Acoso
por C. Fernández Rombi
08 mar 2017
Llueve y fuerte desde el inicio del frío día de invierno. Situación ideal para que a mi jefe directo se le ocurran ideas varias para enviarme a distintas diligencias fuera de la oficina. Llevo seis meses en este puesto de empleado administrativo de la última categoría; tengo veinte años y accedí al ingreso previa presentación de un currículo más que aceptable para mi edad. Soy un muchacho simple sin grandes aspiraciones, buen carácter y presencia aceptable.
El primer mes fue el mejor, fui asignado al departamento comercial y tenía un jefe respetuoso y de buen humor, me cambiaron al departamento de administración y quedé bajo las órdenes del señor Seba.
De mediana edad, aspecto que linda con lo desprolijo y una mirada atormentada: no le he visto una sola sonrisa en los cinco meses que lleva dedicado con un esmero loable a complicarme la vida. Su cabello ya muestra signos evidentes de una partida sin regreso; de mirada huidiza y con una desagradable forma de dar órdenes; comienza en tono normal y termina subiendo el tono con un falsete muy molesto (creo que es una forma instintiva de reforzar su autoridad). Para ser justo, debo reconocer que no es amable con ninguno de los doce empleados de esta sección, sean hombres o mujeres, a la totalidad de los cuales él les resulta indiferente, pero... ¡no los jode!, algo habitual para conmigo.
Lo llaman a sus espaldas “el hombrecito” o “el jefe chiquito”, ocupa el más bajo de los órdenes jerárquicos (encargado de sección), habla poco, es de corta estura y siempre parece haberse afeitado en la mañana del día anterior, además, se desliza ente nosotros como si tuviese temor de molestar. Claro, todo lo dicho vale para mis once compañeros, yo soy la gloriosa excepción. Ellos, que lo conocen de mucho antes que yo, piensan que es un tipo “amargado y acomplejado”. Idea que comparto, sobre manera cuando se hace presente el señor Villarroel, gerente de administración (“el jefe grande”) de quien depende el señor Seba. Éste camina un paso detrás del jefe con una mirada servil hasta donde se puede imaginar.
El señor Villarroel es exactamente lo opuesto al señor Seba. Alto, de buena presencia y con manifiesto don de mando natural –es notoria su lucha permanente con la balanza─; siempre con una sonrisa al pasar. Ya que es esa su característica principal: él está siempre “pasando”, de o a su despacho. Rara vez se detiene más de unos minutos en la gran oficina donde estamos los de mi sección y en la cual el señor Seba tiene un escritorio igual al de los demás, pero casi pegado a la entrada del privado del Jefe. Tampoco es común que nos dé órdenes en forma directa. Para hacerlo lo llama al señor Seba. Pero jamás omite el saludo y una sonrisa cordial par cualquiera de nosotros.
Para no estirar esta pequeña historia (historieta apenas): ¡ya no aguanto más! (hasta me está molestando la solidaridad de mis compañeros, que tampoco entienden la actitud del enano repugnante para conmigo). Decido hablar con el jefe grande; el problema es que para hacerlo hay que pasar por el señor Seba. Corto por lo sano, la presencia de éste al lado de la puerta del privado es la de un cancerbero fiel y permanente... pero alguna vez debe ir a mear.
Golpeo con suavidad la puerta del Jefe quien me autoriza el ingreso y no puede evitar una mirada de sorpresa ante la presencia del más humilde de sus empleados. Hecho con un solo antecedente: el día de mi ingreso fui llevado a su presencia por el señor Seba para hacer mi presentación oficial.
─Buenos días señor Villarroel, espero sepa disimular mi atrevimiento…
El jefe me observa con cierta extrañeza, que disimula con su bonhomía habitual insinuando una amable sonrisa:
─Buenos días Fernández, antes de seguir, dígame: ¿sabe el señor Seba de su visita?
─No señor, justamente esperé que se dirigiera a los sanitarios…
─Bien, entiendo, tomé asiento por favor y hable con tranquilad.
A continuación le explico en la forma más breve posible mi incómoda situación en la oficina. Para mi sorpresa, no despierto su atención. En cambio, exhibirá una sonrisa comprensiva, como la de alguien que está al tanto del problema.
─ Fernández, lo entiendo. Uno de sus compañeros me puso al tanto de esta situación hace ya un par de meses. He estado pensando en algún tipo de solución y me encuentro con un doble escollo. El señor Seba es muy anterior a mí en la empresa y, además... es el sobrino del dueño principal... ¿me entiende?
Me quedó pensando en cuál de mis compañeros habló en mi favor y un nombre me sale en el acto, Malena. La “Angelina Jolie” de la empresa, a la que nunca se la ve hacer otra cosa que pintar y repintar sus cuidadas uñas o hablar por teléfono bajo la mirada benevolente del señor Seba. Además (“la novia del Jefe”, según dice la voz del pueblo) es una faltadora contumaz, su semana laboral no tiene más de tres días.
─Discúlpeme señor Villarroel, pero... ¿a qué atribuye la actitud del señor Seba?
El hombre piensa y vacila, creo que sabe bien lo que quiere decir. Está sopesando si le conviene ser franco conmigo. Finalmente se decide (tal vez, creyendo que merezco una explicación):
─Fernández, por favor tome con pinzas todo lo que voy a decir, ya que no tengo seguridad alguna y me meto en un terreno, el psicológico, acerca del cual no sé nada más que lo que he leído en Internet motivado por su situación frente al señor Seba (mi expresión de “no entiendo nada” debe ser grande; el Jefe, sonríe apenas y continúa). Desde que tomé conocimiento de lo que estaba sucediendo (¡Angelina Jolie seguro!) me puse a pensar, incluso he pasado por su oficina con mayor frecuencia, y estudiar las actitudes del señor Seba. Conocer su carencia de afectos, amores y amigos me ayudó bastante; además, su inusitada actitud nunca manifestada anteriormente más la ayuda del Google, me han llevado a una conclusión... ¡y Dios me perdone si me equivoco! De todas maneras esta conversación nunca saldrá de este despacho ya que ni ante un emplazamiento judicial repetiría estos dichos…
Calla unos instantes y, cosa desusada en la empresa, enciende un cigarrillo; está pensando en cómo expresar su pensamiento sin entrar en mar profundo. Yo aguardo sereno (aunque estoy más que intrigado... ¿psicología de Google?, en fin... veremos).
─No voy a tratar de llevarlo por los intrincados caminos que seguí para sacar mis conclusiones... Fernández, creo que el señor Seba es un homosexual reprimido, y más aún, creo también que él mismo lo ignora. Su entrada a la empresa, un hombre joven y bien parecido, hicieron de disparador a esa represión homosexual... en mi opinión de lego.
Mi expresión, ahora sí, debe ser la de un tarado total. No puedo menos que preguntar:
─Señor Villarroel usted está diciendo que el señor Seba está enamorado de mí… y que por eso mismo, ¿me hace la vida imposible?
─Así es. Aunque dudo mucho que la expresión “enamorado” sea la que corresponda. Estoy bien seguro que desde su mismo ingreso, él sintió una atracción física hacia usted que no supo ni entender ni encaminar hacia un intento de conquista. No olvide que antes dije que de seguro él mismo no es consciente de su homosexualidad latente. Al no haber tenido una experiencia similar a esta de ahora con usted, en lugar de tratarlo bien y hacerse su amigo, hizo exactamente lo opuesto. Creo, casi sin lugar a dudas, que usted se ha convertido en el visitante asiduo y no deseado de sus solitarias noches; una presencia que no alcanza a explicarse y eso lo perturba y mucho. Por lo que he leído de los especialistas en un caso muy común. El sujeto inducido experimenta rencor al inductor. Fernández créame que, si me equivoco, debe ser por muy poco.
Anonadado quedo un minuto en silencio. Es evidente que el señor Villarroel siente una marcada simpatía por mi causa, pero tiene las manos atadas. Me mira con una sonrisa comprensiva y me da tiempo para que elabore mis sensaciones.
─Señor Villarroel ha sido usted muy amable y creo que ahora, luego de su explicación, dio en el clavo. No me queda otro camino que presentar mi renuncia.
─Así es, creo que será lo mejor para todos, incluso para mí. De todas formas, por la parte laboral no se haga problemas; antes de retirarse le voy a dar un número de teléfono y los datos de una persona amiga que lo ubicará en su empresa… y, créame, lamento mucho esta desgraciada contingencia ─luego, agrega sonriendo cómplice─, de todas maneras veré que no se contrate en el futuro a ningún muchacho de buena presencia varonil para la sección administrativa a cargo del señor Seba.
Luego de estrecharnos las manos, me retiro relajado y tranquilo; calculo que estuve con el Jefe alrededor de una hora, la mirada furibunda del señor Seba me taladra al salir. Sé que quisiera interrogarme tipo Gestapo, pero mi tranquilidad y la forma en que lo ignoro, lo inhiben. De todas maneras, su curiosidad será satisfecha en el momento. Me encamino a mi escritorio, empiezo a guardar en una caja mis pocas pertenencias y digo en voz alta:
─Amigos, voy a presentar mi renuncia y mañana ya no estaré aquí… Agradezco a todos ustedes su paciencia y amabilidad.
Me contestan voces amigables, mi vista se cruza con la sonrisa cómplice de Angelina Jolie y el rostro desencajado del señor Seba, que no entiende nada de nada y luce una expresión que se asemeja a la de una fiera enjaulada.
Chau.