por Carlos Fernández Rombi – 14 sep 2020

(A modo de ensayo arrabalero)

28 de agosto del año del Coronavirus

 

Se hace larga e interminable la puta cuarentena…  ¡Y el virus no afloja!

 

Venía bien hasta ahora.  Adaptándome mejor que la mayoría.  Es decir, lejos de la ansiedad, los trastornos de personalidad y la “depre” de la mayoría de mis conocidos.

 

Mis largas sesiones de escritura ayudaban.  Sobre todo, en los últimos sesenta días.  La revisión del original (“la famosa última lectura”) de mi novela “La pausa”, para su envío al Concurso Internacional (España-2021) de la Editorial Espasa, reforzaron esa ayuda.  Pero la revisión terminó hace una semana.  Y ahora…

 

Entré en una situación similar (creo) a la de algunas mujeres después de parir.  El puerperio, que le dicen.  Algo “se me cortó” en estos días y hoy -el día 162- alcanzó su punto más alto (espero que no siga trepando).  Seguramente, no ayuda la puta prolongación de esta cuarentena que parece no servir de mucho (o de nada).  Ayer superamos, dicen, los diez mil contagios y no afloja.

 

El discurso inicial del ministro Ginés: “Argentinos, no se caliente por el Covid-19” (lo sintetizo y modifico: el original fue muy aburrido).  Daba la sensación de que “acá, no pasa naranja”.  Un par de semanas y chao amore, chao.  Pero no.

 

Las aburridas conferencias tripartitas de Fernández-Larreta-Kicillof al inicio daban esperanzas.  Ahora dan pena y miedo.  ¿Citamos la economía nacional?  No vale la pena.

 

Los días se acumulan y las malas noticias se amontonan.  Sumale: incendios forestales (el 95% con origen en la increíble voracidad comercial humana; inseguridad en aumento; negocios e industrias que cierran; las peleas de los políticos amantes de la grieta de mierda (que reforma judicial SÍ vs. reforma judicial NO); que la Pato Bullrich vs. el Rambo Berni; que el dólar y la inflación; que la deuda externa y la RPMQLP…  Y podemos  seguir y seguir enumerando malas y más malas: la sumatoria de desgracias naturales (las producimos nosotros mismos) que nos agobian sin cesar...  No vale la pena.

 

En resumen: no solucioné nada, ni lo mío ni lo de ustedes…  ¡Así no hay cuerpo que aguante!

 

 

por Carlos Fernández Rombi – 06 sep 2020

 

Una historia tan repetida que ni vale la pena leer.

 

Vendí mi autito.  Mantenerlo se puso difícil.  Liquidé unas deudas y días después, con el pique restante, hice la de cualquier argentino normal; fui a una cueva de la peatonal Laprida de Lomas de Zamora a comprar unos dolarcitos... por si las moscas.  Me dio para, casi, dos mil.

 

Con el bultito en el fondo del bolsillo interior de la campera y mirando para los cinco costados, fui a tomar un remís para casa.  En plena peatonal, a las tres de la tarde, un gorila me dio un pechazo mandándome adentro de una galería comercial donde el socio me recibió con un bufoso en las costillas.  (Creo, no sé...  tal vez, solo era un fierro redondo...  Del puro cagazo, ni lo miré; con sentirlo alcanzó)

─¡Dame las dos lucas verdes o sos boleta viejo pelotudo!

 

Se las di... ¿qué remedio?  Ya algo más tranqui, llegando en el colectivo a casa (el remís ya no tenía sentido), caí en la cuenta de que una de las empleadas de la casa de cambios me había marcado.  Furioso y con taquicardia lo llamo a mi hermano: “Dany, me pasó esto y esto...”.

─“¿No te conté hermano...?  Quince días atrás le paso a tu nieta Mabel en una casa de cambios de Morón...”

 

Realmente, la charla no me alivió un joraca.  Insisto y lo llamo a mi amigo del alma: “Chiqui, me pasó esto y esto...”.

─“¡No me jodas...!  La semana pasada, en Adrogué, le hicieron la misma maniobra a mi prima...  Consolate, era mucha más guita...”

 

Parecía (me sentía) un boludo a quien nadie consolaba.  Insistí.  Lo llamo a mi amigo de toda la vida, el Edu Degrandi: “Edu, me pasó esto y esto...”

─“¿Sabés Carlitos, leí ayer en el Clarín que a una mina en Palermo se la dieron a una cuadra de la casa de cambio cuando había entrado a una pizzería...  30.000 de los verdes.  ¡Viene jodida la mano!”.

 

Ya desesperado porque ninguno me consolara un cachito... ni siquiera un cachito (¡hijos de puta!), juego mi última carta.  Llamo a mi bastión espiritual, mi hijo Aníbal, profe de historia en Lago Puelo (1800 km de Lomas): “Ani, me pasó esto y esto...”

─“¡Qué joda viejo...!  ¿Sabés que hace unos días le sucedió lo mismo al rector de uno de los colegios donde trabajo en El Bolsón.  No sé cuántos verdes eran; pero de seguro, mucho más que los tuyos”.

 

Cuelgo el tubo y cavilo con toda mi materia gris en uso full.  Furioso al mango con la pendeja que me marcó, con mi hermano, mis amigos y mi hijo...  ¡Que se pudran todos juntos!  Una hora y media de charlas y ni un cachito de consuelo…

 

¿Mi conclusión?  Mal de muchos...  En fin… ¡es lo que hay!

 

Nota: este relato es modificatorio de uno anterior (cinco años) llamado “Marcado”.  En esencia es muy similar.  La inseguridad, pasado un lustro… ¡PEOR!

 

 

por C. Fernández Rombi 17 ago 2020

 

A mi querido hermano, Daniel A. Fernández,

quien, sin proponérselo, inspiró este pequeño relato.

 

Bueno, algún día me tenía que tocar a mí.  Te cuento, estaba cortando el pasto del fondo de casa… quizás hacía mucho frío o tal vez, había exagerado con las tortas fritas del desayuno o, tal vez, los setenta no son los cincuenta o, tal vez, la presión arterial, como hace a veces, estaba en las alturas…  La cuestión fue que a la mitad del trabajo me agaché hacia la cortadora para acomodar un cable y… ¡fue lo último que recuerdo!

 

Pasado el mediodía desperté en la Terapia Intensiva del Hospital General de Merlo.  A cuenta gotas me fui enterando: había tenido un accidente cerebro vascular (ACV) de los llamados leves (en criollo: de esta me iba a salvar); con  parálisis en la pierna y brazo izquierdos.  Al día siguiente me pasaban a sala general.

 

Ya en la habitación común de tres camas, empieza y termina realmente esta historieta.  Una de las camas estaba vacía, yo en la del medio y contra la pared más alejada de la puerta, un veterano en sus setenta; pelo más pelo menos, mi edad.  Rápidamente me di cuenta cual iba a ser mi mayor problema hasta poder rajar del hospital.  El buen  hombre sufría de incontinencia verbal.  Reconozco que estando internado, es ideal tener un compañero de charlas para no darle tanto trabajo a la pensadora.

 

Pero este tipo (─Juan Viale, para servir a usted. ─Álvaro Godoy, mucho gusto; y, por favor, dejemos lo de señor, con Juan y Álvaro alcanza y sobra ¿no te parece? ─Bien don Álvaro, como usted diga y quiera don Álvaro… faltaría más, hombre, ya que parece que vamos a compartir unos cuantos días… ¡que joda don Álvaro…!  Espero que los dos sanemos rapidito…  ¿No le parece bien don Álvaro?) era intolerable para un sujeto tranquilo y callado como yo.  Ahí mismo decidí abandonar y que se curtiera mientras yo dejaba mi mente en blanco.  No iba a ser fácil, el “Juan Viale, para servir a usted” estaba dispuesto a hablar sin solución de continuidad.  A modo de tibia disculpa, te cuento que llevaba dos meses y todavía le faltaba un tiempo (creo que ya figuraba en el inventario del hospital).

 

Si me preguntás que mal lo afectaba, debiera contestarte que lo ignoro…  Pero mí otro yo te contestaría, con seguridad absoluta: escarismo agudo (no lo googlees porque no existe tal enfermedad, creo que la inventó este hombre).  Claro, lo entiendo; a mí mismo ya me había aparecido una de esas putas escaras en una nalga, del roce continuado con la sábana y, ¡puta, que joden!  El “Juan Viale para servir a usted” tenía dos; y una (que me quería mostrar a todo coste y a lo que siempre me negué), muy profunda y dolorosa.

 

Sabés mejor que yo que dos tipos internados en camas a las que solo separa una mesita de luz, tienen un montón de temas de charla ocasional: política, fútbol, corrupción, el dólar, la inflación, la humedad, las minas (en nuestro caso, sus recuerdos), la polución, el Covid-19 y hasta la edad de la Legrand.  Pero no, para el “Juan Viale para servir a usted” había un tema exclusivo y apasionante: las escaras.  Las de él, tema que lo apasionaba y amargaba mucho más que esa enfermedad que lo había internado y que nunca supe cual corno era; y, tangencialmente, como para matizar, la mía incipiente.  Veamos un par de ejemplos, que ya, de tanto oírlos, están grabados para siempre en mi memoria:

─¡Buen día, don Álvaro…!  ¿Y cómo amaneció hoy el hombre?  ¿Remolón eh?  No importa hombre, estando acá hay que aprovechar a dormir…  ¿Yo…?  Bien también, pero hoy la escara más chica me pica a lo loco y la grandota, duele más que nunca…  ¡Qué barbaridad…!  No hay dudas don Álvaro, los hombres nacimos para sufrir y las escaras son instrumentos del Maligno…  ¡Ay, las putitas escaras!  Don Álvaro créame, a veces tengo unas ganas de llorar que ni le cuento…

 

Nunca en la quincena que compartí con este personaje inolvidable y, a pesar de todo, querible… mejor dicho aún, querible y detestable, abrí un ojo antes que él.  Cuando finalizaba este parlamento o alguno muy parecido, yo recién podía colocar un “Buen día, Juan”.  Que era la piedra de toque válida para que el buen hombre se mandara con:

─A las 6 estuvo la enfermera don Álvaro y nos hizo la curación de escaras a los dos.  Claro, usted don Álvaro ni se enteró… la suya es muy pequeña todavía... pero conmigo estuvo una hora completita, viera.  La grandota estuvo supurando a lo pavote, viera; y la chiquita, pica como una endemoniada, la gran putita, ¿vio don Álvaro?  Le digo, don Álvaro, la grandota es la más jodida… y parece que no quiere arreglarse… vio.  Mi hija, la Erminda, va a ir hoy a una ortopedia, parece que consiguió unas almohadillas especiales para evitar el roce que es lo que lastima, ¿vio don Álvaro?  Le pedí que me compre una para usted…  ¡Hombre, nada que agradecer, don Álvaro…!  ¿Somos cumpas de infortunio o no lo somos?  Y además, le digo…

E inevitablemente, este era el momento en que empezaba a adormecerme nuevamente.

 

Bueno, este es el final de mi historieta.  Ya estoy en casa y el kinesiólogo dice que en un par de meses voy a quedar como nuevo.  Tengo el celular de Juan Viale anotado de su propia mano (olvidé darle el mío).  Ya pasaron quince días desde el día en que nos separamos y aún escucho su pedido:

─No deje de llamarme don Álvaro, así charlamos un ratito…  Estando acá es lindo hablar con alguien, vio don Álvaro…  Le hice números grandes y claritos para que no le cueste… sabemos que la vista a nuestra edad se va poniendo jodida, vio don Álvaro.  Y en cuanto a usted don Álvaro, le voy a rezar a Diosito para que se recuperé del todo y vuelva cortar el pastito de su casa…  No se olvide de llamarme, don Álvaro…  Quedó a la espera…

 

Lo cierto es que cada día lo recuerdo.  Decido llamarlo, no lo hago y no puedo dejar de sentirme un miserable sin perdón… pero, el tema me supera.

 

Notas innecesarias del autor:

1. Las escaras (o úlceras de la piel por presión) son áreas de piel y tejidos dañados provocadas por una presión continua, por lo general, de una cama o silla de ruedas.

2. Al lector que haya sido capaz de leer los dichos del paciente Juan Viale sin bostezar un mínimo de dos veces, le digo: ¡Sos un tipo muy especial!

 

 

por Carlos Fernández Rombi – 30 ago 2020

 

¡Penal... penaaaal... penaaaaaaaal para Argentiiiinaaaaaaaaaaaaa!!!  (“¡Penal para Argentina!”: traducción del autor, del grito de un relator del partido).

 

El 9 de nuestra Selección soñó, la noche previa al partido definitorio de este Mundial, que faltando 5’ nos cobraban un penal a favor.  ¡Lo convertía!  En su sueño, lo vio clarito: él amagaba a la izquierda del arquero boliviano y, suave, la ponía en el ángulo derecho.  El atajador, desairado, quedaba todo despatarrado en el lugar opuesto al acceso del balón.  ¡Argentina Campeón!

 

Faltaban apenas 4’ para la pitada final, el marcador se mantenía cero a cero.  Habría que ir a tiempo suplementario. El 9 estaba desconcertado; él había creído en su sueño pero, no pasaba nada.  Es justo el momento en el cual en una muy confusa jugada en el área contraria, el árbitro pita: ¡penal para Argentina!  Los bolivianos van en masa a pelear con el referí.  El 9, a su vez, pelea con dos de sus compañeros que quieren hacerse cargo de la ejecución.  ¡Sueñen giles...!  ¡Nadie me robará mi gol soñado!

 

Cesado el tumulto, está listo para patear y muy tranquilo, como ignorante del compromiso y su importancia.  Suena el silbato, amaga a la izquierda del arquero y, suave, la pone en el lugar opuesto.  El arquero se luce embolsando a la antigua y de rodillas.  El 9 desolado, está arrodillado mirando al cielo.  Un par de compañeros se acercan y tratan de consolarlo; la mayoría están casi tan mal como él.  El último en arrimar su palabra de aliento es el portero boliviano.  Lo palmea con indisimulable afecto, mientras le dice, antes de ir a sumarse al incontenible festejo de sus compañeros:

─”Nueve”, lo lamento.  Pero... ¡te olvidaste que yo estuve en tu sueño!

 

 

por C. Fernández Rombi 11 ago 2020

 

A mis dos amigos y agentes de la cultura,

Alicia Danesino y Salvador D’Aquila.

 

Treinta días antes de ese encuentro casual

Julio ignoraría hasta el mismo momento del encuentro que, además de casual, sería iniciático.  Disparador de un cambio total de su historia ─él tenía una vida tranquila, rutinaria y muy buena─, más tratándose de un hombre apenas pasados los treinta, .Mercado Libre paga bien y le gusta.  Lleva un par de años allí y ya le han propuesto el cargo de Subgerente de la Regional Buenos Aires.  Laura Andrea (Lauri), su esposa, es la mujer más hermosa que ha conocido en su vida.  Por supuesto, después de cuatro años de matrimonio, está acostumbrado al efecto que ella produce en cualquier lugar al que fueren.  Si bien él es un hombre atractivo, alto, de buena constitución física y agradable sonrisa, su mujer es algo excepcional.  Tan alta como él, con una hermosa y larga cabellera oscura que da marco a facciones perfectas, realzadas por unos ojos verdes y enormes que resaltan con el tez mate de su piel, casi orillando con el de una fina y delicada mulata.  Cuando la conocí, pensé que me podía llegar a ahogar en esos ojos. Es decir, una mujer de las que se ven rara vez.  Laura Andrea acaba de cumplir los veintisiete y la admiración masculina es un aditamento que sobrelleva desde los quince.

 

En realidad, Lauri no tiene nada que envidiarle a ninguna de las grandes bellezas del cine o la TV.  Ahora ya me acostumbré, pero al principio me costó aceptar su altivez propia de la mujer convencida de su hermosura.  Belleza que me depara muy buenos momentos.  Tenemos por costumbre los sábados dejar a la pequeña con su abuela y salir a cenar en alguno de los restaurantes más lindos o de onda de Buenos Aires.  Entrar del brazo de Lauri es tener (creo yo) la sensación experimentada por el mismísimo Napoleón desfilando al  frente de su Ejército Imperial. En fin, que por más cara que salga la cena es dinero bien gastado.  Otro tanto ocurre cuando vamos de vacaciones.  Apenas llegados al hotel ─para Lauri, el alquilar un departamento o una cabaña está fuera de discusión, le gusta ser atendida y no considera el cocinar como parte de las vacaciones─ se convierte en primera y excluyente figura. Lo que me depara el beneficio único y gratuito de atenciones especiales, desde el gerente hasta el maletas-boy (bah, el maletero). En las últimas vacaciones, pude concretarle su sueño de conocer Islandia ─¡ay mamita, una pila de billetes verdes!─ y pude comprobar que Lauri hace el mismo efecto en el extremo norte del mundo que en el sur.  En fin…

 

El encuentro

Viernes, al caer la tarde.  Lauri pasa a buscar a su esposo por las oficinas de la empresa en Parque Patricios.  El destino no habitual de ambos es la presentación de la novela Desnudo de mujer en rojo, de Fernández Rombi.  Sobre el final, el escritor comienza con la firma y dedicatoria de ejemplares.  Mientras, su corrector literario y amigo, Salvador D’Aquila, que esa noche ha compartido la mesa con él, presenta entre sí a sus invitados personales: el matrimonio de sus amigos Lauri y Julio; y la premiada poeta Alicia Danesino.  El también conductor-productor del programa radial Comenzando la semana, la convocó a la cita literaria después de haberla entrevistado en la emisión del último lunes.  Alicia es la vicepresidenta de la Sociedad de Escritores Filial Lomas de Zamora; y para esta ocasión, ha venido acompañada de su protegida, la juvenil escritora Paola.  Los cuatro recién conocidos, que simpatizaron a primera vista, intercambian sus números de teléfono como corolario del encuentro de esa noche.

 

Es bien cierto que la mocosa me impactó, como nadie lo había hecho desde que conocí a Lauri. Es más menuda, más joven y no tan hermosa como ella, pero igualmente atractiva.  Pienso que no debe tener más de veinte.  La rubia tiene una piel de un blanco más propio de otras latitudes; ojos castaños de mirada dulce y todavía en el proceso del descubrimiento del misterio de la vida.  Las pocas y ocasionales palabras salidas de su boca, tomaban para mí una inusitada importancia.  No por lo dicho, sino por su decir en un tono de voz bajo, grave y profundo (tal que te hace pensar que solo dichos relacionados con el amor pueden salir de esos labios).  Su cuerpo, enfundado en un modelo de diseño que se ajustaba como un guante, es sensual y perfecto.  Es imposible para un hombre común no reparar en ese busto tan generoso que parece dispuesto a estallar en cualquier momento.  Único detalle (¿detalle?) en el que “es más” que Lauri.

 

Julio no ha pensado en los cinco años precedentes en mujer alguna que no sea la propia.  A pesar de haber sido tentado más de una vez por varias, a las que atrajo sin habérselo propuesto.  Pero ahora está viviendo una tensión desconocida.  Desde la misma noche de la presentación, se le ha instalado en el subconsciente (y en el consciente, también) la presencia de la joven Paola. Y ya no la puede desinstalar, llegando al extremo de desatender alguna tarea laboral.  Su compañero y mejor amigo, Miguel, pasado unos días del encuentro con Paola, le recomendará en privado: “Julio, bajá un cambio; es la segunda vez que me mandás un memo equivocado… Viejo, a ver si arruinas tu inminente ascenso”.

 

¡Miguel tiene razón!  Estoy estupidizado y conozco el nombre de mi estupidez: Paola.  No puedo dejar de pensar en esa pendeja, llegando al extremo no querido de hacer el amor con mi Lauri y, mentalmente, suplantarla por la otra.  Sé  que es muy común en los casados…  ¡Carajo, a mí no me había pasado nunca!

 

Cumplida una semana de su “estupidización”, o sea el viernes siguiente, la empresa le comunica oficialmente su ascenso.  Julio se hace cargo de inmediato más que contento.  No puede evitar pensar, con alivio, que sus nuevas funciones le ocuparan la mente en forma completa, “sacándolo” de su  femenina obsesión. No iba a ser.

 

¡Me equivoqué!  Este laburo es joda, gano el doble y hago la mitad.  Después de tres días ocupado más en salutaciones que en laburar, caigo en la cuenta de que la subgerencia es, por lo menos para mí, un viva la pepa.  ¡Ay Paola, volviste!  Y  peor que antes, ya sé que lo voy a intentar…

─Hola… ¿quién es?

─Julio, de la presentación de la novela el viernes pasado…  ¿Cómo estás Paola?

 

Un tiempo después del encuentro

Fue una locura desde la primera vez.  A la media hora de encontrarnos, ya sabía que estaba metido hasta las manos. Fue un miércoles a media tarde, inventé excusas estrafalarias para el jueves y el viernes, simples e increíbles excusas de esposo infiel, metiendo el ascenso y la relación con mis nuevos pares y jefes.  Cuando desaparecí (ese mismo fin de semana, en Mar del Plata), ¡ni yo, mismo me la creí!  Nunca pensé que se podía amar de esta manera y con entrega tal.  En los pocos momentos de este tiempo en los que consigo pensar, llego a creer que mi gran romance con Lauri fue como un entrenamiento, una preparación para el arribo triunfal de Paola.  Recién ese fin de semana en el Hotel Costa Galana, la granada me reventó entre las manos.  Las dos noches anteriores (las del jueves y viernes que siguieron a nuestro primer encuentro) ya habíamos tenido sexo.  La primera en mi auto y el viernes en un hotel de la Panamericana; ambas experiencias totales e inolvidables.  Ya no tenía dudas, Paola, era el non plus ultra de las mujeres.  Esa mujer, pimpollo en transición a flor única y exquisita, me enloquecía.  Llegamos a Mardel en horas del mediodía de un día feo y gris (pensé, ¡justo para el amor sin pausas!).  Sin embargo, estaba con una Paola distinta a la de nuestros encuentros precedentes.  Hermosa como nunca y súper elegante en su conjunto sport de chaqueta y pantalón en tonos de morado y negro.  ¡Ah, las comparaciones!  También a su lado me sentía en púbico como un hombre especial, pero no en la forma avasalladora al ir del bracete con Lauri.  Sin nada que envidiarle, Paola un  8 o un 9, al lado del 10 absoluto de Lauri.

 

Pero, estaba diferente.  Parca, introvertida y como temerosa de algo.  A pesar de sus dichos de alegría por la salida, de conocer nuestra ciudad balnearia top y un hotel de lujo no acostumbrado para ella.  Apenas ubicados en la suite Cóndor del Galana, pedí una botella del mejor champán y unos emparedados de pavita (me aprestaba para una larga y maravillosa tarde).  Estaba diferente.  Repito, temerosa.  No quise interrogarla ni apurar sus tiempos.  La senté a mi lado, en el amplio sillón en ese mediodía de panzones y grises nubarrones.  La abracé y Paola recostó su cabeza en mi pecho.  Estuvimos largo tiempo; la bebida y los sándwiches esperaban sobre una mesa ratona.  Casi sin dame cuenta, mi abrazo (manejado por la pasión) fue pasando de afectuoso a erótico.  Cada vez más excitado, empecé a acariciar ese cuerpo magnífico, mucho más cerca del erotismo que de la comprensión.  De pronto, alelado y extático, caí en la cuenta de su suave  y cuasi inaudible llanto.

 

Mi erotismo se fue a la…  ¿Qué le  pasaba a mi muchacha?  Comencé a desgranar en sus oídos las viejas y siempre nuevas palabras del amor.  Con lentitud inició “su vuelta” y con igual lentitud fue cambiando su posición; de pronto, era yo quien tenía la cabeza en su regazo.  Sus palabras, en un tono apenas audible, tardaron en llegar a mi comprensión.

─Julio mi amor, mi querido amor, perdóname… soy una mujer trans.

 

Sí.  Como lo esperaba, ese fin de semana fue inolvidable para Julio.  Claro que no por lo que él imaginaba.  La revelación, mordida entre esos dientes que eran amados nácares, fue un golpe de nocaut muy difícil de asimilar.  Que iba a influir en el resto de su vida. Hombre de nuestro tiempo, Julio no reconoce ningún tipo de prejuicios, ni sexuales, políticos, raciales o religiosos.  De hecho, Miguel, su mejor amigo y compañero de trabajo, es homosexual.  Pero… otra cosa es formar pareja con una mujer que nació hombre; Que siendo chiquilín jugaba a la pelota igual que yo¡Joderse que es distinto!  Julio, ha superado como  pudo, ese fin de semana marplatense inolvidable por otros motivos y pleno de sensaciones muy opuestas.  En el que vivió la mayor sorpresa de su vida e, incomprensiblemente sus momentos de más alta pasión y plenitud sexual.

 

Pasaron un par de meses y hubo algunos cambios en su vida.  Su esposa lo trató con el mayor desprecio que puede utilizar una mujer altiva.  Llegó incluso, errando fiero, hasta el extremo de a preguntarme si yo no sería un gay no asumido.  Sus compañeros de trabajo no lo molestaron para nada (ahora él era jefe), pero no había dudas: a excepción única de Miguel, lo habían metido en un frío cono de silencio.  Como el mismo Miguel le explicaría: “Julio, siempre te envidaron a Lauri, ahora no pueden entender que la dejes por una trans…   Tampoco te ayuda ─agregaría con una sonrisa─ que un gay como yo sea tu mejor amigo”.  Respecto de sus jefes, la cosa no paso a mayores y ni uno solo le habló del tema.  Pero supe con  meridiana claridad que me habían “congelado”, no habría más ascenso para mí, ni sería invitado a las cenas habituales de los directores.  Un paria, que le dicen.  ¡Joderme!

 

Epílogo

A tres años justos de su “fin de semana marplatense”, fecha que la pareja de Paola-Julio  considera “aniversario”, deciden recrearlo y vuelven un par de días a Mar del Plata, ya no sería el lujoso hotel de la primera vez sino uno más económico.  Son felices.  En la noche tarde, ya consumada (una vez más) su pasión en el amplio lecho que los ha acogido sin reserva alguna, Paola cae en un plácido sueño.  Julio, en camisa sport y pantalones cortos,se sirve un generoso whisky y se sienta en uno de los sillones del balconcito que mira al mar.  El suave oleaje nocturno se viste de plata por la reverberación de una luna llena ya alta y relumbrante, que se deja ver en todo su esplendor.  Es uno de esos momentos en que el mundo, el clima,  la situación y el lugar son tan espléndidos que el ser humano sensible siente ganas de llorar. Y de que el tiempo no avance un solo segundo más. Sin embargo, éste, atado a su coherencia imperturbable e indeclinable, sigue.  Y seguirá.

 

Deleitando los sentidos en la visión única del mar y con el “gusto a Paola” aún en mis labios, revivo en mi mente mi noche de amor.  ¡Magnífica como todas!  No puedo evitar evaluar como ya lo he hecho tantas veces en estos tres años, pérdidas y ganancias.  Creo que el balance es negativo: Lauri, apoyada en un abogado-buitre, me hizo una demanda de divorcio por abandono e infidelidad; acepté toda la culpa.  Bien, en adelante vería a mi niña una vez por mes, pasaría la mitad de mis ingresos a ambas. De vivir en un piso en Belgrano R, a un tres ambientes en Caballito (un consuelito, más cerca del laburo).  El enojo duro de mi viejo y el desprecio total de mis suegros y algunos de nuestros amigos comunes (casi todos).  ¿Negativo… o no?  Nunca había esperado el final de la jornada laboral con estas ganas de ahora.  Cada minuto junto a Paola es único e irrepetible; cada día la quiero un poco más…

 

¡No me arrepiento de nada…!  Esto, simplemente, es el amor.

 

Nota:

Los nombrados, la poeta Alicia Danesino y el periodista Salvador D’Aquila, son los únicos personajes de la vida real en este relato. El resto, incluso el autor, son personajes imaginarios.