Esa vieja y mala consejera
…ese monstruo verde de brillantes ojos rojos.
por C. Fernández Rombi
26 mar 2017
Hoy tuve una gran alegría: caminando por la peatonal Florida me encontré, después de diez años, con el Pocho López.
Fue el gran amigo de mi niñez y juventud; cuando salíamos de la escuela se venía a casa y merendábamos juntos, luego hacíamos los deberes y jugábamos hasta la hora de la cena; vivía a dos cuadras de mi casa. El Pocho era buenísimo, ni cinco de envidia por la diferencia de casas. Su papá trabajaba en una tornería y el mío era gerente de un banco. Hicimos juntos parte de la secundaria, él largó en tercer año. Pero nos seguíamos viendo de continuo, incluso salíamos de boliche juntos, aunque, claro, normalmente pagaba yo. No me importaba porque Pocho era mi confidente y compinche para todo. Jamás discutíamos por nada. Cuando mi viejo hizo la pileta en el chalet y ya andábamos por los veinte, empezó a venir casi todas las tardes de verano. Mi vieja lo adoraba por buenazo y servicial, más de una vez estando yo tirado panza arriba al lado de la pile, él se ponía a cortar el pasto o sacar el yuyerío del jardín y del parque del fondo. Pasaba el barre fondo y mantenía la pileta hecha una pinturita.
Cuando empecé la facultad y me puse de novio dejamos de vernos tan seguido. Luego me casé y me mudé. Y pasaron estos diez años sin contacto. Solía llamarme para las fiestas charlábamos un rato y siempre nos proponíamos vernos, pero…
Hasta el encuentro de hoy, nada. Nos fuimos a tomar un café a Bonafide y nos pusimos al día con nuestras vidas. Él también se casó y tiene, igual que yo, un pibe; me dijo que vive en una casita muy linda en La Paternal ─lejos, yo vivo en San Isidro─, lo invité a almorzar un sábado para que se conocieran nuestras familias; pero el Pocho se empeñó en que fuera en su casa.
─Rodolfo, demasiados años fui tu invitado, ahora dejame que te invite yo.
Sábado al mediodía; vamos en el Mini Cooper con Mariela y Fabiancito hacia La Paternal. Aunque el Pocho me encareció que no llevara nada, compré un kilo de masas finas y dos botellas de buen vino. Un chalecito modesto pero lindo, en la cochera un viejo Taunus 72 o 73 bien cuidado.
Lo pasamos bárbaro, los chicos y las mujeres se entendieron lo más bien, la charla fue fluida y, por supuesto, el Pocho y yo nos pasamos la sobremesa hablando de nuestras andanzas de pibes y adolescentes. Silvia, su esposa, se pasó con la comida. Además es una mujer muy hermosa y de trato refinado, sin afectaciones. Al separarnos, convinimos en almorzar el sábado próximo en casa. Les dije que se trajeran las mallas y pasábamos la tarde en la pileta. Aceptaron muy contentos.
No soy ciego, le sigo ganando en todo al Pocho, pero… en la mujer, pierdo. Volvemos en el auto para San Isidro; Mariela y el pendejito están enredados en una ruidosa discusión sobre un programa de la TV, parecen dos criaturas caprichosas; no les doy pelota. Estoy contento por este reencuentro con mi amigo de toda la vida… No sé… hay algo que me está molestando…
Mariela parece insignificante al lado de Silvia, incluso tosca, con esa pésima costumbre ─fuente de continuas discusiones─ de reírse a carcajadas por cualquier boludez. Además de un hecho incontrastable: la esposa del Pocho es más hermosa, más fina, más, y mucho, llamativa que la mía. Su trato hacia él y a su pequeño hijo es de una dulzura a la que yo no estoy acostumbrado.
En la noche tarde, su mujer ya se ha dormido y Rodolfo no puede, dando vueltas y más vueltas en la cama. Algo lo perturba en forma creciente. A las dos de la mañana va la cocina en busca de algo fresco. Con la bebida a mano y sus codos apoyados en la mesa, decide determinar qué es lo que lo molesta tanto. Aunque el pensamiento insidioso ya ha empezado a manifestarse en su mente y, finalmente, tomará su forma definitiva.
Envidia de su amigo la mujer.
Enloquece, se sirve un gran vaso de whisky y enciende un cigarrillo, a pesar de que hace un mes que no fuma. Aspira con fruición y comienza a odiarse a sí mismo. No puede entender que él envidie algo de Pocho López. Al final, con brusco movimiento termina la bebida de un solo trago y decide acostarse a dormir. Dibujará, finalmente, la frase-decisión en su mente:
Mañana mismo anulo la invitación para el sábado… ¡Al carajo el Pocho de mierda!