Mi regalo de cumpleaños
por C. Fernández Rombi
24 oct 2017
A dos días de cumplir los 72, he tenido el mejor regalo que pudiera haber pedido.
Hace tres meses apareció en la plaza del Barrio Laprida (a una cuadra de casa) un pordiosero que la tomó como hogar permanente.
Su historia: la familia que le subalquilaba parte de su casa en Rivera al 2300, le secuestró sus documentos, incluso escritura de la vivienda, lo montó en una camioneta y lo tiró en la zona de Campana, sin ropas, ni documentos, ni un peso. Esta dirección está a tres cuadras de la Plaza Laprida.
Imposible contar la odisea para su vuelta a su hogar… que ya no era tal.
Me fui acercando de a poco. Como reparé en que compartíamos el mismo vicio (fumar), cada mañana cuando compraba para mí, también lo hacía para el hermano en desgracia.
De ahí fui conociendo su historia. La de la casa usurpada y de que tenía familia en Catamarca. No vista desde hacía 30 años. También del estado lamentable de sus pies, quemados con ácido por los simpáticos usurpadores.
Varios vecinos tuvieron su protagonismo en alimentos, ropas y bebidas. Y aquí destacó la intervención providencial de mi hija Natalia: “me ordenó” tomarle una foto y pedirle la mayor cantidad de datos posibles de filiación personal. Con eso, inició una búsqueda denodada (dos meses) en las redes sociales. Una primera alegría se frustró rápido, similitud de nombre con una persona más joven.
Finalmente, aparecieron los catamarqueños interesados en extremo en recuperar al hermano, tío y padre de tres hijos… y unos cuantos nietos. ¡Aleluya!
Cuando todo parecía encaminado y el hermano listo a viajar a buscar a nuestro hermano Antonio, éste, anoticiado, tuvo un acceso de pánico y desapareció. Hubo que “parar” al hermano, viajero frustrado, al borde de la desesperación.
El sábado, lo ubicamos a Antonio en el Hospital Gandulfo. Cuando fuimos el lunes con Natalia a buscarlo, lo habían “dado de alta” el viernes a la noche y echado a la calle… con los pies tan lastimados o peor. Allí comenzó nuestra frenética búsqueda por las plazas de Lomas Este y Oeste. Contamos con la ayuda inestimable de los guardianes municipales que hay hace un tiempo en nuestras plazas. Finalmente, lo hallamos en la plaza de origen, la de nuestro barrio, en peor estado físico y anímico.
Ya Natalia tenía el teléfono del hermano y sobrinas de Antonio.
Tuve el tremendo placer de lograr que los hermanos tuvieran, a través de mi celular, su primera charla de persona a persona en 30 años. Hubo que solucionar algunos inconvenientes posteriores, pero no hacen mayores agregados a esta historia.
Este sábado, a las 11 de la mañana, se produjo el reencuentro en mi propia casa y tuve la alegría enorme de ver a dos hombres grandes abrazándose y llorando como locos.
Yo, simple espectador, también lloraba sin disimulo.
Una hora más tarde, mi yerno -de puro oro- los estaba trasladando a la Terminal de Retiro. Mañana al mediodía, ambos héroes de esta pequeña historia son esperados por su familia numerosa en su ciudad natal.
Fin de la historia de mi mejor regalo de cumpleaños.
Más me conozco a mí mismo y más te quiero
por C. Fernández Rombi
14 oct 2017
A veces… una frase es más expresiva que un discurso.
Camino por la rambla marplatense desierta, el frío invernal se hace sentir a pleno. No importa.
La soledad y el frío me ayudan a aclarar mis pensamientos. Dirigidos en dirección de mano única.
Martina. Mi hermosa y tierna Martina. ¡Única!
Y en el desastre en el que se ha convertido nuestra convivencia de cinco años.
No hay duda alguna, nos queremos tanto como cuando nos conocimos.
Pero… la rutina es la gran enemiga del amor.
Nuestras discusiones por temas intrascendentes se han vuelto habituales; eso daña.
No sé en qué momento sucedió… sí, que ambos vivimos a la defensiva.
Tomé distancia, previo ponernos de acuerdo, de tres días para reflexionar. Ella hará otro tanto, no hemos perdido la esperanza.
Tomo conciencia que hace un par de años cambié el carácter. No superé nuestra pérdida económica. Irritable e intolerante.
Segunda noche en La Feliz; voy al casino y pierdo unos pesos. Mi mente, en “el tema”.
Caminando hacia el hotel, mis dudas se disipan. ¡De una!
Soy el único enemigo de nuestra pareja.
En la mañana voy al correo y despacho un telegrama de una sola frase: "Más me conozco a mí mismo y más te quiero”
Mala decisión
(basado en un hecho real)
por C. Fernández Rombi
24 sep 2017
Sandra y Fernando, en la mitad de la vida, llevan quince años de pareja y de amor. Su vida trascurre sin sobresaltos. Ambos son docentes en su provincia, Mendoza, desde hace diez años. Entre los dos totalizan unas cuantas horas semanales en la docencia, lo cual les permite vivir razonablemente bien. Además, se quieren, comparten gustos similares y están enamorados de su profesión. También son personas respetadas de su pequeña comunidad del Valle de Uco, Departamento San Carlos, a ciento treinta kilómetros de la Ciudad de Mendoza.
El disgusto
Simultáneamente, ambos son protagonistas de una anomalía desagradable: está avanzada la investigación del Ministerio, según la cual los analíticos y títulos que presentaran una década atrás y emanados de un Instituto de Buenos Aires son adulterados e inválidos.
El desarrollo del drama
Ambos son separados de inmediato de todos sus cargos con privación de haberes. Saben, por supuesto, que la acusación tiene su base en la realidad y en el manejo espurio que ambos llevaron adelante en el pasado... Pero, diez años después, era algo en lo que jamás pensaban, menos aún, hablaban... ¡totalmente olvidado!
La persecución
Apenas conocida la mala noticia, el pueblo los condena. Sus amigos, esos con los que departían, mate mediante casi a diario, trazaban planes para mejoras en la barriada y hacían proyectos para el futuro, ¡se borran en el acto! Los colegas y la totalidad de su comunidad habitual de las redes sociales... ¡peor!
Comienzan escraches de todo tipo, el Facebook se pone al rojo vivo, los agreden e insultan incluso personas desconocidas y de otras provincias. Aún más, cuatro días después de que tomara estado público su situación, aparece en el blanquísimo encalado del frente de su modesta y agradable casita de material, una pintada en grandes letras rojas: ¡FARSANTES FUERA!
Desenlace
La vida se ha convertido en un infierno para los amantes, a punto tal que los escasos alimentos que consumen van a comprarlos al pueblito vecino. El silencio mora en esa casa antes pacífica y alegre. Sandra, va de sollozo en sollozo; Fernando, permanece la mayor parte del tiempo frente a la tele, pero con la mirada perdida en el vacío.
─Querido no soporto más esta vida, estoy desesperada...
─Sandrita, me siento igual o peor que vos... este encierro maldito se me hace insoportable... sólo veo una solución...
La mujer, aún joven y atractiva, lo mirará con un pequeño atisbo de esperanza; que se desvanecerá de inmediato cuando ve a su marido con la vista fija como la de un extraviado en el carrete de quince metros de soga comprado antes de estos eventos, para el recambio del tendedero. Horrorizada, comprende de inmediato y comienza a llorar con desesperación. El hombre se le aproxima y acaricia su cabeza con ternura. Afuera, la tarde está muriendo.
Así, casi sin pronunciar palabra permanecen tres horas. La noche ya se ha instalado en el Valle de Uco. Es el momento en el cual, Fernando se levanta pesadamente y comienza trabajar con la soga. Sandra, sin mirarlo, seguirá con la cabeza apoyada en su antebrazo sobre la mesa. Ya casi ni solloza. Luego de un buen rato:
─Vení Sandra... hagámoslo juntos y al mismo tiempo... tomados de la mano.
Despedida de soltero
por C. Fernández Rombi
04 oct 2017
Es alto, de facciones regulares y atractivos ojos verdes que juegan bien con su cabello cobrizo. El conjunto es afeado por el exceso de curva de una espalda que desconoce la vertical. Muy cargado de hombros y una dejadez en el andar que tampoco lo ayuda. Sin embargo, a sus treinta, está a unos días de llevar al altar a una de las muchachas más miradas de esa pequeña barriada de Versalles.
Ambos se han criado en ese barrio que aún conserva “el aroma” de viejos tiempos; otros aledaños, ya se han vuelto más cosmopolitas. Tal vez, su linde con la Avenida General Paz ha contribuido a la preservación de su primitiva característica, además de la prohibición municipal de construir edificios de más de tres pisos.
En la escuela primaria habían comenzado una tierna amistad a pesar de que Margarita estaba en el segundo y él en el quinto grado. Casi desde el mismo inicio de esa amistad infantil, la pequeña decía con seguridad: “Cuando seamos grandes, Ricardo y yo nos vamos a casar”.
Sus amigos del barrio, algunos ya casados, piensan que un noviazgo tan largo amerita una despedida de soltero de “aquellas”. Ricardo no solo comparte la idea, está feliz de ser el agasajado.
Noche de viernes, “los vagos de Versalles”, como se autodenominan, la harán a lo grande. Instalan una parrilla precaria y un par de mesas de tablones sobre la calle Lascano, a menos de dos cuadras de General Paz. La alegría, el asado y el chupi, brindan el fondo adecuado; la noche de noviembre, cálida y serena, ayuda. Sobre las cinco de la mañana están aflojando, levantarán parrilla, mesas y bancos. El rescoldo queda.
Al agasajado no hay mucho más que hacerle, ya lo han meado en los pies, lo “bañaron” en cerveza y harina... ¿Qué más...? ¡Ah, claro! Dejarlo un par de horas atado a un árbol. El mismo Ricardo, fue promotor de esa ideota en el pasado en despedidas similares.
Como por arte de magia, aparecen unos cables y una cuerda; en cinco minutos está anclado a un añoso paraíso. Se marchan riendo y gritando, Raúl que vive en la casa lindera a la suya, le grita:
─¡No sufras Flaquito...! en un par de horas te rescato.
La “moda de los quema coches” ya tiene unos años. Empezó en Francia y llegó a la Argentina... parece que para quedarse. Muchos casos, demasiados, en el barrio de Palermo, Olivos; en Junín, Provincia de Buenos Aires, tiene un alcance preocupante para sus autoridades. Esa madrugada, los vándalos desembarcan en el tranquilo barrio, buscando material, ven dos autos estacionados uno detrás del otro y al final, como un broche de oro, un loquito enharinado que duerme tranquilamente atado a un árbol.
¡Sería un triplete novedoso y magnifico!
Las familias de Margarita y Ricardo informarán que la boda ya no se realizará.
El juez disiente
por C. Fernández Rombi
14 sep 2017
La vida de relación se ha complicado en mi casa... ¡joderse!
Tres años van desde que me casé, tan enamorado como hoy, con Amelia, una esposa de lujo y, más importante aún, un buen carácter sin desmayos.
Nos mudamos a la casa que comparto con mi vieja, mujer fina y también con una excelente forma de conducirse en nuestro hogar. Un buen trato a prueba de balas. Lo cual ha hecho posible que este trienio haya sido una bendición... sobre todo para mí, que soy alérgico a las discusiones o luchas intestinas.
La propiedad de la casa es compartida, era un bien propio de mi viejo; al fallecer y dado que soy hijo único, heredamos el 50% cada uno. Cuando me casé, Mamá, que ya conocía a Amelia, estuvo muy contenta de que no la dejáramos sola en una casa tan grande: cuatro habitaciones, tres baños, gran living y biblioteca, todo en dos plantas. En la superior se instaló la vieja, el día que tomó la decisión nos hizo un chiste:
─Me voy a instalar en la planta alta, de esa forma los molestaré lo menos posible... además, me voy a portar muy bien así me bancan hasta el día de mi muerte.
Esos tres años fueron una bendición: cero problemas, incluso los días de semana cenamos juntos y lo pasamos bien. Sábados por la noche, Amelia y yo vamos al cine y a cenar afuera, algunos domingos nos damos un paseo por el Tigre o Palermo. En fin, paz y armonía.
Pero no podía durar... Una noche, durante la cena, Mamá dice:
─Tengo muchas ganas de comprar seis maceteros metálicos de colgar para las ventanas del frente y llenarlos de mantos de novia blancos y lilas... la fachada de la casa cambiará totalmente y además el costo es ínfimo. Yo me haré cargo del mismo.
No presté demasiada atención, incluso me pareció una buena idea... hasta que, por el rabillo del ojo, vi la cara de culo de Amelia. Quise salvar el momento:
─Está bueno, ¿no te parece, amor? A nuestra casa sin jardín unas cuantas flores les vendrían muy bien... además, los mantos de novia son una belleza.
Nada, minga de respuesta. ¡Inocente de mí! Mi Amelia, como si no hubiera escuchado a ninguno de los dos, se paró y comenzó a levantar el servicio de café... En ese momento no imaginaba que había comenzado una lucha ─por este trivial motivo─ tan enconada y feroz que llevaría seis largos, larguísimos meses, hasta su desenlace. La vida en la casa de la calle Moliere cambió substancialmente. Al día siguiente, para la cena, observé que la mesa estaba puesta para dos. Con la mirada interrogué a mi mujer, se limitó a encogerse de hombros:
─Tu madre no se siente muy bien. La cena está lista, sentate que se enfría.
No hice caso y subí a saludar a la vieja. Estaba mordisqueando un emparedado frente a la tele y cuando la interrogué, repitió exactamente el mismo encogimiento de hombros de la nuera:
─Coman tranquilos... me duele un poco la cabeza.
Así, sin grandes aspavientos, empezó la “guerra fría” en mi hogar. Guerra de la cual era el privilegiado, desganado y aburrido espectador. Para la cena del día siguiente, mi madre reapareció a la hora de comer. Ambas hablaban sólo conmigo, ignorándose mutuamente. Por supuesto estaba convencido que había habido entre ambas alguna escaramuza en el día que, sin embargo, las dos negaban en privado. Amelia preparaba la cena y la servía como antes; mi vieja, levantaba el servicio y lavaba la vajilla. ¿Cómo no pensar que el asunto debía tener algún condimento extra a los maceteros del orto?
Luego de seis meses, tengo lo huevos al plato; en la mañana del lunes, negado a toda concentración al laburo, tomo una decisión: “¡Esta noche las emplazó! Se arreglan o me mudo a un hotel.”
(Es en ese momento que el marido e hijo torturado, se sonríe inconscientemente y decide hacer algo mejor. Buscará en internet las páginas de decoración de fachadas, luego toma el teléfono y habla largamente. Al colgar, sigue sonriendo, esa noche será el Juez del diferendo y no dará la razón a ninguna de las partes).
La cena ha terminado y su madre, tal y como es su costumbre de los últimos tiempos, se incorpora para el retiro de la vajilla, luego del lavado de la cual, dará un beso a su hijo y se retirará a su dormitorio. Pero…
─Mamá deja eso por el momento... ¡quiero comunicarles algo a las dos!
La desconfianza y un principio de encerrarse en su caparazón se instalan en las mujeres, atentas a iniciar una discusión: no ignoran cuál será el tema del hombre.
─Mañana en la tarde voy a venir algo más temprano, vendrá un profesional de la Empresa Nuevas Fachadas a tomar las medidas del frente. Decidí encarar su remodelación integral, incluso van a agregar sobre cada ventana unos tolditos de tela de alta performance a la intemperie. ¡Creo que va a ser un golazo!
De primeras, solo le contesta el silencio, como si estuvieran digiriendo la idea; luego:
La madre: ─¡Pero eso va a salir un dineral... ¡qué disparate!
La esposa: ─¡Van a hacer una mugre descomunal... ¡qué disparate!
El hijo-esposo no puede ocultar una sonrisa, ambas ha utilizado la misma expresión; luego, su sonrisa se transforma en carcajada plena. Ríe hasta las lágrimas ante el estupor de sus mujeres. Éstas se miran de frente por primera vez en meses, al principio, asombradas; luego, distendiéndose, comienzan a sonreír bastante avergonzadas.
La madre: ─Hijo, no hay necesidad alguna que malgastes tanto dinero... renuncio a mi idea de los maceteros.
La esposa: ─Raúl, estoy avergonzada, con gusto aceptaré los maceteros.
─Señoras... ¡llegan seis meses tarde, mi decisión está tomada! Por otra parte, el arquitecto con el que hablé dice que la tarea demandará unos seis meses de trabajo y se disculpó a priori al manifestarme que este tipo de construcción suele producir mucho polvo y bastante ruido. El único condicionamiento que le puse es que no queremos maceteros colgantes.



