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La duda

por C. Fernández Rombi

16 jun 2017

 

 

Ya entrando a los cuarenta, Julio Ardanaz, “Chiche” para sus amigos, se ha planteado una pregunta que, de inicios, le pareció sencilla de responder. Pasan los días y cae en la cuenta de que no puede o no sabe contestarla: ¿soy un tipo feliz?

 

La duda, antes nunca planteada, surgió a raíz del final de una película que viera la semana anterior en la cual la protagonista se hacía esa pregunta… y, finalmente, no la contestaba. Esa misma noche, ya por acostarse, se la contestó refiriéndose a sí mismo: ¡claro que sí!

 

En la mañana siguiente, en su trabajo de los últimos diez años, las oficinas de una gran fábrica de cocinas y termo tanques, reaparece el tema en su mente.

 

“Si me lo planteo tan seguido, es evidente que no estoy tan seguro. Veamos.”

 

“Vivo solo, nunca me casé. Mi casa de Flores, heredada de los viejos, es linda y cómoda. Tengo, hace un  año, una amigovia que no va pasar de ahí. Igual que sus antecesoras, cada cual está en la suya, nos vemos un par de días a la semana y todo bien. No hace falta más. El rubro amigos, bueno son los mismos cuatro que vienen de la primaria… claro que al flaco Juan Manuel ya no se lo puede contar; se mudó a un country en Moreno y ya sólo nos vemos cuando nos reunimos a cenar para el día del Amigo. Mi relación con compañeros del laburo, no  pasa de ahí. Gano bien, como bien, mi salud es buena, un par de días a la semana me voy al bingo, otro par al Gym y… ¿nada más?”

 

“Parece que no. Los amigos están casados y tienen sus hijos y sus problemas, así que nos vemos cada tanto; con la flaca, alguna ida al cine o alguna encamada aceptable en mi casa… A veces se queda hasta el día siguiente. Sobre todo las noches de viernes… pero a la mañana siguiente no me siento cómodo con ella en casa. Me parece que ella tampoco. ¡Bien, bien…! De una bendita vez… ¿soy o no soy feliz?”

 

Ya pasaron tres meses desde la primera vez que el, ahora maldito, interrogante comenzara a acosarlo; varias veces cada día y, a veces, en las noches también. En los momentos más inesperados, hablando con un compañero, con un cliente o con un amigo, oye resonar en su mente la pregunta que, al no encontrarle respuesta ni positiva ni negativa, en definitiva no le sirve para nada. Es (o ha sido) un hombre inteligente y razonable, motivo por el cual esta situación empieza a preocuparle seriamente. Hasta ─siendo incrédulo del tema─  comienza a considerar la consulta con un psiquiatra.

 

“Pero… ¿qué le voy a decir? ‘Doctor, vine a verlo porque me atormenta la idea de no saber si soy feliz.’ ¡El hijo de puta me interna en el acto!”

 

Finalmente, decide relajarse. Pide un par de días en el trabajo y un jueves por la mañana toma la Autovía 2 en dirección a Mar del Plata. Un hermoso día primaveral y el buen andar de su Palio del año anterior, lo van poniendo de buen humor. Hace la consabida parada en Atalaya y se agasaja con sus medialunas especiales; ya en La Feliz, se ubica en un buen hotel del centro.

 

“Cosa de no depender demasiado del auto. En esta ubicación tengo restaurantes, confiterías y el Casino bien a mano. A pesar de no ser jugador, esta noche o la de mañana…  unos tiritos me hago.”

 

Chiche Ardanaz está contento con su viaje improvisado. Se llevó el traje de baño y, a pesar de ser los primeros días de diciembre, se dio el gusto de “hacer un poco de mar” en la tarde del viernes. Esa noche se va a comer mariscos al Puerto y luego, directo al Casino. Ganó unos pesos y, como es sabido, no perder en la Casa de Piedra… ¡es ganar!

 

Imprevistamente, en la mañana del sábado decide regresar. Piensa que no necesita más. Su habitual obsesión de los últimos tiempos parece diluida. Así que, decide ahorrar un día de hospedaje y viajar más tranquilo, por ser sábado, por la “2”. Aunque había decidido desayunar como a la ida en Atalaya, la pasa de largo. Sin saber el motivo tiene cierta urgencia de llegar a casa. Ya está cerca; ha pasado el peaje de Samborombón, respira hondo y hace planes para la noche del sábado.

 

“Llego al bulo, me doy un duchazo, apoliyo un poco y la llamo a la flaca para invitarla a cenar y a un buen encuentro de sexo sin problemas…”

 

Es este el último momento de claridad mental del Chiche Ardanaz.

 

De pronto, sus hombros se tensan, su mirada se desenfoca y aprieta el acelerador hasta el fondo. El automóvil responde, da un salto hacia adelante y la aguja del velocímetro trepa al máximo; vehículo y conductor, uno tan ciego como el otro, marchan a un final que parece inevitable.

 

Tal vez haya preguntas que los hombres no debieran plantearse, tal vez.