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El hombre que soñaba demasiado

por C. Fernández Rombi

17 may 2017

 

 

¡Hola! Me llamo Ramiro Orlando. Ayer cumplí cuarenta y cinco y tengo ganas de contarles: me siento espléndido, bien casado con tres hijos bárbaros… ¿qué agregar? Soy un hombre feliz, mi familia se desenvuelve en armonía, tengo un trabajo bien pagado aunque algo monótono. Cumplo de lunes a viernes la misma rutina, los sábados los dedico al club, al tenis y a mis amigos. El domingo, a la familia.

 

Pero no es esto lo que quiero relatar.

 

Se trata de mi capacidad asombrosa para soñar cada noche de mi vida y desde hace años. No son sueños comunes. Son fantasías plenas de esplendor, luz y color. Con unas experiencias fantásticas que abarcan distintos países y épocas.

 

Me acostumbré hace tiempo a no contar mis sueños, la gente no me cree. ¿Y cómo creerme? En mis sueños me visitan mujeres hermosas, conduzco autos de alta gama, veleros, hago esquí en los Alpes y aladeltismo en San Juan, visito países hermosos.

 

Estoy presente en los más grandes acontecimientos de la rica experiencia humana. Es tal la maravilla de mis sueños que nunca me conducen a territorios con hambre y miserias.

 

Esta habilidad, dicho con mayor propiedad, este don, se comenzó a desarrollar en mí, la misma noche que retornamos de la luna de miel. En principio, algunas noches. Luego, paulatinamente, cada noche de mi vida.

 

Al año nació nuestro primer hijo. Un mes después, cenábamos en casa con una amiga de mi esposa, doctora en psiquiatría. Había concurrido a conocer a nuestro bebé. De sobre mesa se me ocurrió contar algunos de mis sueños recientes. ¡Mala idea!

 

─ Ramiro, eso que estás diciendo es simplemente imposible, nadie tiene de continuo sueños con tantos detalles. Creeme, son alucinaciones matinales. Sin darte cuenta le agregás tu fantasía consciente a lo soñado por el inconsciente… ─siguió su perorata, seguramente con total fundamento, un buen rato.

 

Desde ya que se hicieron presentes en nuestro living Freud, Jung, Lacan y alguna eminencia más cuyo nombre se me escapa. A los cuales acudió para reforzar su idea-base: mi forma de soñar no era reconocida en ninguna parte del mundo ni por especialista alguno.

 

Antes de que hubiera terminado su discurso-lección, ya había entendido que debía despedirme de contar mis sueños. De esa conversación pasaron unos veinte años y yo sigo con mi don intacto. ¡Aleluya!

 

Una noche, estuve en una dorada playa dominicana de arenas blanquísimas y luego buceando en corales rosados de una belleza difícil de imaginar. Como final, el daiquiri bajo las palmeras.

 

Otra, recorrí maravillado la Primera Exposición Mundial en la Inglaterra de 1851 con su magnífico Palacio de Cristal, donde el hombre exhibió con orgullo avances tecnológicos desconocidos hasta entonces. Una fiesta para los ojos y el conocimiento.

 

Tripulé la Apolo 11 y junto a Neil Armstrong, hicimos la primera caminata lunar. Ver la Tierra tan pequeña e indefensa a nuestros pies nos colmó de ternura e hizo ver lo insignificante que somos en el cosmos.

 

Fui actor y presencia en la Gran Fiesta de Luis XIV en Versalles para celebrar la gloria del monarca, ya conseguida la paz de Aix-la-Chapelle. Finalizada con un derroche de fuegos de artificio. Una de las fiestas más suntuosas de todos los tiempos.

 

En palco de honor y vestido de etiqueta, asistí al estreno de “Madama Butterfly” con la música preciosa de Puccini, en la  Scala de Milán el 17 de febrero de 1904.

 

Presencié el debut de “la divina” María Callas cantando “Boccacio” en el Teatro Lírico de Atenas. La plenitud de esa garganta maravillosa me sacó por dos horas de mi envoltura humana.

 

En las horas de tedio en la oficina, que no suelen faltar,  rememoro mis sueños y me siento un ser privilegiado. Un elegido.

 

Me llamo Ramiro Orlando… Ayer cumplí cuarenta y seis años y soy el más desdichado de los hombres: mi salud está quebrantada y mi hogar destruido. Tenía un don maravilloso que se ha convertido en un castigo. Un sino terrible. Noche a noche, desde el día siguiente de cumplir los cuarenta y cinco, todas las pesadillas  posibles habitan mis sueños.

 

Estuve huyendo despavorido rodeado de mis paisanos de Pompeya cuando el Vesubio estalló en cenizas, rocas y magma sepultando a la ciudad y su gente. Sólo desperté cuando la lava hirviente llegaba a mis tobillos. Sudando, llorando y con el corazón a punto de reventar.

 

Corrí con desesperación por las infectas cloacas de Londres durante la peste bubónica del siglo diecisiete, escapando de las turbas demenciales que incendiaban todo a su paso. El aliento nauseabundo de las ratas y el olor terrible de las que eran quemadas por cientos me provocó vómitos y arcadas de asco.

 

Marché desafiante como un estudiante negro más por las calles de Sowetto, coreando los nombres de Mandela y Biko. Hasta que la metralla de la autoridad racista sudafricana nos destrozó a mansalva; caían envueltos en sangre y polvo mis camaradas y sólo desperté cuanto las balas destrozaban mis propias entrañas.

 

Pleno de incomprensión y terror me sentí caer envuelto en humo, escombros, cristales y gente que aullaba de miedo y angustia con la Torre Sur de las Gemelas el 11/09. Morí cuando una gran viga metálica aplastó mi pecho.

 

Lloré escarnecido, medio muerto de hambre, apaleado y azotado; lleno de mugre y piojos. Hasta que fui escogido para los hornos de Treblinka.

 

Era un aldeano feliz llevando con la familia sus animales a la feria de los lunes en Guernica, cuando la Legión Cóndor del Tercer Reich, con el beneplácito de nuestro Caudillo, nos usó de campo de práctica de bombardeo el 26 de abril del 37. Nosotros fuimos de los últimos en caer, luego de asistir azorados de terror a las explosiones indignas que destruían el terruño.

 

Atocha, 11 de marzo de 2004. Feliz y despreocupado desciendo del tren, contento de haber dejado de lado por una vez el automóvil con el que vengo a mis oficinas de Madrid. La primera explosión me sacudió íntegro; apenas un minuto después, otras dos. Luego perdí la cuenta, las explosiones se sucedían, la gente moría, huía, gritaba y lloraba. Sentí el calor intenso de las llamas tomando mi ropa y mi piel desprenderse como la de un pollo hervido. ¡Oh, Dios!

 

Soy el hombre más poderoso del planeta. La limusina descapotable me conduce en el mediodía de Dallas entre la multitud que cubre la Plaza Dealey y me vitorea agitando sus pequeñas banderas, saludo con el brazo en alto luciendo mi mejor sonrisa. ¡Qué mundo maravilloso! Un golpe seco en el cuello me deja atónito; toco con la mano y siento la sangre correr. Jackie, con un grito, se abalanza y me cubre con su cuerpo. El dolor es intenso. No puedo soportar tanto dolor…

 

Me llamo Ramiro Orlando y mi vida es un desastre al cual arrastro a mis seres queridos; la locura producida por mis noches de terror los atrapa y perturba; los médicos han probado ansiolíticos, sedantes y somníferos de toda clase y nada cambia.

 

Mi mujer hace meses que armó su lecho en el living, la enloquece que despierte gritando y llorando cada noche. Me aconsejan en la empresa que me tome unos meses de licencia a ver si me mejoro. No entienden qué me pasa y yo no les puedo explicar que cada noche peleo contra el sueño por horas para evitar el dolor de lo que va a suceder apenas cierre los ojos. Estoy hecho un piltrafa, flaco, demacrado y mis manos tiemblan todo el tiempo.

 

Debo hallar una solución definitiva. Así no puedo seguir viviendo… si es que a esto que padezco cada noche se le puede llamar vida humana.

 

Vislumbro una única solución… ¿Seré capaz de hacerlo? No sé…no sé…

 

¡Vamos! La noche se acerca inexorable.