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El premio          

por C. Fernández Rombi

27 may 2017

 

 

¡Por fin! Me llegó mi hora…

 

Años de escribir novelas de valía, cuentos excelentes, algo de poesía… Esta, debo reconocer, sin demasiado valor. Pero llegó mi hora: he sido galardonado con el premio Escritor Revelación Nacional.

 

Para disfrutar a pleno de mi logro, renové mi vestuario… ¡Ah, sí que sirve el plástico! Me compré un conjunto de pantalón y camisa gris topo, saco negro acerado con botones plateados y flamantes mocasines negros con hebilla de níquel… ¡Todos los detalles, todos!

 

Además, desde que tuve la gratísima noticia el mes pasado, ¡dejé de comer! Ya bajé como cinco kilos, quiero estar hecho una pinturita entre esos viejos decrépitos que, imagino, serán premiados conmigo: mejor novela, mejor obra poética y ensayo (nunca entendí esto de premiar ensayos… que nadie entiende).

 

Y llegó el día, siento desde temprano el pulso acelerado. Y la ceremonia es recién a las veinte y treinta. Al mediodía, no me pasa bocado, me visto por segunda vez y… ¡nada que objetar! Flor de tapa les voy a poner  a todos. Calculo salir no más allá de las seis, no quiero que el tránsito me prive de gozar mi triunfo. Me desvisto con cuidado para que el pilchaje no se arrugue ni un poquito.

 

Paso el resto de la tarde en calzoncillos, meta café y cigarrillos. Quise dormir un rato… ¡ni a gancho! Media hora antes de la partida hacia mi consagración y mi gloria, ya vestido hasta el último detalle, caigo en la cuenta de que no es sólo aceleración pulsar, mis palpitaciones crecen en intensidad… pareciera que me va a estallar el pecho.     ¡Esto no va! Busco en el botiquín de la vieja que siempre hay de todo, me inclino por las que parecen más tranquilizantes y me zampo dos al hilo… me siento un rato a esperar el efecto. Por supuesto, sin apoyarme siquiera, por la ropa, claro. ¡Y nada! Ya no hay más tiempo y sigo temblando, vuelvo al botiquín y otras dos.

 

Tomo un taxi desde Flores hasta el centro, miro distraído los negocios de la Avenida Directorio cuando comienzo a experimentar cierta molesta modorra, sacudo con fuerza la testa… ¡no me voy a dormir en el taxi, por favor! Unas cuadras antes de llegar, como el horario sobra, me bajo y empiezo a caminar para espabilarme un poco.

 

Ya en el salón de la Sociedad Argentina de Escritores, exhibo mi invitación y una linda empleada me conduce al escenario. Ya hay un par de colegas en las sillas dispuestas de espalda al telón. A un costado, una mesa que, seguramente, es para el jurado y al otro un atril para el conductor del solemne acto…

 

Todo está bien encaminado; mis colegas, desconocidos, me saludan con la cabeza y respondo de igual modo. Ya sentado, me relajo. Sólo resta esperar a ser llamado, recibir mi premio y leer el discurso que preparé con precioso esmero… Lo debo haber corregido unas cien veces… ¡qué bárbaro!

 

- Y ahora, con enorme placer, llamamos para el Premio Revelación Nacional con el cual ha sido distinguido, al escritor Juan Salvador Martín… - El conductor del evento literario mira preocupado hacia la hilera de sillas ocupadas por los premiados, de entre los cuales se destaca la figura despatarrada de un hombre apenas entrando a la madurez, muy bien vestido y durmiendo sin el menor reparo. Insistirá alzando la voz.

 

- ¡Escritor Juan Salvador Martín!

 

Es inútil. Nadie se para y un cotilleo va en aumento. Unas cuantas expresiones incrédulas y unas trescientas sonrisas empiezan a invadir el salón…