Una mujer me saluda

 

Ya estoy aburrido de mis vacaciones serranas. Largas… larguísimas.

Me mal entretengo contemplando a la mujer apoyada en la baranda que nos separa del precipicio. El desnivel entre este rellano de la montaña y su parte inferior es de más de cien metros. Me gusta la expresión de paz y felicidad de la atractiva mujer…

Ahora, la miro sin disimulo, ya que ha girado su cuerpo. Su rostro busca, con los ojos cerrados, la caricia del sol tardío.

Cansado del mate, de mi libraco y de no hacer nada, asumo la decisión de cerrar la silla plegable, juntar mis cosas y volver al hotel.

Momento exacto en cual la mujer cae al abismo sin un grito.

Aterrado, corro hacia el barandal; el cuerpo desmadejado yace tirado sobre el pétreo fondo junto a las aguas del arroyo que se desliza entre piedras y yuyales.

Tomado con desesperación del pasamano, sé que debo hacer algo por esa mujer… Por los restos de esa mujer.

Soy el único observador de la escena despiadada, pero entiendo que ya no hay apuro. Los muertos son los grandes neófitos del tiempo.

Deberán acudir rescatistas profesionales… tal vez, un helicóptero.

Me quedo largo rato observando ese cuerpo sin vida, sumido en una duda. ¿Se cayó o se tiró? ¿Era ésa, su última mirada al cielo, una despedida? Seguramente nunca lo sabré… Había tanta serenidad en ese rostro.

Una bandada de pájaros oscuros cruza entre las montañas.

En el instante en el que asumo la decisión de ir al pueblo por ayuda… ¡Mi desesperación deviene asombro! Observo con estupor que la desgraciada desconocida se incorpora.

La mujer sacude en forma ligera y con gracia sus ropas. Levanta la cabeza y parece sonreírme. Me saluda con su mano en alto.

Luego… se marcha caminando ágilmente sobre las piedras.

Viernes 20 de noviembre de 2015

Avatares de un amor tardío

 

La llegada del amor implica para cada ser humano una sumatoria de vicisitudes diferentes…

Contadas y escritas desde hace más de mil años y en miles de formas distintas y, por lo común, tan parecidas que pareciera superfluo ─y mucho─ volver sobre el tema. Pero… inalterable y machaconamente lo volvemos a intentar. Y otros, después de nosotros, lo volverán a hacer. Esta historia se repite desde que el hombre accedió al relato y la escritura.

Álvaro, nadie lo duda, y él menos que los demás, ya está en el atardecer de la vida. La tercera edad que le dicen. Bien casado, hijos y nietos, hace años que no piensa en el amor o romances de ninguna naturaleza. Salvo claro, los propios de este tiempo suyo; la esposa, los hijos, los nietos.

Pero el destino, siempre indiferente a nuestro juicio y decisión, juega sus atolondradas cartas cuándo y cómo se le ocurre. Lo extraño es que en ocasiones… ¡acierta!

Una vez a la semana, entre un montón de rutinas ─jugar a la quiniela, retirar los nietos de la escuela, regar las plantas, poner un oído compasivo a la verborragia vehemente de su esposa (que pareciera lejos de claudicar), escribir un par de cuentos por semana─ visita el Chino (el supermercado, claro) del barrio. Hace rato que ha dejado de lado los híper tipo Coto, en los que el tipo ya comprobó que siempre se gasta de más. ¡Siempre!, algo que, para un jubilado argentino, no es nada propicio.

La rutina de las compras en el Chino ─con la atención de la misma cajera─ lleva un par de años. La chinita que se llama, según él entiende por fonética, Wanli, es muy joven, agradable y simpática Ya han superado la etapa del primer año, en el cual el tipo no le entendía ni jota. En ese año iniciático de sus relaciones se manejaban con números (cosa que los cajeros chinos conocen desde el primer año de sus vidas) y sonrisas. Ahora que Wanli chapurrea algo del español la relación es más fluida.

Y es ahora, justo ahora, en estas vísperas de cumplir sus setenta, que Álvaro ha comenzado a mirarla como mujer. A tejer fantasías ya olvidadas hace tiempo y a sentir cierto cosquilleo en la sangre (que parecía estar irremediablemente oxidada) cada vez que la ve. Consciente o no, ha cambiado su rutina. Dividiendo sus compras, ahora acude al Chino casi a diario. Piensa que esa caminata de diez cuadras para ir y otro tanto para volver le hacen bien a su salud. Lo cual seguramente es cierto, pero que en el fondo de su alma le importa un pepino en mal estado. Se arregla mejor, se afeita a diario y se ha comprado una cara loción varonil.

Este jueves remolonea en la caja de Wanli más que de costumbre (algo que se le dificulta ya que ha comprado tres pavadas). Tiene la decisión de dar un paso adelante. En el breve tiempo de recibir su cambio, acaricia la mano femenina. La chica lo mira, primero con asombro, luego, sonríe con indisimulada picardía. ¡Oh, Dios mío!

El hombre vuelve a su casa muy afectado. El pulso acelerado y su andar desacostum-bradamente ágil; no se ha tomado el tiempo, pero su sensación es que tardó la mitad de los veinte minutos que suele utilizar en el recorrido. En la noche, su esposa se ha acostado hace rato; él, que siente hormigas en el cuerpo, se sirve un whisky y trenza historia sobre historia. Todas con el mismo epicentro: la adorable chinita.

¿Será posible un romance? ¿Yo, en una historia de amor después de tantos años…? ¿Y, por qué no? Sería una despedida triunfal… ¡sin duda alguna!

Acostado, sus recuerdos de aventuras románticas del pasado, acuden sin ser llamadas. Elabora más de un plan de acción. Está decidido a tener algo, sin poder definir qué es ese “algo”, con Wanli… ¡contra viento y marea!

Se levantará más tarde de lo acostumbrado; su mente es un amasijo de ideas y propósitos. Lo último que recuerda de su alocada noche de la víspera es su duda de si existirá el alojamiento donde tuvo su última aventura, hace treinta y cinco años. Es una hermosa media mañana de primavera, el sol invita al riego diario del jardín y sus maceteros. Lo dejará de lado; finalmente elabora una larga lista para el supermercado; decidió hacer las compras para todo el mes. Saca el auto del garaje y parte. En su rostro hay una filosófica sonrisa.

¡Hola Coto! “Yo te conozco”.

 Martes 10 de noviembre de 2015

Amor fraterno

 

Julio cumple los cuarenta años. La madre, postrada durante un lustro, acaba de morir.
Él fue el sostén permanente de la anciana, dueña de un carácter agresivo y exigente, acentuado por la enfermedad. También…el muro que recibía sus quejas constantes.
Y un triste convencimiento.
El otro siempre fue el preferido de la vieja.
Ahora, piensa con ilusión, podrá casarse con su novia de hace veinte años… ¡era hora!

           Julio tiene un hermano.

Pasados tres días de esa muerte anunciada, recibirá una carta documento del otro; lo intima a iniciar de inmediato la sucesión para poder vender el que fuera hogar paterno. Respira hondo y trata de controlar su enojo… Pero siempre fue así, desde que tiene memoria.
El otro le ha hecho todas las perrerías imaginables. Desde chicos ─tres años mayor que él─, lo ha martirizado en toda ocasión que se presentó.

           Julio tiene un hermano.

Cinco de la tarde de una suave primavera, Julio empezó su primer grado hace unos meses y trae sus primeras notas; su cuaderno muestra una letra grande por demás pero con sentido de prolijidad. Está muy orgulloso de “su cuaderno” lo deja al lado de la máquina de coser. Esta dispuesto a tener la paciencia necesaria para que “ella” lo descubra por sí misma. Espera. Al rato, está jugando con un autito a escondidas del otro, escucha los gritos destemplados de mamá. “¿Qué porquería es esta?” Acude veloz  para enterarse que está ocurriendo. El desastre lo tiene como involuntario protagonista: “su cuaderno” ostenta un garabato o una mancha en cada hoja. No puede evitar las lágrimas.

           Julio tiene un hermano.

Los años y las maldades lo acompañarán hasta la adolescencia y su primera novia. Está arrobado con la chiquilina y cree “que es para siempre”. El día en que cumplen los seis meses acude a visitarla; ella, le pedirá perdón: “no podemos seguir juntos, estoy enamorada de otro”. Con una lágrima temblando en la voz él pregunta “quién es”. El barrio es chico y todos se conocen. La muchacha baja los ojos y no se anima a dar contestación alguna.

           Julio tiene un hermano.

Inicia la sucesión, no quiere problemas con el otro. El carácter dominante de Pedro Ángel, se le ha impuesto desde siempre. La malignidad del otro es un hecho que lo paraliza y anula. Pero, desde el inicio de la enfermedad de la madre la situación es más llevadera, ya que Pedro Ángel abandonaría para siempre la casa donde ambos habían nacido. Por fin llegaban la paz y el sosiego.

           Julio tiene un hermano.

Vendida la casa y repartida la plata, los hermanos se separan sin hablarse. Julio hará un amago de saludo, Pedro Ángel le da vuelta la cara sin reparo alguno.
¡Nunca más! ¡Hermanito, nunca más! Me amargaste la vida cuarenta años. Ya basta.

Pasan veinte años. Ambos hermanos viven a no más de treinta cuadras entre sí y nunca se han vuelto a comunicar. Julio se casó, enviudando años más tarde; el otro siguió soltero. Ninguno tuvo hijos. El día de su cumpleaños número sesenta y seis, Julio tiene un derrame cerebral. Postrado y solo, el panorama aparece desolador. El Pami le asigna de momento una enfermera de día en su hogar, ya que el hombre no puede arreglarse sólo. En la segunda tarde de instalado en la casa, el silente ocupante de la cama especial provista por la institución asistencial, recibirá su primera y única visita.

Esta es la de Norberto Uriarte, “el Gordo Lito” desde la primaria e infancia compartidas, es tan viejo como él, pero parado sobre sus piernas; experimenta una tibia alegría al notar en la media sonrisa del postrado que lo ha reconocido.
Da lágrima verlo así al Julio.
El Gordo Lito no puede evitar la nostalgia por la niñez compartida, los juegos, la pelota… la plenitud de la niñez y la adolescencia. Permanecerá casi dos horas sentado frente a su amigo que, salvo al recibirlo, mantiene los ojos cerrados; como ignorante de su presencia. Al  marcharse ─el carraspeo de la enfermera va en aumento─ besa la frente de su amigo. Parece una despedida formal.
No sé si me animaré a volver querido amigo…
Ya en su casa, se le viene la idea certera, sin apelación ni dudas. Sea lo que fuere el hermano, debe saber. Es consciente que es él el único que puede darle la noticia. Pero, ni asomo de ganas de verlo. Escribirá una nota que dejará bajo su puerta.

A la tarde del día siguiente, Pedro Ángel Silvestre llega a la casa de su hermano. Con él, una ambulancia particular y el enfermero que lo ayudará en adelante a cuidar de Julio. Sin apuros, pero con decisión, dejará una propina generosa a la enfermera del Pami y se abocan a trasladar al postrado hasta su futuro hogar; el suyo.    

           Julio tiene un hermano.

La habitación vacía

 

Hoy fue lindo tomar un café en el bar de al lado con tres compañeros. Nada habitual.

Luego, después del almuerzo, siempre livianito, me quedé charlando un rato con el gerente del restó al que voy todos los mediodías de la semana.

Las tardes suelen ponerse más bravas. No hay tiempo de charlas ni jodas de ninguna naturaleza, el jefe de redacción parece una fiera enjaulada. El delirio cesa sólo cuando se termina la edición.

Diez minutos después: a casa; luego de las dos horas del viajecito para llegar desde el centro hasta mi barrio, Florencio Varela.

Suelo llegar al filo de las nueve, a tiempo de retirar la comida que me prepara doña Marita; cocinera de años del bar-boliche a un par de casas de la mía. Como le doy libertad de menú, suele repetirse algunos días, sobre todo con la carne al horno con papas y la milanesa con puré; que, en el invierno, trasmutará a guiso de mondongo. Segual… cocina bien.


Al entrar a casa en forma automática enciendo la tele aunque no me siente a mirar, me desvisto tranqui y a la ducha. Recién después, coloco la cena en el microondas, destapo un vinito que agotaré hasta el final, sin apuros. Hará las veces de postre y café.

Luego, sí miro la TV un rato, me hago las consabidas amarguras con los crímenes de todo tipo y nuestros muertos de tránsito de cada día y la mera observación de que la corrupción está instalada.

Me propuse ml veces no mirar más noticieros… pero con mi trabajo es imposible. De alguna manera, vivo de las noticias, sobre todo de las malas.

Y así, mis días se suceden unos iguales a otros, salvo los domingos que me levanto tarde, voy a almorzar al viejo y querido boliche. Allí siempre tengo ocasión de charlar con alguien, algunos solitarios como yo, el mozo  o Panchito, el dueño.

Suelo pasar la tarde en algún cine del centro o en la Cadena Hoyts de Témperley. El viaje es más corto; segual. Hay que pasar las horas hasta que me agarra la noche y cambio de menú en algún restaurante con un poco más de categoría.

Vuelvo a casa y enciendo la tele… ¡Qué fría está mi casa… y qué vacía mi habitación!

 

Carpe Diem

 

Carpe diem, quam minimum credula postero.  "Aprovecha el día, no confíes en el mañana"

Roberto había vivido signado por este lema (según su personal interpretación). La escuchó por primera vez en La sociedad de los poetas muertos, el film de Peter Weir con Robin Williams en el protagónico. Cuando lo vio veinticinco años atrás, Roberto tenía quince. Era en ese entonces un muchacho simple y corriente.  Al cine sólo iba a ver las películas de acción o westerns.  Esta había sido una excepción, provocada por el entusiasmo de sus amigos de ese momento.

El impacto para él había sido tan marcado, que en la semana siguiente iría a verla tres veces más. En poco tiempo, había adoptado esa filosofía de vida, en su particular adaptación: “No calentarse por nada”.

Así fue que, de buen estudiante pasó a ser un mediocre que apenas pudo terminar el secundario a expensas de repetir el tercer año. Por descontado, nada de Universidad, ya abandonado su sueño de ser abogado.  Pero, debemos reconocer que era feliz… A pesar del dolor de cabeza paterno. Hacía lo mínimo necesario para sobrevivir.

Y así llegaba a este cumpleaños número cuarenta. Solo. Sus padres ya no están y el resto de su pequeña familia no se preocupaba por él ni de él… en lo más mínimo.  “Roberto es un caso perdido”.

Hoy cumple cuarenta. No tiene plan de festejo alguno. Su hermano, al que no ve hace meses, fue el único llamado de felicitación que recibió. El resto, cero absoluto. Su último romance duró algo más de tres meses y fue tan intrascendente como los anteriores.

Tuvo sí, de más joven, un romance duradero; pero, cuando la muchacha cayó en la cuenta  que Roberto creía en serio en su muletilla carpe diem y la usaba de excusa para no hacer ni planes ni esfuerzo alguno para el futuro, con dolor, le dijo: “Adiós mi amor… esto no va más”.

Cada tanto, el hombre que ya ha entrado en la madurez sin retorno, recuerda a la dulce Marysol… y el dolor se instala en su pecho. Hoy, ese recuerdo es particularmente acuciante…

Todo hubiera sido tan diferente… Marysol se casó y tiene dos hijos hermosos. ¿Y yo… qué? Soledad y nada más… Y, todo por culpa de ese…  ¡carpe diem de mierda!