Bocanada de aire fresco
(El idiota)
por C. Fernández Rombi
26 feb 2017
Me estoy ahogando… hace años que me estoy ahogando. Desde que murió mamá. Estoy agotado de tanto desengaño y soledad… ¿Hasta cuándo? A un mes de cumplir los cuarenta, hago balance… ¿y qué sale? Poco, muy poco. Sólo quedamos de la familia Tombassi dos personajes, Rafael, mi hermano idiota, y yo.
El Rafa no es un idiota en el sentido peyorativo que los argentinos usamos para designar a cualquier pesado con pocas condiciones mentales (en Facebook encontrás unos mil por día, mínimo). Sufre en forma congénita de idiocia o idiotismo, o sea que, a sus treinta años, mentalmente no ha superado ni va a superar los tres años…
¡Ay, mi pobre Rafael! Los médicos diagnosticaron que “no viviría más allá de los veinte o veinticinco, con suerte”; ya va para los treinta y uno. Sólo tuvimos padre hasta sus diez años; el nacimiento del idiota al viejo le hizo de “disparador”. Juntó sus cosas una noche y se fue silbando bajito y… ¡nunca más!
Siempre lo quise al Rafa, pero era mamá la que se ocupaba en forma constante de él. Ella murió en el 2011 y desde entonces, me toca a mí. No es fácil, ha coartado toda mi vida de relación. Tiene ─y yo, por consiguiente, tengo─ la desgracia de ser muy afectivo. Me anda atrás todo el tiempo, lo cual es magnífico para un solitario como yo, pero cuando he intentado traer amigos o proyectos de novia… ¡hace lo mismo! Se alejan. Manosea y besuquea ─puro afecto y nada más─ pero a la gente le molesta y yo pago las consecuencias con mi soledad recurrente. El babearse, aunque no sea exagerado, también molesta a todos. Claro, salvo a mí, por costumbre o por cariño… vaya a saber.
Ahora, pasada la mitad de mi vida que se orientaba para el lado de un solterón más, he conocido a la mujer de mi vida. Amalia, en sus treinta y pico (larguitos), es una mujer entrando a la madurez, agradable y suave. Nos “flechamos” el uno a otro, el mismo día que arrancó a trabajar como ayudante del contador en la empresa en la que llevo una pila de años. Ella era la bocanada de aire fresco que yo pedía desde añares. Una de las primeras cosas que le conté de mi vida, apenas empezamos a salir, fue la existencia y la situación de mi hermano. Confieso que tenía mis reservas pero, ¡nada que ver!
─Alejo -la noté realmente emocionada-, esa desgracia que me estás contando te enaltece ante mis ojos y me provoca enamórame más ─Mis ojos también se humedecieron.
Al mes del inicio de esa relación que me enloquecía, vino a cenar a casa. Y se dispararon mis alarmas interiores más profundas; la mitad inicial de la noche estuvo contenta y solícita con el Rafa, hacia el final, aunque trató con esfuerzo de superarlo, se la notaba incómoda. Como con apuro de piantar. ¡No es fácil “bancarlo” al Rafa!
Fuera de casa nuestro noviazgo iba sobre rieles, cada vez más convencidos ambos de que éramos el uno para el otro (realmente, en lo personal, nunca había imaginado vivir algo así… ¡y vivirlo para siempre!). Era un hecho que el único hogar que podíamos formar era en mi casa ─mía y del Rafa─: ella vivía con la mamá, dos hermanas y tres o cuatro sobrinos. De comprar algo nuevo, ni pensar, salvo que especuláramos en maridarnos a los setenta largos. Hice una nueva tentativa.
─¿Amalia, no querrías venir a almorzar a casa este domingo y pasar la tarde juntos?
Me arrepentí en el acto, su expresión no permitía dudas. Era evidente que había tomado su decisión: no iba a cohabitar con Rafael.
─Mi amor, vos bien sabés lo que admiro que te hagas cargo de tu hermano en su condición… pero, no lo puedo superar de forma alguna… Perdóname, por favor ─comenzó a llorar inconsolable y yo con ella… terminamos la noche abrazados.
Bien, el tema estaba planteado: con Rafael en la casa, nuestra convivencia era un imposible, el disponer de otro lugar “decente”, ídem. Parecía que mi única solución era matar al idiota o esperar que sucediera por sí solo. Un año más pasamos en este idilio de destino incierto. Todo bien, todo hermoso y más, pero “de eso no se habla”. El tema Rafael era un tabú común a los dos. No sé, ni voy a saberlo, si era autosugestión pero yo tenía la impresión de que Amalia se alejaba día a día. Tal vez ella empezaba a perder la paciencia. Los años se le iban y, reconozcámoslo, yo no era un partido auspicioso, más bien un partidito. La pancita, la calvicie y las canas estaban en crecimiento; además, laboralmente era un empleado de confianza pero sin oportunidad de progreso. Las paritarias anuales y… ¡chau!
El Rafa cumplió los treinta y dos, le compré una tortita con sus velitas (como de costumbre y festejamos solos, también como de costumbre). Él, tan alegre como en todos sus cumples anteriores (aunque nunca supe si entendía realmente qué festejábamos). Dos días después, se descompuso, llamé al Hospital Italiano y en poco más de media hora estaba internado. Pasé la noche con él, a la mañana se apagó con un pequeño suspiro.
Lloré con toda mi amargura una larga hora… pero luego, algo más tranquilo, comenzó ─sin desearlo ni pensarlo─ a asumirme una alegría inexplicable, desaforada. Tal y como no había tenido en la vida. Había tomado conciencia de que, finalmente, iba a poder casarme con mi Amalia. Caí en un paroxismo de alegría incontenible. Disparé a los sanitarios para que nadie me viera en ese estado propio del enloquecido que se entera que se ganó el Loto frente al cadáver de su hermano. Luego de dos horas ─el doble de la duración de mi amargura─ me fui apaciguando y empecé a caer en la cuenta de lo cruel e insano de mi alegría. Terminé vomitando como loco. A pesar de tener en el estómago sólo un café negro y una rodaja de pan, mí mísero desayuno. Pura bilis y nada más.
En la empresa (me correspondían dos días de asueto por fallecimiento de familiar) me dijeron que me tomara la semana, así sería mi aspecto: ¡bravo, no me sirvió para nada! Amalia trató de consolarme (por teléfono, ya que me negué a encontrarnos), me habla una y otra vez con dulzura infinita: “Mi amor, la vida esa así… yo perdí a papá hace dos años y sigo… es lo que hacemos todos los humanos…” y “fa fa fa y pa pa pa y más fa fa fa”.
Decidimos tomarnos un tiempo para que yo pudiera racionalizar mi pérdida. Para no verla a diario, pedí mi traslado a las oficinas de la sucursal de Villa Crespo (aunque por el viaje, no me convenía). Cada sábado en la noche ─sin excepción─ me llamaba por teléfono y charlábamos (su charla y mis monosílabos) una media hora; cada quince días me escribía un cariñoso mail contándome de sus cosas y, de paso, reiterar el pa pa pa y el fa fa fa. (Creo honesto reconocer que Amalia es una mujer enamorada “de aquellas” o es la mina más constante y seguidora de este planeta).
Anoche ─sábado─ no recibí el habitual llamado. Sí, un extenso correo en el cual, en muy buenos términos, expresa su idea acerca de que estoy exagerando mi duelo; reitera su amor incondicional pero haciendo la salvedad que no puede esperar “para siempre”. La hago corta: esperará mí llamada hasta la última hora de hoy, a partir del lunes se considerará mujer libre. Amanezco en malas condiciones, dolor de cabeza, mal dormido y la boca pastosa. Cada palabra del correo enviado por Amalia, está grabada a fuego dentro de mí. Sé que si hoy no la llamo y “aflojo”… ¡la pierdo para siempre! Ella no me entiende, piensa que llevo un año de duelo por la muerte de mi hermano.
¡Nada que ver! Es un año de odiarme y despreciarme hasta lo más profundo por esa orgía de alegría delirante que me acometió pasada la hora exacta de la muerte de mi Rafa. Y que en ningún momento confesé, ni a ella ni a nadie. ¡Vergüenza pura!
Esas dos horas malditas han marcado a fuego mi vida. Pude ver hasta qué grado de egoísmo y degradación puede llegar un hombre enamorado. No hago más que aborrecerme, mi problema no es con Amalia, sino conmigo mismo. Debo tomar una resolución. Mi amor ya no seguirá esperando. ¡Y está bien! Demasiado lo hizo hasta ahora. Su mail y lo leo y releo. Razono y vuelvo a razonar una y otra vez. Es obvio que debo llamarla y hacer borrón y cuenta nueva. Un hombre, sea cual fuere su pecado, no se puede castigar toda la vida, castigando al mismo tiempo a la mujer que ama. (¡Ay hermano, cómo te extraño!).
Lentas son las horas de este domingo maldito, en el que un hombre lucha entre su íntima amargura y la única oportunidad de felicidad que ha tenido. Ellas se suceden las unas a las otras, sin compasión alguna por este Alejandro Tombassi encerrado en un dilema que pareciera más de su propia creación que de la misma realidad. Finalmente, ya la noche ha caído sobre Buenos Aires. Toma su celular. Como siempre, el primer nombre que resalta en “contactos”, es: Amalia - Amor… Ya sin más dudas, oprime Eliminar.