Sólo es cuestión de tiempo

por C. Fernández Rombi

09 feb 2017

 

 

Hoy cumplimos un año de la primera vez.

 

Cuento, claro, de la primera vez que estuvimos juntos y... ¡fui el tipo más feliz del mundo! Hubo antes de esa noche, tres años de merodearla, insinuarme, agasajarla de todas las formas concebibles. Que no relato porque algunas fueron o muy estúpidas o igual de vergonzosas. Desde que la conocí, supe que era demasiado para mí.

 

Demasiado hermosa e igual de altiva e inteligente. En cambio yo soy totalmente ordinario. Sea en aspecto o personalidad; no dudo que si no me hubiera enamorado al instante no habría tenido el valor para intentarlo tantas veces.

 

A lo largo de este año que hoy vamos a festejar formalmente saliendo a cenar, he sentido cada día, uno tras otro que mi relación se deteriora, que su desinterés aumenta una fracción cada día que estamos juntos.

 

Solo es cuestión de tiempo… ¿para qué soñar?

 

Hace ya una semana que me he preparado para irme antes de que ella me eche, le escribí una carta que llevo conmigo hace una semana. Le ratifico que mi amor por ella es cada día mayor pero que no tolero la tensión de darme cuenta que se está aburriendo de mí y de que es solo cuestión de tiempo que me largue por la borda.

 

Ya estamos a finales de la cena de festejo, lo hemos pasado bien. Estoy listo para darle mi misiva de despedida en el último momento antes de partir del Restó. Con el último brindis ella me comienza a hablar en una forma que me suena algo incoherente; presto el máximo de atención.

 

─Mi querida Martina, sé que has hecho un enorme esfuerzo para soportarme y ya no quiero abusar más de…  Es por eso que decidido ponerle final a nuestra relación, antes…

 

Atontado, de sentirme un tarado y un estúpido, se me hace la luz de cómo sigue exactamente lo que Martina me va a decir... ¡Claro, si me está recitando el inicio de la carta que yo le escribí y estaba a minutos de darle! Tanteo el bolsillo de mi campera y... ¡sigue ahí! Al ver lo grande de mi desconcierto, ella continúa:

 

─Amor, hace ya una semana que detecté que llevabas un sobre en el bolsillo de tu campera azul…  Juro que los tres primeros días me contuve de ver de qué se trataba... -su risa se desata como un cascabel─ tal y cual una condesa rusa.  Luego la tentación me venció y mandé a la condesa de paseo. ¡Afortunadamente para los dos! Mi querido, si bien es cierto que al principio no me atraías ni poco ni mucho... este año de convivencia me han abierto los ojos... ¡Sos el mejor tipo del mundo y te adoro.

 

Mi corazón baila como una alondra enloquecida y feliz, no atino a brindar una respuesta lúcida. Igualmente no tendré tiempo.  Martina hace aparecer como por arte de magia un estuche con un par de hermosas alianzas.

 

─Julián, mi querido Julián... ¿me harías el honor de casarte conmigo?

 

Una mujer extraordinaria

por C. Fernández Rombi

25 ene 2017

 

 

Diecisiete días sin Manuel... ¡voy a enloquecer!

 

Mi dulce e indispensable amor no aparece por ningún lado. He molestado a todos los amigos comunes, a su familia ─que continúa sin aceptar nuestra relación─, lo he buscado en su trabajo... su celular sigue mudo, en fin... ¡Nada!

 

Mañana cumplo los veinticinco y no me resigno a no compartirlo con Manuel. No puedo dejar de recordar nuestra celebración del año anterior; pasamos el día en el Delta del Tigre, en un lindo recreo, nos embarcamos en la última lancha del anochecer y directo a nuestro depto de Núñez, nos bañamos juntos y pedimos comida al delivery, brindamos con espumante y, después la fiesta grande... ¡amarnos la noche entera!

 

Mañana será, si él no aparece, bien distinto. Desolación y soledad. De mi familia, más que unos modestos llamados o mensajes no puedo esperar; mis viejos y mis dos hermanos coinciden con la familia de Manuel en no aceptar nuestro amor... La ironía es que conocí a Manuel gracias a mi hermano Eduardo, trabajaban juntos.

 

Soy honesto, nunca fue nuestra idea enamorarnos. Manuel estaba de novio con la misma chica desde hacía un par de años y yo, aunque sin novia estable, alternaba con un par de amigas. Coincidimos: ninguno de los dos había pensado nunca en una relación gay ni nada que se le pareciera.

 

Y...  ¿cómo se describe el inicio del amor?

 

O... ¿cómo se produce el inicio del amor?

 

Una empatía instantánea, una coincidencia de gustos y aficiones... y un inevitable estremecimiento cada vez que nos rozábamos accidentalmente. Luego, yo propiciaba esos roces. Después de dos meses de vernos casi todos los días, él comenzó a hacer lo mismo. Finalmente, una noche en la oscuridad de una sala de cine, nuestras bocas se buscaron. ¡Una maravilla! Ninguno había conocido algo de tal calidad y entrega antes de esa noche, con mujer alguna.

 

Luego vinieron las dudas, los cuestionamientos, la apreciación del disgusto que ocasionaríamos en familia y amigos. Tal vez, hasta inconvenientes en nuestros lugares de trabajo. ¿A cuántos vejámenes nos veríamos sometidos? Fueron tres meses de planteos y de evaluar distintos tipos de situaciones. Pros y contras... en realidad pros no encontrábamos ninguno y contras, miles.

 

Mas todo pasaba a un plano ignoto cada vez que estábamos a solas, cada vez que nuestras bocas se fundían en esos besos únicos y que, sin embargo, que se repetían hasta el infinito. Finalmente, hicimos abstracción del entorno y nos fuimos a vivir juntos; con la sumatoria de todo el amor del mundo y... ¡para siempre! Y ahora, ya pasados dos años, esta desaparición suya, absurda y sin sentido... Sin embargo, no acudo ni a la policía ni a los hospitales. Mi yo íntimo sabe que no le ha pasado nada. Tal vez ese sutil desapego del último mes es el que me brinda la certeza de que sólo sea cuestión de tiempo su reaparición.

 

El día después de mí cumple, lo hace... ¡y no está solo! Es una chica muy joven y toda una belleza, además, creo que tiene la expresión más dulce que he visto en mi vida. Es notable le incomodidad de los dos mientras Manuel hace las presentaciones del caso. Incomodidad que me revela que Laura, así se llama, conoce la realidad de nuestra relación. Por lo menos de lo que era nuestra relación hasta hace unos cuantos días.

 

Como buen anfitrión preparo café y unas masitas. La charla se desarrolla fluida y sin sobresaltos ni lagunas molestas. De nuestro ya inexistente romance ─imposible no notar el amor con el cual Manuel la mira y trata─ ni una palabra. Pasan cuatro horas durante las cuales no experimento ni celos ni frustración alguna... tal vez, solo una ligera decepción y, también bastante envidia... demasiada. Manuel propone que pidamos unas pizzas y cenemos juntos. Todos de acuerdo. Cerca de las tres de la mañana de una muy especial y agradable velada, él anuncia que la va llevar a su casa. No aclara si va a volver, creo que no es necesario.

 

En el momento de despedirme de Laura con un ligero beso en la mejilla, no puedo evitar hacerle una pregunta:

 

─Laura, por una de esas raras casualidades... ¿será posible que tengas una amiga lo más parecido posible a vos y que me la presentes?

 

Año 1883

por C. Fernández Rombi

27 dic 2016

 

 

Ni-Mao cree tener unos veinticinco años, tiene esposa y dos pequeñas.

Cada día, previo a ir al sembradío, se hinca y ora, con la frente baja en dirección al gran cono del volcán que se yergue amenazador sobre su isla, Krakatoa.

Desde hace un largo mes sus oraciones se han intensificado, la tierra tiembla en forma creciente; pareciera que el Pa-Volcán estuviera enojado una vez más. Como trasmiten los mayores de generación en generación, cada mil años el Pa-Volcán, desata su furia echando fuego, cenizas y lava; arrasando la isla por completo.

La mente y el corazón de Ni-Mao están puestos en sus hijas; ellas y la mujer están muy asustadas. La mujer insiste con marcharse, hace días que no puede dormir, el temblor de la tierra resuena en sus mismas entrañas…

Pero irse es abandonar todo, el hogar y el sembradío. La fuente de la vida. Por eso, Ni-Mao pone cada vez mayor énfasis en sus ruegos al Pa-Volcán.

El 19 de junio el volcán revienta sin más dilación. Las columnas de cenizas se elevan miles de metros. Ni-Mao y su familia permanecen el día entero tomados de la mano dentro de la choza. Hoy el sembradío quedará sin atención.

Después de mediodía la tarde se hace noche, las cenizas tapan la luz del sol. Días más tarde una terrible serie de explosiones se suceden unas a otras, el volcán de la Isla Krakatoa ha desatado su furia… finalmente, un tsunami barre las costas de Java y de Sumatra. Cientos de cadáveres flotan sobre esas aguas que eran cristalinas y de color esmeralda y ahora son una gris gelatina de piedra pómez y cenizas.

Ni-Mao, su mujer y las niñas yacen entre el cadaverío.

Pero… sus manos ya no se tocan.

Humorada

por C. Fernández Rombi

11 ene 2017

 

 

Ambos hombres, el viejo y el joven, caminan y charlan despreocupadamente hacia la oficina. En realidad, ninguno de los dos le presta mucha atención a los dichos del otro; cada uno es el solitario habitante de su propio mundo interior.

 

El más joven, a pesar de depender económicamente del otro, se dirige a él con un cierto tono de displicencia. Tienen en común mucho más de lo que el viejo sabe; es amante de la mujer del jefe desde hace seis meses; casi, el tiempo que lleva en su empresa.

 

─Julio en la empresa estamos muy satisfechos con tu trabajo, pero… piensan y, soy sincero, lo comparto, que no debieras ausentarte tan seguido. No es inteligente que olvides que tu contrato es temporario. Aunque, desde ya, nuestra intención es ratificarlo.

 

─Mi estimado Luis María, interpreto que me estás bien aconsejando, pero… en la vida no todo es trabajo. De vez en cuando hay que vivir… ¿no te parece?

 

─Puede ser mi joven amigo que tengas algo de razón. Mi esposa me reprocha cada tanto que paso muy poco tiempo en casa, para decirlo en sus palabras: “que estoy casado con el maldito trabajo”.

 

─Ya lo ves… ¡hasta Mariquita me da la razón!

 

Se hace un prolongado silencio. Julio experimenta un ligero desasosiego, presiente que ha cometido alguna especie de error; como se le escapa de qué se trata, sacude la cabeza y se olvida. Luis María, por los dichos del otro, ha encendido todas sus alarmas interiores.

 

“¿Mariquita? ¿Desde cuándo este hijo de puta conoce el apelativo que sólo yo uso con mi mujer en la intimidad? Ahora entiendo ese tono sobrador del orto con el que me trata este tipo. ¡Pedazo de hijo de puta! ¡Debo conseguir un nuevo gerente de planta!”

 

Ya llegando a la entrada del edificio de la empresa, han fracasado los tres intentos de Julio por retomar la charla intrascendente. El silencio ya no se alterará.

 

¿Qué carajo le pasa al cornudo este?

Esperando a Boris

por C. Fernández Rombi

13 dic 2016

 

 

Matilda, en la víspera de su cumpleaños número cincuenta, sigue siendo poseedora de una apacible belleza, un cutis todavía fresco y un carácter estable y tranquilo. Sin sobresaltos.

 

Hace treinta y cinco años ─apenas tenía dieciséis─ que espera por su novio; el primero y único. Boris, partió al cumplir sus veinte hacia Europa; dejando en sus oídos una férrea promesa: “Espérame, volveré”.

 

Todos estos años, la mujer, ha vivido en función de esa promesa. Terminó la secundaria y después… Nada. Ni estudio, ni trabajo, ni hombres. Sólo un par de amigas solteronas y unos cuantos sobrinos, que “la adoran” y son su única forma de expresión de cariño.

 

Sin embargo, su familia no piensa en ella como “la tía solterona”. Ella tiene novio… o, por lo menos, lo espera. Dos o tres veces al año llegan sus cartas, cariñosas, cortas y siempre, reiterando la antigua promesa: “Espérame, volveré”.

 

Ese día llegará un telegrama del hermano de Boris. Son sólo cinco palabras que lo cambian todo: “Boris ha muerto. Lo siento”. La casa pareciera temblar; su madre y sus hermanas lloran; el padre, atolondrado, sube a la terraza sin saber para qué. Los chicos quedan en silencio.

 

Ella, desconcertada, pide a la familia que la dejen a solas y marcha a su cuarto… Sabe que debe llorar, no puede. Sabe que debe sufrir, no puede.

 

Sabe que debiera estar en los inicios de una acometida de dolor inaguantable… no experimenta dolor alguno. Es más, a cada momento que pasa se siente mejor. En su mente y en todo su corazón pide perdón a Dios por eso, por estar cada vez mejor y más alegre.

 

Aunque no le encuentre explicación alguna.

 

Ha pasado horas en ese estado de alegría serena y creciente; ignora en qué momento empezó a hacer un sinfín de planes.

 

Estudiar, trabajar, salir, conocer hombres, en fin… ¡Vivir! Es, recapacitará, como cumplir los diecisiete otra vez. Pero ahora, en serio. Se preocupa por su familia; deberá fingir aflicción un tiempo. Si no, creerán que enloqueció de puro dolor.

 

Al caer la tarde, en la casa, el bullicio habitual.

 

Su madre discute con una de sus hermanas, su padre arregla algo, o no, a martillazos. Suena el timbre, el perro ladra desaforado.

 

Un minuto más tarde tocan muy suave a su puerta; sin aguardar respuesta entra la madre; su sonrisa es más luminosa que nunca al decir:

 

─Hijita querida, ¡por fin, por fin…! ¡Ha llegado Boris!