La conversación
por C. Fernández Rombi
5 abr 2017
Tres días antes de mí cumpleaños setenta y cuatro, a solas con mi nieto Ezequiel, de quince, mantenemos una animada conversación. Sus inquietudes de muchacho inteligente y con ganas de madurar lo más rápido que le sea posible, han permitido que en el último año mantengamos largas conversaciones en las que me interroga acerca de todo lo que se le ocurre. Toda una alegría para mí, porque noto que me escucha con interés.
Esta mañana de sábado, me llama por teléfono para preguntarme si me molesta que se venga caminado hasta mi casa (unos tres kilómetros). Le contesto que por el contrario y que yo salgo caminando hacia él; quedamos de acuerdo en caminar por la calle Boedo. Así es que nos encontramos a medio camino, me acompaña a la feria de los sábados y luego a casa. Nos hace compañía la música de la FM y sólo nos separan unos buenos vasos de jugo de naranja. Todo bien, todo lindo para ambos y, de pronto, me dispara la pregunta que me hace vacilar y, de momento, me deja sin respuesta.
─Abuelo… ¿vos que esperás para el futuro?
No sé cómo salgo del paso. Seguramente diciendo alguna generalidad; como escritor no son las palabras lo que me faltan. Pero la pregunta me quedó picando… ¡y picando mal!
¿Cómo explicarle a mi nieto que el futuro para un joven y para un viejo representa dos cosas distintas? Sé bien que la respuesta que acudió de inmediato a mi boca fue: nada.
(Salvo que esperar una muerte digna, que no se enferme mi mujer, que mis hijos y sus hijos se realicen en plenitud… fuera una respuesta. Pero no creo que hablarle de la muerte fuera lo mejor para Ezequiel).
Reflexión acerca del paso del tiempo:
Dios es el piadoso por excelencia. El hombre, a veces, tiene piedad. El mismo Diablo, a veces, tiene piedad. El Tiempo es inexorable, nunca tiene piedad.
Esa vieja y mala consejera
…ese monstruo verde de brillantes ojos rojos.
por C. Fernández Rombi
26 mar 2017
Hoy tuve una gran alegría: caminando por la peatonal Florida me encontré, después de diez años, con el Pocho López.
Fue el gran amigo de mi niñez y juventud; cuando salíamos de la escuela se venía a casa y merendábamos juntos, luego hacíamos los deberes y jugábamos hasta la hora de la cena; vivía a dos cuadras de mi casa. El Pocho era buenísimo, ni cinco de envidia por la diferencia de casas. Su papá trabajaba en una tornería y el mío era gerente de un banco. Hicimos juntos parte de la secundaria, él largó en tercer año. Pero nos seguíamos viendo de continuo, incluso salíamos de boliche juntos, aunque, claro, normalmente pagaba yo. No me importaba porque Pocho era mi confidente y compinche para todo. Jamás discutíamos por nada. Cuando mi viejo hizo la pileta en el chalet y ya andábamos por los veinte, empezó a venir casi todas las tardes de verano. Mi vieja lo adoraba por buenazo y servicial, más de una vez estando yo tirado panza arriba al lado de la pile, él se ponía a cortar el pasto o sacar el yuyerío del jardín y del parque del fondo. Pasaba el barre fondo y mantenía la pileta hecha una pinturita.
Cuando empecé la facultad y me puse de novio dejamos de vernos tan seguido. Luego me casé y me mudé. Y pasaron estos diez años sin contacto. Solía llamarme para las fiestas charlábamos un rato y siempre nos proponíamos vernos, pero…
Hasta el encuentro de hoy, nada. Nos fuimos a tomar un café a Bonafide y nos pusimos al día con nuestras vidas. Él también se casó y tiene, igual que yo, un pibe; me dijo que vive en una casita muy linda en La Paternal ─lejos, yo vivo en San Isidro─, lo invité a almorzar un sábado para que se conocieran nuestras familias; pero el Pocho se empeñó en que fuera en su casa.
─Rodolfo, demasiados años fui tu invitado, ahora dejame que te invite yo.
Sábado al mediodía; vamos en el Mini Cooper con Mariela y Fabiancito hacia La Paternal. Aunque el Pocho me encareció que no llevara nada, compré un kilo de masas finas y dos botellas de buen vino. Un chalecito modesto pero lindo, en la cochera un viejo Taunus 72 o 73 bien cuidado.
Lo pasamos bárbaro, los chicos y las mujeres se entendieron lo más bien, la charla fue fluida y, por supuesto, el Pocho y yo nos pasamos la sobremesa hablando de nuestras andanzas de pibes y adolescentes. Silvia, su esposa, se pasó con la comida. Además es una mujer muy hermosa y de trato refinado, sin afectaciones. Al separarnos, convinimos en almorzar el sábado próximo en casa. Les dije que se trajeran las mallas y pasábamos la tarde en la pileta. Aceptaron muy contentos.
No soy ciego, le sigo ganando en todo al Pocho, pero… en la mujer, pierdo. Volvemos en el auto para San Isidro; Mariela y el pendejito están enredados en una ruidosa discusión sobre un programa de la TV, parecen dos criaturas caprichosas; no les doy pelota. Estoy contento por este reencuentro con mi amigo de toda la vida… No sé… hay algo que me está molestando…
Mariela parece insignificante al lado de Silvia, incluso tosca, con esa pésima costumbre ─fuente de continuas discusiones─ de reírse a carcajadas por cualquier boludez. Además de un hecho incontrastable: la esposa del Pocho es más hermosa, más fina, más, y mucho, llamativa que la mía. Su trato hacia él y a su pequeño hijo es de una dulzura a la que yo no estoy acostumbrado.
En la noche tarde, su mujer ya se ha dormido y Rodolfo no puede, dando vueltas y más vueltas en la cama. Algo lo perturba en forma creciente. A las dos de la mañana va la cocina en busca de algo fresco. Con la bebida a mano y sus codos apoyados en la mesa, decide determinar qué es lo que lo molesta tanto. Aunque el pensamiento insidioso ya ha empezado a manifestarse en su mente y, finalmente, tomará su forma definitiva.
Envidia de su amigo la mujer.
Enloquece, se sirve un gran vaso de whisky y enciende un cigarrillo, a pesar de que hace un mes que no fuma. Aspira con fruición y comienza a odiarse a sí mismo. No puede entender que él envidie algo de Pocho López. Al final, con brusco movimiento termina la bebida de un solo trago y decide acostarse a dormir. Dibujará, finalmente, la frase-decisión en su mente:
Mañana mismo anulo la invitación para el sábado… ¡Al carajo el Pocho de mierda!
Acoso
por C. Fernández Rombi
08 mar 2017
Llueve y fuerte desde el inicio del frío día de invierno. Situación ideal para que a mi jefe directo se le ocurran ideas varias para enviarme a distintas diligencias fuera de la oficina. Llevo seis meses en este puesto de empleado administrativo de la última categoría; tengo veinte años y accedí al ingreso previa presentación de un currículo más que aceptable para mi edad. Soy un muchacho simple sin grandes aspiraciones, buen carácter y presencia aceptable.
El primer mes fue el mejor, fui asignado al departamento comercial y tenía un jefe respetuoso y de buen humor, me cambiaron al departamento de administración y quedé bajo las órdenes del señor Seba.
De mediana edad, aspecto que linda con lo desprolijo y una mirada atormentada: no le he visto una sola sonrisa en los cinco meses que lleva dedicado con un esmero loable a complicarme la vida. Su cabello ya muestra signos evidentes de una partida sin regreso; de mirada huidiza y con una desagradable forma de dar órdenes; comienza en tono normal y termina subiendo el tono con un falsete muy molesto (creo que es una forma instintiva de reforzar su autoridad). Para ser justo, debo reconocer que no es amable con ninguno de los doce empleados de esta sección, sean hombres o mujeres, a la totalidad de los cuales él les resulta indiferente, pero... ¡no los jode!, algo habitual para conmigo.
Lo llaman a sus espaldas “el hombrecito” o “el jefe chiquito”, ocupa el más bajo de los órdenes jerárquicos (encargado de sección), habla poco, es de corta estura y siempre parece haberse afeitado en la mañana del día anterior, además, se desliza ente nosotros como si tuviese temor de molestar. Claro, todo lo dicho vale para mis once compañeros, yo soy la gloriosa excepción. Ellos, que lo conocen de mucho antes que yo, piensan que es un tipo “amargado y acomplejado”. Idea que comparto, sobre manera cuando se hace presente el señor Villarroel, gerente de administración (“el jefe grande”) de quien depende el señor Seba. Éste camina un paso detrás del jefe con una mirada servil hasta donde se puede imaginar.
El señor Villarroel es exactamente lo opuesto al señor Seba. Alto, de buena presencia y con manifiesto don de mando natural –es notoria su lucha permanente con la balanza─; siempre con una sonrisa al pasar. Ya que es esa su característica principal: él está siempre “pasando”, de o a su despacho. Rara vez se detiene más de unos minutos en la gran oficina donde estamos los de mi sección y en la cual el señor Seba tiene un escritorio igual al de los demás, pero casi pegado a la entrada del privado del Jefe. Tampoco es común que nos dé órdenes en forma directa. Para hacerlo lo llama al señor Seba. Pero jamás omite el saludo y una sonrisa cordial par cualquiera de nosotros.
Para no estirar esta pequeña historia (historieta apenas): ¡ya no aguanto más! (hasta me está molestando la solidaridad de mis compañeros, que tampoco entienden la actitud del enano repugnante para conmigo). Decido hablar con el jefe grande; el problema es que para hacerlo hay que pasar por el señor Seba. Corto por lo sano, la presencia de éste al lado de la puerta del privado es la de un cancerbero fiel y permanente... pero alguna vez debe ir a mear.
Golpeo con suavidad la puerta del Jefe quien me autoriza el ingreso y no puede evitar una mirada de sorpresa ante la presencia del más humilde de sus empleados. Hecho con un solo antecedente: el día de mi ingreso fui llevado a su presencia por el señor Seba para hacer mi presentación oficial.
─Buenos días señor Villarroel, espero sepa disimular mi atrevimiento…
El jefe me observa con cierta extrañeza, que disimula con su bonhomía habitual insinuando una amable sonrisa:
─Buenos días Fernández, antes de seguir, dígame: ¿sabe el señor Seba de su visita?
─No señor, justamente esperé que se dirigiera a los sanitarios…
─Bien, entiendo, tomé asiento por favor y hable con tranquilad.
A continuación le explico en la forma más breve posible mi incómoda situación en la oficina. Para mi sorpresa, no despierto su atención. En cambio, exhibirá una sonrisa comprensiva, como la de alguien que está al tanto del problema.
─ Fernández, lo entiendo. Uno de sus compañeros me puso al tanto de esta situación hace ya un par de meses. He estado pensando en algún tipo de solución y me encuentro con un doble escollo. El señor Seba es muy anterior a mí en la empresa y, además... es el sobrino del dueño principal... ¿me entiende?
Me quedó pensando en cuál de mis compañeros habló en mi favor y un nombre me sale en el acto, Malena. La “Angelina Jolie” de la empresa, a la que nunca se la ve hacer otra cosa que pintar y repintar sus cuidadas uñas o hablar por teléfono bajo la mirada benevolente del señor Seba. Además (“la novia del Jefe”, según dice la voz del pueblo) es una faltadora contumaz, su semana laboral no tiene más de tres días.
─Discúlpeme señor Villarroel, pero... ¿a qué atribuye la actitud del señor Seba?
El hombre piensa y vacila, creo que sabe bien lo que quiere decir. Está sopesando si le conviene ser franco conmigo. Finalmente se decide (tal vez, creyendo que merezco una explicación):
─Fernández, por favor tome con pinzas todo lo que voy a decir, ya que no tengo seguridad alguna y me meto en un terreno, el psicológico, acerca del cual no sé nada más que lo que he leído en Internet motivado por su situación frente al señor Seba (mi expresión de “no entiendo nada” debe ser grande; el Jefe, sonríe apenas y continúa). Desde que tomé conocimiento de lo que estaba sucediendo (¡Angelina Jolie seguro!) me puse a pensar, incluso he pasado por su oficina con mayor frecuencia, y estudiar las actitudes del señor Seba. Conocer su carencia de afectos, amores y amigos me ayudó bastante; además, su inusitada actitud nunca manifestada anteriormente más la ayuda del Google, me han llevado a una conclusión... ¡y Dios me perdone si me equivoco! De todas maneras esta conversación nunca saldrá de este despacho ya que ni ante un emplazamiento judicial repetiría estos dichos…
Calla unos instantes y, cosa desusada en la empresa, enciende un cigarrillo; está pensando en cómo expresar su pensamiento sin entrar en mar profundo. Yo aguardo sereno (aunque estoy más que intrigado... ¿psicología de Google?, en fin... veremos).
─No voy a tratar de llevarlo por los intrincados caminos que seguí para sacar mis conclusiones... Fernández, creo que el señor Seba es un homosexual reprimido, y más aún, creo también que él mismo lo ignora. Su entrada a la empresa, un hombre joven y bien parecido, hicieron de disparador a esa represión homosexual... en mi opinión de lego.
Mi expresión, ahora sí, debe ser la de un tarado total. No puedo menos que preguntar:
─Señor Villarroel usted está diciendo que el señor Seba está enamorado de mí… y que por eso mismo, ¿me hace la vida imposible?
─Así es. Aunque dudo mucho que la expresión “enamorado” sea la que corresponda. Estoy bien seguro que desde su mismo ingreso, él sintió una atracción física hacia usted que no supo ni entender ni encaminar hacia un intento de conquista. No olvide que antes dije que de seguro él mismo no es consciente de su homosexualidad latente. Al no haber tenido una experiencia similar a esta de ahora con usted, en lugar de tratarlo bien y hacerse su amigo, hizo exactamente lo opuesto. Creo, casi sin lugar a dudas, que usted se ha convertido en el visitante asiduo y no deseado de sus solitarias noches; una presencia que no alcanza a explicarse y eso lo perturba y mucho. Por lo que he leído de los especialistas en un caso muy común. El sujeto inducido experimenta rencor al inductor. Fernández créame que, si me equivoco, debe ser por muy poco.
Anonadado quedo un minuto en silencio. Es evidente que el señor Villarroel siente una marcada simpatía por mi causa, pero tiene las manos atadas. Me mira con una sonrisa comprensiva y me da tiempo para que elabore mis sensaciones.
─Señor Villarroel ha sido usted muy amable y creo que ahora, luego de su explicación, dio en el clavo. No me queda otro camino que presentar mi renuncia.
─Así es, creo que será lo mejor para todos, incluso para mí. De todas formas, por la parte laboral no se haga problemas; antes de retirarse le voy a dar un número de teléfono y los datos de una persona amiga que lo ubicará en su empresa… y, créame, lamento mucho esta desgraciada contingencia ─luego, agrega sonriendo cómplice─, de todas maneras veré que no se contrate en el futuro a ningún muchacho de buena presencia varonil para la sección administrativa a cargo del señor Seba.
Luego de estrecharnos las manos, me retiro relajado y tranquilo; calculo que estuve con el Jefe alrededor de una hora, la mirada furibunda del señor Seba me taladra al salir. Sé que quisiera interrogarme tipo Gestapo, pero mi tranquilidad y la forma en que lo ignoro, lo inhiben. De todas maneras, su curiosidad será satisfecha en el momento. Me encamino a mi escritorio, empiezo a guardar en una caja mis pocas pertenencias y digo en voz alta:
─Amigos, voy a presentar mi renuncia y mañana ya no estaré aquí… Agradezco a todos ustedes su paciencia y amabilidad.
Me contestan voces amigables, mi vista se cruza con la sonrisa cómplice de Angelina Jolie y el rostro desencajado del señor Seba, que no entiende nada de nada y luce una expresión que se asemeja a la de una fiera enjaulada.
Chau.
Una larga discusión
por C. Fernández Rombi
16 mar 2017
Llevamos una larga semana metidos en un tema sin salida… por ahora, ya que la seguimos.
Juan Manuel es un intelectual; licenciado en letras que asume la lectura como una pasión irrefrenable. En ese sentido no le llego a la altura de los zapatos. Pero tengo lo mío. Con menos estudios y sin carrera universitaria, soy un tipo culto. A los treinta y dos, seguimos solteros y vivimos en Palermo; nomás a tres cuadras de distancia; nos conocimos en la primaria y somos amigos desde siempre. Es común que nos veamos dos o tres veces a la semana, incluso que salgamos (como pendejos de joda) algunos sábados.
Pero, desde que se instaló el bendito tema, llevamos siete noches consecutivas metidos en esta discusión en la que ninguno cede y en la que ambos queremos convencer al otro. Como si nos fuera la vida… o la amistad en ello.
Nos reunimos en la noche de hoy, un hermoso sábado de verano, en mi modesto depto de dos ambientes. Ninguno habla de salir, como si supiéramos que es la noche decisiva de nuestro debate y que no hay nada más importante que definirlo de una vez por todas. Compré unos triples de miga, y una par de botellas de vino blanco del bueno. Él trajo un imperial ruso (es nuestro postre preferido). Ni hablar de salir de boliches, es como si tácitamente hubiéramos decidido que hoy se termina el tema.
¡Sí o sí! Hay una tensión desconocida entre nosotros; hablamos un par de boludeces como para entrar en calor y luego, irremediablemente, nos metemos en El tema.
La falta de sonrisas cómplices, habituales en ambos y los dientes apretados, parecieran indicar que hoy uno de los dos va a convencer al otro… o doblegarlo. Para el caso, será lo mismo. Sobre las seis de la mañana, estamos agotados. Hemos comido unos pocos triples y apenas, el postre. El vino se murió hace rato.
Es él, el vino, el combustible imprescindible de una discusión filosófica entre amigos.
Ha traído a colación opiniones de filósofos de toda laya… ¡hasta los griegos llegó el muy desgraciado! Me he defendido con honor y contraataque con bravura. No hay caso. No llegamos a puerto alguno. Todo sigue igual.
Otros deberán dilucidar si es más ventajoso pescar con carnada viva o artificial.
Bocanada de aire fresco
(El idiota)
por C. Fernández Rombi
26 feb 2017
Me estoy ahogando… hace años que me estoy ahogando. Desde que murió mamá. Estoy agotado de tanto desengaño y soledad… ¿Hasta cuándo? A un mes de cumplir los cuarenta, hago balance… ¿y qué sale? Poco, muy poco. Sólo quedamos de la familia Tombassi dos personajes, Rafael, mi hermano idiota, y yo.
El Rafa no es un idiota en el sentido peyorativo que los argentinos usamos para designar a cualquier pesado con pocas condiciones mentales (en Facebook encontrás unos mil por día, mínimo). Sufre en forma congénita de idiocia o idiotismo, o sea que, a sus treinta años, mentalmente no ha superado ni va a superar los tres años…
¡Ay, mi pobre Rafael! Los médicos diagnosticaron que “no viviría más allá de los veinte o veinticinco, con suerte”; ya va para los treinta y uno. Sólo tuvimos padre hasta sus diez años; el nacimiento del idiota al viejo le hizo de “disparador”. Juntó sus cosas una noche y se fue silbando bajito y… ¡nunca más!
Siempre lo quise al Rafa, pero era mamá la que se ocupaba en forma constante de él. Ella murió en el 2011 y desde entonces, me toca a mí. No es fácil, ha coartado toda mi vida de relación. Tiene ─y yo, por consiguiente, tengo─ la desgracia de ser muy afectivo. Me anda atrás todo el tiempo, lo cual es magnífico para un solitario como yo, pero cuando he intentado traer amigos o proyectos de novia… ¡hace lo mismo! Se alejan. Manosea y besuquea ─puro afecto y nada más─ pero a la gente le molesta y yo pago las consecuencias con mi soledad recurrente. El babearse, aunque no sea exagerado, también molesta a todos. Claro, salvo a mí, por costumbre o por cariño… vaya a saber.
Ahora, pasada la mitad de mi vida que se orientaba para el lado de un solterón más, he conocido a la mujer de mi vida. Amalia, en sus treinta y pico (larguitos), es una mujer entrando a la madurez, agradable y suave. Nos “flechamos” el uno a otro, el mismo día que arrancó a trabajar como ayudante del contador en la empresa en la que llevo una pila de años. Ella era la bocanada de aire fresco que yo pedía desde añares. Una de las primeras cosas que le conté de mi vida, apenas empezamos a salir, fue la existencia y la situación de mi hermano. Confieso que tenía mis reservas pero, ¡nada que ver!
─Alejo -la noté realmente emocionada-, esa desgracia que me estás contando te enaltece ante mis ojos y me provoca enamórame más ─Mis ojos también se humedecieron.
Al mes del inicio de esa relación que me enloquecía, vino a cenar a casa. Y se dispararon mis alarmas interiores más profundas; la mitad inicial de la noche estuvo contenta y solícita con el Rafa, hacia el final, aunque trató con esfuerzo de superarlo, se la notaba incómoda. Como con apuro de piantar. ¡No es fácil “bancarlo” al Rafa!
Fuera de casa nuestro noviazgo iba sobre rieles, cada vez más convencidos ambos de que éramos el uno para el otro (realmente, en lo personal, nunca había imaginado vivir algo así… ¡y vivirlo para siempre!). Era un hecho que el único hogar que podíamos formar era en mi casa ─mía y del Rafa─: ella vivía con la mamá, dos hermanas y tres o cuatro sobrinos. De comprar algo nuevo, ni pensar, salvo que especuláramos en maridarnos a los setenta largos. Hice una nueva tentativa.
─¿Amalia, no querrías venir a almorzar a casa este domingo y pasar la tarde juntos?
Me arrepentí en el acto, su expresión no permitía dudas. Era evidente que había tomado su decisión: no iba a cohabitar con Rafael.
─Mi amor, vos bien sabés lo que admiro que te hagas cargo de tu hermano en su condición… pero, no lo puedo superar de forma alguna… Perdóname, por favor ─comenzó a llorar inconsolable y yo con ella… terminamos la noche abrazados.
Bien, el tema estaba planteado: con Rafael en la casa, nuestra convivencia era un imposible, el disponer de otro lugar “decente”, ídem. Parecía que mi única solución era matar al idiota o esperar que sucediera por sí solo. Un año más pasamos en este idilio de destino incierto. Todo bien, todo hermoso y más, pero “de eso no se habla”. El tema Rafael era un tabú común a los dos. No sé, ni voy a saberlo, si era autosugestión pero yo tenía la impresión de que Amalia se alejaba día a día. Tal vez ella empezaba a perder la paciencia. Los años se le iban y, reconozcámoslo, yo no era un partido auspicioso, más bien un partidito. La pancita, la calvicie y las canas estaban en crecimiento; además, laboralmente era un empleado de confianza pero sin oportunidad de progreso. Las paritarias anuales y… ¡chau!
El Rafa cumplió los treinta y dos, le compré una tortita con sus velitas (como de costumbre y festejamos solos, también como de costumbre). Él, tan alegre como en todos sus cumples anteriores (aunque nunca supe si entendía realmente qué festejábamos). Dos días después, se descompuso, llamé al Hospital Italiano y en poco más de media hora estaba internado. Pasé la noche con él, a la mañana se apagó con un pequeño suspiro.
Lloré con toda mi amargura una larga hora… pero luego, algo más tranquilo, comenzó ─sin desearlo ni pensarlo─ a asumirme una alegría inexplicable, desaforada. Tal y como no había tenido en la vida. Había tomado conciencia de que, finalmente, iba a poder casarme con mi Amalia. Caí en un paroxismo de alegría incontenible. Disparé a los sanitarios para que nadie me viera en ese estado propio del enloquecido que se entera que se ganó el Loto frente al cadáver de su hermano. Luego de dos horas ─el doble de la duración de mi amargura─ me fui apaciguando y empecé a caer en la cuenta de lo cruel e insano de mi alegría. Terminé vomitando como loco. A pesar de tener en el estómago sólo un café negro y una rodaja de pan, mí mísero desayuno. Pura bilis y nada más.
En la empresa (me correspondían dos días de asueto por fallecimiento de familiar) me dijeron que me tomara la semana, así sería mi aspecto: ¡bravo, no me sirvió para nada! Amalia trató de consolarme (por teléfono, ya que me negué a encontrarnos), me habla una y otra vez con dulzura infinita: “Mi amor, la vida esa así… yo perdí a papá hace dos años y sigo… es lo que hacemos todos los humanos…” y “fa fa fa y pa pa pa y más fa fa fa”.
Decidimos tomarnos un tiempo para que yo pudiera racionalizar mi pérdida. Para no verla a diario, pedí mi traslado a las oficinas de la sucursal de Villa Crespo (aunque por el viaje, no me convenía). Cada sábado en la noche ─sin excepción─ me llamaba por teléfono y charlábamos (su charla y mis monosílabos) una media hora; cada quince días me escribía un cariñoso mail contándome de sus cosas y, de paso, reiterar el pa pa pa y el fa fa fa. (Creo honesto reconocer que Amalia es una mujer enamorada “de aquellas” o es la mina más constante y seguidora de este planeta).
Anoche ─sábado─ no recibí el habitual llamado. Sí, un extenso correo en el cual, en muy buenos términos, expresa su idea acerca de que estoy exagerando mi duelo; reitera su amor incondicional pero haciendo la salvedad que no puede esperar “para siempre”. La hago corta: esperará mí llamada hasta la última hora de hoy, a partir del lunes se considerará mujer libre. Amanezco en malas condiciones, dolor de cabeza, mal dormido y la boca pastosa. Cada palabra del correo enviado por Amalia, está grabada a fuego dentro de mí. Sé que si hoy no la llamo y “aflojo”… ¡la pierdo para siempre! Ella no me entiende, piensa que llevo un año de duelo por la muerte de mi hermano.
¡Nada que ver! Es un año de odiarme y despreciarme hasta lo más profundo por esa orgía de alegría delirante que me acometió pasada la hora exacta de la muerte de mi Rafa. Y que en ningún momento confesé, ni a ella ni a nadie. ¡Vergüenza pura!
Esas dos horas malditas han marcado a fuego mi vida. Pude ver hasta qué grado de egoísmo y degradación puede llegar un hombre enamorado. No hago más que aborrecerme, mi problema no es con Amalia, sino conmigo mismo. Debo tomar una resolución. Mi amor ya no seguirá esperando. ¡Y está bien! Demasiado lo hizo hasta ahora. Su mail y lo leo y releo. Razono y vuelvo a razonar una y otra vez. Es obvio que debo llamarla y hacer borrón y cuenta nueva. Un hombre, sea cual fuere su pecado, no se puede castigar toda la vida, castigando al mismo tiempo a la mujer que ama. (¡Ay hermano, cómo te extraño!).
Lentas son las horas de este domingo maldito, en el que un hombre lucha entre su íntima amargura y la única oportunidad de felicidad que ha tenido. Ellas se suceden las unas a las otras, sin compasión alguna por este Alejandro Tombassi encerrado en un dilema que pareciera más de su propia creación que de la misma realidad. Finalmente, ya la noche ha caído sobre Buenos Aires. Toma su celular. Como siempre, el primer nombre que resalta en “contactos”, es: Amalia - Amor… Ya sin más dudas, oprime Eliminar.



