por C. Fernández Rombi – 24 feb 2020

A mi querida esposa.

Cualquier similitud con sucesos de la vida real

es pura y mera coincidencia.

 

Esta pequeña historia doméstica se inició hace cincuenta años.  Lo del odio, es posterior.

 

Nos conocimos con Marga en una fiesta de “15”; ella era condiscípula de la agasajada y yo, uno más de los muchachos “grandes” invitados: tenía diecinueve.  Comenzamos a salir y tres años después nos casábamos para toda la vida (como era en esa época).  Nada de qué quejarse, nada para arrepentirse.  Como profesional independiente me ha ido bien.  Además de tres hermosos hijos, pudimos tener la casa propia (viejo sueño incumplido de nuestros viejos).  Viajamos bastante: Europa, Oriente, EE UU; y nuestro país, casi todo.

 

Voy a tratar de poner en palabras lo del odio.  No me resulta fácil ya que es una historia (¿historieta?) que lleva años y nunca terminé de entender.  Es más, a pesar de que hay momentos, a veces semanas enteras, en las que pienso que es todo fruto de mi imaginación y que el referido odio de Marga hacia mí es, reitero, fruto exclusivo de imaginación… ¡de pronto reaparece!

 

Puede ser en el momento más banal, por ejemplo, viendo la TV durante la cena ante el comentario más tonto de mi parte o simplemente un chiste pueril, y aparece en su mirada el fulgor del odio.  Tan intenso como breve.  Es el momento de aclarar que nos llevamos bien; hasta diría, muy bien, si nos comparamos con otras parejas con rodaje similar.  Estoy hablando de medio siglo de relación.  (¡Que los parió!)

 

A veces, sin poder evitarlo, me pongo a cavilar cuándo empezó esta historia.  El recuerdo más lejano me lleva al festejo de nuestras bodas de plata.  Con los viejos, nuestros tres hijos y un puñado de amigos.  Mucha alegría y muchas esperanzas, todavía éramos muy jóvenes.  Esa noche, en el momento del brindis, creo que fue la primera vez; por lo menos, la primera en que yo lo experimenté conscientemente.  ¡Un destello fugaz de odio en su mirada!  Un instante, casi una nada.

 

Es decir que esta historia, que nunca compartí con nadie ni pienso hacerlo, por razones que, supongo, os parecerán más que obvias, está a punto de cumplir los veinticinco años.

 

En nuestras bodas de oro, como lo hicimos en las de plata, hacemos un pequeño festejo; un puñadito de amigos, los hijos, ahora también los nietos que en las de plata no existían y nosotros dos; claro, algo más viejitos.  Todo lindo, buen humor y las gastadas bromas sobre lo que ya no podemos hacer.  También, por descontado, el recuerdo de aquellos que partieron de nuestra vidas.

 

Marga, como de costumbre, amable y solícita con todos y tierna conmigo.  En el momento de alzar las copas por nuestros cincuenta años, brindamos entre todos; el último brindis lo hago con ella e intercambiamos un dulce beso en la boca.  En el justo momento en que separamos nuestros labios, reaparece... ¡ese destello fugaz de odio en su mirada!  Tan breve que, tal vez, no exista; aunque, esta vez lo  percibí más cruel y salvaje que nunca.

 

Ya en nuestra cama, Marga respira profundamente y con la boca entreabierta, signo habitual de que duerme con su placidez acostumbrada.  Una hora más tarde sigo sin poder conciliar el sueño.

 

Tengo miedo…

 

 

por C. Fernández Rombi – 17 feb 2020

 

Lector: los dos cuentos que siguen no tienen título; y ambos tienen una característica común: hasta el cuarto párrafo son absolutamente iguales.  Luego…

 

Esperaba confiado el fin del día…

 

Es decir, el momento de su descanso físico y anímico.  Había sido -y continuaba siendo- un día agotador.  El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo  inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro.  Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes.  Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir.  Mañana es mi franco… ¡aleluya!  Pero…

 

Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención.  Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo.  Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado.  Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.

-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado.  Insiste

-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?

Ahora sí, la muchacha lo escucha.  Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:

 

─¡Chabón, dame el celu, la guita y valores!  Si no mi amiguito (el pequeño revólver parece de juguete) te hará dos agujeros en el pecho…  ¡Dale que no estoy jodiendo!

 

El chofer de ambulancias no se resistirá y entrega todo lo que tiene.  Luego, y arrastrando los pies, recorre los cinco o seis metros hasta su puerta.  Una vez adentro de su casa, se desviste y deja caer en el lecho.  Ni siquiera ha encendido la luz.

 

(…)

 

Esperaba confiado el fin del día… (II)

 

Es decir, el momento de su descanso físico y anímico.  Había sido -y continuaba siendo- un día agotador.  El paro laboral de sus compañeros incrementó hasta lo  inverosímil sus tareas y la de los otros que como él no habían adherido al paro.  Los pocos que habían concurrido al SAME, sección ambulancias, debieron multiplicarse sin descanso entre viajes.  Ya estoy a pocos minutos de casa, la media pizza al hornito, un porrón de birra y a la catrera a morir.  Mañana es mi franco… ¡aleluya!  Pero…

 

Ya a metros de su puerta, el llanto de la mujer que se apoya en una columna de alumbrado que no alumbra, despierta su atención.  Vacila -en la noche bonaerense, acercarse a alguien no es lo más recomendable-, lo hace con paso lento; la congoja en aumento de ese llanto femenino le dice que no puede seguir de largo.  Cuando llega al lado de la joven, quedará desarmado.  Además de su evidente belleza, a pesar de las lágrimas, su expresión de tristeza es sin lugar a dudas, legítima.

-¿Qué te pasa, bonita… por qué tanto llanto? -la vio tan joven que cambió el señorita por el bonita; de todas formas, parece que la afligida no lo ha escuchado.  Insiste

-Nena no llores más… decime, ¿en qué te puedo ayudar?

Ahora sí, la muchacha lo escucha.  Enjuga sus lágrimas, saca un rebelde mechón de cabellos de su rostro y, al momento en que ensaya una sonrisa agradecida, le dice:

 

-¡Gracias señor… me acaban de pegar y violar!  ¡Estoy desesperada!  El chofer de ambulancias no vacila: saca el celular y llama al servicio para el cual trabaja.  En siete minutos acude una unidad con dos de sus compañeros, les relata la situación y con él a bordo la trasladan al Hospital Fernández.  Rafael ya ha olvidado su proyecto de descanso y relax.  Él no es paramédico y se abstiene de fisgonear el cuerpo de la muchacha, pero el enfermero que viaja con ellos sí lo ha hecho.

-Flaco, ¡suerte para la piba que llegaste vos!  Está muy golpeada -vacila y se anima a agregar- y creo que algo más también.

-¿Qué querés decir?

-Me parece que estamos frente a un embarazo avanzado.  En fin, ya lo dirá el tordo de turno.

El informe médico lo confirmará.  La multiplicidad de golpes lastimaron a la madre pero, con evidente cuidado, preservaron al feto.

 

Rita Mendizábal, tiene 19 años y es tan bonita como huérfana.  Rafael Carlosas, su inesperado salvador, ha devenido en permanente protector.  Cada día, antes de tomar servicio y a la noche, ya retirado del mismo, es un asiduo visitante que la llena de pequeña atenciones. Pero es evidente que lo que motiva el contento de la chica, dentro de lo triste de su situación, es su compañía.  Se le ilumina la mirada cada vez que el hombre, a un par de pasos de los cuarenta, se le acerca y besa en la frente.  Pasados quince días, la chica se ha recuperado y está a dos días de ser dada de alta médica.  La criatura ya ha nacido, fuerte y sana.  ¡Dios que bonita y joven es!

 

De a poco y sin que el hombre la interrogue, ella le ha ido contando su vida.  Nacida en Catamarca, al fallecer la madre se vino con una tía a vivir a una villa del Bajo Flores.  A sus diecisiete conoció a un hombre maduro y elegante que la sedujo de inmediato.  Él le prometió una vida distinta, con una casita propia, un buen vivir y hasta un perrito.  Lo que el hombre omitió fue contarle que la iba a prostituir y que era ese su modo de vida; se jactaba de las ocho pupilas de su harén.  Sin embargo, Rita, además de ser la más joven, es muy especial.  Mientras le explico sus nuevas funciones de puta de la calle, continúa mirándome con un amor y un candor que parecen no recibir balas.  En fin… tendré que darle un trato algo mejor.  Sin exagerar.

 

A los pocos meses de “hacer la calle” para su hombre, vuelven en el auto del proxeneta que la ha retirado por hoy de su parada habitual.  Él, inmerso en sus pensamientos, no le presta mucha atención cuando una Rita con expresión compungida ─que no llega a ocultar su íntimo regocijo─, le dice:

-Juan, mi querido Juan… debo decirte algo…  ¡Ay, Juan mi querido, estoy preñada…!  ¡Estoy preñada!

El hombre estalla hecho furia, insultándola de arriba abajo y como rúbrica, un par de sopapos de sus pesadas manos.

-¡Puta, puta… no te dije mil veces que usaras forro…!  ¿Te lo dije puta o no?

-¡Es tuyo Juan, es tuyo… te lo juro… vos sos el único con el que no me cuidé.

 

El hombre le cree.  Y si bien experimenta cierta emoción ya que sería su primer hijo, piensa que su pupila merece un correctivo.  La hace bajar del automóvil y de los pelos la lleva hasta la vereda; es un sitio oscuro, ya que la luz de la columna del alumbrado público no alumbra.  Le pega sin pasión, pero severamente, se cuida de que sus golpes no afecten a la criatura por nacer.  Mi hijo.

 

Ahí mismo la dejaría y minutos después será el encuentro con el buen samaritano, Rafael.  Entre Rita y Rafael se ha desarrollado una cálida onda amistosa.  Que está a punto de ponerse a prueba.  En el momento del alta médica, la pequeña no sabe y no tiene a dónde ir.  Piensa que de presentarse a la casa que comparte con sus siete compañeras, Juan la dejará trabajar pero le quitará el querido hijo.  ¡Y eso, nunca!

 

Finalmente, Rafael le propone que se mude con él.

─No sólo van a estar cómodos vos y tu hijo, sino que yo no te pido nada a cambio.  No te quiero engañar, soy un hombre maduro y solo que, ahora, se acostumbró a tu compañía y la del crio; y me encantaría a la larga formar una familia entre los tres.  Eso se verá si se da o no.  De momento, salís del apremio de tu situación y podés dedicarte a la crianza de Ricardito.

La vida continua: seis meses más tarde, Rafael y Rita comparten lecho y conforman un embrión de familia feliz.

 

Noche de viernes.  Rafael vuelve sobre las veintiuna a su hogar.  Cansado y feliz.  Sabe que un remanso de paz y pequeñas alegrías lo han de acompañar todo el fin de semana.  No, el cuadro es desolador.  Sin que él mismo se dé cuenta, gruesos lagrimones ruedan por su rostro. El pequeño departamento está semidestrozado.  Tirada en el piso, totalmente desmadejada y con los ojos abiertos en espanto, el cadáver de su amada Rita da grima.  El nene no está.

 

 

por C. Fernández Rombi – 01 feb 2020

 

Ella y el Bocha hacen una buena pareja.  Ella tiene 36 y el Bocha acaba de pasar los 40.  Se casaron hace cinco, se quieren y llevan bien.  Todavía “no les da” para el techo propio; pero en la casa de la suegra ─la madre de Ella─, una viuda de 61, tan simpática como bien conservada, hay lugar de sobra; incluso para el bebé que ya se anunció meses atrás.  A Ella el embarazo no la trata bien: sofocones, miedos y malestares ocupan la mayor parte de su tiempo.  A pesar de que, gracias a la licencia por maternidad, lleva un mes de vaga.

 

Soy un tipo feliz; del “vago sin desino”  ─según mi vieja─ que era a los ventilargos… ¡mírame ahora, Loco!  Casado, con laburo y a punto de ser padre.  Y siempre con plata en el bolsillo.  Ella labura, gana bien y mi suegrita con la pensión del finado coronel no nos deja gastar un mango en comida…  ¡Rebién!  El único problema del embarazo es que Ella le saca el cuerpo al sexo y yo… ¡vivo caliente!  (¡Ya sé que hay otras minas, Loco!  Pero no me gusta pagar por sexo.  Además… teniendo dos magníficas mujeres en la casa es…)

 

Ese viernes a la tarde, Ella llama al Bocha, su voz alterada y plena de lágrimas acapara la atención del hombre que, despreocupado, veía pasar su última hora laboral de la semana.

─¡Bocha… Bocha… venite rajando al Hospital…!  ¡Violaron a mi vieja!

 

La mujer mayor está recostada en una cama del Hospital.  La más joven, con una preñez avanzada, sentada a su lado con la cabeza apoyada en el hombro de la madre.  Es evidente que ambas han estado llorando.  El Bocha se les acerca, casi en puntas de pie, sin decir palabra, besa ambas frentes con gran cariño.  Luego, con frases entrecortadas, ellas le irán contando, la suegra principalmente: “Salía del cajero de la Avenida, cuando llegué a la esquina, sentí un brutal golpe en la cabeza… el tipo me empujó al callejón y me violó no sé por cuanto tiempo… ¡hijo de puta!”  Ahora, estalla en llanto.  “Se tomó su tiempo… me violó y sodomizó a gusto el hijo de remil putas…”  Ella, como un eco, agrega.  “Si lo tuviera a tiro le corto la pija y los huevos a pedacitos al cabrón hijo de mala madre”.

 

Bocha, compungido y solidario no pregunta nada; se limita a pequeños gestos de cariño.  Magnífica actitud que repetirá a lo largo de todo el día siguiente, sábado.  Logrará que Ella permanezca casi todo el día en la casa descansando.  Mientras él se prodiga en el Hospital pendiente de cada gesto o necesidad de la viuda.  A lo largo de este día se va enterando de un detalle peculiar del atentado; el investigador policial asignado ya ha expresado su extrañeza del tiempo que el agresor ─estima mínimo 30 minutos─ dedicó toda su energía a la agresión sexual, no llevándose efecto alguno de la víctima.  Ni el dinero retirado del cajero, ni el celular, ni las dos alianzas de oro.  Nada.

 

Al final del día, la viuda, ya con la presencia de Ella junto al lecho, manifestará al yerno su agradecimiento por su entrega, contención y dedicación.  El Bocha no atina a responder pero se nota su alto grado de emoción.  Bocha ha sido toda una sorpresa; nunca me cayó de diez, a lo más un seis, demasiado vago y echado.  Pero ahora, en la mala, su solidaridad me ha conmovido… ¡bien por él!

 

Domingo.  Cerca del mediodía, están los tres de regreso en casa; la mujer mayor deberá guardar cama unos días y seguir con la ingesta de antibióticos preventivos que se le han recetado.  Ella, por sugestión del Bocha, también se acuesta, está agotada.

─A partir de este momento no se ocupen ni preocupen por nada.  Yo me hago cargo del almuerzo y atender a mis chicas enfermitas por lo que resta del día.

 

El hombre más tierno del mundo ha hablado, su tono y su sonrisa son encantadores.  Las dos mujeres irán viendo a lo largo del día, arrobadas, que sus atenciones y mimos no decaen en momento alguno.  Al anochecer hay novedades.  Se hace presente el oficial de investigaciones a cargo.  Ha llegado en un móvil policial, lo acompaña un cabo que entrará a la casa con él.  En el vehículo permanece otro agente.  Los recibe el Bocha.

─Disculpe la hora señor Fernández… pero han surgido novedades en el caso…  ¿Cómo está la Señora?

─Bien Oficial, reponiéndose; mi suegra y mi mujer están recostadas por pedido mío… las he atendido todo el tiempo desde ayer.  Dígame qué necesita y yo me ocupo.

El joven oficial policial lo mira asintiendo con una amable sonrisa, y:

─Necesito hablar con su suegra y con usted, prefiero que su esposa esté ausente.

─Bien subo a avisarle…  El Bocha gira sobre sus talones enfilando hacia la escalera a un par de metros; asombrado, se da cuenta que ambos policías suben detrás de él.

─¡Sí, adelante por favor!  Es la respuesta de la viuda al llamado a su puerta.  La más genuina sorpresa se dibuja en su rostro al ver entrar al trío de hombres, dos de civil y uno uniformado.

─Buenas noches señora Lourdes.  ¿Cómo se encuentra hoy, mejor?  El oficial toma la iniciativa.  Pareciera un familiar lejano de visita.  No lo es.

─Mucho mejor Oficial… ─contesta la mujer vacilando─ pero, su visita a esta hora de la noche me dejó perpleja…  ¿Pasa algo malo?

─Eso es según se mire ─ahora el que vacila es el investigador─, una cámara de vigilancia en la adyacencia del cajero donde fue asaltada, nos ha mostrado sin duda alguna el rostro del violador… al que hemos venido a arrestar ya que está aquí presente…  Leonardo Fernández está arrestado por el delito de violación ultrajante sobre la persona de la señora Lourdes Galván de Rocamora.  Cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra en la acción judicial pertinente.

 

Difícil y mucho es describir las expresiones encontradas de suegra y yerno.

 

 

por C. Fernández Rombi – 10 feb 2020

 

La amplia y destartalada casa familiar está situada a pocos metros de una de las tantas villas miserias del conurbano, en Lanús.  La construyó su abuelo allá por 1920 sin el menor conocimiento del diseño arquitectónico: cuatro cuartos amplios y altos, cocina grande y comedor chico.  Como prescindió de los pasillos, cada estancia tiene mínimo tres puertas.  Sin embargo, sirvió como hogar de tres generaciones.  Jaime nació en ella hace 78 años.  Ahora, lo está asfixiando; hasta el año anterior lo acompañaban la madre y el hermano menor; partieron ambos en el breve lapso de tres meses.  Años y soledad no hacen buenas migas.  Para nada.

 

Sin amigos vivos, su único pasatiempo es ir una vez por semana (con su jubilación más es imposible) a “tirar” unos cientos de pesos en las ruletas del Bingo Lomas.  Su único sueño, poder vender la casona y comprarse un mono ambiente el Mar del Plata.  Lo más cerca posible del Bingo de la Avenida Independencia.

 

¡Ese es el único casino en el que soy ganador!

 

Esa ingenua y engañosa máxima es el gran motivador de su sueño de mudarse a La Feliz.  En su subconsciente sabe que es muy difícil, casi un imposible.  Estamos en el año 2020, el peor de toda la historia inmobiliaria de un país castigado por sus dirigencias políticas de distintos signos en el último medio siglo.  Además, el pobrísimo estado de mantenimiento y la ubicación de su casa no ayudan para nada.

 

Esta noche, como la mayoría, mordisquea un pan flauta y un poco de fiambre; un vaso de tinto completa la cena.  Luego, saca de un cajón del ropero la pequeña ruleta de plástico, la cajita con fichas y el rollo de tela engomada que en uno de sus lados tiene el espectáculo más atractivo del mundo: el paño verde de la ruleta.  Todo listo, se ubica en su banquito de madera al frente la mesa.  Alternativamente, irá cumpliendo su doble función, croupier y único jugador.  Las puteadas continuas, se cortarán cada tanto por un grito de júbilo...

 

¡Vamos todavía, carajo!

 

 

por C. Fernández Rombi – 15 ene 2020

Antes de ayer

Mucho silencio.  ¿Será muy vulgar decir que este silencio me aturde?  ¡Seguro que sí!  Pero esa es mi realidad de los últimos años.  Antes mi vida era más fácil…  Miento sin querer: no era más fácil, era más linda, más agradable y más completa.

Tres años en pareja con mi irremplazable, inolvidable y magnífica Luciana.  Un absurdo accidente y la muerte cerró su vida y la mía.  Teníamos tanto amor para vivir…

Ayer

Conocí a Leonora.  Creo, aunque parezca una antigüedad, que lo nuestro fue amor a primera vista.  Alta y hermosa, delicada como una orquídea; imán irresistible para las miradas masculinas.  Fui intensamente feliz, olvidando que la felicidad es sólo una circunstancia momentánea.

Finalmente partió.  Yo no era su destino y, aunque lo había intuido, dolió.  Y seguirá la persistencia de ese dolor sólo tolerable por haber sido anticipado.  Fue el mejor año de mi vida.  Pero fue y ahora es solamente recuerdo que duele…

Hoy

La vida del hombre que empieza a envejecer y está solo no es de las mejores.  Demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para añorar y esa sensación omnipresente de no pertenecer, de estar fuera del mundo real.  Lo peor llega con la noche y el regreso a casa.  El silencio sólo se corta con la TV, telón sónico que acompaña, aunque no mire nada.

El interrogante funesto que me desvela es presentir que esto es todo, que hasta el final mi vida va a ser esta nada.  Desde el inicio de la semana tengo una nueva compañera en la oficina.  Madura, agradable, soltera, Rosalía es muy simpática.  Congeniamos y la charla (esa carencia permanente) con ella es amena y muy agradable.  Quizás…