Baja en silencio y se sienta en su sillón preferido, un lujo de ébano y cuero de antílope. Su mirada vacía recorre el living de doble altura. Finalmente, quedará clavada en el moño fucsia de La Bombonería…

 

El moño fucsia… el pomposo moño fucsia… ¡y la reputa madre que te parió!

 

El Laucha

por C. Fernández Rombi

23 dic 2017

 

 

-¡Parece una laucha!

 

Fue el primer comentario de Miguel -veinte años antes- al recibir de la enfermera a su primer hijo en la Maternidad Sardá.

 

Y debió ser así nomás; cómo no estuve presente, no puedo dar fe. La cosa es que, a pesar del nombre pretencioso con que lo bautizaron -Rafael Maximiliano Pérez Llano- para todos siempre sería “el Laucha Pérez”.

 

A sus veinte, esmirriados metro sesenta de estatura y cincuenta y pico de kilos. Es el saldo de una venta de saldos en una tienda de barrio. Nadie se ha preocupado demasiado por él; tal vez sí, su mamá los primeros añitos, pero luego llegaron tres hermanos... y, por esos designios incomprensibles del destino, los tres, candidatos a cualquier concurso de bebés de la tele.

 

Miguel, frente a sus amigos, se acostumbró a su propio chiste malo: “El Laucha fue un polvo mal echado”. Era, creo, una especie de disculpa por ser el padre del muchacho. El apelativo marcó la vida del pobre pibe. Pasó la primaria y la secundaria a los tirones. El desprecio era tan generalizado, que incluso algunos profesores lo llamaban así. Ahora, a partir de su cumple número dieciocho, ha comenzado un proceso de cambio que no es advertido ni por familia ni “amigos”. Está acumulando rencor.

 

El niño de antes, el muchacho de ahora, está viviendo una transformación peligrosa y nadie lo advierte. Tiene que terminar mal... para sí mismo o para alguien más. El resentimiento, antes de transformarse en rencor, lleva su tiempo. En el caso del Laucha, ese resentimiento empezó a gestarse en la primaria, cuando sus compañeros lo cargaban gritando en el recreo: “¡Guarda que viene el Laucha...! ¡Si muerde la pelota la pincha!”. Y siguió, y siguió, sin que él mismo tomase nota. Hasta el mismo día de su cumple número dieciocho.

 

Se había juntado en el cordón de la vereda de su casa con cinco o seis de sus “amigos”. La madre le había preparado un bizcochuelo y tres cocas de dos litros, un par de turrones y unos vasitos de plástico. Tal su fiesta. Sin embargo, lo estaba pasando bien. Hasta el momento en que escuchó esa frase de uno que quiso hacer un chiste: “Boludos, hasta las lauchas cumplen años”.

 

Ese fue su punto de inflexión. A partir de ese momento, todo, desde una  humillación real hasta la mínima broma inocente, era ingresada por su mente en la virtual columna del Debe de su vida. A los dos años del crecimiento sin pausas de esa columna, estaba convencido que era el tiempo de cerrar el balance... o, por lo menos, ingresar algo en la del Haber.

 

Le sobraban candidatos. Su imaginación, penosamente, buscaba el de mayores merecimientos. Le llevó tiempo, pero en cuanto se le ocurrió fue una certeza indubitable: “El Laucha fue un polvo mal echado”. Esa frase desgraciada, que su padre usaba como muletilla y que pretendía ser una gracia ante sus amigos, y a veces, incluso con la mamá, lo había perseguido desde que era un chiquilín.

 

“Ese hijo de puta me marcó para toda la vida... Ahora lo va a pagar.”

 

Cumple el primer año de una condena de reclusión perpetua. En el momento en que el guardia cárcel lo presentó a sus futuros compañeros de penal, dijo:

 

-Esta es la rata que asesinó a su padre…

 

Finalmente, Rafael Maximiliano Pérez Llano, dejó de ser El Laucha, ahora lo llaman: La Rata.

 

 

“El rencor, es un sentimiento de enojo profundo y persistente; un resentimiento arraigado que desequilibra y enferma la mente” (Psicología del rencor)

 

1.- Homicidio agravado por el vínculo y por la relación con la víctima. Art. 80: ‘Se impondrá reclusión perpetua o prisión perpetua, pudiendo aplicarse lo dispuesto en el artículo 52, al que matare: 1. A su ascendiente, descendiente, cónyuge, ex cónyuge, o a la persona con quien mantiene o ha mantenido una relación de pareja, mediare o no convivencia’” (Código Penal Argentino)

 

 

Alguien está mirando

por C. Fernández Rombi

03 dic 2017

 

 

Alguien está mirando, siempre.

 

Condición que ha marcado toda mi vida. Nací y me crié en la periferia del barrio de Mataderos. Que no es, precisamente, el mejor lugar del mundo para una mocoso de quince años.

 

Arranco en esa edad porque fue la del inicio de mis raterías; en casa éramos varios y la plata nunca alcanzaba. Bien es cierto que la comida no faltaba… pero para todo lo demás, me las tenía que rebuscar.

 

Mi hermano mayor ─yo era el menor de los cuatro─ trabajaba en el Banco Nación y aportaba unos mangos a la casa. Las mellizas, Aída y Dalma, cercanas a los veinte, “hacían la calle”, aunque de “eso” en casa no se hablaba. La vieja estaba convencida de que laburaban en una tienda y, creo, que mi hermano también se la creía. Pero yo, que vagaba todo el tiempo, las había visto más de una vez, hacer la transacción y luego subirse al auto que se les había arrimado. El tema no me molestaba, ellas hacían su vida y yo la mía.

 

A los dieciséis ya era un ratero experto. Celulares y billeteras en el tren Sarmiento en las horas pico, tablets y alguna que otra notebook en los negocios de la avenida Juan Bautista Alberdi. Me ayudaban mi físico mezquino y mi forma de moverme, huidiza y mirando el piso. También me ayudaba yo mismo. Me vestía limpio y sencillo, no había nada en mí que llamara la atención ajena.

 

Alguien está mirando, siempre.

 

El día de mi cumple número diecisiete me iba a hacer un buen regalo. Hacía un par de meses que venía planeando “algo grande”; había visto un día a eso de las seis de la tarde, un Ford Mondeo estacionado frente a un negocio de computadoras, cargar unas “compus” de las más caras. Desde ese día comencé el estudio previo.

 

Era ideal, casi matemáticamente día por medio alrededor de la misma hora el Gordo cargaba merca de lo mejor en el baúl del Mondeo, luego se iba hacia el bar sobre la misma cuadra a tomarse una latita de birra. Tiempo empleado: quince minutos… ¡No me servía!

 

Había practicado en un par de esos autos: silenciar la alarma y abrir el baúl me llevaba unos seis minutos, más cargar la merca en un changuito de supermercado (que me había afanado antes) y desaparecer sin hacer escándalo, por lo menos veinte… ¡No me servía!

 

Tenía que armar una distracción... Dalma, la más cararrota de mis hermanas era la solución. Era fácil, estar unos minutos antes de esa hora en el bar del gordo y su birra, vestida como para su laburo habitual, un par de sonrisas, un rato de charla y luego...¡que hiciera lo que quisiera con el Gordo!

La convencí con facilidad. Era eso o contarle a la vieja de su laburo, además le dije que el Gordo tenía facha de calentón, travieso y con mucha guita; en una de esas... ¡se conseguía un cliente flor y truco!

 

(Agregado sin importancia: un año después de estos sucesos, “el Gordo” le ponía un lindo bulín a la Dalma que, gracias a él, ya había dejado de “hacer la calle”. A la final... ¡la laburé de Cupido!)

 

La tarde de mi gran negocio todo se daba tal y cual lo había planificado. Abrí el baúl del auto y empecé a cargar la merca, pero...

 

Alguien está mirando. Siempre.

 

Cargaba la última notebook, cuando el viejo del negocio de enfrente (¡tremendo hijo de puta! La avenida tiene treinta metros de ancho) cruzó zigzagueando entre el tránsito y gritando desaforado:

 

─¡Ladrón! ¡Ladrón...! ¡Agarren al ladrón!

 

Me agarraron entre tres o cuatro que pasaban y en instantes eran un montón dándome piñas y rodillazos. Me rescataron mi hermana y el Gordo.

 

Final: ¡pasé mi noche de cumple en cafúa!

 

Base por altura sobre dos imperdonable

por C. Fernández Rombi

13 dic 2017

 

 

Llamaré a nuestro héroe -circunstancialmente- Juancito. Su nombre real es bastante más sofisticado. Tiene treinta y uno, es soltero, alto y de agradables facciones. Además, un sujeto querible, con una buena actitud, sea en su trabajo o en la casa de familia en la que renta un departamento en la terraza. No bebe, no consume drogas; ahora, hace unos meses, hasta dejó de fumar… En fin, un muchacho normal y recomendable, si los hay.

 

Dejó la casa paterna en Olavarría por haber conseguido conchabo en una empresa de seguridad en el centro de Banfield. Y por eso, lo de alquilar en las cercanías del trabajo.

 

Empezó, hace cuatro años -época en la que vino a vivir a casa-, como agente de la empresa para vigilancia de uniforme en distintas oficinas o comercios. Enseguida, dada su inteligencia y cumplimiento, lo pasaron a administrativo con ciertas responsabilidades; además, ha comenzado a estudiar administración empresarial. Estaba, en ese momento en el cual ambos nos conocimos, de novio con una buena chica -celosa y posesiva-; la dejó, justamente, llevado por esas dos características podridas del carácter femenino ya apuntadas entre guiones.

 

Y ahí, empieza esta historia.

 

Luego de esa ruptura, nuestro Juancito, con una especial habilidad para no estar solo, enhebró una serie de noviazgos de corta duración. En general, y dado que conocí a la mayoría de las desfilantes (del verbo desfilar; ellas desfilan; ergo, son desfilantes), debo reconocer -alguna vez y hace tiempo, supe ser un experto en el tema- que se trataba de jóvenes y bonitas muchachas. Tengo la certeza de que ninguna de ellas tenía más allá de los dieciocho. Tal vez, influía en la juventud de sus conquistas, la apariencia juvenil de Juancito: barba de pelusa y expresión franca y aniñada.

 

Hace dos años, concluiría la sucesión de chicas por el domicilio de nuestro héroe. ¡Había aparecido Sandra!

 

Mujer de treinta y cuatro, de baja estatura y que, seguramente, nunca habría de ganar un concurso de belleza. Sandra es una de esas personas que, dotadas de fuerte carácter, nunca te miran a los ojos; tampoco, nunca se ríen en plenitud… Además, venía acompañada de tres hijos, de diferentes padres. ¡Flor de joda!

 

El más chico, aún de brazos, un varón de doce y una nena de catorce -nótese que me sigo refiriendo a dos años atrás-. Es decir, súbitamente, como en un pase de magia, el galán de Banfield, sin compromiso ni ataduras, se convertiría en “padre de familia” y, nada menos... ¡que de tres! Un bebe y dos adolescentes. Bien podríamos decir que nuestro hombre había dado una vuelta de campana -y sin deseos de meterme en política-, un cambio radical.

 

Ya en la primera semana de este tórrido romance, caí en la cuenta de que mi joven protegido se había encontrado con el amor. O, tal vez, sería una definición más apropiada; “con un metejón de aquellos”. Juancito lo llamaba: “el amor de mi vida”. Si un joven libre y en un camino de ocupaciones para mejorar su vida, se hace cargo abruptamente, de tres hijos ajenos… tal vez, yo, el de mayor experiencia, debiera aceptar su forma de llamar al bruto metejón, como amor de su vida. Pero…

 

Avanzando este relato veremos que, desafortunadamente, el más viejo tenía razón. A partir de Sandra y sus hijos, la vida de Juancito cambió en forma notoria. A veces, estaba una semana entera sin aparecer por la casa, enconchado -si se me acepta el gráfico vocablo- en el cuasi rancho en el que vivía la familia de Sandra. Llegué a saber que, ni el hoy imprescindible artefacto llamado heladera, tenía esta mujer que solía hacer changas de limpieza a domicilio para subsistir. Demás está decir que, de inmediato, Juancito empezó con los aportes económicos a su nueva familia.

 

A tres meses vista de iniciada la relación, mi joven amigo llegaría a casa una noche, sangrando del hombro y su blanca camisa hecha un trapo rasgado y manchado de sangre. La cuchilla había buscado el pecho y encontrado el hombro, ¡gracias a Dios! Lo auxilié de inmediato y me di cuenta de que su estado de nervios aconsejaba no interrogarlo de momento.

 

Al día siguiente ya era inútil. Se había revestido de una capa de silencio: no quería oír aquello que, bien comprendía, iba a oír. De lo poco que le pude sacar -en mi descargo: me interesaba más el aconsejarlo que la curiosidad-, poco y dudoso para contar. Me quedé nadando entre dos aguas. Habló mucho y se contradijo más aún. Una, la que él insinuaba, una reyerta con esta Sandra de nada apacible carácter. Otra, la más creíble, la última pareja de la mujer lo quería “correr del rancho”.

 

Interpreté que ya era hora de intervenir, de palabra, por supuesto; no tengo sobre él otra autoridad más que mi experiencia de vida y el hecho de estimarlo profundamente. Como ya están imaginando le brindé todos los consejos posibles, tomando como asidero-base, que esa relación no le convenía en absoluto. Como ya están imaginando también, su reacción fue la de aquel que oye una suave lluvia en un día en el que no tiene que salir a la calle. Cero.

 

Casi cumplido el año de ese romance, Juancito anuncia que Sandra está embarazada. Pocos días después, se cae por casa tarde en la noche, con un brazo roto en dos partes. Pálido, dolorido, demudado, nuevamente se encerró en el silencio. Sin embargo, en esta ocasión, sí me incliné por una paliza de la dulce y grácil Sandra. Ese brazo, bajo tratamiento clínico más de tres meses, nunca quedó ni va a quedar bien. Está semirrígido.

 

De ahí en más, la presencia de la familia -Juancito, Sandra y sus hijos-, empezó a ser habitual en casa. Para ese entonces, la hija mayor, Cecilia, había cumplido los quince y apuntaba a ser una hermosa mujer. Más alta, más fina, más bonita, más dulce que la madre…

 

Nació la nueva heredera, una hermosa beba que, por suerte, era más parecida al papá que a la mamá. Juancito, durante unos meses supo venir con su bebé y Cecilia por casa y quedarse algunas horas. A veces, demasiadas… Difícil de entender... O muy fácil.

 

Se gesta el drama

Mi sucia mente de veterano experto en correrías tuvo un feo pensamiento, por llamarlo de alguna manera. Lo alejé, y no sin esfuerzo, de mi mente podrida. Aunque, íntimamente, sabía que, inexorablemente, el tiempo me daría la razón.

 

Al cumplirse el primer añito de la beba -le regalé la sillita de comer-, Juancito anunciaría que Sandra, la cual para este tiempo ya había dejado de ser el “amor de mi vida” y con quien se estaba llevando a las patadas –literalmente-, está nuevamente embarazada…

 

Bien… ustedes ya supondrán, todo lo que hable con él. Bien… ustedes ya supondrán, la bola que me dio.

 

Para este momento, el tercer mes de embarazo de la segunda heredera, las visitas de la beba y su hermana Cecilia, volvieron a hacerse frecuentes. El padre, su hijita y su hijastra, tenían prolongados encuentros; aún en días laborables. Lo cual llevaba a pensar, sin mayor esfuerzo mental, que Juancito estaba descuidando su trabajo… y, algunas cosas más.

 

Faltando un mes para el nacimiento de la segunda hija -Sandra ya no venía por mí casa- renové la heladera y Juancito decidió comprarme la usada. “La voy a llevar a la casa de Sandra, para que las nenas tengan alimentos frescos”. La heladera se la llevó el flete un día sábado. A lo largo del domingo supe, por los movimientos en la planta alta, que Juancito estaba en casa. Era raro un domingo completo; deduje que tenía visitas. No me equivocaba.

 

Estoy en el living de casa, que da al jardín del frente, a punto de concluir la cena. Oigo que un auto se detiene en la entrada -mi calle es del tipo desértico-, el remís venía a buscar a alguien, en la cocina me cruzo con Juancito y una mujer joven y muy hermosa; me saludan y salen. Ella era la pasajera para el auto de alquiler, Juancito cierra la reja y vuelve a entrar. Una idea funesta se instala en mi mente; me digo a mí mismo que “eso” no  puede ser, que desvarío, que tomé -con la comida- una, tal vez dos, copas de más…

 

-Juancito… ¿te puedo preguntar algo acerca de esta chica que acaba de salir?

 

Ya no necesito respuesta, el rubor en su cara, lo dice todo. ¡Es Cecilia… la hermana de sus hijas! ¡La hija de Sandra! En un año, la adolescente se convirtió en una mujer magnífica… ¡que los parió! Coincidirán conmigo que algo tenía que hacer… o, al menos, intentarlo.

 

-Juancito, necesito hablar con vos… ¿puedo subir?

 

No sentamos en su cuarto. Él, sobre la cama, con las piernas a lo buda y la espalda apoyada en el muro; yo, en una silla.

 

-Quiero pensar -uso un tono mesurado y bajo- que se te aflojó una tuerca, para decirlo con suavidad. Hijo, no te podés meter en semejante despelote…

 

Vacila unos minutos -yo ya no voy a hablar hasta que lo haga él-, luego:

 

-Carlos… Cecilia, es “el amor de mi vida” -esta frase me sonó conocida… ya me voy a acordar de donde-. Sabemos a lo que nos exponemos… Sandra se va a poner furiosa… Ya tuvo un ataque hace unos meses cuando algo de lo nuestro se imaginó… destruyó media casa. Ambos sabemos que es capaz de cualquier cosa. Vamos a dejar pasa un año o dos… Dejamos de tener sexo con la Sandra, hace meses… Esperaremos con Cecilia que se tranquilice y después veremos cómo nos arreglamos. Pero, créame Carlos, Cecilia es realmente “el amor de mi vida”; a veces estamos callados un rato y cuando nos interrogamos… ¡Estábamos los dos pensando lo mismo! ¡Nunca me había pasado algo como esto… es genial! Nos hemos cuidado especialmente hasta ahora de no tener sexo y…

 

(¿Será cierto…? Hummm) ¡Pobre Juancito! Siguió perorando un rato más en el mismo carril ferroviario fuera de servicio. Lo dejé seguir y seguir, solamente para que se relajara... Ahora, ¡tenía que bajarlo de la nube! Además, ya era la medianoche y me estaba dando sueño.

 

-Juancito querido, me parece que estás meando afuera del tarro… ¡muy afuera! Sandra es el más chico de tus problemas. Si por cualquier avatar del destino, la pobre se muriera esta misma noche, seguirías en la misma situación sin solución.

-¿…? -aún no cayó; ergo, los grandes metejones le nublan la razón.

-Querido y joven amigo: ¡Cecilia es la única mujer del mundo prohibida para vos!

 

Calla. Sus ojos se abren más de la cuenta. Aún no entiende. Su espalda se apoya más firmemente contra la pared. Espera mi aclaración -que estoy seguro, cualquiera de ustedes le podría dar-. Sigo, ya no puedo detenerme... en su propio bien, en el de Sandra, en el de la enamorada Cecilia y en de los hijos… presentes y futuros.

 

-Primero, y este es un tema menor, “el amor de tu vida” tiene dieciséis años, o sea, es menor de edad, con lo cual, simplemente estás en situación de abusador de menores…

-Carlos, ella está de acuerdo, nos queremos… -Lo corto, ¿para qué perder el tiempo?

-Si Sandra o cualquiera -no lo nombro porque no lo conozco, ni siquiera sé si existe, pero pienso en el padre de Cecilia, o en el último hombre en la vida de Sandra- te denuncia, vas en cana, sin importar la opinión de la chica… ¿capisce? Juancito, de todas formas, te aclaré que éste, siendo una probabilidad tremenda, es un  tema menor…

-Carlos, lo demás ya lo hablamos Cecilia y yo… no hay consanguineidad alguna y…

-¡Claro que no! ¡Entre ella y vos, no! Pero los futuros hijos de ustedes van a ser hermanos entre sí y sobrinos de Cecilia al mismo tiempo -su espalda ahora parece penetrar en el muro de mampostería; y sus ojos, son platos soperos, grandes y profundos. Debo terminar y ponerle un moño a este paquete que le estoy brindando-. Además, y para completar el bonito cuadro: ¡Sandra será la abuela de los hijos que tengan…! ¿Lindo no?

 

El resto de la conversación fue de relleno. Darle ánimos de mi parte y oír, de la de él, cómo podía ser que nunca en tantas charlas de futuro que tuvieron con la chica, se les hubiere ocurrido pensar en esas menudencias. En fin… conclusión: sin que se lo pidiera, prometió hablar con la niña (¡minón infernal!) y cortar totalmente el tema ─creo que le creí.

 

¡La gran pucha…! ¡Cómo pasa el tiempo! Va para un año que no releía estas líneas. Hoy, jueves a la tardecita, estuve en el penal. Por supuesto, previamente debí tramitar la “tarjeta de admisión obligatoria de visitas”, y luego comerme la cola de acceso. Me llamó la atención la preeminencia de mujeres sobre hombres entre los visitantes. ¡Total y abrumadora! Mujeres de todo tipo y edades, con chicos, embarazadas, mayores con expresión de “sufrida visita habitual”; era notorio como las mujeres mayores solas, se saludaban como viejas amigas. También destaco el hecho de que, en su gran mayoría, se trata de gente humilde. De ahí, me surgió un pensamiento filosófico -nada habitual en este humilde servidor-: las mujeres son la malla central de armado y sostén de la familia. ¿Qué tal?

 

Me avisan que en diez minutos viene Juancito. Ratifico para mis adentros el propósito que me he formulado una y otra vez desde el día aquel en que Sandra  lo denunció por abuso de menores: no decirle una sola vez, el famoso y antipático, “yo te lo dije”. Esta frase es cruel para el que la recibe y, además, no le sirve para nada. Ahí viene el Juancito; más flaco y triste expresión, hará un esfuerzo para mostrarme una sonrisa. Inútil.

 

-¡Hola Carlos…! ¡Gracias por venir! Siempre me acuerdo de sus consejos y lamento de no haber hecho caso… En mi vida había pensado estar preso y… ¡seis años! ¡Seis años! No sé si voy a aguantar… no sé…

 

Le doy un abrazo sin contestar… Ahora, de mi parte, sólo le puede servir mi compañía. Hablarle… ¿para qué?  En fin… Me quedé un par de horas y quedé gratificado; después que se aflojó, conseguí algunas veces arrancarle algunas sonrisas con mis chistes malos. Me despido hasta el jueves -le prometí visitarlo todos los jueves… Total, a los jubilados lo único que les sobra es el tiempo. Sé que se siente muy sólo; la madre y sus dos hermanos menores están lejos y con pocos medios como para costearse seguido. Su única pregunta, fue si sabía algo de sus nenas y del bebé que tuvo Cecilia, al cual no conoce.

 

No le pude servir de nada. Lo último que supe de la chica, es que la madre la echó de casa cuando su embarazo ya estaba avanzado y Juancito, detenido. ¡Vaya a saber uno a dónde fueron a parar… ¡pobrecitos! ¡Pobrecitos todos…! Los tres chicos, Cecilia y la misma Sandra. En la despedida me dio un abrazo interminable; sus ojos llenos de lágrimas… y los míos más o menos.

 

-¡Chau, Juancito…! El jueves nos vemos. ¿Querés que te traiga algo?

-Cigarrillos… nada más.

 

¡Ah, gente! Por si a alguno le interesa: alquilo un depto. de dos ambientes, en planta alta; baño, cocina y terraza propia. Intermediarios abstenerse.

 

Dentro de poco tiempo,

¿serás un watcho?

por Daniel Martos

24 nov 2017

Netflix, en mayor medida; y los servicios de cable con algún tipo de plataforma de videos y stream on demand, son los nuevos paladines de la lucha por llamar la atención de miles de televidentes en todo el mundo. Buscan saciar su sed de diversión de alguna forma, centrándose (o concentrándose) en recibir el flujo constante de contenidos que la industria cinematográfica y del espectáculo ofrecen a raudales.

 

También (aún no presente en nuestro país) se encuentra Youtube Red, algo parecido al gigante de las series que mencionamos unos párrafos arriba, con más foco en videos musicales y contenidos guionados de más corta dirección. Aunque con la pseudo bendición de evitar, previo pago, la aparición de los molestos anuncios que sufrimos a diario -y cada vez más- en la versión libre de Youtube a secas.

 

Pero el servicio al que hace referencia el título de esta nota, es la irrupción inminente (aún no lanzada al mercado) del nuevo competidor del video stream on demand. Y que viene de la mano de uno de los jugadores que más saben de contenido online: Facebook, con su servicio Facebook Watch.

 

¿Y qué tiene de característica distintiva este producto -no nos mintamos, hablamos de producto; porque si bien es un servicio, la comercialización masiva lo convierte en una pseudo mercancía en el mercado- como para poder aspirar a ir a pelear una parte del mercado de stream? Básicamente, dos fortalezas inigualables: la socialización de contenidos y el nicho de entretenimiento al cual apunta.

 

Veamos. La socialización de contenidos es fácil de comprender: los títulos que estás mirando pueden ser compartidos automáticamente con tus “amigos” de esta red social; es decir, pueden ser público para nuestros círculos -aunque este sea un concepto de Google Plus- conllevando la posibilidad de incrementar la necesidad de seguir una serie o ver una película, simplemente para... no quedar afuera. Es decir, las charlas de oficina y/o de viaje, pasan a la vida virtual sin escalas.

 

El otro punto fuerte es la decisión de Facebook de apuntar principalmente su “Facebook Watch” a contenidos bien específicos, con segmentación alta de público: contenidos deportivos y gamers, donde los millennials -próximos financiadores de vidas domésticas- son multitud. Y se asegura una rentabilidad a mediano plazo en forma indiscutible.

 

Será cuestión de esperar.  Y ver quién se fortalece como sucesor de la TV hogareña (ya en terapia intensiva, pero aún viva) y en qué formato se populariza. Para saber si vos también, querido lector, dentro de un ratito más… ¿serás un watcho?